Mis renglones torcidos

¿Ordenó usted el Código Rojo? Hay frases que te cambian la vida y ésta fue una de ellas. O quizá fue ¡Atención! Hay un oficial presente. Lo cierto es que, después de ver Algunos hombres buenos, tomé una decisión que cambiaría mi vida. No sé si fue la intensidad dramática de la película, el talento de Aaron Sorkin en el guion o el innegable parecido que siempre hemos tenido Tom y yo (quizá por eso se operó) pero, al salir del cine Palafox en el calor de una fría noche de enero de 1993, decidí estudiar Derecho. Fue la primera negación a mi padre, con su consiguiente disgusto (yo, que siempre fui muy bueno de pequeño), porque habría preferido que me decantase por una ingeniería. En honor a la verdad, mi padre también había abonado previamente el camino a mi vocación cuando me enseñó obras maestras del cine clásico como Doce hombres sin piedad o Matar a un ruiseñor.

La idea original fue madurando durante los siguientes años de mi adolescencia y se convirtió en mi aspiración a ser Juez… Y Juez de lo Penal, para salvar a los inocentes y condenar a los culpables. No tendría la adrenalina del teniente Kaffee, del jurado número ocho o de Atticus Finch, pero me quedaría el privilegio de formar parte de la siempre acogedora administración española. Para cumplir mi sueño, el camino más corto era estudiar Derecho en la vecina universidad de Alcalá de Henares, como paso previo para preparar unas divertidas oposiciones a la judicatura. Apenas un 4 en el examen de Selectividad me aseguraba tener plaza, así que me tomé las semanas previas con bastante relajo y sosiego. Posiblemente, esa tranquilidad me permitió fijarme en el consejo de mayor valor que dieron en las clases de preparación: no es tan importante apabullar con mucho contenido como estructurar bien las ideas que se quieren transmitir. Lástima que esas lecciones de pensamiento crítico, identificación de lo importante, jerarquización de las ideas y seguridad en uno mismo no eran las que prevalecían en nuestros centros de enseñanza, ya que son fundamentales en todos los aspectos de la vida.

El día antes de Selectividad un amigo me pidió ayuda con el examen de matemáticas. Ahí se cumplió el principio de ayúdame y te habré ayudado. Aunque suene paradójico, enseñar es muchas veces la mejor manera de aprender. Después de cuatro horas explicando estadística, me quedaron mucho más claros los conceptos y obtuve una gran nota. Fue el primer paso para tener una calificación mucho mejor de la que yo esperaba. Orgulloso de las notas de su hijo, mi padre me animó a tomar una decisión que volvió a cambiar mi vida. Me habló de una universidad que habían abierto pocos años antes en Getafe y que permitía estudiar no solo Derecho sino también Administración de Empresas. La Carlos III fue la primera universidad pública en ofertarlo. La nota de corte era mucho más exigente, pero la había superado sin proponérmelo. Mi familia realizó un enorme sacrificio del que siempre estaré agradecido y a mí me tocó salir de la comodidad de casa… lo que se repetiría más adelante.

La gratitud que sentía hacia mi amigo por haberse dejado enseñar matemáticas, se vio truncada en el momento en que acabó saliendo con la chica que me gustaba. Pero, mirando con la perspectiva de la que carecí en su momento, todos salimos ganando: el mamón de mi examigo aprobó Selectividad para estudiar Derecho en Alcalá de Henares, mi examada consiguió un novio con un Fiat Bravo azul (y un jersey amarillo) y yo hice las maletas. Mientras ellos pasaban el rato, fuimos felices los tres.

Después de seis años estudiando en la universidad, estar unos cuantos más preparando oposiciones empezaba a no sonar tan atractivo. Puse a prueba mi vocación una fría mañana de invierno en la que fui a conocer cómo funcionaban los juzgados de lo penal de Plaza de Castilla. Sin embargo, lo único positivo de aquella mañana fue vislumbrar los inicios de una futura sociedad feminista, con tres mujeres con mando en plaza: jueza, secretaria judicial y fiscal. Por desgracia, el resto del escenario no acompañaba: carteles en algún momento lisos y blancos, ahora arrugados y amarillos, anunciaban la sala en la que se celebrarían las vistas; legajos y cajas de papeles acumulaban polvo en los asientos de madera que habían perdido su pretérito barniz brillante; los pisos sucios, las paredes desconchadas…

Si el continente no era muy atractivo, el contenido no mejoró cuando empezaron los juicios. Fueron desfilando uno tras otro un exhibicionista que enseñaba su micropene a niñas pequeñas al salir de clase; dos miembros de una comunidad de vecinos que habían dirimido sus diferencias y uno acabó con un navajazo en un costado y el otro sin visión de un ojo; dos carteristas que habían sido encontrados robando en el Metro; tres camellos que menudeaban en Plaza de Castilla para que la entrada y salida no les llevase tanto tiempo… Desolado contemplé cómo mis admiradas feministas confesaban estar hasta los huevos (una expresión un tanto contradictoria con su naturaleza) de tanta miseria en los recesos entre juicio y juicio.

La decisión estaba casi tomada y se tornó en definitiva con la pesadilla que me asaltó ante la frustración por lo vivido aquel día. Soñé con que un gilipollas de Sálvame que acusaba a otro (también gilipollas y también de Sálvame) de haberle infringido un Código Rosa. De este modo, en el calor de otra fría noche de invierno negué por segunda vez a mis padres: Iba a buscar trabajo al terminar la carrera y no a opositar. La lección aprendida de aquella experiencia fue que, cuando vi la siguiente obra maestra de Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca), ya estaba curado de espanto y no caí en la tentación de la política. Entonces decidí buscar trabajo, aunque un amigo mío trató de disuadirme en el último momento, con un argumento al estilo de Lady Macbeth: Para que te vaya bien en el sector privado hay que ser un poco hijo de puta… y tú eres demasiado buena persona. Creo que eso también lo enseñan en el cine.

Para muchos de mi promoción, el acceso al sector privado pasaba por alguna de las grandes empresas auditoras y consultoras. Te ofrecían una remuneración más que aceptable, te proporcionaban una gran formación… a cambio de unas cuantas horas extras de trabajo. Bastantes cerraron su futuro en abril del último año, para empezar a trabajar en septiembre. Me volví a tomar con calma ese paso hacia mi previsible dulce condena y disfruté de un verano muy enriquecedor en África. A mediados de octubre, empecé con el proceso de selección en una de estas firmas. En Navidad, mi futuro ya estaba encaminado. Había superado todas las pruebas y entrevistas a las que me había enfrentado hasta que, días antes de incorporarme, estalló el caso Enron y mi claro futuro se tornó en incógnita. Todos los procesos de selección en la empresa que realizó sus auditorías fueron cancelados.

