Decisiones

Sin llegar al extremo de Steve Jobs, he de reconocer que utilizar todos los días el mismo tipo de ropa te quita una decisión que tomar por las mañanas. En mi caso, además, me ayudaría a superar uno de mis traumas infantiles no resueltos: las rebajas. Como toda buena familia de clase media, mediado el mes de enero acudíamos a la inevitable cita con las rebajas para renovar el armario, abandonando las prendas que ya habían quedado pequeñas o irremediablemente desgastadas. Tras dejar el coche en el intrincado aparcamiento de Sol, nos encaminábamos primero a Galerías Preciados para posteriormente cruzar la calle hasta El Corte Inglés. En esas fechas, los grandes almacenes estaban atestados de multitudes hambrientas de la última ganga. Y ahí andaba yo, enredado en el Laberinto (sin Fauno) probándome multitud de prendas a la espera de la decisión materna acerca de cuál era la más adecuada para su hijo.

Tanta insistencia en probar multitud de prendas diferentes siempre tuvo para mí una doble interpretación. La primera era que me veía tan bonito, que mi madre se deleitaba en la observación de la belleza de su hijo con diferentes modelos. La segunda consistía en que era muy complicado encontrar una sola prenda con la que me viese bonito. Siempre he querido pensar que la primera interpretación era la correcta, aunque me malicio de la segunda. Por fortuna, tras ese repetido trauma infantil salí reforzado: ahora no tardo más de 5 minutos en elegir la prenda que voy a adquirir en una tienda.

Como bien narra Alberto Olmos en Irene y el aire, la vida de la pareja cambia en el momento en el que sabes que vas a ser padre y empiezas a pertrecharte con los innumerables aditamentos de que precisas para sobrevivir a la llegada de un nuevo ser que va a transformar tu vida. Una de las decisiones más importantes es el carrito que vas a elegir para transportar a tu pequeña criatura. Ante la imposibilidad de heredar algún carrito familiar, dos eran las principales opciones para las familias de clase media. La primera consistía en comprar el bugaboo. Tu hijo no podía tener nada que no fuese lo mejor y, además, lo podías pagar en cómodas cuotas hasta que hiciese la primera comunión. La segunda consistía en realizar un pormenorizado estudio con las múltiples opciones que te ofrecía el mercado, teniendo en cuenta precio, peso, tamaño del maletero de tu coche, forma en la que se plegaba, etc.

Dos pérdidas anteriores nos hicieron no apresurarnos a comprar lo requerido, hasta que tuvimos que apresurarnos porque el tiempo se agotaba. Eso sí, aprovechábamos cualquier ocasión para preguntar a familiares y amigos con niños pequeños acerca de su elección y su grado de satisfacción con lo elegido. En nuestra primera búsqueda de carrito nos atendió amablemente una dependiente quien nos empezó a hablar de diferentes opciones hasta que vimos el que unos amigos nos acababan de recomendar la tarde anterior. Descubrí, agradablemente sorprendido, cómo estaba etiquetado con la módica cantidad de poco más de 300 euros, mientras se podían contemplar las sucesivas etiquetas que empezaban marcando un precio de más de 900. ¿Por qué está tan barato este carrito? Pregunté. Es que se trata del último modelo que tenemos disponible y ya ha salido el nuevo de esta temporada.

Al encontrarse en buen estado, la decisión estaba tomada. ¿Ya? Preguntó mi mujer. Pero si es una decisión clave y se supone que tenemos que mirar 30 modelos, visitar 12 tiendas, hacer nuestro propio comparativo en una hoja Excel y, después de discutir durante 3 horas, elegir el carrito que acabamos de ver hoy, volver al centro comercial, que nos indiquen que ya no está disponible, lamentarnos de por qué no lo elegimos en primer lugar y optar finalmente por la quinta opción o visitar otras 12 tiendas en un rango de 60 kilómetros a la redonda… Porque ser padres es algo muy importante y hay que tomárselo en serio. Finalmente, mis dotes de persuasión y la opción de dedicar ese tiempo tan escaso para disfrutar de ese periodo en el que 1 + 1 todavía no es igual a 3 (como también escribió Alberto Olmos) hizo que en cinco minutos saliésemos del centro comercial con nuestro carrito ya comprado.

La tercera decisión me sucedió en Lima. Estaba a las afueras de una joyería, ya que en una semana era el cumpleaños de mi bien amada esposa, cuando la dependienta se acercó a mí. ¿Qué está buscando, señor? Me preguntó. Algo para el cumpleaños de mi esposa, pero todavía no tengo claro lo que quiero. Le respondí. No se preocupe, señor, que tengo justo lo que usted está buscando. Intrigado por la seguridad que mostraba aquella señora y la habilidad que suponía darse cuenta de mis necesidades nada más verme, decidí entrar a la tienda para descubrir lo que tenía para ofrecerme. Aquí tiene usted esta magnífica pulsera de oro puro de 24 quilates, bien fina y elegante, con la que su mujer va a comprobar cuánto la quiere usted. Me hizo su recomendación con una amplia sonrisa.

