Lili Marleen

Lili Marleen es una canción que tiene su origen en un poema creado por el soldado alemán Hans Leip durante la Primera Guerra Mundial. Se convirtió en un himno oficioso que se escuchaba en ambos lados de la alambrada durante la Segunda. Narra la historia de un soldado que añora reencontrase con su novia bajo la farola en la que se besaron por primera vez. Posteriormente, Marta Sánchez destrozó la letra… aunque hoy no hablaremos de eso.

Faltaba un minuto para las 11 horas del día 11 del mes 11 del año 1918 cuando el soldado estadounidense Henry Gunther murió. Fue el último fallecido de la Primera Guerra Mundial. Frustrado por haber sido degradado del rango de sargento (a causa de una carta en la que recomendaba a sus amigos no alistarse por las penurias y la deficiente organización que sufría en las trincheras), y temiendo que le considerasen traidor por tener antepasados alemanes, Henry agarró la bayoneta y se lanzó en una misión suicida contra las trincheras enemigas. Recuperó su condición de sargento… pero de manera póstuma.

No fue la única vida truncada el último día de la Gran Guerra. La simbología de los tres onces para la eternidad retrasó durante seis fatídicas horas la entrada en vigor del armisticio, lo que provocó la friolera de más de 2.500 fallecidos adicionales en una guerra que superó los 30 millones. El General aliado Foch apuró esos últimos instantes en los que matar a un semejante es un acto de valentía a celebrar con una muesca en el revólver, antes de convertirse en una actividad de sádicos hijoputas que merece ser castigada con prisión. Una tenacidad que le granjeó posteriormente el grado supremo de Mariscal. Me imagino a la mayoría de los 2.500 llegando al cielo para reclamar al VAR. ¡Pedro, no me jodas! ¿Penalti y expulsión? ¡Pero si había quedado bajo la farola con Lili Marleen dentro de una semana! A lo que el pobre santo respondería: Lo siento mucho, pero la función no termina hasta que canta la gorda.

Lo mismo nos sucede con el coronavirus. Pasado más de un año desde el inicio de la pandemia ya intuimos el final de la pesadilla gracias al inicio de la vacunación. O al menos lo queremos vislumbrar. Pero no hay espacio para la confianza. El bicho sí que es un sádico hijoputa que no va a descansar hasta que lo derrotemos. No podemos rebajar nuestro estado de alerta hasta que el virus sea definitivamente vencido e incluso necesitaremos mantener medidas de prevención durante una larga temporada hasta que regresemos a la vieja normalidad. Son los signos de unos tiempos en los que hablar de cepas no hace referencia a caldos portentosos, sino a inquietantes amenazas procedentes de Gran Bretaña, Brasil o India. No queremos ser el Sargento Gunther del coronavirus después de haber extremado precauciones durante tanto tiempo, sino reunirnos sanos y salvos con nuestra Lili Marleen cuando pase la pandemia.

Del mismo modo que el soldado alemán besaba a su novia debajo de una farola, el español lo haría en el bar Los Faroles. Me imagino al Joaquín Sabina de hace unas décadas tirando pedradas contra una sucursal del Banco Hispanoamericano tras la desaparición del añorado bar en el que servía copas el verano anterior la mujer de los ojos de gata… y pienso en su reacción porque el propietario se vio obligado a cerrar, arruinado por la pandemia. Lamentablemente, en 2021 nuestro ahora ronco trovador no se encontraría con una nueva entidad bancaria, sino con un cartel de Se Vende o Se Traspasa. Después de la crisis financiera, la transformación digital y la pandemia ya no se abren sucursales. No obstante, si buscase una excusa para ahogar su frustración post pandemia rompiendo cristales, no tendría más que hacerse seguidor de Pablo Hasel.

Mientras tanto, nuestro gobierno retrasa medidas para salvar a las empresas, oculta los sablazos fiscales, es incapaz de formular un plan jurídico que sustituya al estado de alarma… y encima se sorprende de los resultados de las elecciones en Madrid. Las PyMes están inquietas, aunque al menos les tranquilizará el hecho de que una empresa tan fundamental para nuestro sector productivo como Plus Ultra sea rescatada. En cambio, la lucha del dueño del bar Los Faroles consiste en analizar cuánto tiempo es capaz de aguantar para salvar el negocio de su vida. No quiere ser el último Gunther que cierra antes de que inicie la recuperación. Los ERTEs no le evitan seguir pagando el mobiliario, la amortización de los equipos ya adquiridos o la cuota de la hipoteca del local. Los niveles de endeudamiento y desesperación de autónomos y pequeños propietarios que trabajan en el sector turismo alcanzan ya niveles dramáticos en su lucha por evitar el beneficio de gozar del ingreso mínimo vital.

Los meses que restan de pandemia no tendrán menos incertidumbre que los anteriores. Será un periodo para encontrar el equilibrio entre socializar (con muchas personas mayores desesperadas por no haber besado a sus nietos en un año o jóvenes a los que les va la vida en salir de copas) y mantener la distancia social para evitar el contagio; la incógnita de cuánto tiempo protegerá la vacuna; o la duda entre cerrar definitivamente el negocio o seguir endeudándose. ¿Seremos capaces de darnos cuenta de cuáles son los pasos adecuados a seguir? Nuestros capitanes a posteriori no se dieron cuenta de cuándo empezó, no tomaron medidas durante la pandemia y no sé si serán capaces de tomar las decisiones necesarias para superar las crisis económica y sanitaria.

Una de las labores más complicadas de la vida es ser consciente del momento en el que se producen los cambios. Zabalita se preguntaba en el bar La Catedral cuándo se jodió el Perú. Identificar las señales que nos muestren el fin de la pandemia será complicado, ya sea por exceso o por defecto. Que se lo digan al señor Sánchez que presumió de vencer al virus el verano pasado y ahora calla ante el fin del segundo estado de alarma. A las dificultades propias de la pandemia le añadiremos que ahora, por motivos de corrección política, la ópera terminará con el canto del thin man… y así no hay quien se aclare.

Del mismo modo que a Rick y a Ilsa les quedó Casablanca, más que el París previo a la ocupación, a nosotros siempre nos quedará nuestra particular Lili Marleen y nuestra Farola. Nos tenemos que aferrar a ellas como esperanza para superar la pandemia. Esperemos no tardar mucho en lograrlo, no vaya a ser que no solo Los Faroles tenga que cerrar, sino que nos suceda con nuestra Lili Marleen como al caminante de la canción de Serrat, cuya Penélope no supo reconocerlo con sus ojillos llenitos de ayer.

No nos podemos permitir otros años 20 como germen de un nuevo populismo. Tenemos que ser capaces de apreciar el enorme desarrollo y progreso que hemos construido con ímprobo esfuerzo de todos aquellos que nos precedieron durante el último siglo… y poner todo nuestro empeño para no solo recuperarlo sino más bien incrementar nuestros niveles de bienestar en las próximas décadas.

Decisiones

Sin llegar al extremo de Steve Jobs, he de reconocer que utilizar todos los días el mismo tipo de ropa te quita una decisión que tomar por las mañanas. En mi caso, además, me ayudaría a superar uno de mis traumas infantiles no resueltos: las rebajas. Como toda buena familia de clase media, mediado el mes de enero acudíamos a la inevitable cita con las rebajas para renovar el armario, abandonando las prendas que ya habían quedado pequeñas o irremediablemente desgastadas. Tras dejar el coche en el intrincado aparcamiento de Sol, nos encaminábamos primero a Galerías Preciados para posteriormente cruzar la calle hasta El Corte Inglés. En esas fechas, los grandes almacenes estaban atestados de multitudes hambrientas de la última ganga. Y ahí andaba yo, enredado en el Laberinto (sin Fauno) probándome multitud de prendas a la espera de la decisión materna acerca de cuál era la más adecuada para su hijo.

Tanta insistencia en probar multitud de prendas diferentes siempre tuvo para mí una doble interpretación. La primera era que me veía tan bonito, que mi madre se deleitaba en la observación de la belleza de su hijo con diferentes modelos. La segunda consistía en que era muy complicado encontrar una sola prenda con la que me viese bonito. Siempre he querido pensar que la primera interpretación era la correcta, aunque me malicio de la segunda. Por fortuna, tras ese repetido trauma infantil salí reforzado: ahora no tardo más de 5 minutos en elegir la prenda que voy a adquirir en una tienda.

Como bien narra Alberto Olmos en Irene y el aire, la vida de la pareja cambia en el momento en el que sabes que vas a ser padre y empiezas a pertrecharte con los innumerables aditamentos de que precisas para sobrevivir a la llegada de un nuevo ser que va a transformar tu vida. Una de las decisiones más importantes es el carrito que vas a elegir para transportar a tu pequeña criatura. Ante la imposibilidad de heredar algún carrito familiar, dos eran las principales opciones para las familias de clase media. La primera consistía en comprar el bugaboo. Tu hijo no podía tener nada que no fuese lo mejor y, además, lo podías pagar en cómodas cuotas hasta que hiciese la primera comunión. La segunda consistía en realizar un pormenorizado estudio con las múltiples opciones que te ofrecía el mercado, teniendo en cuenta precio, peso, tamaño del maletero de tu coche, forma en la que se plegaba, etc.

Dos pérdidas anteriores nos hicieron no apresurarnos a comprar lo requerido, hasta que tuvimos que apresurarnos porque el tiempo se agotaba. Eso sí, aprovechábamos cualquier ocasión para preguntar a familiares y amigos con niños pequeños acerca de su elección y su grado de satisfacción con lo elegido. En nuestra primera búsqueda de carrito nos atendió amablemente una dependiente quien nos empezó a hablar de diferentes opciones hasta que vimos el que unos amigos nos acababan de recomendar la tarde anterior. Descubrí, agradablemente sorprendido, cómo estaba etiquetado con la módica cantidad de poco más de 300 euros, mientras se podían contemplar las sucesivas etiquetas que empezaban marcando un precio de más de 900. ¿Por qué está tan barato este carrito? Pregunté. Es que se trata del último modelo que tenemos disponible y ya ha salido el nuevo de esta temporada.

Al encontrarse en buen estado, la decisión estaba tomada. ¿Ya? Preguntó mi mujer. Pero si es una decisión clave y se supone que tenemos que mirar 30 modelos, visitar 12 tiendas, hacer nuestro propio comparativo en una hoja Excel y, después de discutir durante 3 horas, elegir el carrito que acabamos de ver hoy, volver al centro comercial, que nos indiquen que ya no está disponible, lamentarnos de por qué no lo elegimos en primer lugar y optar finalmente por la quinta opción o visitar otras 12 tiendas en un rango de 60 kilómetros a la redonda… Porque ser padres es algo muy importante y hay que tomárselo en serio. Finalmente, mis dotes de persuasión y la opción de dedicar ese tiempo tan escaso para disfrutar de ese periodo en el que 1 + 1 todavía no es igual a 3 (como también escribió Alberto Olmos) hizo que en cinco minutos saliésemos del centro comercial con nuestro carrito ya comprado.

La tercera decisión me sucedió en Lima. Estaba a las afueras de una joyería, ya que en una semana era el cumpleaños de mi bien amada esposa, cuando la dependienta se acercó a mí. ¿Qué está buscando, señor? Me preguntó. Algo para el cumpleaños de mi esposa, pero todavía no tengo claro lo que quiero. Le respondí. No se preocupe, señor, que tengo justo lo que usted está buscando. Intrigado por la seguridad que mostraba aquella señora y la habilidad que suponía darse cuenta de mis necesidades nada más verme, decidí entrar a la tienda para descubrir lo que tenía para ofrecerme. Aquí tiene usted esta magnífica pulsera de oro puro de 24 quilates, bien fina y elegante, con la que su mujer va a comprobar cuánto la quiere usted. Me hizo su recomendación con una amplia sonrisa.