Dos días después del jarro de agua fría, sonó el teléfono de casa (cuando era incluso más joven no llamaban al móvil para las ofertas de empleo). Era un 28 de diciembre y me ofrecían realizar una entrevista de trabajo para el departamento de administración de Europa Press. ¿Estarías interesado en realizar una entrevista de trabajo con nosotros? Me preguntó mi interlocutor. Claro que sí, contesté. Después de ir ganando confianza, me hicieron la pregunta más surrealista que nunca he tenido en una entrevista de trabajo. Por cierto, ¿no te han dicho que te pareces a Bin Laden? Tres meses y medio antes había sido el 11-S y el Sr. Osama estaba de moda, pero mi parecido (como ya lo he mencionado antes), podría ser todo caso con Tom Cruise. Así que caí en cuenta que era 28 de diciembre y mi única preocupación era saber quién me había querido gastar la broma y, obviamente, no fui a la entrevista. Sin embargo, el 2 de enero volvió a sonar el teléfono. ¿Por qué no viniste a la entrevista y no me avisaste? Me volvió a preguntar el mismo interlocutor. Porque si me dices que me parezco a Bin Laden un 28 de diciembre es complicado que piense que es una propuesta seria, repliqué. Pero ¿estás interesado en la entrevista?

Y así es como inicié mi primera experiencia laboral. Fueron apenas seis meses, en los que me lo pasé en grande, no aprendí mucho, pero conocí a gente formidable que me introdujo el gusanillo de la escritura. No era el lugar en el que quería desarrollar mi carrera profesional, y después de otros procesos de selección, gracias al consejo de un buen amigo, me examiné de las pruebas del ICEX y me dieron Bogotá como destino. En aquella época, mi tía campeona cayó enferma e iba a recoger a mi madre en el hospital al salir de trabajar para regresar juntos a casa. No pude apenas preparar la prueba… Si lo hubiese hecho, igual con mejor nota mi destino hubiese sido Asia… o habría suspendido… o, ¿quién sabe?, igual mi destino hubiese sido también Colombia.

Mi primer contacto con Colombia no fue el mejor. El día que me comunicaron el destino fue la toma de posesión de Álvaro Uribe. Los terroristas de las FARC atentaron contra el presidente recién posesionado lanzando granadas que que acabaron con la vida de unos inocentes mendigos en la cercana calle de El Cartucho. La reacción fue escuchar a grandes expertos en política internacional de bar explicando lo peligroso que era Bogotá y la locura que supondría pasar un año completo allí. Como ya expliqué en otra ocasión, tuve la suerte de conocer a colombianos que me explicaron que el peligro era que me quisiese quedar, así como al entonces director de noticias de Europa Press, quien había regresado enamorado por el encanto de Colombia después de un viaje de dos semanas. Su rotunda respuesta fue tajante. “Colombia es un gran país. Ni te lo pienses”.

Y así fue. Pasé un año maravilloso… pero el siguiente tenía que regresar a España. De todos modos, como conocí al amor de mi vida en aquellas tierras, bien es cierto que nunca me fui del todo. El ICEX te garantizaba un segundo año en una empresa, por lo que empecé con entrevistas hasta llegar a una empresa de ingeniería. Nosotros estábamos buscando a un ingeniero, pero, como no quedan disponibles, me parece que podrías ser una buena opción. No es que fuese la manera más excitante de ofrecer un puesto de trabajo, pero la oportunidad me pareció muy interesante. Era un proceso para internacionalizar la empresa, basados en fondos multilaterales que tenían un fuerte impacto en países en vías de desarrollo a través de infraestructuras tales como agua potable, saneamiento, energías limpias u ordenación del territorio. Un reto apasionante en un momento en el que sobraba trabajo en España y era complicado convencer a ingenieros de las grandes oportunidades que existían más allá de las comodidades conocidas. Un proceso que muchos empezaron a experimentar cuando llegaron las incomodidades, hasta entonces desconocidas, a causa de la crisis de 2008.

A la semana de incorporarme empecé a viajar. Descubrí que en el trabajo es más sencillo identificar que en la vida existen hijos de puta, como el calzonazos de Lord Macbeth, en una proporción superior al 2% de media que uno se encuentra de media en la sociedad. El exceso de roce por todas las horas que uno pasa en la oficina en ocasiones deshace el cariño. Pero no fue menos cierto que encontré en la competencia personas formidables que me ayudaron y enseñaron durante mis primeros años de trabajo, con quienes compartimos ilusiones, intereses comunes, una gran amistad y el anhelo de que algún año nos toque la lotería. Remedando la frase de Rockefeller con relación a Henry Flager, socio en los inicios de Standard Oil, aprendí que la amistad basada en el respecto y la admiración profesional es más sólida que tener que respetar a un profesional por el mero hecho de ser tu amigo.

Siete años estuve allí. Otro periodo muy interesante en el que descubrí que no siempre es importante el conocimiento que tú tienes, sino saber maximizar el conocimiento de otros y sacar el máximo provecho de capacidades diferentes a las tuyas (lo que no deja de ser otro tipo de conocimiento). La humildad de ser un extraño en un mundo especializado te ayuda a buscar lo importante e intentar ofrecer una visión diferente. Cuando Uber entró en el sector del transporte, sin saber nada de mecánica, vi que no era tan descabellado. De propina, incluso ahora hay quienes me llaman ingeniero de vez en cuando, lo que supone un punto de reconciliación con los primeros deseos de mi padre… pero ahorrándome el estudio de complejas ecuaciones diferenciales de quinto grado.

Adquirida la comodidad de estar estabilizado en la empresa, sentí inquieto que mi desarrollo se había estancado y decidí explorar nuevas oportunidades. Tras un proceso de cambio en el que todo fue perfecto, permanecí algo más de dos años en una nueva empresa, lo que me permitió conocer Perú y también a muy buena gente. Sin embargo, los planes solo le salen siempre bien a Hannibal Smith. El resto a veces no acertamos. No acabé muy contento con aquella experiencia (e imagino que ellos conmigo tampoco).

Perú fue mi siguiente destino. Se presentó una oportunidad muy interesante que suponía asumir un nivel de responsabilidad mucho mayor, en una gran empresa y en un puesto al que difícilmente podría haber aspirado de quedarme en España. Se me abría un incierto reto para la que sentía que me había preparado durante bastantes años y en la que pensaba que podría ofrecer un mejor futuro a mi familia. Pero siempre hay un precio que tienes que pagar. En el frío de una cálida noche de invierno, imitando a Pedro, negué por tercera vez la voluntad de mis padres. Fue la más dolorosa para mí y para ellos. Les dejaba sin disfrutar de sus nietos, que se iban a vivir a nueve mil kilómetros de distancia.

Sin embargo, todo estuvo cerca de derrumbarse. Después de más de diez años viajando en avión, mi primer vuelo a Lima fue la única vez que se me ha olvidado el pasaporte en casa. Por fortuna, el taxista de confianza que siempre me llevaba al aeropuerto (cosas que suceden con los que vivíamos en provincias) me salvó la papeleta y pudimos facturar y entrar en el avión en tan solo 45 minutos. Para completar la jugada, en el momento que me agaché para agarrar el equipaje, mi lindo trasero (más menguado que en la actualidad) ejerció demasiada presión sobre la costura del pantalón recién comprado. Por fortuna, los calzoncillos también eran nuevos.

Ese viaje lo hacía con mi jefe, por lo que su cara de poema al verme coser el pantalón en el avión era de que casi mejor aquí lo dejábamos, que un gusto en haberte conocido… Por fortuna, la Providencia me volvió a echar una mano, ya que el olvido del pasaporte en el hotel le correspondió a él en el viaje de regreso. Además, tampoco aspiraba a tanta coincidencia y me ahorré el dantesco espectáculo de contemplar su ropa interior. Después de la paupérrima primera imagen que había ofrecido, las cosas tan solo podían ir a mejor. Y así fue. Después de seis años formidables, de crecimiento personal y familiar, de mucho esfuerzo y de aprender a adaptarme a un país que me regaló grandes lecciones de vida, me pude despedir diciendo De nada, Perú mientras preparaba la maleta para descubrir otro apasionante país: México.

