Estado de alerta

Distinguir entre lo urgente y lo importante te permite pasar de la infancia y la adolescencia a la madurez. Lo urgente durante el COVID ha sido tranquilizar a la población y buscar un enemigo a quien culpabilizar. Lo importante es asumir que vamos a estar jodidos durante una buena temporada y reaccionar para salir lo antes posible de la crisis en la que estamos atrapados.

Durante la pandemia en España se ha priorizado lo urgente por encima de lo importante. Ése está siendo nuestro principal problema. Los gobernantes han tomado decisiones para dar respuestas rápidas ante las sucesivas emergencias que iban apareciendo, con la finalidad de dar sensación de seguridad a la población. En febrero y principios de marzo, lo urgente era tranquilizar a la población ante la incertidumbre que provocaba el COVID. A mediados de marzo lo fue confinar a la población, única solución ante unos servicios médicos saturados. En junio era obtener fondos europeos ante la ruina económica. En julio era salir a consumir porque la economía no podía permanecer más tiempo parada. En septiembre, la urgencia era regresar al colegio y en octubre será confinar Madrid.

Para que la población lo pueda entender mejor, todas las medidas adoptadas se han visto acompañadas de su correspondiente lema: solo serán dos o tres casos, nadie va a quedar atrás, saldremos más fuertes, hemos vencido al virus, gracias al silencio activo de Sánchez tendremos fondos europeos o, finalmente, España puede. Gestionar de acuerdo a lo urgente tiene sus ventajas en la sociedad de la inmediatez, del titular, de los 280 caracteres en la que vivimos. Si gobiernas de manera demoscópica, los ciudadanos pueden tener la impresión de que se ha estado gestionando de acuerdo a lo que había que hacer en cada momento, de modo que sus decisiones se pueden percibir como evidentes. Esto permite que los dirigentes puedan criticar a aquellos que se les oponen como capitanes a posteriori. Ellos se vieron obligados a tomar determinadas decisiones porque no había otra opción y más si venían avaladas por comités de expertos (aunque no existiesen). Pero los políticos no son meros reactores ante las pulsiones de la sociedad, ya que son los primeros creadores de opinión. Cuentan con amplias plataformas mediáticas para hacer llegar los mensajes que a ellos les interesa.

Sin embargo, la cruda realidad nos muestra que las soluciones implementadas frente a las urgencias han implicado unos dramáticos efectos secundarios. Por tranquilizarnos en febrero, no pudimos despedirnos de nuestros abuelos fallecidos en residencias o solos en los hospitales. Por confinarnos estrictamente durante tres meses, destrozamos la economía. Por salir del confinamiento a celebrar nuestra victoria sobre la pandemia, no tuvimos precauciones y se produjeron los rebrotes. Por celebrar la llegada de los fondos europeos, podemos perder la conciencia de la precariedad económica en la que viviremos los próximos tres o cuatro años. Cuando regresamos al colegio, aumenta la movilidad y los contagios

Llega un momento en el que las satisfacciones a corto plazo que supone una respuesta a las urgencias contrastan con nuestra frustración ante la cruel realidad: una crisis que se profundiza a pasos agigantados. Es por ello que el gobierno central, hábilmente dirigido por expertos en la táctica política, ha optado por la estrategia del avestruz: evitar responsabilidades y delegarlas en las Comunidades, a pesar de que la competencia en gestión de pandemias es de las pocas que le queda a un menguado Ministerio de Sanidad. Muchas autonomías entraron a ese juego, hasta que se han dado cuenta de que no están preparadas, sufriendo los ciudadanos el fracaso de su gestión. Eso sí, nos ha quedado la lección aprendida de que el parámetro objetivo para confinar poblaciones es de 500 infectados por cada cien mil habitantes (al menos en Madrid).

Mientras tanto, nos hemos olvidado de lo importante. El pecado original vino de la respuesta ante la primera situación de urgencia: tranquilizar a la población. Carso error. El tipo de pandemia al que nos enfrentamos nos va a implicar vivir en un permanente estado de alerta durante al menos un año más. Los elementos más perversos del COVID son su alta tasa de contagioso y su propagación silenciosa (un plazo de 14 días en los que puedes transmitir el virus siendo asintomático). A esto se suma que el porcentaje de infectados que acaban en UCIs o finalmente fallecen son relativamente bajos (excepto en personas de avanzada edad), lo que ha llevado a un exceso de confianza en personas jóvenes incentivado por los dirigentes que decían que habíamos vencido al virus y había que salir a celebrarlo.