Educadamente le dije que me parecía muy bonita, lo que le llevó a comentar todos los maravillosos complementos de colgantes, pendientes y cadenas que hacían juego con ese prodigio de la orfebrería. Por curiosidad pregunté cuál era el precio. Justo hoy es su día de suerte. La pulsera está rebajada en un 40% y puede obtenerla por apenas 1.300 Dólares. Una verdadera ganga. Ya no pregunté por el precio de los complementos. Creo que mi acento extranjero hizo concebir falsas expectativas acerca de mi capacidad financiera. Como ya era demasiado tarde para comentar que mi señora había desarrollado una rara alergia a todo oro superior a 18 quilates, opté por el sentido del humor y le comenté. Mire usted, es que en realidad no la quiero tanto. ¿No tendría usted por casualidad alguna otra alternativa más cómoda? El rostro de la buena señora demudó de manera súbita, como si el Dr. Jekyll hubiese ingerido la pócima que le convertía en Mr. Hyde. No señor, no tengo nada más apropiado. Me espetó, mientras guardaba todo el género que me había mostrado. Tras cinco minutos en la joyería, tomé la puerta de salida, siendo yo quien llevaba la sonrisa en mi cara mientras que la buena señora clavaba una mirada de acibarado reproche en el cogote de aquel ser tan mezquino, ruin y despreciable.

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La vida consiste en tomar decisiones continuamente. Se podrá alegar que no todas las decisiones se pueden tomar en cinco minutos. Por ejemplo, casarte con una persona a la que has conocido hace cinco minutos solo es posible si estás en Las Vegas, donde te permiten deshacer rápidamente el entuerto que has creado la noche anterior, de forma que quede en Las Vegas lo sucedido en Las Vegas. Pero, en realidad, lo que se demora es el tiempo necesario para recopilar la información que te permita tomar una decisión con la suficiente seriedad como para que el resultado sea duradero. La decisión en sí no demora tanto. Si el pretendiente está rodilla en tierra con el anillo y la respuesta a ¿quieres casarte conmigo? se hace rogar por más de cinco segundos, el fracaso está garantizado (el llanto desconsolado sin palabras cuenta como un sí).

La toma de decisiones no siempre es sencilla y conlleva el riesgo del arrepentimiento. Puedes decidir abrir un restaurante en febrero de 2020 y encontrarte con una pandemia el mes siguiente; o decidir casarte con la novia (o novio) de hace 10 años y que a los seis meses esté en relaciones íntimas con el vecino (o vecina) del quinto; o decidir irte al extranjero en busca de mejores oportunidades y no ser capaz de adaptarte a un nuevo clima, idioma o gastronomía… No tomar decisiones también es una manera de decidirte, como estar quejándote durante 20 años de la empresa en la que estás trabajando y que finalmente te despidan cuando tienes 50 años. Pero los peores son los que piensan en las decisiones para quedar bien con todo el mundo, que es la mejor manera de molestar a todos, como el caso de no decidir que no te quieres casar con tu novia (o novio) de hace 10 años y no decidirte a dejar los amores con la vecina (o vecino) del quinto. Otro fracaso garantizado.

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Gestionar el peso de las decisiones es lo que te permite pasar a la edad adulta, cuando ya no están tus padres para comprarte la ropa en rebajas. Creo que esto ha sido lo que más me ha molestado a lo largo de la pandemia. Darnos cuenta de que estamos dirigidos por un gobierno adolescente que lleva más de un año sin tomar decisiones. Ya sea renunciar a un plan B legislativo que modifique una Ley de Sanidad de hace 35 años o dimitir de realizar un liderazgo inclusivo, delegando en 19 decisores la gestión de la crisis.

Un ejemplo claro lo vemos con la séptima presentación en el Congreso de los Diputados del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, un año después de que se concediesen los fondos europeos y sin haber tenido que pasar por un proceso de negociación con otras administraciones. Desde las grandes promesas que se realizaban al principio de la pandemia, hemos tenido que soportar nombres grandilocuentes y mucha palabrería, que es la mejor manera de no decir nada. Y todo en el momento en que precisamos de pocas palabras, pero audaces.

Desafortunadamente, me temo que los fondos europeos son la mayor pantomima que nos han vendido en mucho tiempo. Parece que es más importante vender ilusión que soluciones. Si pensamos que van a venir desde Europa para solucionar nuestros problemas, estamos muy equivocados. Los fondos europeos serán una ayuda muy importante para España, pero distan mucho de ser la panacea. El mayor esfuerzo, como es lógico, lo tendremos que realizar los españoles. Y a los datos me remito:

  • El importe bruto (sin contar lo que España ha de aportar) de la ayudas europeas es de 140.000 millones de euros en 10 años (14.000 al año).
  • El déficit español en 2020 fue de 123.072 millones y la deuda subió al 120% del PIB.
  • El déficit en 2019 fue de 35.637 millones.
  • La previsión de déficit para 2021 va a ser superior a los 100.000 millones y se prevé un lustro de déficit excesivo.

¿Esto que quiere decir? Que en tres años (2019 – 2021) vamos a tener un déficit acumulado superior a 250.000 millones de euros, lo que supone casi un 80% más de las ayudas brutas que vamos a recibir en el periodo 2021 – 2030. España lleva más de un año subsistiendo gracias a la barra libre de financiación del Banco Central Europeo, pero las autoridades europeas ya nos están advirtiendo de que, una vez pase de la excepcionalidad que supone la pandemia, hemos de volver a la senda de la estabilidad presupuestaria, ya que para endeudarte necesitas de entidades que compren una deuda que has de devolver tú, tus hijos o tus nietos. Porque, por si no lo sabías, España es el quinto país más endeudado del planeta… y nuestra deuda la detentan fundamentalmente entidades extranjeras.

Por tanto, si en 2023 no somos capaces de generar más riqueza (que permita recaudar más impuestos), de recortar en el gasto público o de lograr un incremento sustancial de la recaudación fiscal… volveremos a oír hablar de la prima de riesgo y estaremos abocados al rescate que evitamos hace una década, siendo hoy real el riesgo de que las pensiones de nuestros mayores se vean afectadas…

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Mientras este riesgo se cierne sobre nuestra economía, el gobierno de coalición únicamente se dedica a anunciar medidas que agraden a todo el mundo, se arroga el éxito de las vacunas que compra Europa y ponen las Comunidades Autónomas y se dedica a criticar a los que toman las decisiones que ellos no quieren adoptar. Eso sí, siempre le queda tiempo de rescatar a Plus Ultra con 53 millones de euros o mantener 23 ministerios. ¿Y la oposición? Pues la bisagra de Cs se ha salido del marco y está cercana a desaparecer; Vox está demasiado ocupado con feminazis y menas como para hablar de economía… y nos queda el PP, la que se supone que es la principal alternativa.

El PP me parece que está siguiendo la misma táctica que Rajoy cuando llegó al poder con la caída de Zapatero. Si abre la boca para alertar de este riesgo, saldrá la oposición de la oposición para declarar que la derecha, la ultraderecha y la extrema megahiperultraderecha (los fascistas, en resumen) quieren volver al austericidio y a las políticas criminales de recorte que tanto daño, según ellos, causó a nuestra sociedad… aunque fuese el propio Zapatero quien las inició. Si Casado realmente se cree que con su llegada se van a solucionar los problemas de la economía española, está completamente equivocado. Ya en la crisis anterior estuvimos a punto de ser intervenidos.

¿Cómo saldremos de esta? Espero que transformados y resilientes, más digitales y ambientalmente sostenibles… Pero lo que es seguro es que la salida no será fácil. Las sociedades se construyen de abajo hacia arriba. De la crisis anterior salimos, entre otras cosas, gracias a un incremento de 53 millones a 83 millones de turistas o a la internacionalización de nuestra economía. Nos costará mucho y será un esfuerzo colectivo de muchas personas. Pero es algo que ya hemos realizado en España anteriormente. Una sociedad que derrocha en la abundancia, pero que es capaz de crear imperios en la escasez. Espero que lo logremos una vez más… aunque tengo miedo de que los nacionalismos y populismos que se exacerbaron la década pasada puedan regresar con mayor virulencia. La mejor receta para combatirlos es tratar a las personas como adultas y no con tranquilizantes (como se hizo en el inicio de la pandemia con funestas consecuencias). Debemos permanecer alerta, que es la mejor receta para afrontar un futuro incierto que está en nuestras manos superar. No debemos dejarnos engañar por pulseras de oro de 24 quilates que no podemos pagar.

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Creo que nunca he agradecido lo suficiente a mi madre por hacerme pasar por la tortura china que suponen las rebajas y, de ese modo, aprender a más eficiente en la toma de decisiones. Esto no implica decidir a la ligera o sin evaluar las circunstancias, pero llega un determinado momento en el que hay que elegir. Demorar indefinidamente lo que tienes que hacer únicamente te conduce a la desesperación de la parálisis por análisis y al fracaso en la misión encomendada.

Arrepentimiento

Viernes por la noche en tu juventud. Tus amigos te han invitado una fiesta. Estás agotado tras una semana intensa, pero te prometen que vas a estar rodeado de amigas simpatiquísimas y con la música que te gusta. Como eres débil de voluntad, aceptas. Son las dos de la mañana, las chicas no aparecen, suena OBK, estás aburrido como una ostra y sin ninguna perspectiva positiva que haga que merezca la pena el esfuerzo de permanecer despierto. Te arrepientes de haber salido de casa y emprendes un triste y solitario camino de regreso a casa.

Sábado por la mañana. Te llaman tus colegas. Gracias al desgraciado de Murphy, a los cinco minutos de haberte ido llegó un grupo de modelos despampanantes que alegró la existencia a todos los que se quedaron, la fiesta se alargó hasta las 7 de la mañana entre chupitos de bourbon, pusieron rock español del bueno, todos tus amigos ligaron… y tú durmiendo en casa. Te vuelves a arrepentir. Cuando se repiten tres sábados seguidos en los que cuando te vas empieza la fiesta y cuando te quedas nunca llega, te arrepientes de los amigos que tienes y buscas nuevos… que la vida tampoco está hecha para sufrir.

Una década más tarde, te ofrecen un trabajo de expatriado. Tienes que abandonar tu zona de confort y la comodidad de tu país para empezar una nueva aventura. Te encuentras con una ciudad por descubrir donde los atascos son interminables, tu familia y tus amigos están lejos, no encuentras ni jamón ni pinchos de tortilla, no hay mahou y tu ambiente de trabajo es totalmente diferente al que estabas acostumbrado. Cada día se convierte en una odisea y te arrepientes del momento en el que aceptaste ese reto laboral.

Llega el día en el que te comunican que la expatriación termina. Has descubierto amigos que son como familia, te has acostumbrado a nuevos y exquisitos sabores, a una nueva cultura y costumbres, has descubierto nuevas chelas, dominas tu trabajo y encuentras la diversión de lanzarte a los cruces con tu coche como si no existiese mañana. Te arrepientes de todo el tiempo malgastado en la queja improductiva por las cosas que te disgustaban de tu país de adopción y lamentas todo lo pendiente por hacer y para lo que te quedaste sin tiempo. Si además el regreso es a España, tienes que sumarle la necesidad de volver a tener dos sueldos, cuando uno de la pareja tuvo que renunciar hace años a su carrera profesional. El drama de los expatriados.

Pero donde el arrepentimiento suele alcanzar su clímax es en las separaciones amorosas. En ese momento, los despechados no suelen acordarse de todas las cosas buenas en las que se fijaron de aquella media naranja de la que se enamoraron ya convertida en medio limón, o de los agradables momentos compartidos cuando la compañía era dulce, sino que más bien se autoflagelan pensando en cómo fueron tan imbéciles para no darse cuenta de todas las indubitables señales que desde el primer momento mostraban el fracaso que se avecinaba al haber elegido a la persona equivocada… O si no, no hay más que leer la autobiografía de Woody Allen, quien narra las señales obviadas en su tormentosa relación con Mia Farrow.