Educadamente le dije que me parecía muy bonita, lo que le llevó a comentar todos los maravillosos complementos de colgantes, pendientes y cadenas que hacían juego con ese prodigio de la orfebrería. Por curiosidad pregunté cuál era el precio. Justo hoy es su día de suerte. La pulsera está rebajada en un 40% y puede obtenerla por apenas 1.300 Dólares. Una verdadera ganga. Ya no pregunté por el precio de los complementos. Creo que mi acento extranjero hizo concebir falsas expectativas acerca de mi capacidad financiera. Como ya era demasiado tarde para comentar que mi señora había desarrollado una rara alergia a todo oro superior a 18 quilates, opté por el sentido del humor y le comenté. Mire usted, es que en realidad no la quiero tanto. ¿No tendría usted por casualidad alguna otra alternativa más cómoda? El rostro de la buena señora demudó de manera súbita, como si el Dr. Jekyll hubiese ingerido la pócima que le convertía en Mr. Hyde. No señor, no tengo nada más apropiado. Me espetó, mientras guardaba todo el género que me había mostrado. Tras cinco minutos en la joyería, tomé la puerta de salida, siendo yo quien llevaba la sonrisa en mi cara mientras que la buena señora clavaba una mirada de acibarado reproche en el cogote de aquel ser tan mezquino, ruin y despreciable.

***

La vida consiste en tomar decisiones continuamente. Se podrá alegar que no todas las decisiones se pueden tomar en cinco minutos. Por ejemplo, casarte con una persona a la que has conocido hace cinco minutos solo es posible si estás en Las Vegas, donde te permiten deshacer rápidamente el entuerto que has creado la noche anterior, de forma que quede en Las Vegas lo sucedido en Las Vegas. Pero, en realidad, lo que se demora es el tiempo necesario para recopilar la información que te permita tomar una decisión con la suficiente seriedad como para que el resultado sea duradero. La decisión en sí no demora tanto. Si el pretendiente está rodilla en tierra con el anillo y la respuesta a ¿quieres casarte conmigo? se hace rogar por más de cinco segundos, el fracaso está garantizado (el llanto desconsolado sin palabras cuenta como un sí).

La toma de decisiones no siempre es sencilla y conlleva el riesgo del arrepentimiento. Puedes decidir abrir un restaurante en febrero de 2020 y encontrarte con una pandemia el mes siguiente; o decidir casarte con la novia (o novio) de hace 10 años y que a los seis meses esté en relaciones íntimas con el vecino (o vecina) del quinto; o decidir irte al extranjero en busca de mejores oportunidades y no ser capaz de adaptarte a un nuevo clima, idioma o gastronomía… No tomar decisiones también es una manera de decidirte, como estar quejándote durante 20 años de la empresa en la que estás trabajando y que finalmente te despidan cuando tienes 50 años. Pero los peores son los que piensan en las decisiones para quedar bien con todo el mundo, que es la mejor manera de molestar a todos, como el caso de no decidir que no te quieres casar con tu novia (o novio) de hace 10 años y no decidirte a dejar los amores con la vecina (o vecino) del quinto. Otro fracaso garantizado.

***

Gestionar el peso de las decisiones es lo que te permite pasar a la edad adulta, cuando ya no están tus padres para comprarte la ropa en rebajas. Creo que esto ha sido lo que más me ha molestado a lo largo de la pandemia. Darnos cuenta de que estamos dirigidos por un gobierno adolescente que lleva más de un año sin tomar decisiones. Ya sea renunciar a un plan B legislativo que modifique una Ley de Sanidad de hace 35 años o dimitir de realizar un liderazgo inclusivo, delegando en 19 decisores la gestión de la crisis.

Un ejemplo claro lo vemos con la séptima presentación en el Congreso de los Diputados del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, un año después de que se concediesen los fondos europeos y sin haber tenido que pasar por un proceso de negociación con otras administraciones. Desde las grandes promesas que se realizaban al principio de la pandemia, hemos tenido que soportar nombres grandilocuentes y mucha palabrería, que es la mejor manera de no decir nada. Y todo en el momento en que precisamos de pocas palabras, pero audaces.

Desafortunadamente, me temo que los fondos europeos son la mayor pantomima que nos han vendido en mucho tiempo. Parece que es más importante vender ilusión que soluciones. Si pensamos que van a venir desde Europa para solucionar nuestros problemas, estamos muy equivocados. Los fondos europeos serán una ayuda muy importante para España, pero distan mucho de ser la panacea. El mayor esfuerzo, como es lógico, lo tendremos que realizar los españoles. Y a los datos me remito:

  • El importe bruto (sin contar lo que España ha de aportar) de la ayudas europeas es de 140.000 millones de euros en 10 años (14.000 al año).
  • El déficit español en 2020 fue de 123.072 millones y la deuda subió al 120% del PIB.
  • El déficit en 2019 fue de 35.637 millones.
  • La previsión de déficit para 2021 va a ser superior a los 100.000 millones y se prevé un lustro de déficit excesivo.