En México, después de superar la venganza de Moctezuma, nos encontramos con un país infinito, con maravillas en cada esquina y en cada pueblo mágico, amigos entrañables, un inicio laboral prometedor… Después de todas las aventuras vividas, me merecía por fin un cambio apacible. Y así fue. Apacible durante seis meses… hasta que estalló el coronavirus y nos quedamos encerrados una buena temporada, con tanto por conocer. Y sigo con mil cosas por descubrir, pero lo tendré que hacer de visita. Una etapa termina y otra inicia. Parece que AMLO (que necesita más mañaneros y menos mañaneras) no va a echar de menos a un español que se va, pero algo se muere en el alma cuando los amigos se quedan y te han dejado una huella que no se puede borrar. Nosotros tenemos la tranquilidad de que México siempre va a estar aquí, y así sabremos dónde volver.

Por eso, ahora que me tocaba iniciar un nuevo cambio para comprobar de nuevo si el riesgo de Colombia es que te quieras quedar, estaba preocupado. No había tirado un café ardiendo a mi jefe ni expelido una sonora ventosidad en su presencia… Todo se encaminaba a un temible cambio pacífico. Por eso, cuando casi me quedo cojo jugando al fútbol y después tuve que cancelar un vuelo por contagiarme de COVID pude respirar tranquilo. O me atropella un camión esta semana o por fin puedo estar tranquilo. Todo va a salir bien.

Va a ser cierto aquello de que Dios escribe recto con renglones torcidos.

P.D.: Para los amantes de lo preciso, comentar que los hechos referidos al programa Sálvame no guardan la debida coherencia en la línea del tiempo, ya que su primera emisión fue el 27 de abril de 2009. Se puede interpretar que en mis sueños ya era un visionario o que ya casi nadie se acuerda de Tómbola, que era el programa de chismes por excelencia en aquella época.

P.D.2: También estoy convencido de que Tom Cruise no pasó por el quirófano para dejar de parecerse a mí.

Camión

Los jóvenes, para ser felices, ya no quieren un camión. Lo siento, Loquillo, pero tu mundo ha colapsado. Llevar el pecho tatuado se ha convertido en algo fashion en torsos previamente depilados; en un mundo vegano, donde se devora cualquier tipo de plantas, las nuevas generaciones no saben que el tabaco se puede mascar en camiseta; escupir a los urbanos es cosa de Pablo Hassel o de niñatos rebeldes; y andar presumiendo de meter mano a tu chica es lo que ha quedado más desfasado. Desde que los hombres sensibles (o blandengues que diría El Fary) hemos triunfado, los machos alfa empotradores no han quedado más que para los sueños húmedos de una exigua minoría de mujeres, todavía oprimidas, que no han logrado superar el yugo heteropatriarcal.

En los veranos en los que Ana Iris Simón iba de Feria en Feria con sus abuelos por toda España, yo ocupaba mi tiempo en trabajos eventuales que me proporcionaban el dinero suficiente para subsistir en el frío invierno. La mujer de la limpieza en una tienda de extintores en la que trabajé estaba casada con un conductor de camiones. Su mayor orgullo era su hijo universitario, el primero de la familia, salvo cuando la ociosidad estival le llevaba a abusar de bebidas espirituosas en su intento de sobrellevar el tedio de su bien merecido descanso veraniego. El arduo esfuerzo de ambos progenitores les permitió afrontar el elevado coste de una universidad privada para su retoño. Estas instituciones no son rentables solo con las matrículas que pagan los ricachones y también han permitido a muchas familias trabajadoras ver a sus hijos obtener una licenciatura… aunque estén demonizadas por una parte de la sociedad.

Pasado el tiempo, el hijo licenciado del camionero y la mujer de la limpieza no quiere seguir con ninguna de las dos tradiciones familiares. La alta inversión realizada en una carrera universitaria, que te permite obtener precarios trabajos de oficina (o ni siquiera eso), hace que no sea atractivo recorrer miles de kilómetros al año o vivir tres semanas al mes fuera de casa, en el caso de hacer rutas internacionales. El sueldo que cobra un conductor (al alza en estos momentos de crisis) no luce atractivo para una juventud que no quiere perder los mejores años de su vida al volante. La media de edad de los camioneros en España es de 50 años. Su escasez saltó a las portadas de los noticieros por la ausencia de conductores en Inglaterra a causa del Brexit, pero se trata de un fenómeno que afecta también a Estados Unidos y al resto de Europa (donde existe un déficit de 400.000 conductores).

La vida de un camionero o transportista no es sencilla. Muchos días fuera de casa, riesgo de robos de la carga o de sus pertenencias personales, multas por exceso de velocidad o por no cumplir con los descansos establecidos, riesgo de pérdida de la licencia de conducir, dolores de espalda, presión por cumplir con los tiempos de entrega, disputas por quién es el responsable de descargar el género, accidentes de tránsito, riesgo de transportar mercancías peligrosas… Son muchos los inconvenientes que se presentan en un mundo que te ofrece otras alternativas para disfrutar de una existencia más apacible. Camioneros, curas, sindicalistas, trabajadores del campo… experimentan la misma realidad. Hay mejores alternativas en este nuevo mundo.

Para paliar el déficit de conductores hay quienes ponen sus esperanzas en el fin del heteropatriarcado, de modo que se incremente el exiguo 4% de conductoras que existen en la actualidad y así se cubra el vacío dejado por los perezosos varones. Sería una gran noticia ya que las mujeres han demostrado ser más precavidas al volante, del mismo modo que su primacía en la universidad ya es un hecho. Esto igual provocaría que los hombres que no quieren trabajar en el camión encuentren gustosos una nueva vocación siendo kellys en hoteles, de modo que la paridad real haga de este mundo un lugar más habitable.

De paso, podríamos comprobar si es cierto el oscuro mito de los lugares de esparcimiento nocturno que existen en los bordes de las carreteras y si las mujeres al volante logran erradicar las luces de neón de las áreas de servicio. Los oscuros antros regentados por mafias explotadoras de mujeres podrían ser reemplazadas por nuevos locales con gigantescos ositos de peluche en la puerta, administrados por hombres sensibles que den masajes en los pies a las agotadas camioneras antes de irse a dormir. Si a alguna le sabe a poco, siempre estaría la opción de colocar un satisfyer en la mesilla, taciturno de usar por turnos. Eso sí, estará correctamente esterilizado para evitar los nuevos virus contagiosos, sobre todo en la variante ómicron, una vez que los virus que navegan en el amor parecen haber caído en el olvido.