Tenemos constantemente motivos para arrepentirnos de decisiones que la experiencia nos demuestra que fueron equivocadas. Al igual que pedir perdón, no es algo malo siempre que evites caer en una absurda autoflagelación ya que, como decía mi abuela, de los errores se aprende. Sin embargo, tenemos una tendencia enfermiza a olvidar aquellas cosas que se realizan correctamente. Por ejemplo, la vuelta al colegio en plena pandemia fue una decisión que entrañaba riesgos. Nadie aseguraba que no se fuese a producir una escalada en los contagios. Es una decisión que todavía no se ha implementado en muchos países de Latinoamérica, pero que fue exitosa en España, siguiendo la senda iniciada en otros países europeos.

Una gestión tan complicada como la del COVID proporciona muchos motivos de arrepentimiento por errores en la gestión: minusvalorar el riesgo de una pandemia, no realizar acopio de medicamentos o EPIs para el personal sanitario, no contar con criterios claros de gestión, no prever la necesidad de jeringuillas especiales que permiten aprovechar la famosa sexta dosis de la vacuna de Pfizer… Los errores entran dentro de lo habitual en una situación tan compleja como la que hemos vivido y nadie, de ninguna administración, ha estado exento de cometerlos. Todos fueron estafados en la compra de material médico. Además, en política, decisiones que son acertadas para unos pueden ser equivocadas para otros, como ha sucedido con el equilibrio entre salud y economía.

Ante estas complejas situaciones existen dos posibles reacciones. Los humildes reconocen los errores cometidos y se arrepienten de ellos. Admiten que hoy tomarían decisiones diferentes a las que adoptaron en su día. En ello, los más sinceros han sido los alemanes. El ejemplo más cercano lo tenemos en Ángela Merkel. Tomó la decisión de un cierre total del comercio en Semana Santa, sus asesores le indicaron que estaba cometiendo un error, cambió la decisión tomada y, finalmente, compareció ante la prensa para asumir en primera persona la completa responsabilidad del error. Una muestra de liderazgo, porque solo quien toma decisiones se equivoca.

Los prepotentes, por el contrario, no encuentran motivos para arrepentirse. Son los Supermanes de los que siempre he recelado. Como las declaraciones de nuestro ex ministro Illa al dejar la cartera de Sanidad. ¡Con lo educado y moderado que parecía! No solo no se arrepintió de abandonar su ministerio en lo más crítico de la pandemia, sino que dijo que tomó todas las decisiones con la información de que disponía en un momento determinado y que, por tanto, volvería a tomar las mismas. Este complejo de superioridad de los prepotentes parte del hecho de que se consideran imbuidos del infalible poder de adoptar siempre la decisión acertada, lo que les lleva a desoír a personas (menos capaces que ellos, seguramente) que les advierten de posibles errores que pueden estar cometiendo. Porque solo ellos son capaces en todo momento de interpretar correctamente la información disponible. ¡Qué envidia! ¡Será que nunca han necesitado tiritas para el corazón partío!

Por eso, muchos prepotentes acaban convirtiéndose a la tercera vía: el arrepentimiento parcial. Es el peor de los arrepentimientos. No por el lado del arrepen, sino por el del timiento. Ante la frustración de ser ya más de 30 veces 3 las ocasiones en las que han tomado decisiones equivocadas, y ante el miedo de que los ciudadanos quieran cambiar de amigos en las siguientes votaciones, optan por esta vía. Ti miento acerca de las mascarillas, del comité de expertos, del solo serán dos casos, de que las PCR no son necesarias, de que no hay que hacer controles en aeropuertos, del saldremos más fuertes, de los criterios de desescalada

La última ha consistido en decir que están cumpliendo con el calendario de vacunación previsto. En este caso, como diría Rajoy, es metafísicamente imposible cumplir con un plan que no tienen… o que al menos nunca compartieron con la opinión pública. Será que se aproximan nuevas elecciones… Hora punta en el Metro.

Bisagras

Las bisagras no se mueven. Se mueven las puertas. Las bisagras permiten giros de 360 grados. Los marcos los limitan.

Muchas personas aceptan acríticamente las metáforas políticas de los periodistas. Es lo que sucede con Cs y su papel como partido bisagra. En realidad, es un símil muy potente… sobre todo si somos conscientes de cómo en realidad funcionan las bisagras. De acuerdo a la RAE, la bisagra es un herraje de dos piezas con un eje común que sirve para unir dos superficies permitiendo el giro de ambas o de una sobre la otra. Las bisagras instaladas en las puertas son las más comunes. Para que cumplan su función deben tener el tamaño necesario para soportar el peso de la puerta, ayudadas por unos tornillos que tengan la fuerza suficiente para sujetarlas al marco. Una bisagra bien instalada no se mueve. Permite que la puerta se desplace sin chirridos, centrada en su eje y limitada por el marco. Si la instalación es deficiente, la puerta baila y no cumple eficazmente con su misión, pudiendo incluso estropearse y dañar el suelo.

Más que Cs, los partidos políticos que verdaderamente han desempeñado el papel de bisagra en la España constitucional han sido los nacionalistas. Sus tornillos eran una Ley Electoral que les proporcionaba una fuerza superior a la que tienen por el número de votos que obtienen en el conjunto de España. Estas bisagras nunca tuvieron problemas para girar 360 grados si era necesario, pactando tanto con PSOE como con PP mientras eran engrasadas con un módico precio. Como en nuestro país siempre ha vendido la pelea entre las dos Españas, el partido mayoritario pagaba gustoso un injustiprecio a cambio de librar a media España del dolor de sufrir el gobierno de los malvados de izquierda o de derecha. El nacionalismo no tenía que moverse. Los partidos mayoritarios acudían gustosos a él.

Ante la sangrante situación que vivían los ciudadanos que no contaban con el soporte de un partido nacionalista, surgieron dos partidos políticos indignados con la política de pactos de PP y PSOE. Primero UPyD y después Cs. Cuando se crean nuevos partidos, no tienen peso para influir. Por ello, su intención original no fue ser partidos bisagras, sino mostrar que otra forma de hacer política era posible. Rosa Díez creó UPyD hastiada de Zapatero, no para pactar con él. Lo mismo sucedió con Ciudadanos, que fue originalmente una escisión socialdemócrata en Cataluña contra el nacionalismo de Maragall. Paradójicamente, ambos partidos terminaron como refugio de votantes conservadores cansados de la corrupción del PP y de la tibieza que mostraba a la hora de defender alguno de sus valores tradicionales (como la bajada de impuestos).

La situación política fue evolucionando. Entre UPyD y Cs sobrevivió este último, tras descartar Rosa Díez la fusión de ambas formaciones tras las elecciones europeas de 2014 y verse abocada a la desaparición. Cs decidió en ese momento evolucionar de su posición socialdemócrata original a un planteamiento liberal que no existía en España. Esta estrategia tuvo aceptación por parte de la sociedad, lo que permitió a Cs ser factor decisivo para la gobernación, como se vio en Andalucía apoyando el gobierno de Susana Díaz en 2015. El incremento de votantes le permitió tener un tamaño suficiente que permitiese sostener una puerta, dejando atrás la pureza de la lucha por unos ideales al apoyar un gobierno manchado por el caso de corrupción de los EREs. Esta posición se repitió en el Pacto del Abrazo, donde Rivera voto a favor de Pedro Sánchez en su fracasado intento de investidura tras las elecciones de diciembre de ese mismo año. En ese caso, la bisagra no tuvo el suficiente tamaño y se repitieron las elecciones.

Pero quien está en política, más que resignarse a ser bisagra, pretende ser puerta. Más que ayudar a que se muevan los otros, ser el que se mueve. Porque Cs defendía unos determinados valores: regeneración política, liberal en lo económico (parecido al PP) y liberal en lo social (al estilo del PSOE). ¿Por qué resignarse a ser segunda o tercera fuerza política y no aspirar a ser el partido más votado? ¿Acaso no lo logró Macron en Francia venciendo a los partidos tradicionales? Rivera vio la crisis en la que estaba sumido el PP e hizo una apuesta para sustituirlo como fuerza dominante del centro derecha, abierto a la posibilidad de gobernar con un PSOE que también estaba en plena decadencia. Y estuvo a punto de lograrlo. Recordemos que Cs ganó las elecciones catalanas de 2017 y estuvo cerca de gobernar. Este resultado fue un importante espaldarazo para su formación y, si Rajoy hubiese convocado elecciones ante la moción de censura de Sánchez en junio de 2018, podría haberlas ganado. Las encuestas le situaban en primer lugar… y el PSOE aparecía en algunas como cuarta fuerza política.

Pero no fue así, y Sánchez se hizo con el poder legítimamente, pero por la puerta de atrás y con una alianza de todas las fuerzas populistas y nacionalistas del hemiciclo. España entró en un nuevo escenario político: el Frankenstein. A Rivera le resultaba más cómodo ser la oposición centrista al PP de la corrupción que tener que compartir la oposición con ellos frente al bloque de la izquierda, como se vio en la foto de Colón. De esta manera llegaron las elecciones generales de mayo de 2019. Cs estuvo a menos de 250 mil votos de convertirse en el principal partido de la oposición. El tiro al palo se repitió un mes más tarde. Cs se quedó a las puertas de ser el primer partido del centro derecha en muchas autonomías y ayuntamientos, pero se vio lastrado por la frustración de las elecciones anteriores y una menor implantación territorial. Ante un escenario cada vez más tenso, su única alternativa fue convertirse en la muleta del PP… excepto en Castilla La Mancha.

Mientras se cerraban los gobiernos locales y regionales, se abrió un largo periodo de 6 meses que llevó a la repetición de las elecciones generales. Y ése fue el inicio del fracaso para Cs. Para ser sinceros, Rivera estaba en una encrucijada de difícil salida. Y lo peor de todo es que tenía razón, como se demostró posteriormente. Sánchez nunca quiso pactar con él. No hay más que ver a las personas que envió a Ferraz para gritar ¡Con Rivera, no! Su intención fue siempre convocar nuevas elecciones en las que mejorar su resultado. Quería pactar con su banda, pero desde una posición de mayor fuerza. Sin embargo, no era menos cierto que una vez Rivera había visto tan cerca la opción de convertirse en puerta, no quería aceptar su fracaso y resignarse a ser bisagra. Sánchez y su pléyade de asesores fueron capaces de transmitir la idea de la ambición del líder de Cs, mientras que Rivera fracasó al transmitir que era Sánchez quien tenía que decidir si iba a setas o a Rolex. Estuvo demasiado ocupado ese verano con su ajetreada vida sentimental. El resultado es por todos conocido. Sánchez se desdijo de lo afirmado en la campaña electoral y realizó su modificado.

Cs fracasó, Vox ocupó la posición de rival del PP por la derecha, Rivera se fue a su casa y Arrimadas ocupó su lugar. La serie de Netflix continuó cambiando los papeles protagonistas. El PP tenía dos opciones: luchar por ocupar el centro o pelear el espacio de la derecha con Vox. Optó por la primera. Cs se quedaba sin espacio político. Como actores en busca de guion, Arrimadas asumió como quimérico el objetivo de ser puerta y se resignó a ser bisagra. Pero no es lo mismo ser bisagra cuando estás en ascenso que cuando estás en declive. Como le sucedió al CDS en los 90. A esto se le sumó que Cs era una bisagra muy disminuida con una fuerza muy limitada para movilizar puertas.