¿Esto que quiere decir? Que en tres años (2019 – 2021) vamos a tener un déficit acumulado superior a 250.000 millones de euros, lo que supone casi un 80% más de las ayudas brutas que vamos a recibir en el periodo 2021 – 2030. España lleva más de un año subsistiendo gracias a la barra libre de financiación del Banco Central Europeo, pero las autoridades europeas ya nos están advirtiendo de que, una vez pase de la excepcionalidad que supone la pandemia, hemos de volver a la senda de la estabilidad presupuestaria, ya que para endeudarte necesitas de entidades que compren una deuda que has de devolver tú, tus hijos o tus nietos. Porque, por si no lo sabías, España es el quinto país más endeudado del planeta… y nuestra deuda la detentan fundamentalmente entidades extranjeras.

Por tanto, si en 2023 no somos capaces de generar más riqueza (que permita recaudar más impuestos), de recortar en el gasto público o de lograr un incremento sustancial de la recaudación fiscal… volveremos a oír hablar de la prima de riesgo y estaremos abocados al rescate que evitamos hace una década, siendo hoy real el riesgo de que las pensiones de nuestros mayores se vean afectadas…

***

Mientras este riesgo se cierne sobre nuestra economía, el gobierno de coalición únicamente se dedica a anunciar medidas que agraden a todo el mundo, se arroga el éxito de las vacunas que compra Europa y ponen las Comunidades Autónomas y se dedica a criticar a los que toman las decisiones que ellos no quieren adoptar. Eso sí, siempre le queda tiempo de rescatar a Plus Ultra con 53 millones de euros o mantener 23 ministerios. ¿Y la oposición? Pues la bisagra de Cs se ha salido del marco y está cercana a desaparecer; Vox está demasiado ocupado con feminazis y menas como para hablar de economía… y nos queda el PP, la que se supone que es la principal alternativa.

El PP me parece que está siguiendo la misma táctica que Rajoy cuando llegó al poder con la caída de Zapatero. Si abre la boca para alertar de este riesgo, saldrá la oposición de la oposición para declarar que la derecha, la ultraderecha y la extrema megahiperultraderecha (los fascistas, en resumen) quieren volver al austericidio y a las políticas criminales de recorte que tanto daño, según ellos, causó a nuestra sociedad… aunque fuese el propio Zapatero quien las inició. Si Casado realmente se cree que con su llegada se van a solucionar los problemas de la economía española, está completamente equivocado. Ya en la crisis anterior estuvimos a punto de ser intervenidos.

¿Cómo saldremos de esta? Espero que transformados y resilientes, más digitales y ambientalmente sostenibles… Pero lo que es seguro es que la salida no será fácil. Las sociedades se construyen de abajo hacia arriba. De la crisis anterior salimos, entre otras cosas, gracias a un incremento de 53 millones a 83 millones de turistas o a la internacionalización de nuestra economía. Nos costará mucho y será un esfuerzo colectivo de muchas personas. Pero es algo que ya hemos realizado en España anteriormente. Una sociedad que derrocha en la abundancia, pero que es capaz de crear imperios en la escasez. Espero que lo logremos una vez más… aunque tengo miedo de que los nacionalismos y populismos que se exacerbaron la década pasada puedan regresar con mayor virulencia. La mejor receta para combatirlos es tratar a las personas como adultas y no con tranquilizantes (como se hizo en el inicio de la pandemia con funestas consecuencias). Debemos permanecer alerta, que es la mejor receta para afrontar un futuro incierto que está en nuestras manos superar. No debemos dejarnos engañar por pulseras de oro de 24 quilates que no podemos pagar.

***

Creo que nunca he agradecido lo suficiente a mi madre por hacerme pasar por la tortura china que suponen las rebajas y, de ese modo, aprender a más eficiente en la toma de decisiones. Esto no implica decidir a la ligera o sin evaluar las circunstancias, pero llega un determinado momento en el que hay que elegir. Demorar indefinidamente lo que tienes que hacer únicamente te conduce a la desesperación de la parálisis por análisis y al fracaso en la misión encomendada.

4 comentarios en “Decisiones

  1. Pingback: Lili Marlene – Zihuatanejo

    1. Gracias por tu comentario.

      Es cierto que España tuvo un rescate del sector bancario y se impusieron condiciones, pero no fue comparable a los rescates de Grecia, Irlanda y Portugal

      Mi miedo es que tengamos una intervención de esa naturaleza si no se toman las medidas que hay que tomar

      Me gusta

  2. Pingback: El valor – Zihuatanejo

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