Sin embargo, me temo que la solución a la crisis del transporte no va a venir por la paridad entre hombres y mujeres. El público sigue reclamando ávido sus mercancías antes de las 10 de la mañana o que los supermercados estén abastecidos para llevar el alimento a casa. A falta de camioneros, la solución vendrá por la tecnología. De la misma manera que el coche autónomo acabará con nuestros taxistas, camiones como el Volvo Vera  o el Tesla SEMI (que además son eléctricos) transformarán la logística, de forma que acabaremos agradeciendo a los obsoletos camioneros sus servicios prestados, al igual que hicimos en su día con los conductores de diligencias o los ascensoristas. A fin de cuentas, los camiones autónomos son más seguros, no se les paga salarios, no duermen, no protestan, no se enferman, consumen menos combustible, no necesitan tacógrafos que midan su velocidad ni los tiempos de descanso cada dos horas, no pelean con su mujer ni tienen trastornos del sueño… y además no hacen huelgas.

Si a la tecnología ya existente de vehículos autónomos, le sumamos la inteligencia artificial y la consolidación del 5G, la universalización del vehículo de transporte autónomo será una realidad, como ya sucede en las minas desde hace años gracias a empresas como Komatsu o Caterpilar. En el transporte masivo de mercancías por carretera, tenemos el ejemplo de la empresa china TU Simple o de la americana Uber. Uber, en alianza con la empresa de conducción autónoma OTTO, realizó su primer transporte por carreteras públicas hace 5 años con un cargamento de 50.000 latas de Budweiser, para lo que cubrió una distancia de 193 kilómetros sin incidentes. Quedará para la historia que su primer viaje fue por una buena causa.

Muchos no lamentarán la pérdida de ese tipo de trabajo que ya no se desea, pero medio millón de camioneros dejarán sus oficios en España para ser aspirantes a youtubers, a recibir la renta básica universal o a portar chalecos amarillos… mientras apedrean los ministerios en sus particulares lunes al sol. Mientras tanto, si nuestro dios Elon Musk suma al camión SEMI un éxito adicional con su nueva batería 4680, verá incrementar su cuenta bancaria hasta el punto de poder sufragarse un viaje turístico a Marte. A cambio, el resto de los mortales nos beneficiaremos de los ahorros que nos proporcionará en nuestro transporte cotidiano y del mundo menos contaminado y más resiliente frente al calentamiento global que nos dejará. Esperemos que nuestros políticos se acerquen a Tesla y resto de empresas que desarrollan vehículos autónomos y eléctricos para que se realice el ensamblaje en España. Nuestra principal industria, la automotriz, también está en peligro.

Ya no queda espacio para los feos, fuertes y formales ni para cadillacs contaminantes. Se nos abre un mundo mucho más bonito, sin curas, ni putas, ni sindicalistas, ni agricultores, ni coches contaminantes… ni camioneros.

Pero no hablemos de futuro.
Es una ilusión
Cuando el reguetón conquistó tu corazón.

Humildad, sencillez y modestia

No penséis que el espectacular y abrumador éxito que está teniendo Zihuatanejo se me va a subir a la cabeza. Humildad, sencillez y modestia son los tres pilares de la educación que me inculcaron los Hermanos Maristas en mi niñez. Las tres violetas maristas son valores muy necesarios en una sociedad como la actual, donde la histérica carrera meritocrática hacia el éxito nos hace olvidar lo efímera que puede ser la gloria en un mundo tan cambiante como el actual, en el que un día puedes estar surfeando orgulloso en la cresta de la ola y el siguiente engullido por el implacable océano.

Vivimos en una sociedad en la que, por un lado, se exalta el éxito y, por el otro, se pretende transmitir una imagen de falsa modestia. Las redes sociales (menos Twitter, que es un lugar de enfado permanente) son una exaltación de la buena vida, donde no compartimos nuestros momentos de miedo, tristeza o frustración, sino que hacemos como aquella famosa modelo a la que aparentemente no le hace falta ná, pero que mientras está en Hawái de vacaciones (mis felicitaciones) le queda muy lindo en Instagram lo que postea pa’ que su ex lo vea… y así darle celos. También es posible que Maluma sea un poco creído y las publicaciones no estén dirigidas a él, pero lo cierto es que las espectaculares fotos de Hawái y la imagen de éxito ahí quedan.

La modestia auténtica es una rara cualidad en nuestra vida. Muchas personas aparentan un comportamiento humilde, pero se descubre pronto que no es sino una falsa pose. Lo más censurable es cuando alguien utiliza la expresión “modestia aparte”, que es la manifestación más auténtica de la voluntad de enterrar cualquier atisbo de humildad para dar rienda suelta a una prepotencia sin límites. Es solo comparable a cuando un periodista dice en una tertulia de máxima audiencia “en mi modesta opinión” lo que supone el más claro ejemplo de lo que es un oxímoron.

De este modo, se ha institucionalizado el uso de supuestos defectos para sacar ventaja. Como el caso del joven que empieza a vivir con su pareja y confiesa sus limitaciones: «Cariño, como no sé planchar muy bien, y tú lo haces mucho mejor que yo, había pensado en dejarte tan importante tarea para que me vea bien guapo en el trabajo con mis camisas». Como el amor todo lo puede, la enamorada mujer responde con una tierna sonrisa: «Pues aprendes, mi vida. Ya verás cómo, después de un mes seguido planchando, eres capaz de hacerlo mucho mejor que yo… y te verás incluso más guapo».

En el mundo laboral sucede lo mismo. Está la clásica pregunta de las primeras entrevistas de trabajo, cuando los responsables de talento humano preguntan a los jóvenes aspirantes: “¿cuál es tu principal defecto?”, para lo que tienen preparada una respuesta de manual: “Es que soy muy perfeccionista”. Y ante el afilado colmillo de una repregunta: “Muchas gracias por tu respuesta pero, ¿nos podrías compartir algún otro defecto para conocerte mejor?”, los agobiados candidatos se pueden quedar en fuera de juego y, tras una larga reflexión, contestar: “Pero mucho… mucho”. Los jóvenes aspirantes no conocen todavía que ser muy perfeccionista puede ser en verdad un gran defecto, ya que en muchas ocasiones lo mejor es enemigo de lo bueno. Pero de eso ya hablamos en su día.

La falsa modestia, no obstante, sí que puede y debe ser perdonada a las madres. Es la táctica de psicología inversa que siguen cuando vas un domingo a almorzar a casa de los abuelos (privilegio de los que no están expatriados) y nada más empezar a comer dicen con humildad: “Creo que la sopa ha quedado un poco sosa”, para que surja la respuesta unánime de toda la familia: “¡pero si está deliciosa!”. Si crees que puedes cambiar la dinámica adelantándote con un: “Mamá, qué rico te ha quedado el arroz”, tu esfuerzo será en vano, ya que la respuesta será: “Pues yo creo que le falta un poco de sal”.

Esta reacción materna debe de ser hereditaria, ya que es lo mismo que nos sucedía de pequeños en nuestras visitas a tía Sole en Polentinos. Cuando se celebraba la fiesta de La Virgen de las Nieves, te invitaba a un manjar digno de una boda… “No son más que dos cositas”, decía con modestia. Como no era posible terminar más que una tercera parte, la comida finalizaba con el típico reproche: “Si es que no me coméis ná”. Si querías evitar todo ese dispendio de comida y hacías una visita sin avisar, no creas que salías mejor parado. Las abuelas que vivieron la posguerra están preparadas para sobrevivir a dos apocalipsis zombi consecutivos. En media hora te había preparado una tortilla con las patatas y cebollas del huerto y los huevos de sus gallinas, frito tres morcillas, cuatro chorizos y dos platos de croquetas, partido un cuarto de jamón y medio queso, aliñado una ensalada que rebosaba el plato (para combatir el colesterol) y tenía guardado un delicioso flan de postre o una fuente de arroz con leche por si venía alguna visita. Cuando querías hacer un amago de rendición “Ya no puedo más”, te tenías que enfrentar a cualquiera de estas tres opciones a) “¿es que no te ha gustado?” b) “pero si solo son los entrantes” o c) “no me extraña lo esquelético que estás… si es que no me comes ná”.