Cs modificó el marco que estableció tras la moción de censura, de forma que le permitiese abrir 180 grados en lugar de 90. Su intención fue recuperar puntos de encuentro con el PSOE con el nuevo escenario que ha supuesto la pandemia… pero estamos hablando del PSOE de Sánchez, que a su vez está pactando con Bildu, Podemos, ERC y demás sospechosos habituales. Cs se convirtió en una bisagra de segunda mano frente a la bisagra principal morada, adornada con púas secesionistas, cuyo verdadero anhelo es destrozar el marco actual… y que nunca llorarían si la puerta del PSOE es destrozada o el suelo que pisamos los ciudadanos (sobre todo los madrileños). La conclusión es que la puerta no se movió, la bisagra sí… y empezó a bailar. Con movimientos como la moción de censura en Murcia, Cs ha dado la percepción de que en lugar de ser bisagra se ha convertido en veleta, buscando el viento más propicio para ocupar titulares que le permitan volver a ocupar un lugar relevante en la escena política. Justo la mejor receta para caer en la irrelevancia.

A mí siempre me han gustado las bisagras, las fronteras o los puentes. Nunca he tenido problemas para relacionarme con personas muy diversas y aprender de ellas, tanto en mi vida profesional como en la personal. Es más, lo disfruto. Pero en política, más que de bisagras soy partidario de los marcos. Sobre todo del marco constitucional. Es una lástima que en España tengamos que pensar en partidos bisagras por la infantilización de nuestros líderes políticos. En países como Alemania los equivalentes al PP y el PSOE gobiernan juntos sin necesidad de Celestinas. Por desgracia, actualmente tenemos en marcha una burda lucha por el poder, no un pensamiento por el beneficio de los gobernados. ¡Pero si hasta hace nada se criticaba al PPSOE por ser muy parecidos! Y lo mejor de todo es que era verdad. Por tanto, lo que necesitamos no son partidos bisagra, sino políticos bisagra. Personas que se breguen en la obtención de consensos amplios en temas que verdaderamente preocupan a la inmensa mayoría de la sociedad, aceptación de la legitimidad del rival político y disputa limpia en los temas en los que se disiente. Casi nada.

Nuestra lucha en la sociedad actual es entre populismo y democracia. No comunismo y fascismo. No izquierdas y derechas. Lamentablemente tenemos a un Presidente que debe todo su poder al populismo y al nacionalismo excluyente y a una oposición infantil liderada por mediocres. Y todo en mitad de una pandemia…

Envidia

La envidia se produce por una conjunción de falta de autoestima con exaltación de las virtudes ajenas. Para el envidioso, la esposa ajena es más comprensiva que la propia, los compañeros de clase de sus hijos son más aplicados que los suyos y el coche del vecino está más equipado que el que acaba de adquirir. Este fenómeno se ve potenciado en época de pandemia. Así los envidiosos patrios anhelan la industria y el desarrollo de Alemania y los alemanes añoran disfrutar del sol de España.

Mientras los españoles exaltamos el orden ajeno despreciamos las virtudes propias. El turismo, que ahora es denostado por el Director General de Consumo (ascendido a la categoría de Ministro) como sector de bajo valor añadido, parecía un buen negocio hace menos de un año. Y lo era. Si nos fijamos en las estadísticas mundiales, en 2015 el número de turistas a nivel mundial era de 1.196 millones y en 2019 subió hasta 1.461 millones, lo que supone un incremento de más de un 22% en apenas 4 años. Cada vez hay (o había) más personas con la voluntad de conocer sitios diferentes de nuestro planeta, derivado de un mayor bienestar económico global.

En el reparto de turistas, España ganó la medalla de plata únicamente detrás de Francia, recibiendo en 2019 casi 83 millones de visitantes. En 2010 España ocupaba el cuarto lugar del ranking (detrás de Francia, China y Estados Unidos) con 53 millones de visitantes. En 9 años se ha producido un espectacular incremento de casi el 60%, con otro elemento añadido: España ocupa el segundo lugar en cuanto a ingresos por turismo, con casi 67.500 millones de Euros, únicamente por detrás de Estados Unidos. Todo ello nos ha convertido, según el World Economic Forum, el país más competitivo el mundo en términos turísticos. Creo que deberíamos sentirnos orgullosos de todos los puestos de trabajo que el turismo ha creado, así como los ingresos fiscales que ha generado después de la crisis de 2008 y que volverán cuando superemos el coronavirus. Si todos los sectores de la economía española hubiesen evolucionado igual en la última década, ahora seríamos superpotencia mundial. Crear un círculo virtuoso de semejante envergadura solo se alcanza mediante un exitoso trabajo en equipo que implica la conjunción de múltiples esfuerzos. España tiene la suerte de contar con unos lugares irrepetibles y unas condiciones excepcionales: sol y playa, museos, gastronomía, naturaleza, arquitectura… pero esto es algo que también tiene Italia y cada vez logramos tener más visitantes que ellos. Una buena materia prima es condición necesaria para un buen guiso, pero no suficiente. También se precisa de buenos cocineros.

Pongamos un ejemplo. Un vecino (imaginemos que se llama Paco) de Granada cuenta con el entorno idílico de La Alhambra, el Albaicín o la Catedral, lo que asegura a la ciudad un elevado número de visitas al año. Paco, que se ha preparado para gestionar restaurantes, puede emplear sus ahorros o conseguir financiación para abrir un establecimiento en el que ofrecer sus elaboraciones a las personas que visitan su ciudad. Así, siempre es atractivo para un turista degustar las habas con jamón, el remojón granadino o el plato alpujarreño. Paco va a realizar una apuesta. No hay ningún ministerio que indique el lugar en el que tiene que abrir ni el menú a ofrecer ni asegura un mínimo de ingresos. Si acierta con la calidad de su carta y con el precio, su restaurante se llenará y podrá contratar a más personas. De ese modo ganará dinero. Si se equivoca, tendrá que despedir a sus trabajadores y perderá sus ahorros o no podrá hacer frente a la financiación que solicitó, lo que incluso le puede ocasionar la pérdida de el inmueble que él o su familia han puesto como garantía. Imagino que ésta es la peor pesadilla de todos los Pacos que se embarcaron en un nuevo negocio antes de empezar la pandemia.

Las apuestas pueden ser de diferente alcance. Se puede ofertar comida típica a precio asequible, en un restaurante más pequeño con un alquiler barato, o se puede elaborar comidas más refinadas, en un lugar céntrico, con un precio más elevado, que persiga a un cliente de mayor poder adquisitivo y que esté dispuesto a pagar un precio superior. Este proceso de mayor elaboración, que a su vez implica una inversión y un riesgo mayores, puede conllevar un efecto de retroalimentación al turismo. Realizar una ruta por los bares de tapas del centro histórico o tener una experiencia gastronómica en alguno de los 10 restaurantes más reconocidos en Tripadvisor puede convertirse en un foco adicional de atracción de turismo. De este modo, el elemento que me puede hacer volver de visita a Granada ya no es la Capilla de los Reyes Católicos, sino almorzar o cenar en un restaurante con estrella Michelín. Y esto es lo que hace que Granada haya llegado a 5 millones de visitantes en 2019.

Las personas que realizaron una inversión exitosa, pueden mantener su establecimiento (con el riesgo de que termine pasando de moda) o seguir innovando y subir su apuesta. De este modo, se abre la opción de ampliaciones en el local para incrementar el número de mesas en las que atender a sus comensales; puede abrir nuevas sedes; crear franquicias con su marca; o generar cadenas de catering con las que atender eventos o comidas a domicilio. Nuevamente, esas apuestas implicarán un riesgo (en forma de costes más elevados) que se verá compensado (o no) con mayores ganancias. Las sociedades desarrolladas se construyen así, desde abajo hacia arriba. Mediante la iniciativa, el sacrificio y el riesgo. El éxito generará nuevos puestos de trabajo y conllevará el pago de impuestos más elevados. El fracaso supone regresar al punto de partida.

El límite no está topado. No hay más que pensar que Amazon nació hace 25 años vendiendo únicamente libros. Lo que acabamos de ver en el sector de la gastronomía se puede aplicar a otros en el sector turístico, como los hoteles. De nuevo, una vecina de Granada (la llamaremos Ana) puede optar por invertir en un pequeño hotel que sirva de alojamiento a turistas, ya sea en un lugar sencillo pero céntrico o mejor equipado pero más lejos de ellos. Pero Ana también puede realizar una inversión mayor para ofrecer habitaciones más amplias y confortables, gimnasios equipados, piscinas o parques acuáticos, restaurantes variados, actividades recreativas y de ocio, centros de spa, talleres para los más pequeños… De este modo, el hotel en sí puede convertirse en un centro de interés de turístico o un incentivo para que los visitantes se queden más tiempo en una determinada localidad, disfrutando de una oferta completa que combine la cultura, la playa o la actividad rural con días adicionales de descanso en el complejo hotelero. La experiencia exitosa en un lugar determinado, también se puede replicar en otros lugares. En este campo, las empresas españolas han sido pioneras en la internacionalización, con grandes grupos hoteleros como Meliá, NH, Barceló, Riu o Iberostar.

Alrededor del turismo, surgen multitud de oportunidades de negocio: deportes de aventura; guías turísticos que convierten una visita a los monumentos en una experiencia amena e interesante; emprendedores de la economía digital que creen apps en las que los visitantes a los museos puedan conocer con más detalle los secretos que encierran; organizar festivales culturales (cine, teatro…) que den singularidad a una localidad (como la Seminci en Valladolid o el Festival de San Sebastián); recorridos de compras por grandes almacenes como El Corte Inglés… Y todas estas iniciativas se van complementando y retroalimentando. De este modo, para disfrutar en plenitud Granada no va a ser suficiente con un par de días, sino que precisarás de al menos de una semana (o incluso más, si quieres disfrutar de los encantos que ofrece la provincia, ya sea en su costa o en Sierra Nevada).

Otro ejemplo claro de la creatividad española lo podemos ver en el nuevo Santiago Bernabéu. Ya no solo vas a disfrutar de un espectáculo deportivo de primer nivel (aunque este año parece que va a ser más complicado) sino que también se conjugará con una obra arquitectónica de primer nivel, el cuarto museo más visitado de Madrid, un recorrido de compras de las principales marcas o una cena en el restaurante de Martín Berasategui. Una vez más, puedes pasar de una experiencia de 2 horas a otra de un día completo.

Por tanto, España no tiene un problema con el turismo. Tiene un sector con el que dar envidia a los países vecinos y tiene el valor añadido de que toda esa creatividad no solo está a disposición de las personas que nos visitan, sino que también hacen de España uno de los países con mayor calidad de vida para sus habitantes. Gracias a todos los turistas que tenemos, el español tiene una variedad de oferta a la que no podría aspirar solo con sus nacionales.

El riesgo que se nos presenta con el coronavirus es que todo el trabajo y el emprendimiento que numerosas personas han realizado para generar esta oferta tan atrayente se pierda. Tenemos un riesgo elevado de salir de ese círculo virtuoso para entrar en otro vicioso. Si perdemos restaurantes, hoteles, empresas de transporte, locales de ocio… no solo tendremos menos turistas o se quedarán menos tiempo, sino que además tendremos menos puestos de trabajo y menos ingresos vía impuestos. Es por ello que es tan importante que se apoye no solo a los trabajadores en estas empresas vía ERTEs, sino también a los propietarios de los negocios. Si se destruye una parte importante de ese tejido productivo ¿a qué se van a dedicar sus trabajadores? En Alemania, por ejemplo, están dando un apoyo del 75% de lo facturado en 2019 a sus bares y restaurantes (¡qué envidia!).

Una vez que hemos visto que podemos sentirnos orgullosos de nuestro sector turístico, siempre saldrán envidiosos que afirmen que no estamos a la altura del resto de los países europeos en el resto de sectores económicos. Pero entonces también nos damos cuenta de que el 25% de las obras más importantes de infraestructura en el mundo están desarrolladas por las empresas constructoras españolas (como ACS, Ferrovial, Acciona, FCC…); contamos con dos de los bancos más importantes a nivel mundial (Santander y BBVA); somos líderes en desarrollo de energías renovables (Acciona, Iberdrola, Gamesa); tenemos la principal empresa mundial de textiles (Inditex); empresas energéticas de primer nivel (Repsol, Naturgy, Enagas); o tres escuelas de negocio entre las más reconocidas (IESE, IE, ESADE).