Por tanto, la única manera eficaz de combatir al virus es actuar como si tú estuvieses contagiado y como si la persona con la que te relacionas también lo estuviese. Esto implica un cambio de nuestras costumbres: mantener la distancia de seguridad, lavado continuo de manos, renunciar a besos y abrazos, ducharte al llegar a casa de trabajar, usar mascarilla, evitar aglomeraciones en espacios cerrados, establecer círculos reducidos de confianza… Es decir, realizar un cambio radical de hábitos, aunque se haga más complicado cuanto más se prolonga la pandemia (sobre todo para las personas mayores y para los niños). Esto es lo que depende de nosotros. Cambios legislativos para mejorar la acción de los gobiernos o el uso de nuevas tecnologías como apps de rastreo (parece mentira que en la tercera década del siglo sigamos dependiendo de rastreadores telefónicos) siguen siendo responsabilidad de los políticos. Como eso no depende de nosotros tendremos que extremar las precauciones sobre lo que nosotros sí podemos controlar.

Manejar la incertidumbre viene de la mano de otra dura prueba que nos pone la pandemia: convivir con la escasez. Estamos ante un escenario en el que no va a haber suficientes médicos para atender pacientes en los hospitales o en la atención primaria. Se han multiplicado las atenciones médicas con relación a las que estaban presupuestadas. Tampoco va a haber suficientes profesores para desdoblar todas las clases que se han anunciado. Vivimos en una sociedad diseñada preCOVID, que estaba pensada para unos ingresos muy superiores y unos gastos muy inferiores a los que tenemos actualmente. Los médicos se titulan de acuerdo a las necesidades que tenía la sociedad antes de la pandemia. Los cambios estructurales que se quieran impulsar no van a tener resultados hasta dentro de diez años… cuando posiblemente nos demos cuenta de que no necesitamos tantos médicos (excepto geriatras), por lo que seguirán emigrando.

Existe un elevado riesgo de que la escasez se agudice al prolongarse la crisis sanitaria y nos quedemos sin suficientes recursos en un par de años para pagar las pensiones, prestaciones de desempleo o sueldo de funcionarios en los niveles actuales. Si seguimos destruyendo empleo y las empresas no generan beneficios o cierran, ¿qué ingresos va a obtener el estado vía impuestos? A pesar de los eslóganes, muchas personas se han quedado atrás y se seguirán quedando atrás. Estamos ante el riesgo de crear una sociedad de clases fracturada entre ricos y pobres, autónomos y asalariados, funcionarios y trabajadores por cuenta ajena, pensionistas y jóvenes en paro… Un peligroso caldo de cultivo para los populismos, como ya empezamos a atisbar las sociedades europeas tras la crisis del 2008.

La incertidumbre y la escasez van a permanecer íntimamente relacionadas durante una larga temporada. Y debemos quitarnos de la cabeza el absurdo debate entre economía y salud. El reto al que nos enfrentamos es conseguir que la economía siga funcionando con la mínima afección a la salud. Para ello necesitamos que los medios de comunicación insistan en los cambios de hábitos que tendremos que afrontar. Aun así muchas personas se van a quedar atrás, otras van a perder su poder adquisitivo, algunas se arruinarán… Nos va a costar mucho aburrimiento, miedo, impotencia y lágrimas. Si no lo asumimos y no somos capaces de gestionar la incertidumbre y la escasez, las consecuencias pueden ser más dramáticas de lo que ya se vislumbra.

Tenemos que tratar a las personas adultas como tales. ¿Por qué nos tenemos que sentir siempre seguros? Si estamos jodidos, lo mejor es tomar conciencia cuanto antes y actuar en consecuencia. No existen soluciones mágicas. Nos toca vivir una larga temporada de miedo y frustración. Algunos serán capaces de encontrar nuevas oportunidades (como en los sectores digitales o en las funerarias), pero la mayoría va a sufrir. Tenemos que prepararnos para lo peor y desde ahí empezar a trabajar con humildad para superar este largo y frío invierno que se nos avecina.

La sociedad española ya ha vivido situaciones parecidas con anterioridad. Lo que desperdiciamos en tiempos de abundancia, somos capaces de recuperarlo con esfuerzo y tesón en épocas de escasez. Por eso superaremos esta nueva crisis… a pesar de nuestros dirigentes.

8 comentarios en “Estado de alerta

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  4. Yomismo

    Es un virus con unos niveles de mortalidad bajísimos en mi edificio lo han pillado en al menos 5 pisos y en mi pueblo natal lo han pasado ya unas 25 personas desde septiembre incluído un primo y ninguno ha muerto. Es un virus que como mucho da la putilla a quellos que tienen las defensas muy bajas. No mata más que un mal año de gripe. La gripe española entre agosto de 1.918 y la primavera de 1.919 tuvo 3 oleados y mató unas 30 veces más gente con una población la mitad de la actual de España y mucho más joven.

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