Yo no estoy en el supuesto del eximente de la falsa modestia y tengo unos firmes principios que mantener, aunque he de confesar que se vieron en peligro este verano. Estábamos con mis hermanos en una terraza de Madrid mostrándoles el libro de Zihuatanejo recién publicado, cuando se acercó un joven desconocido que estaba en la mesa contigua y me dijo: “Perdona, pero acabo de ver que tú eres quien escribes Zihuatanejo. ¡Y además ahora en libro! Te quería felicitar porque tus artículos son cojonudos” (disculpad la expresión, pero fueron sus palabras literales). “Muchas gracias, pero son solo unas cuantas ocurrencias sin más”, respondí con humildad. “¡Que no, hombre! ¡De verdad! Que los comento con mi novia cada vez que publicas algo”. Insistió. “Me siento muy halagado y me alegro mucho de que te guste lo que escribo, pero tampoco es para tanto”, respondí con sencillez. Su novia se levantó también y se acercó diciendo: “¡No seas modesto!, que lo que escribes es cojonudo” (disculpad de nuevo por la literalidad).

La tentación llamaba a mi puerta. Era mucha la insistencia por su parte como para no caer en las sibilinas garras del elogio. Nadie me lo habría reprochado. Pero fui fuerte. “Sería muy prepotente…”, empecé a decir. “Sería muy prepotente por mi parte…”, no encontraba las palabras precisas. “Sería muy prepotente por mi parte insistir en llevaros la contraria y pensar que mi criterio es siempre el verdadero, por lo que tendré que aceptar que es posible que tengáis razón”, respondí con sincera modestia.

Así que, por favor, no hagáis caso a este humilde escritor y hacedlo más bien a su cada vez mayor número de lectores ya que Zihuatanejo es, modestia aparte, un libro cojonudo.

Controversia de Afganistán

Entre 1550 y 1551 se llevó a cabo en el colegio San Gregorio la Controversia de Valladolid. Ante las denuncias recibidas por los abusos que supuestamente realizaban los primeros españoles en el Nuevo Mundo, el Rey Carlos I de España decidió suspender nuevas encomiendas hasta que se realizase una investigación a fondo de lo que estaba sucediendo y se decretasen medidas para evitar la arbitrariedad de los encomenderos, asegurando el cumplimiento de las Leyes de Burgos (una regulación muy avanzada en el reconocimiento de derechos humanos para su época) en todos los lugares del Nuevo Mundo.

Este parón fue una interesante novedad que no se había producido con anterioridad en los imperios dominantes a lo largo de la historia. Los egipcios, griegos, romanos, hunos, mongoles o aztecas habían mirado tan solo por su bienestar y la cantidad de territorios que podían gestionar de manera segura. El debate que se instauró fue muy interesante y con dos posiciones bien definidas. Por un lado, Bartolomé de las Casas no solo denunciaba abusos sino que también creía en la libertad absoluta de los habitantes de aquellas tierras por lo que los españoles no deberían intervenir, aunque fuesen rechazados y observasen injusticias… que, aunque os resulte increíble, también las había.

En el otro lado estaba Juan Ginés de Sepúlveda. Su posición era la contraria. Si una civilización más desarrollada puede ayudar a evitar abusos que se están produciendo en esas sociedades, como es el caso de los sacrificios humanos, no solo está facultado sino que más bien está obligado a intervenir para proporcionar a esas personas unas condiciones de vida de acuerdo a su dignidad. Es un argumento que han empleado posteriormente muchos procesos coloniales. Y si, de paso, consigues un poco de oro o mano de obra barata para trabajar será una justa recompensa para tan duro esfuerzo… que los imperios nunca han trabajado gratis.

Cuatrocientos ochenta años más tarde, vemos en Afganistán cómo esta polémica sigue estando vigente. Yo confieso mi ignorancia del país, más allá de lo visto en Homeland, leído en Cometas en el cielo o las crónicas de David Gistau y escuchado en las noticias en estos últimos años, meses y días… pero me parece muy interesante el paralelismo con los debates de hace cinco siglos. Los primeros españoles en el Nuevo Mundo (igual de antiguo que el Antiguo Mundo para sus habitantes originales) querían ofrecer el cristianismo y las Leyes de Indias a las personas con las que se encontraban, imponiendo un estado de vida más avanzado al que se encontraron. Ahora cambiemos cristianismo por democracia y libertad y retomemos el debate, porque tenemos un carajal montado lleno de contradicciones. 

¿Cuál ha de ser el papel de las democracias occidentales ante Afganistán? En un primer momento surgieron declaraciones contra Estados Unidos y sus aliados por ser imperialistas invasores en un territorio extranjero, aunque fuese una cuna de terroristas, después de los atentados contra las Torres Gemelas de hace 20 años. Pero llega el momento en el que las potencias extranjeras abandonan el país, después de cientos de miles de millones de dólares tirados a la basura y la sangre de miles de sus nacionales derramada en las escarpadas montañas afganas (entre ellos, 102 españoles), repitiendo la historia del imperio británico o de la URSS.

El resultado de la intervención extranjera fue lograr, según estadísticas del Banco Mundial, que se multiplicase por 5 el PIB en 20 años (aunque estancado en el último lustro, cuando Obama anunció la salida de las tropas americanas), casi duplicado la población de 21 millones a 39, pasado de una escolarización del 20% a casi universal (incluyendo a las mujeres), o subir la esperanza de vida de 56 a 65 años. Con su salida, los talibanes regresan al poder, se impone una cruel dictadura, las mujeres son condenadas a no salir de sus casas sin sus maridos, a no estudiar y a cambiar los avances de que habían disfrutado en independencia y libertad por una cruel opresión. En este caso, ¿qué hacemos? ¿añoramos a los invasores extranjeros o asumimos que un país corrupto que ha dilapidado todo el apoyo recibido se merece el padecimiento que ahora le toca sufrir? ¿o echamos mejor la culpa a las potencias extranjeras por haber gestionado mal estos 20 años, a pesar de los buenos indicadores?

Se estima que con un número reducido de tropas extranjeras (el año pasado quedaban 10.000 soldados americanos y de la OTAN) liderando los más de 300.000 nacionales se podría haber mantenido Kabul, Kandahar y las principales ciudades afganas indemnes de los talibanes… En ese caso, ¿quién tendría que haber pagado la factura? ¿Estados Unidos? ¿Europa? ¿España? ¿Naciones Unidas? ¿Cuánto estarías dispuesto a poner tú de tu bolsillo? Porque China o Rusia no parecen estar por la labor… Y en el resto de países que están sufriendo horribles tiranías como Siria, Venezuela, Cuba o 44 dictaduras en África… ¿tenemos derecho a imponer nuestro modo de vida democrático y beneficiar así a sus habitantes? ¿o hemos de vivir impasibles ante las crueldades e injusticias que padecen millones de compañeros de planeta? ¿quién paga el coste? ¿quién es el líder? ¿en qué casos es aceptable y en cuáles no? ¿derechos humanos universales o autonomía de los territorios? ¿o mejor nos olvidamos de todas estas cuestiones? A fin de cuentas, ¿quién se acuerda hoy de las niñas secuestradas por Boko Haram?