Todos estos elementos de orgullo no son óbice para reconocer que seguimos teniendo una de las tasas de desempleo más elevadas de la OCDE. Entonces los envidiosos dirán que es por nuestra falta de talento. Que nos gustaría formar parte de un país innovador, capaz de inventar la calculadora, la epidural, el submarino, el helicóptero, el libro electrónico, el traje espacial o los aparatos de rayos X portátiles… hasta que nos damos cuenta de que fueron españoles los que trajeron estas innovaciones al mundo. El problema quizá lo tenemos en ser capaces de traducir nuestra creatividad en patentes, las patentes en proyectos comercializables y todo ello a través de empresas que generen puestos de trabajos de calidad para nuestros profesionales. O quizá esté pendiente aportar más recursos para una investigación en la que exista una colaboración mucho más cercana entre las empresas y las universidades, aunque surgirán voces acusando de que se quiere privatizar la universidad.

Por tanto, en España tenemos una gran creatividad y somos capaces de traducir en negocios pequeños nuestro talento. También somos líderes mundiales cuando somos capaces de generar grandes compañías que pueden competir con las principales multinacionales. Entonces, el problema está en que el número de grandes empresas que tenemos es muy inferior a las que existen en el resto de Europa. Por ejemplo, el porcentaje de grandes empresas alemanas es cuatro veces superior a las españolas (¡qué envidia!). Es por ello que hemos sufrido mucho más que los países vecinos y la tasa de paro se dispara en los momentos de recesión. Solo podremos igualarnos a los países que envidiamos mediante el crecimiento de las pequeñas empresas en medianas, las medianas en grandes y las grandes en más grandes… o atrayendo la inversión de grandes empresas extranjeras para que se instalen en España. Tenemos la experiencia exitosa de la industria del automóvil, que ha crecido hasta convertirse en nuestra principal fuente de exportaciones. Además, estas grandes corporaciones generan otro círculo virtuoso, creando nuevas PyMes alrededor suyo para proveer bienes y servicios.

Las grandes empresas son las que pagan salarios más elevados, realizan políticas de inclusión de discapacitados, reducen brechas de género, tienen planes para potenciar la diversidad, implantan políticas ambientalmente sostenibles, códigos éticos, sistemas de control de calidad o programas de Responsabilidad Social Corporativa. En una empresa de apenas tres trabajadores, la única manera de conseguir el objetivo de igualdad de género sería implantando la política queer, de manera que cada uno se pueda sentir del género que considere y así cumplir con los objetivos que se planteen. Sin embargo, los grandes empresarios de nuestro país como Amancio Ortega, Ana Botín o Juan Roig sufren en muchas ocasiones el rechazo y la criminalización por parte de mediocres envidiosos que no han generado riqueza en su vida, en lugar de ser vistos con admiración y orgullo. Así llegamos a la paradójica situación en la que se quiere establecer mucha regulación para la gestión de las grandes empresas pero poca regulación para que haya grandes empresas en España.

Mientras el sector privado se construye generando riqueza desde abajo hacia arriba, el Estado se construye desde arriba hacia abajo gastando los ingresos que el sector privado genera mediante una serie de criterios que establecen políticos que son elegidos democráticamente por los ciudadanos. Esto no implica necesariamente que sean funciones contradictorias, sino que también pueden generar círculos virtuosos que se retroalimentan. Volviendo al ejemplo de Granada, puede llegar a 5 millones de visitantes al año gracias a contar con un sistema de comunicaciones que facilita su acceso (AVE, aeropuertos, carreteras…); una seguridad ciudadana garantizada por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad; una sanidad (pública o mediante conciertos con empresas privadas) donde poder atenderse en caso de enfermedad o siniestro; un sistema de abastecimiento de agua potable para casas y hoteles; un servicio de recogida de basuras; una información turística que permita conocer toda la oferta que la ciudad ofrece… o tantos otros servicios. Y para gestionar todas estas actividades, necesitamos también pagar a unos políticos preparados que sean capaces de hacer crecer esas sinergias entre lo público y lo privado o generar nuevas (como potenciar el Puerto de Motril para convertirlo en puerta de entrada para el turismo de cruceros en Granada).

Hay muchas otras actividades que también están asignadas a las Administraciones Públicas como educación, pensiones, prestaciones de desempleo… Su función es garantizar la inclusión social, de forma que se genere un nuevo círculo virtuoso. Por ejemplo, garantizar un acceso a educación de calidad donde se premie el mérito y el esfuerzo (al contrario de lo que propone la infame Ley Celaá) de personas brillantes con independencia de su condición socioeconómica no solo supone una acción de justicia social sino que es también un acto de egoísmo, ya que les permitirá en el futuro que estén en mejores condiciones de aportar riqueza a la sociedad a través de nuevos emprendimientos. También el Gobierno tiene en sus manos otras labores sociales, como atender a nuestros mayores o facilitar a todos aquellos padres que son campeones en la nieve el acceso a centros de educación especial en los que ayudar al desarrollo e integración de sus hijos (al menos hasta que la infame Ley Celaá acabe con ellos), ayudar a mujeres maltratadas, etc. Pero hemos de tener en cuenta que toda actuación de los poderes públicos se realiza mediante recursos limitados y generados por otros, por lo que los políticos han de ser muy respetuosos con los ciudadanos ampliando sus ámbitos de libertad y evitando imposiciones ideológicas (como podría suceder nuevamente con la infame Ley Celaá prohibiendo la elección de Centro o poniendo obstáculos a la educación concertada). Si pagamos la comida con nuestros impuestos, que al menos nos dejen elegir parte del menú.

Ahora se están elaborando los Presupuestos en España para 2021. Los Presupuestos han de encontrar el equilibrio entre los ingresos y los gastos. Los ingresos ya hemos visto que dependen de la riqueza que sea capaz de generar el país. La crisis del coronavirus ha puesto en peligro la supervivencia del sueño de muchas personas que han invertido mucho tiempo y dinero en dar servicios a la sociedad, lo que les puede convertir en receptores de subsidios y pueden excluirles de su futura capacidad de generar riqueza. Los gastos sirven para repartir la riqueza que se ha generado previamente y en la situación actual hay muchos más demandantes de auxilio. La capacidad de gasto proviene de detraer recursos de aquellas personas que previamente han generado riqueza (cada vez más escasa), ayudas externas como fondos europeos (con una cantidad también limitada) o un endeudamiento a futuro (lo que también implica consumir recursos de nuestros hijos o nietos).

Es muy importante que tengamos en cuenta los conceptos de crisis y escasez de cara a estos Presupuestos. Y que no engañemos a la gente indicando que vamos a salir más fuerte de una crisis tan devastadora como ésta. Se puede generar una envidia insana y un cabreo lógico por parte de personas que se están quedando en la ruina sin soporte de los poderes públicos, que ven cómo se incrementan los sueldos de los funcionarios públicos o todas las pensiones; o se mantiene una gobierno elefantiásico de 23 ministerios y un 60% más de asesores y altos cargos; o que ven cómo se incrementa un 70% los gastos del Ministerio de Igualdad para dar cabida a informes de apesebrados propios que buscan igualar en la miseria en lugar de ayudar a los que pueden volver a generar riqueza. No hay nada mas espurio y rastrero que aprovecharse de las tragedias ajenas para interés propio… aunque ya tengan amplia experiencia en ello.

Yo siempre he creído más en los que trabajan desde abajo que en capitanes a priori que no han aportado riqueza en su vida. De hecho, el planteamiento de los fondos europeos tiene esa filosofía: financiar proyectos del sector privado que ayuden a un desarrollo en la transformación digital o en iniciativas ambientalmente sostenibles, que son prioridades europeas que impulsan todos los sectores privados. En ambos sectores, España tiene un amplio camino recorrido y un enorme potencial. Espero que se empleen en iniciativas transformadoras y no en subsidios a corto plazo. Aun así, estas iniciativas no han de eclipsar el necesario apoyo que precisan tantos otros sectores productivos españoles, de creatividad elevada e ingente valor añadido para nuestra sociedad, si queremos seguir viviendo en una sociedad de alto bienestar que tanto esfuerzo nos ha costado construir.

Porque creer en un país es creer en sus ciudadanos. No tener envidia de ellos y pretender cambiarles impulsando populismos cuya finalidad es moldear súbditos de acuerdo a su ideología.

Estado de alerta

Distinguir entre lo urgente y lo importante te permite pasar de la infancia y la adolescencia a la madurez. Lo urgente durante el COVID ha sido tranquilizar a la población y buscar un enemigo a quien culpabilizar. Lo importante es asumir que vamos a estar jodidos durante una buena temporada y reaccionar para salir lo antes posible de la crisis en la que estamos atrapados.

Durante la pandemia en España se ha priorizado lo urgente por encima de lo importante. Ése está siendo nuestro principal problema. Los gobernantes han tomado decisiones para dar respuestas rápidas ante las sucesivas emergencias que iban apareciendo, con la finalidad de dar sensación de seguridad a la población. En febrero y principios de marzo, lo urgente era tranquilizar a la población ante la incertidumbre que provocaba el COVID. A mediados de marzo lo fue confinar a la población, única solución ante unos servicios médicos saturados. En junio era obtener fondos europeos ante la ruina económica. En julio era salir a consumir porque la economía no podía permanecer más tiempo parada. En septiembre, la urgencia era regresar al colegio y en octubre será confinar Madrid.

Para que la población lo pueda entender mejor, todas las medidas adoptadas se han visto acompañadas de su correspondiente lema: solo serán dos o tres casos, nadie va a quedar atrás, saldremos más fuertes, hemos vencido al virus, gracias al silencio activo de Sánchez tendremos fondos europeos o, finalmente, España puede. Gestionar de acuerdo a lo urgente tiene sus ventajas en la sociedad de la inmediatez, del titular, de los 280 caracteres en la que vivimos. Si gobiernas de manera demoscópica, los ciudadanos pueden tener la impresión de que se ha estado gestionando de acuerdo a lo que había que hacer en cada momento, de modo que sus decisiones se pueden percibir como evidentes. Esto permite que los dirigentes puedan criticar a aquellos que se les oponen como capitanes a posteriori. Ellos se vieron obligados a tomar determinadas decisiones porque no había otra opción y más si venían avaladas por comités de expertos (aunque no existiesen). Pero los políticos no son meros reactores ante las pulsiones de la sociedad, ya que son los primeros creadores de opinión. Cuentan con amplias plataformas mediáticas para hacer llegar los mensajes que a ellos les interesa.

Sin embargo, la cruda realidad nos muestra que las soluciones implementadas frente a las urgencias han implicado unos dramáticos efectos secundarios. Por tranquilizarnos en febrero, no pudimos despedirnos de nuestros abuelos fallecidos en residencias o solos en los hospitales. Por confinarnos estrictamente durante tres meses, destrozamos la economía. Por salir del confinamiento a celebrar nuestra victoria sobre la pandemia, no tuvimos precauciones y se produjeron los rebrotes. Por celebrar la llegada de los fondos europeos, podemos perder la conciencia de la precariedad económica en la que viviremos los próximos tres o cuatro años. Cuando regresamos al colegio, aumenta la movilidad y los contagios. Por confinar Madrid, se afecta a la recuperación de la economía.

Llega un momento en el que las satisfacciones a corto plazo que supone una respuesta a las urgencias contrastan con nuestra frustración ante la cruel realidad: una crisis que se profundiza a pasos agigantados. Es por ello que el gobierno central, hábilmente dirigido por expertos en la táctica política, ha optado por la estrategia del avestruz: evitar responsabilidades y delegarlas en las Comunidades, a pesar de que la competencia en gestión de pandemias es de las pocas que le queda a un menguado Ministerio de Sanidad. Muchas autonomías entraron a ese juego, hasta que se han dado cuenta de que no están preparadas, sufriendo los ciudadanos el fracaso de su gestión. Eso sí, nos ha quedado la lección aprendida de que el parámetro objetivo para confinar poblaciones es de 500 infectados por cada cien mil habitantes (al menos en Madrid).