En Valladolid no hubo un dictamen definitivo a la controversia, pero se retomaron las encomiendas a la vez que se reformaron las leyes para hacerlas más garantistas de los derechos de los indígenas. Tras librarse los tlaxcaltecas, totonacas y resto de tribus del yugo mexica, se integraron los indígenas con los españoles en el Virreino de Nueva España, germen del actual México, cuyo origen con la caída de Tenochtitlan celebramos el quinto centenario el pasado 13 de agosto. Se lograron grandes avances en sanidad, educación y derechos humanos (de los que no se hablan) a la vez que se cometieron sangrantes abusos (de los que sí se hablan). Se creó una nueva sociedad mestiza (que abarca un 90% de la población mexicana), cuya mezcolanza de sangres bombea por el corazón de la que fue América Española. Los poderosos hijos de la aristocracia prehispánica ocuparon lugares de privilegio en esa nueva sociedad. Los no poderosos siguieron padeciendo, como siempre, aunque un poco menos. Ya no les abrían el pecho con afiladas piedras de obsidiana para arrancarles vivos el corazón como ofrenda a Tláloc en el Altar Mayor.

Hoy día, tampoco tenemos un dictamen definitivo sobre Afganistán. Lo único que sabemos es que a su población le espera una larga travesía por el desierto. Muchos morirán de hambre, sed o asaltados en su intento de huir de la tiranía y sus mujeres llorarán por su sometimiento ante el régimen machista talibán. Mientras no vuelvan a ser centro logístico de terroristas, vivirán tranquilos. Si vuelven a las andadas, les caerán algunas bombas de vez en cuando. Pero los afganos tendrán que levantarse con sus propios medios contra los 75.000 soldados talibanes, ahora armados con material americano. Espero que el legado que Occidente ha dejado en los últimos años sirva a los afganos de estímulo para levantarse contra la tiranía. Los extranjeros me temo que nos hemos ido para no volver.

¿Por qué escribir un libro? ¿Por qué Zihuatanejo?

Una hoja en blanco se ha visto sustituida por un archivo vacío, pero lo esencial permanece: la soledad de un escritor y su intención de compartir una creación. Los hay que crean universos mágicos, otros apasionantes historias de amor, incluso están quienes inventan emocionantes aventuras y otros analizan la realidad que les rodea.

Todo proceso de creación tiene un doble componente: interno y externo. El interno es el mayor regalo que recibe el escritor. Son los momentos de soledad en los que es el primero en descubrir un nuevo mundo, reírse con las gracias que se le ocurren o descubrir la solución a un intrincado misterio que él mismo ha creado. En mi caso, me permite analizar la realidad de un manera nueva, reírme con mis propios chistes (que son muy divertidos, por cierto), recordar experiencias de mi vida y ser el primero en descubrir nuevos enfoques que incluso a mí me sorprenden.

La escritura presenta símiles con la cocina. De este modo, habrá autores que sean capaces de crear elaboradas composiciones jugando con nuevos términos y adjetivos esmerados, al estilo de los chefs más vanguardistas. Yo confieso mi incapacidad para ese tipo de alta escritura y me declaro partidario desde el paso 2 de Zihuatanejo de las croquetas de cocido. A la hora de elaborar el cocido, hay quienes también han optado por la nueva cocina deconstruida, fijándose en los ingredientes esenciales para conseguir la pureza del sabor de tan rico plato. En este caso, vuelvo a confesar mi incapacidad y he optado por los restaurantes en los que puedes comer hasta saciarte. En lugar de buscar una selección más limitada de los artículos escritos en los últimos años, he optado por apurar las cien mil palabras que la editorial me concedía, en la esperanza de que se os harán cortas.

Esta acumulación de ingredientes, ignorando la recomendación del editor de tratar un menor número de temas o evitar los aspectos más polémicos, está organizada desde la ignorancia feliz del diletante, como escribe Sergio del Molino en su prólogo a La España vacía, pero con la profundidad de una persona que lleva vivida más de cuatro intensas décadas. El único límite que me impuse al escribir era no hacer el ridículo y es por ello que veréis muchas notas a pie de página con las fuentes consultadas para forjar las ideas sobre las que escribo. Espero haberlo conseguido.

El segundo componente es el externo, el contacto con tus lectores y con tu público. Si escribir es lo más apasionante que existe, que te lean ya debe de ser glorioso. Y así, el escritor novel sueña con ser un súper ventas, que le realicen entrevistas en horarios de máxima audiencia para hablar de su libro, hacerse millonario o que le inviten a realizar el saque de honor en el Santiago Bernabéu.

El editor me bajó de la nube de mis ensoñaciones. Para empezar, los escritores no están tan valorados como yo pensaba y, además, las diletantes ocurrencias acerca de la realidad actual compartidas por un escritor aficionado no van a ser de gran interés para el gran público. El Manual de Resistencia de Sánchez tiene mucha menos calidad y sentido del humor que mi Zihuatanejo (¡dónde va a parar!), pero su autor oficial ha llegado a presidente… ¿y yo? Yo tan solo ofrezco nuevas visiones acerca del perdón, del miedo o la frustración, enlazando experiencias personales con realidades como el black lives matter, la discapacidad, nuestros mayores, el feminismo, el #metoo, el medioambiente, la situación política y económica, el impacto del COVID o el encuentro entre España y América. ¿A quién le puede interesar?

Descubrir la cruel realidad de un fracaso cierto en ventas no supuso un duro trauma para mí, sino más bien un vigoroso estímulo para publicar mi libro. Ya no voy a ser un escritor vulgar, que todo el mundo lee, sobre el que todo el mundo opina y al que todo el mundo critica, sino un escritor que se dirige a un público privilegiado que tendrá el honor de disfrutar de unos escritos exclusivos. ¡Sois unos afortunados! Y en vuestro disfrute estará mi nuevo parámetro de éxito.

El escritor siempre ha de provocar a sus lectores. Si no eres capaz de provocar en tu lector una sonrisa, una duda o una crítica habrás hecho perder el tiempo a las personas que se acercan a lo que uno escribe… y no estamos como para malgastar el recurso más limitado que tenemos. Por eso, a lo largo de mis etapas y pasos, he pretendido entrar en vuestra cabeza, generando dudas o nuevas visiones de la realidad que nos rodea; tocar vuestra cara, para veros sonreír; acariciar con cariño vuestro corazón, a través de la empatía de experiencias y valores compartidos; y, ¿por qué no?, tocar incluso un poco los huevos (o los ovarios), que aquí hay para todos (y todas).