Mientras tanto, nos hemos olvidado de lo importante. El pecado original vino de la respuesta ante la primera situación de urgencia: tranquilizar a la población. Craso error. El tipo de pandemia al que nos enfrentamos nos va a implicar vivir en un permanente estado de alerta durante al menos un año más. Los elementos más perversos del COVID son su alta tasa de contagioso y su propagación silenciosa (un plazo de 14 días en los que puedes transmitir el virus siendo asintomático). A esto se suma que el porcentaje de infectados que acaban en UCIs o finalmente fallecen son relativamente bajos (excepto en personas de avanzada edad), lo que ha llevado a un exceso de confianza en personas jóvenes incentivado por los dirigentes que decían que habíamos vencido al virus y había que salir a celebrarlo.

Por tanto, la única manera eficaz de combatir al virus es actuar como si tú estuvieses contagiado y como si la persona con la que te relacionas también lo estuviese. Esto implica un cambio de nuestras costumbres: mantener la distancia de seguridad, lavado continuo de manos, renunciar a besos y abrazos, ducharte al llegar a casa de trabajar, usar mascarilla, evitar aglomeraciones en espacios cerrados, establecer círculos reducidos de confianza… Es decir, realizar un cambio radical de hábitos, aunque se haga más complicado cuanto más se prolonga la pandemia (sobre todo para las personas mayores y para los niños). Esto es lo que depende de nosotros. Cambios legislativos para mejorar la acción de los gobiernos o el uso de nuevas tecnologías como apps de rastreo (parece mentira que en la tercera década del siglo sigamos dependiendo de rastreadores telefónicos) siguen siendo responsabilidad de los políticos. Como eso no depende de nosotros tendremos que extremar las precauciones sobre lo que nosotros sí podemos controlar.

Manejar la incertidumbre viene de la mano de otra dura prueba que nos pone la pandemia: convivir con la escasez. Estamos ante un escenario en el que no va a haber suficientes médicos para atender pacientes en los hospitales o en la atención primaria. Se han multiplicado las atenciones médicas con relación a las que estaban presupuestadas. Tampoco va a haber suficientes profesores para desdoblar todas las clases que se han anunciado. Vivimos en una sociedad diseñada preCOVID, que estaba pensada para unos ingresos muy superiores y unos gastos muy inferiores a los que tenemos actualmente. Los médicos se titulan de acuerdo a las necesidades que tenía la sociedad antes de la pandemia. Los cambios estructurales que se quieran impulsar no van a tener resultados hasta dentro de diez años… cuando posiblemente nos demos cuenta de que no necesitamos tantos médicos (excepto geriatras), por lo que seguirán emigrando.

Existe un elevado riesgo de que la escasez se agudice al prolongarse la crisis sanitaria y nos quedemos sin suficientes recursos en un par de años para pagar las pensiones, prestaciones de desempleo o sueldo de funcionarios en los niveles actuales. Si seguimos destruyendo empleo y las empresas no generan beneficios o cierran, ¿qué ingresos va a obtener el estado vía impuestos? A pesar de los eslóganes, muchas personas se han quedado atrás y se seguirán quedando atrás. Estamos ante el riesgo de crear una sociedad de clases fracturada entre ricos y pobres, autónomos y asalariados, funcionarios y trabajadores por cuenta ajena, pensionistas y jóvenes en paro… Un peligroso caldo de cultivo para los populismos, como ya empezamos a atisbar las sociedades europeas tras la crisis del 2008.

La incertidumbre y la escasez van a permanecer íntimamente relacionadas durante una larga temporada. Y debemos quitarnos de la cabeza el absurdo debate entre economía y salud. El reto al que nos enfrentamos es conseguir que la economía siga funcionando con la mínima afección a la salud. Para ello necesitamos que los medios de comunicación insistan en los cambios de hábitos que tendremos que afrontar. Aun así muchas personas se van a quedar atrás, otras van a perder su poder adquisitivo, algunas se arruinarán… Nos va a costar mucho aburrimiento, miedo, impotencia y lágrimas. Si no lo asumimos y no somos capaces de gestionar la incertidumbre y la escasez, las consecuencias pueden ser más dramáticas de lo que ya se vislumbra.

Tenemos que tratar a las personas adultas como tales. ¿Por qué nos tenemos que sentir siempre seguros? Si estamos jodidos, lo mejor es tomar conciencia cuanto antes y actuar en consecuencia. No existen soluciones mágicas. Nos toca vivir una larga temporada de miedo y frustración. Algunos serán capaces de encontrar nuevas oportunidades (como en los sectores digitales o en las funerarias), pero la mayoría va a sufrir. Tenemos que prepararnos para lo peor y desde ahí empezar a trabajar con humildad para superar este largo y frío invierno que se nos avecina.

La sociedad española ya ha vivido situaciones parecidas con anterioridad. Lo que desperdiciamos en tiempos de abundancia, somos capaces de recuperarlo con esfuerzo y tesón en épocas de escasez. Por eso superaremos esta nueva crisis… a pesar de nuestros dirigentes.

Importan

Charles trabajaba como profesor de agricultura en el Instituto de Formación Profesional que los Hermanos Maristas tienen en la isla de Mfangano (Kenia). Durante el verano de 2001 tuvimos la oportunidad de compartir mucho tiempo juntos mientras participaba en un campo de trabajo. Los alumnos tenían clases teóricas por la mañana en kiswahili e inglés (los dos idiomas oficiales de Kenia), aunque el idioma natal de la mayoría era el lúo (dholuo). Un obstáculo más a superar en su formación. Los lúos forman una tribu nilótica que se ubica en la orilla ugandesa, tanzana y keniana del lago Victoria. A partir de las 11 de la mañana empezaban las clases de cada especialidad.

Repasando el abecedario debajo de un árbol

Hicimos una excursión con Charles para conocer Mfangano y de paso comprobé cómo una hora africana se puede convertir en más de cinco europeas. Rodeamos la isla y no fracasamos en el intento gracias a que una familiar de Charles apareció en el otro extremo con un té providencial que me salvó de una más que probable deshidratación. A pesar de las penalidades, las cinco horas europeas y una africana se nos hicieron cortas conversando acerca de los retos que tenían que afrontar sus alumnos, de las escasas opciones de trabajo que tenían, del 90% de población que tenía malaria (que él también sufría) y una presencia del SIDA que afectaba a más del 20% de la región (a pesar de las ONGs que se pasaban un par de veces al año por la isla para repartir condones). Me comentaba que era imprescindible ser muy exigentes con sus alumnos ya que el riesgo de no tener éxito en su desarrollo profesional era elevado. Las oportunidades eran escasas, sobre todo en una agricultura que, en muchas ocasiones, era más bien un medio de subsistencia poco tecnificado que un negocio.

Con Charles (a la izquierda) cuando todavía teníamos agua (dos horas europeas después de la salida, 20 minutos africanos)

Maurice trabajaba como profesor de construcción. Entre sus responsabilidades estaba coordinar la edificación de la nueva escuela de enseñanza primaria en la isla gracias a la financiación de la ONGD SED. Era el colegio en el que iban a asistir a clase sus hijos, con los que jugábamos todas las tardes después de comer. Tener un techo bajo el que recibir la enseñanza les iba a permitir tener sus clases sin interrupción en la época de lluvias ni recibir sus clases sentados en el suelo o de pie a la sombra de un árbol. Un gran avance en su formación. El siguiente proyecto consistía en mejorar el acceso al agua potable y concienciar de la necesidad de hervir un agua lleno de parásitos que hacía que casi todos los niños mostrasen una amplia barriga, lo que les causaba no pocas diarreas e infecciones. Un grave riesgo cuando el médico más cercano estaba a cinco horas de distancia.

Terminando la construcción de las nuevas aulas. Las medidas de Seguridad y Salud son mucho más precarias.

Maurice vivía en una pequeña casa para profesores que estaba en el recinto del Instituto, junto con su mujer y sus cuatro niños. Uno de los momentos más agradables de ese verano fue la noche en la que me invitaron a cenar a su casa. Ofrecieron sus mejores galas y a Maurice no se le quitó la sonrisa de la boca en toda la cena por poder compartir la cena conmigo. Sus hijos se entretuvieron acariciando mi pelo lacio europeo como si fuese una mascota, mientras yo me metía en el papel con los correspondientes maullidos y ladridos.

Cenando en Maurice’s con su familia

Benjamin era responsable del ciclo de electricidad. Muchas noches conversábamos después de cenar. Un día me empezó a hablar de su familia. Su esposa había fallecido y él tenía que vivir alejado de sus hijas, quienes vivían fuera de la isla en casa de un familiar cercano. Me habló de las apreturas económicas que tenía, de los apuros que tenía para pagar la renta de su casa o para pagar la colegiatura de sus hijas. Quería para ellas un futuro mejor del que él había podido tener y soñaba con que pudiesen ser profesionales y tener un futuro en Nairobi, Mombassa o en alguna otra de las ciudades principales de Kenia. Se sentía muy orgulloso de las altas calificaciones que tenían sus hijas, su única opción para obtener una beca que les permitiese cursar estudios superiores.

Después de un rato escuchando a Benjamin, lo interrumpí. Le pregunté si existía alguna manera en la que pudiese colaborar con él. Me parecían injustas las dificultades que él estaba viviendo y yo me sentía su amigo, por lo que le quería ayudar. Su reacción fue de total indignación. Él pensaba que estaba conversando con un amigo, a quien se le pueden contar los problemas, y por eso no quería mi ayuda. Si me estaba compartiendo sus preocupaciones no era para que yo se los solucionase. Él se sentía un privilegiado al contar con una profesión, no como los estudiantes que él tenía a su cargo, muchos de ellos viviendo una situación más complicada que la suya. Él sabría cómo salir de los apuros que le agobiaban y sería capaz de darle un futuro a sus hijas. La igualdad que proporciona la amistad yo la había roto con mi ofrecimiento.

Benjamin con sus tres hijas y una familiar en la inauguración de la escuela. Al fondo las casas de los profesores.

Michael era el administrador del Instituto. La mano derecha de los Hermanos Hans y Marino. El día siguiente a mi charla con Benjamin tuvimos la suerte de que una pareja de alemanes de avanzada edad, abuelos de una familia de tres generaciones en un colegio marista que colaboraba con el Instituto estuviesen por la isla haciendo turismo. Después de visitar al Hermano Hans, éste les ofreció la posibilidad de llevarles con la lancha del Instituto (Tina Celline) a un lugar cercano en el que se había construido una playa para turistas. La playa tenía restricciones para el baño a personas que no estuviesen de visita. Michael y Benjamin me animaron a que me bañase con ellos, ya que yo daba el pego de visitante como buen mzungu. Decliné su propuesta y preferí compartir el tiempo tomando una coca cola con ellos mientras esperábamos en la lancha charlando y contando chistes (el humor negro siempre ha sido mi preferido). Al fin y al cabo ellos ya eran mis amigos y a los alemanes los acababa de conocer. En ese momento, sentí que volvíamos a la normalidad con Benjamin.

Con Michael y Benjamin en el cierre de curso

Mary trabajaba como profesora de corte y confección. Hasta el año anterior, los ciclos formativos estaban destinados únicamente para hombres y recién se abría una línea para mujeres. La historia de Mary no había sido sencilla. Era una mujer intrépida y de fuerte carácter. Nunca se conformó con vivir del trabajo de su marido, quien no aceptaba su carácter independiente. Mary sufrió frecuentes maltratos, de los que le quedaron cicatrices en el cuerpo. Cuando sus dos hijos ya habían crecido decidió abandonarlo, lo que supuso el completo rechazo por parte de su familia. El concepto de familia es mucho más amplio en África que en Europa y ese abandono le implicaba estar sola en el mundo.