Hasta el año 2003, la humanidad había generado 5 exabytes de información (cada exabyte es equivalente a 10 gigabytes a la novena potencia). Durante el año pasado, los humanos generamos esa misma cantidad de información cada dos días. La duración de los videos que se suben a YouTube cada día es igual a la esperanza de vida al nacer de un español. En un momento de la historia en el que parece que ya todo escrito, no conformarse y lanzarse a publicar un libro parece una locura… o no. Tener opinión propia acerca de los hechos que suceden a mi alrededor y la oportunidad de compartirla es una experiencia que me ha hecho sentir vivo. Además, publicarlo en formato papel me va a permitir llegar a muchas personas (o al menos a algunas) a las que sé que les puede hacer ilusión y que viven más alejados del mundo digital de los blogs.

¿Por qué Zihuatanejo? La explicación aparece en las primeras páginas del libro. Si he conseguido que os pique la curiosidad, ya está disponible, tanto en plataformas digitales (Apple, Google, Amazon…), como en físico en vuestra librería de confianza o realizando un pedido a través de plataformas como Amazon. Lo habitual es que el libro no esté disponible en la tienda y vuestro librero tenga que solicitarlo, excepto en la librería LUA en Guadalajara (http://www.librerialua.es/) donde ya está tienen ejemplares en la tienda, todos son muy simpáticos y te atienden de maravilla.

Espero que os animéis a dar una vuelta por Zihuatanejo. Sois todos bienvenidos. Espero que disfrutéis de la lectura del libro tanto como yo lo he hecho escribiéndolo. Ha sido un placer. De nada.

Fotografía

Años 50 en un pueblo de Palencia, mediados de los 80 en Guadalajara, Ciudad de México en la actualidad. Tres fotografías. Tres primeras comuniones. Tres generaciones. Una vida.

En Estalaya, un pequeño pueblo del norte de Palencia, había niños a finales de los años 50 del siglo pasado. Lo que no había era trajes pomposos con los que vestirse para la primera comunión ni cámaras fotográficas con las que inmortalizar el momento. Este pequeño inconveniente no fue obstáculo para que mis abuelos obtuviesen su recuerdo para la posteridad. El ingenio de un modesto fotógrafo les solucionó la papeleta. Fue un audaz precursor de los arreglos en Photoshop que tanto agradecieron posteriormente personajes de la farándula como el conde Lecquio. Su modelo de negocio consistía en tomar una foto tamaño carnet de la cara del niño en cuestión y con un traje estándar de pequeñas princesas o modestos marineros preparaba un retrato. Así logró hacer su agosto, cuatro años después de la primera comunión de mi madre, con varios guajes de la comarca.

Las fotografías fake de la primera comunión de mi madre y mi tío presiden desde hace 60 años la habitación que compartían de pequeños. Ahora existe la posibilidad de escanearlas y realizar copias que eviten que unas inoportunas goteras destruyan los cuadros que tanto tiempo han perdurado, pero durante muchos años ese riesgo existió. Las fotografías transcendían el significado de una mera imagen para mis abuelos, ya que llenaron el vacío de una habitación que, como la de tantos otros vecinos, quedó prematuramente vacía ante el éxodo de los jóvenes hacia internados (si lograban beca), seminarios o casas de familiares en la capital. Una dura realidad, pero menos cruenta que la de aquellas mujeres que abandonaron su pueblo para servir en las casas de la capital o de los hombres que derramaron su sudor en las fábricas de Barcelona, Bilbao o Madrid.

El éxodo que vació una España nunca muy llena, proporcionó una puerta de esperanza a las siguientes generaciones de aquellos pueblos. Un primer paso para el desarrollo de sus hijos o para emprendimientos propios. No siempre fueron bien recibidos en sus lugares de destino. A algunos los llamaron charnegos, a otros maketos y a muchos paletos… pero no cejaron nunca de luchar por un Spanish dream del que también se benefició su tierra de acogida. Consiguieron labrar un futuro más próspero lejos de una tierra generosa, que siempre proporcionó sustento, pero que se cobraba el alto precio de acabar con la tez ajada, las manos encallecidas y la dentadura mellada antes de cumplir los 40.

Perder aquella foto habría sido causa de un profundo lamento. Cuando tenemos poco, lo disfrutamos mucho. Cuando gozamos de la abundancia, las pérdidas nos parecen nimias. Aquellos tiempos de escasez determinaron los artículos. Los pequeños jugaban con LA pelota o LA muñeca, se tenía LA ropa de trabajo o EL vestido de domingo y daba igual que no te gustase lo que se servía en EL plato, porque no se podía elegir LA comida. Por eso, una foto trucada se convertía en LA foto.

Un momento de tu vida era especial si tenías una foto de recuerdo… y no eran tantos. Con el transcurso de los años, las fotografías recorrieron el camino inverso. Al ser tan pocos los recuerdos inmortalizados por esa generación, su contemplación siempre ha provocado alguna lágrima de nostalgia. Una visita por las habitaciones del museo etnográfico de Cervera de Pisuerga te deparará momentos emocionantes mientras escuchas cómo los vecinos comentan las fotografías de Piedad Isla, una mujer intrépida que supo conservar el legado de la vida de los pueblos de la montaña palentina a través de su mirada única.

Mediada la década de los 80, mi hermano y yo tomamos el relevo de celebrar nuestra primera comunión en Guadalajara. El acontecimiento se inmortalizó con el debido reportaje fotográfico que capturaba nuestro paso de la niñez a la juventud. Una cámara fotográfica fue el anhelado regalo que recibimos todos los homenajeados en el lugar donde se celebró el banquete posterior a la ceremonia religiosa. Era de marca Werlisa, un modelo tan solo ligeramente superior a las cámaras desechables. Pero fue especial. ¡Era nuestra primera cámara! Y entramos en la segunda era: la de los carretes Kodak, Agfa o Fuji y su proceso de revelado. Tener la opción de sacar 12, 24 o 36 fotos por carrete era un avance muy superior al de la generación precedente, pero también teníamos que lidiar con la escasez.

Las primeras fotografías de un carrete se velaban. Tenías que decidir si apretabas tres veces el disparador o si te arriesgabas con dos para tener una foto adicional, que posiblemente quedaría inservible. Cada vez que pulsabas el disparador tenía asociado dos costes: el coste del revelado y el coste de oportunidad de un número limitado de recuerdos a ser capturados. El arte consistía en el equilibrio entre reprimir nuestros instintos de fotografiar cuanto elemento nos causara curiosidad y ser pacientes para tener disparos disponibles cuando llegase ese momento singular digno de ser inmortalizado. También se presentaba la duda de si sacar dos o tres fotos para asegurar aquel momento que queríamos inmortalizar o si, por el contrario, nos fiábamos de nuestra capacidad y así podíamos capturar más recuerdos. El riesgo consistía en dejar de tomar fotos espectaculares pensando en otros más imponentes que nunca llegaban a pasar delante de tu cámara. Todo un dilema.

El inicio con la fotografía analógica me ayudó a lidiar con la incertidumbre. Quedaba la incógnita de saber si la imagen estaba bien encuadrada, tenía suficiente luz o estaba movida… Mucho más con las primeras cámaras compactas, menos avanzadas que las cámaras réflex que utilizaban nuestros mayores. El último ritual era el momento de rebobinar el carrete y guardarlo antes de llevarlo a la tienda. Mejor realizarlo en un cuarto oscuro, no fuese a ser que cualquier tragedia diese al traste con nuestras ilusiones.