El Instituto se había convertido en su familia, donde cuidaba a sus tres primeras alumnas como una gallina a sus polluelos. Insistía mucho en el valor de las mujeres en un mundo en el que todavía muchas mujeres terminaban padeciendo la humillación de una poligamia que les degradaba en la lucha por la atención de sus maridos. Les inculcaba su necesidad de ser autónomas y cuidaba de que no hiciesen tonterías con el resto de alumnos. Muchos cántaros de leche se derramaban por un mal polvo en la adolescencia (o por uno bueno, que sin protección tienen el mismo efecto secundario). Los cuentos de los lecheros no se veían tan afectados en muchas ocasiones.

Con Mary en la fiesta de final de curso

M’butta era uno de los alumnos del curso de construcción. Muchos días trabajamos juntos en la construcción de la escuela. Con el fin de curso terminaba su formación. Su proyecto era obtener un microcrédito o buscar apoyo de su familia para establecer su pequeño negocio de construcción junto con su amigo Abdul y un primo un par de años mayor que ya había desarrollado algunos trabajos por la zona. Era un chaval muy agradable… hasta que jugábamos los partidos de fútbol vespertinos. Antes de anochecer nos juntábamos más de treinta en un campo improvisado en el que no había portero y había que marcar goles en una portería diminuta. En esos momentos se convertía en un chupón. En mi juventud (divino tesoro) no era una persona que me caracterizase precisamente por ser habilidoso con el balón en los pies, pero paliaba mis evidentes carencias técnicas con un elevado espíritu competitivo. Así que aproveché mi condición de minoría racial y hablante de un idioma por ellos desconocido (ya tenían suficiente con ser trilingües) para rebautizarle como J´putta cada vez que no pasaba la pelota. Por fortuna, la rivalidad solo duraba hasta que se terminaba la pachanga y nos íbamos a bañar en el lago; ellos en pelotas y yo en bañador. No es que me avergonzase de mi arma, pero es que no había nada que hacer en cuestión de calibres… y creo haber mencionado antes que yo era muy competitivo.

Con M’butta, Abdul y otros trípodes del equipo

Despreciar a una persona por su color de piel no es cuestión de ideologías: es simplemente estupidez. Cualquier abuso racial es totalmente condenable. Sucede lo mismo cada vez que se producen exclusiones de personas por su orientación sexual, por su género, por ser ancianos o por tener una capacidad especial. Una sociedad inclusiva, por el contrario, es aquélla que es capaz de aprovechar el verdadero potencial de cada una de las personas que forman parte de ella. El resultado no implica una pérdida de libertades para los que están en una mejor situación sino que, por el contrario, proporciona un espacio de libertades cada vez más amplio del que todos nos beneficiamos. La humanidad nos lo ha demostrado en las últimas décadas, en las que los niveles de riqueza global y de reducción de la pobreza (particularmente en el Tercer Mundo) han evolucionado de manera espectacular… aunque quede mucho trabajo por realizar. Todo ello en un contexto de estabilidad y ausencia de conflictos. Confiemos en que la pandemia del coronavirus no suponga un importante retroceso en la lucha que llevamos contra el hambre en el mundo.

Con Moises (hijo de Maurice) en el centro y dos amiguitos

Cada una de las vidas negras importan, pero considerar que todos los negros son iguales es entrar en el mismo reduccionismo de pensar que los blancos también lo somos (y anda que no nos hemos matado entre nosotros a lo largo de la historia). O que los homosexuales piensan todos de la misma manera. O que todas las mujeres son iguales (aunque lo que antes era un comentario machista se haya convertido ahora en el anhelo de algún grupo de mujeres). Cuando quitamos del centro a las personas y colocamos las ideologías, perdemos la finalidad de lo que debe de ser la cooperación: lograr que cada una de personas (con sus nombres, sus apellidos, sus circunstancias y sus anhelos) puedan tener el futuro que ellos deseen y encontrar líderes que puedan multiplicar las opciones de futuro de las personas que les rodean.

Para ello, como comentaba Charles, es fundamental la educación… y la exigencia. A cualquier niño del tercer o del cuarto mundo le va a costar cien veces más esfuerzo lograr su futuro deseado que a uno del primero. Ese trabajo silencioso es el único que termina dando frutos. En cambio, cuando se opta por la ideología, los liderazgos suelen recaer en las personas más radicales y no en las más inclusivas. Ahí tenemos el ejemplo de Robert Mugabe, quien después de acabar con los blancos explotadores de la antigua Rhodesia decidió realizar lo propio con los ndebele de la nueva Zimbabue causando un atroz genocidio. Una situación crítica que se está agravando en estos meses de COVID. Tanto la colonización como la descolonización están repletas de lamentables historias como ésta.

He ain’t heavy… he’s my brother

En un capítulo de la segunda temporada de El ala oeste se reclamaba a un funcionario de la Casa Blanca que los sueldos no pagados por la esclavitud negra en Estados Unidos alcanzaba la cifra de 1,7 trillones de dólares americanos (billones europeos) en el año 2000. Otros hablan de 14 trillones. Podemos quedarnos en el lamento de esos recursos que nunca llegarán o empezar a trabajar con los recursos que se puedan movilizar y luchar por más. Algunas personas podrán aprovechar su oportunidad con gran esfuerzo, otras quedarán en el camino por no tener capacidad para superar los obstáculos que se les presenten o por falta de voluntad. Algunas personas negras mirarán con resentimiento hacia aquellos compañeros de escuela que abusaban de ellos y terminaron desperdiciando su oportunidad (o que cayeron en las drogas o la violencia) y les tratarán con desprecio. Otros se convertirán en líderes que transformarán sus comunidades trabajando codo con codo con sus vecinos para sacarles de la droga o la violencia.

Toda la comunidad organizándose para llevar agua para construir la escuela.

Es muy complicado no conmoverse (moverse-con) la vitalidad que transmiten los niños africanos. Su alegría y vitalidad es contagiosa. Nos hacen ilusionarnos con su futuro y lamentar un posible futuro frustrado. No obstante, una de las cosas que más agradezco del verano en África fueron los espacios para compartir y conversar con los profesores. Las vidas de Charles, Maurice, Benjamin, Michael, Mary, M’butta y Abdul son importantes. Personas adultas que mostraban en su rostro y en su cuerpo las cicatrices que supone salir adelante en un mundo a veces cruel en el que superaron obstáculos como la malaria, la epidemia del SIDA, no tener acceso a agua potable, el elevado coste de los estudios, la sanidad precaria, la obligación de ser responsables de sus hermanos menores ante la ausencia de sus padres, la búsqueda de un microcrédito para comprar sus primeras herramientas con las que poder ganarse la vida… No es solo pecado matar a un ruiseñor, sino también quebrar sus alas.

Ruiseñores

Todas estas personas anónimas no están destinadas a solventar a medio plazo las necesidades de una Europa que cada vez presenta más síntomas de agotamiento, empezando por unas previsiones demográficas cada vez más alarmantes. Están destinadas a escribir un nuevo futuro. Su propio futuro.

Asante sana, Kenya. Hakuna matata.

Profesores y alumnos abandonando el Instituto tras el final de curso.

Residencias

Necesitamos dejar atrás argumentos falaces contra las residencias de mayores y recuperar de manera urgente nuestra confianza en ellas. En una sociedad donde la esperanza de vida cada vez es mayor, las residencias incrementan la calidad de vida de nuestros mayores cuando sus facultades se ven mermadas y precisan de asistencia. Abandonar el hogar propio para realizar la última mudanza no es un proceso sencillo. Un mejor cuidado implica renunciar a gran parte de intimidad para convivir en un nuevo recinto con desconocidos, ver restringida la capacidad de decisión acerca de los horarios propios y adaptarse a nuevas rutinas.

Escuchando declaraciones de algunos políticos sería normal que las personas mayores no quisieran mudarse a esos lugares tenebrosos en los que son maltratados y se les abandonan hasta que fallecen ahogados en completa soledad. Sin embargo, la alternativa no sería menos dramática, con ancianos que podrían fallecer en la soledad de sus hogares o que sufrirían caídas, desnutrición o falta de higiene a causa de su deterioro físico o psíquico. Ante esa situación tendríamos que analizar: ¿cómo funciona en realidad nuestro sistema de residencias? ¿es cierto que la mayoría de las residencias están organizadas por fondos buitres que juegan con la salud de nuestros mayores?

Lo primero que podemos examinar es que no cualquier edificio sirve para albergar una residencia de mayores. Se precisa de autorización administrativa para abrir una residencia. Existe una amplia regulación a la que se tiene que acoger cualquier entidad pública o privada para que se permita su apertura. En España existen 17 legislaciones, al ser una competencia transferida a las Comunidades Autónomas. No he analizado todas, pero son muy similares (como sucede habitualmente). La regulación está desarrollada por las Consejerías de Asuntos Sociales y no de las de Sanidad, aunque todas las residencias han de contar con un personal sanitario y de enfermería mínimo dependiendo de su número de residentes. Dicho personal (ATS, gerocultores, psicólogos, médicos, fisioterapeutas, ATS, turnos 24 horas y fines de semana…), los servicios auxiliares (alimentación, lavandería, limpieza…), las instalaciones que se requieren y la gestión que conlleva (director de residencia, contabilidad, RRHH, compras, calidad…) hace que el coste de una plaza sea de unos 2.000 Euros de media en España.

El segundo punto que se ha criticado ha sido la precariedad laboral en las residencias, aduciendo el perverso papel de los fondos buitres en el capital de empresas que gestionan estos centros. Es cierto que se trata de un sector de sueldos bajos, pero existe un Convenio Colectivo sectorial en el que se incluyen las tablas salariales para sus profesionales. Por tanto, todas las órdenes religiosas, ONGs, pequeñas residencias o empresas privadas (solo el 25% está en manos de 10 grandes empresas) están sujetas a estas condiciones mínimas. Estas organizaciones pueden solicitar conciertos con las Consejerías de Asuntos Sociales de sus autonomías para que el coste sea asumido por el Gobierno Regional, permitiendo el acceso de muchas personas que de otra manera no podrían.

El tercer aspecto a evaluar es la calidad de servicio que ofrecen las residencias. Encontrarse con ancianos abandonados o con un maltrato en las residencias es muy complicado, ya que se trata de centros abiertos en los que la mayoría de los residentes (aunque también hay familiares que abandonan a sus mayores) reciben frecuentes visitas en las que sus familiares comprueban su estado de aseo, la limpieza de sus habitaciones, las revisiones médicas… En el caso en el que se produzcan abusos, cualquier familiar puede denunciar al Centro en un juzgado o ir a algún medio de comunicación, que estará encantado de publicar la noticia (sobre todo si se trata de alguna residencia gestionada por un fondo buitre). Así que nos encontramos en una doble situación en las residencias de gestión privada. Si no tiene Convenio con la Administración, dependen exclusivamente de captar clientes por el precio ofrecido o por la calidad de los servicios que proporcionan. Tienen que realizar una importante inversión en una infraestructura, que perderían en el caso de denuncias por mala práctica. Si tienen Convenio han de luchar por mantenerlo, cumpliendo con el servicio al que se han comprometido por contrato. Perder la concesión de una residencia implicaría su cierre como empresa y su ruina, además de la responsabilidad civil y penal en la que pudieran haber incurrido.

Por tanto, estamos ante un sistema que funciona y que presenta garantías. ¿Se puede mejorar? Por supuesto. De hecho, existen iniciativas muy interesantes protagonizadas por personas mayores (¿y si los amigos nos jubilamos juntos?) que luchan por entornos colaborativos en los que los mayores puedan mantener su independencia y permanecer con altos niveles de calidad de vida autónoma durante el mayor tiempo posible. Este sistema es compatible y no sustitutivo de las residencias, como lugar de atención a los mayores que presenten un deterioro mayor. Además, ayudará a descongestionar el sistema asistencial. Como en tantos otros sectores, el envejecimiento necesita de la presencia de iniciativas de los sectores público, privado y concertado. En Madrid, por ejemplo, el 76,5% de las plazas de residencias son privadas… lo que le coloca como la decimoquinta provincia (por detrás de provincias como Sevilla, Valencia o Barcelona).

El reto de los gobiernos de las autonomías preCOVID era gestionar el equilibrio entre dar un servicio de mayor calidad o ampliar el servicio a un mayor número de personas. Del mismo modo, la opinión generalizada de la sociedad española era la robustez de los 17 sistemas sanitarios. La preocupación preCOVID en este caso eran las listas de espera o el tiempo de consulta por paciente en atención primaria. Todo ello, con el presupuesto limitado del que disponen por el sistema de financiación aprobado por el Parlamento para la gestión ordinaria de sus competencias. Por tanto, juzguemos a la antigua normalidad con los parámetros de la antigua normalidad. No tiene sentido que en los primeros días de la pandemia se tranquilizase a la población aduciendo que tenemos el mejor sistema sanitario del mundo y que ahora queramos culpabilizar a los recortes de tener un deficiente sistema de salud.

La realidad ha sido muy cruel con España. Somos el país de Europa con más sanitarios infectados y estamos entre los que presentan más fallecidos por habitante (si no el que más). Es por eso que empieza la batalla de ver a quién culpabilizar. El chivo expiatorio sigue siendo la mascota nacional. El argumento de los medios progubernamentales es el siguiente: Si las competencias de los sistemas de atención social y las sanitarias corresponden a las comunidades autónomas y si la pandemia no implicaba la suspensión de las competencias de las mismas (ya que el estado de alarma no es la aplicación de un artículo 155) la responsabilidad de lo sucedido sería de las autonomías y no del gobierno central. Para ello, se pone el foco en la Comunidad más afectada (Madrid) en números absolutos para echar la culpa a sus gestores, mientras se obvian las cifras de otras comunidades gestionadas por su propia coalición.

¿Dónde está la trampa? Que en España existen efectivamente 17 sistemas sanitarios y asistenciales pero ni existen 17 sistemas de prevención de pandemias ni los 17 sistemas sanitarios y asistenciales están diseñados y financiados para afrontarlas. Esa competencia la tiene el Ministerio de Sanidad (Ley General de Sanidad). Por eso se creó en 2004 el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), dirigido por Fernando Simón, y se elaboraron protocolos de actuación ante pandemias de gripe. Si leéis el informe, veréis cuántas de esas recomendaciones podrían haber sido de aplicación para la COVID-19. Por eso, cuesta entender que el Gobierno de Zapatero se gastase 333 millones en vacunas y Tamiflú contra la gripe A y el de Sánchez solo comprase confianza.

Ante pandemias globales, la institución más capacitada para actuar es el Gobierno Central, tanto de manera preventiva (coordinación con la OMS y el Centro Europeo de Control de Epidemias, cierre de fronteras, limitación de movimientos…) como reactiva (capacidad para financiar los gastos adicionales que implica, compra centralizada de materiales, coordinación entre instituciones…). Por ello, el Ministro de Salud (Salvador Illa) y Fernando Simón iniciaron las ruedas de prensa desde finales enero, mucho antes de que la OMS declarase la pandemia global y el gobierno estableciese el estado de alarma. Fueron los que advirtieron que no habría más que uno o dos casos y dedicaron todo su esfuerzo en tranquilizar a la población, comunicando que había EPIs y plazas hospitalarias suficientes. Nuestro Sistema Nacional de Alerta Precoz y Respuesta Rápida (SIAPR) no funcionó.

¿Deberían haber realizado caso omiso las Comunidades Autónomas a lo que se decía por el Gobierno Central? A posteriori sí… pero habría sido un caos ver a 17 administraciones descoordinadas. De hecho, las comunidades que, como Madrid, en primer lugar abogaron por cerrar los centros de día de mayores o los colegios, recibieron fuertes críticas por ir en contra de los criterios de Sanidad. En cualquier caso, la responsabilidad es del organismo que tiene las competencias y es a quien se tiene que exigir por las consecuencias de sus acciones. Ahora se alega que el Ministerio ha estado vaciado de recursos, por lo que tampoco estaba bien pertrechado frente a la pandemia.

En ese caso, no es comprensible cómo un ministerio vaciado de funciones (que estaba dirigido por la cuota política del PSC para negociar con el separatismo catalán) y un CCAES sin apenas medios no tomaron una actitud mucho más prudente; por qué no se suspendieron actos multitudinarios; no se insistió en el distanciamiento social o no se metió miedo a la población con los riesgos de una enfermedad que cerró Wuhan y aisló grandes zonas de Italia antes de llegar a España; o por qué no se preparó un plan B para estar organizados en el caso de que sus cálculos fuesen erróneos (como efectivamente así fue). Más que tranquilizarnos, habría deseado que las autoridades nos hubiesen preocupado con la necesidad de cubrir nariz y boca para evitar contagios, en lugar de desaconsejarlo por la ausencia de mascarillas.

Ahora, en cambio, se centra toda la polémica en cómo gestionaron las Comunidades Autónomas las residencias de ancianos a partir del 24 de marzo (cuando el Ministerio dictó su protocolo de atención); en si la responsabilidad era suya o del mando único; en si se derivaron a los mayores a los hospitales o se les dejaron morir en las residencias. A mí, en cambio, me parece un debate fútil y absurdo. ¡Eso sí que es un absurdo debate de capitanes a posteriori! Los médicos, geriatras, ATS, enfermeros, directores de residencias de mayores o de hospitales, incluso políticos… se multiplicaron para reaccionar lo mejor que supieron, con protocolos elaborados en mitad del desastre, implementando IFEMA como hospital a la carrera, con médicos fabricando sus propios EPIs, sin respiradores, con profesionales infectados… Un desastre.

En Europa no estamos acostumbrados a la escasez. Y ése sí que fue un escenario de guerra en el que tienes que asumir que hay personas que no vas a poder atender porque no tienes los medios necesarios para hacerlo. Y aun así, se dio asistencia a la mayoría, con más de 10 mil derivaciones de residencias a hospitales solo en Madrid. Porque, ¿qué otra explicación se puede dar a derivaciones tardías desde residencias o no aceptación de pacientes en hospitales colapsados? ¿Que son unos nazis o que querían acabar intencionadamente con nuestros mayores? No, fueron las mejores actuaciones que supieron realizar profesionales superados y que no estaban preparados para afrontar una crisis de estas características.

Durante estos meses, multitud de profesionales (políticos incluidos) se han desvivido por salvar el mayor número de vidas de mayores, trabajando sin descanso y sin recursos suficientes. Pero se ha echado de menos a quien supuestamente tendría que haber liderado la reacción ante la crisis. El jefe del mando único social y vicepresidente segundo: Pablo Iglesias. Su única reacción fue dar 300 millones de Euros e incrementar las competencias a las Comunidades Autónomas. Una actuación que se realiza en un par de horas para hacer frente a la peor pandemia en cien años. Es decir, dar una paguita con la que no podían comprar nada (por la escasez mundial de suministros) y pasar el marrón para que se lo coman otros, sabiendo que no tenían ni la capacidad ni los recursos para asumirlo.

Lo que se habría esperado de un líder es otra cosa: mantener una comunicación constante con los Consejeros de Asuntos Sociales de las autonomías; identificar las residencias en las que se vivían las situaciones límite; visitar alguna residencia para conocer la realidad que tenía que gestionar; coordinar con la Unidad Militar de Emergencias las actuaciones preventivas y reactivas en las residencias; mantener una interlocución fluida con la patronal de las residencias privadas; convencer al Ministerio de Sanidad para que no se retuviesen los EPIs comprados por las residencias privadas y derivarlos a hospitales; establecer protocolos marco de actuación y revisar y validar los propuestos en las regiones; buscar la colaboración del sector privado para recibir donaciones de material sanitario; coordinar con las comunidades en búsqueda de excedentes de material o plazas de residencias disponibles libres de COVID en lugares cercanos; suministrar pruebas PCR para realizar de manera segura dichos traslados; proponer al Ministerio de Universidades o a la de Educación para permitir que estudiantes de últimos cursos de medicina, enfermería o FP en rama sanitaria pudiesen trabajar en residencias; evaluar con el Ministerio del Interior el soporte de policía o guardias civiles…

En resumen, ejercer un liderazgo inclusivo en el que ya no sea posible echar en cara ningún muerto a cualquier responsable de residencia o político (sea Lambán, Urkullu o Ayuso) y así convertirse en el primer responsable del éxito o fracaso en la misión encomendada. Proponer iniciativas,  trabajar en equipo, tomar decisiones, acertar… y equivocarse. Eso sería actuar como un líder, pero lamentablemente hemos tenido a un psicópata más preocupado en culpabilizar a los adversarios políticos que en salvar vidas, mientras disfrutaba en su mansión de los últimos estrenos de series de televisión. Paradójicamente, conociendo al personaje, casi lo mejor que ha hecho es no molestar… pero se agradecería también que no criticase a los que sí han trabajado. Una lástima, ya que un estado descentralizado depende de la colaboración leal entre sus diferentes administraciones para trabajar eficientemente por el interés de sus ciudadanos.

Por tanto, lo sucedido en las residencias de mayores no responde a problemas estructurales de un sistema mejorable pero que funciona razonablemente bien. Al igual que sucedió en los hospitales, fueron problemas coyunturales causados por la imprevisión ante la pandemia. Y ahora, ¿cuál es la solución? ¿Gastarnos 10 mil millones de Euros en nacionalizar todas las residencias, como propone Podemos? ¿Dedicar cientos de millones en medicalizarlas, comprando respiradores que no se han empleados en 40 años y que no se van a volver a utilizar en otros 40? ¿Duplicar la ratio de médicos y enfermeros por residente? Y si tomamos todas estas medidas, ¿qué familia va a ser capaz de pagar ese incremento de coste en una residencia privada? Si todos estos gastos los asume el sector público, ¿de dónde va a salir el dinero? ¿Vamos a tener ricos suficientes que sufraguen ese incremento de gasto? Hemos escalado en camiseta y pantalones cortos una montaña (ignorando el aviso de tormenta) y nos hemos congelado, pero la solución no consiste en ir ahora con anorak a la playa.

A problemas graves, se buscan soluciones simples. Parece que políticamente es preferible responsabilizar a recortes de la gravedad de lo vivido en España, pero países más afectados por los recortes de la anterior crisis, como Portugal o Grecia, no vivieron la masacre de personas mayores que hubo en España. Por eso, para mí el principal problema estuvo en una imprevisión superior en nuestro país y el responsable principal es de la persona que erró en su pronósticos y que no preparó planes alternativos. Tendremos que realizar inversiones para adaptarnos a la nueva normalidad y las comunidades autónomas pedirán más recursos para poder afrontar estos gastos que no estaban contemplados. Volveremos a tener que balancear entre dar un servicio de mayor calidad o atender a más personas con los recursos escasos de que dispongamos. En eso, la nueva y la vieja normalidad van a ser idénticas.

En verano prohibimos las barbacoas por el riesgo de que una chispa arrase con un bosque seco. Si se inclumple esa norma, no culpabilizamos a los bomberos por su tardanza en apagar el fuego. En España, en cambio, algunos quieren hacer camisetas con la cara (dura o blanda) de quien autorizó cientos de parrillas el árido fin de semana del 8 de marzo. Así nos ha ido. Esperemos que por lo menos se pongan en la labor de diseñar los mecanismos de prevención que nos protejan ante una más que probable segunda ola. Se lo debemos a nuestros mayores.