Después del revelado, venía la ceremonia de colocar las fotos en los álbumes. Era el momento de lamentarse por las que tenías que desechar por la falta de pericia propia y sentirte orgulloso por aquellas que te hacían sentir digno de ganar el Pulitzer. Curiosamente, los mejores álbumes eran los que regalaban en las tiendas. Los más elegantes que se vendían para bodas y bautizos, contaban con un adhesivo que era muy complicado de pegar sin que se generasen las malditas burbujas y al cabo de un par de años las hojas estaban despegadas. Una vez las fotos estaban presentables, nos juntábamos con los amigos o familiares para recordar aquellas vacaciones, compartir las fotos de los primeros viajes con nuestros compañeros de expedición o dar envidia a quienes se quedaron en tierra. Y teníamos bien guardados los negativos, por si alguien requería de una copia o de una ampliación.

Campamentos de verano, viajes fin de curso, mi 18 cumpleaños en Birmingham junto a mi madrina, el campo de trabajo de Mfangano… Muchos álbumes de aquellas imágenes de juventud permanecen todavía en casa de mis padres. La mayoría han acumulado polvo durante años, aunque la labor de digitalización realizada por mi padre me ha permitido recuperar algunas fotos que habían caído en el olvido. Al contemplar esas fotos, no puedo evitar emocionarme (por no llorar) cuando me veo ante el espejo de hace varias décadas, con más inocencia, menos kilos y mucho más pelo. Eso sí, por mucho que revise fotografías, ninguna podrá ser tan especial como aquélla de la primera comunión de mi madre. Esa foto no se podía sustituir; entre las mías puedo elegir.

La primera comunión de mis hijos se ha visto aplazada en Ciudad de México por culpa del coronavirus. Un acontecimiento muy importante para nosotros como familia, pero que ha visto disminuir su relevancia social en los últimos años. Cuando las condiciones sanitarias lo permitan, tendremos la duda de qué regalar a una nueva generación que ha disfrutado de mucha más abundancia que su padre en la infancia e infinitamente más que unos abuelos que mirarán con orgullo cómo sus nietos ya han crecido hasta convertirse en unos jovenzuelos. Su mayor ilusión sería el teléfono inteligente que todavía no van a recibir, ya que las cámaras fotográficas han quedado relegadas para minorías más especializadas. Las fotos que tomen mis hijos se unirán al extenso catálogo con el que ya cuentan: su nacimiento, su primer diente, su primera papilla, sus primeros pasos sin ayuda de mamá y papá, su primera pedaleada en bici… Todo tipo de circunstancias han quedado inmortalizadas, menos el primer meconio y las noches sin dormir. En eso coinciden las fotografías de todas las generaciones que, como los Monty Python, siempre miran al Bright side of life.

Mis hijos ya no entenderían la ceremonia de reunirnos en casas o bares para ver los álbumes. Ahora mismo se comparten de manera instantánea gracias a la facilidad que supone enviarlas por WhatsApp o publicarlas en Instagram o Facebook. La añoranza de las fotos olvidadas en los cajones de casa de tus padres, es ahora activada por las redes sociales, que regularmente te avisan de los recuerdos publicados. Incluso los teléfonos inteligentes te crean un emocionante video (música incluida) de tus últimas vacaciones. Con la ingente cantidad de fotos de que van a disponer mis hijos, su mayor reto consistirá en identificar cuáles son las realmente importantes para ellos, dentro del almacenamiento ilimitado que te ofrece Google Fotos o iCloud. Habrá incluso fotos destinadas a ser desechadas, para lo que se han creado herramientas como Snapchat, cuya virtud consiste en la imposibilidad de almacenar las fotos. La mejor forma para no llegar a la fama por el mismo camino que Olvido Hormigos. Discernir los momentos más especiales de su vida y que éstos no dependan de la cantidad de likes que obtengan en redes sociales sino de la intensidad de lo vivido, será la prueba que mis hijos tengan que superar.

Ésta ha sido nuestra evolución. El paso de la escasez a la abundancia en menos de 7 décadas. Superar guerras, destrucción y hambre para llegar a una era digital que nos ha abierto una serie de oportunidades globales nunca imaginadas por nuestros abuelos en sus pueblos aislados. Una época de crecimiento de la que se ha visto beneficiada, en mayor medida, la población más humilde. En Europa se ha universalizado el agua potable y el saneamiento, la educación, la sanidad, las carreteras de acceso a los pueblos de nuestros abuelos, la televisión de plasma, el gas natural para calentar las casas, la comunicación a través de internet, teléfonos inteligentes… Nuestro éxito no ha sido consecuencia de que los ricos lo sean menos; sino de incrementar el bienestar creando oportunidades de crecimiento. Sin embargo, en muchas ocasiones estamos tan ocupados protestando de lo que está mal, que no somos capaces de enorgullecernos de estos ingentes éxitos logrados como sociedad.

El reto en la abundancia consiste en encontrar y apreciar aquellas experiencias especiales que hace unas décadas era tan sencillo identificar. La abundancia nos puede cegar. Disfrutar lo que realmente tiene valor entre todas las incontables opciones que están a nuestro alcance, será una señal de madurez. De este modo, el amor de adolescente envidia los 100 orgasmos diarios del león o la media hora que dura el del cerdo, mientras que la madurez enseña que el dulce regusto de una buena copa de vino, disfrutada un sábado por la noche, tiene que durar al menos una semana.

Abundancia frente a valor. Son las dos caras de la misma moneda. Dar valor a las cosas que disfrutamos y apreciar lo enormemente afortunados que somos. No estar en continua insatisfacción por no poder presumir de lo que a otros les generan más followers. Éste es el gran reto de una sociedad temerosa ante los momentos de escasez que pueden llegar tras la pandemia. Como decía Arjona, tendremos que luchar por darle más vida a los años, a las cosas que tenemos, a los momentos que vivimos… Lucharemos por un futuro sostenible, en el que las cotas de progreso que hemos heredado de nuestros abuelos y padres sean solo un primer paso para lo que leguemos a nuestros hijos y nietos.

Con abundancia o escasez, el único recurso limitado que tenemos es el tiempo. Cada momento es irrepetible y, con fotografía o sin ella, es lo único que nos llevaremos en el ascensor.

Zenón, Aquiles y la tortuga

Zenón de Elea describió en el siglo V a.c. la paradoja de Aquiles y la tortuga. Consiste en una carrera entre el de los pies ligeros, tal y como le apoda Homero en la Ilíada, y el lento reptil con su caparazón a cuestas.

Un artículo de muyinteresante.es nos explica la paradoja. Arranca con el gran héroe Aquiles desafiando a una tortuga a una carrera a pie. Para mantener cierta equidad, se acepta dar a la tortuga una ventaja de, digamos, 500 metros. Cuando comienza la carrera, como era de esperar, Aquiles empieza a correr a una velocidad mucho más rápida que la pobre tortuga, de modo que cuando ha alcanzado la marca de los 500 metros, la tortuga apenas ha caminado 50 metros más que él. Pero cuando Aquiles ha alcanzado la marca de los 550 m, la tortuga ha caminado otros 5 y para cuando llegó a la marca de los 555 metros, la tortuga había caminado otros 0,5; luego 0,25, luego 0,125 y así sucesivamente. Este proceso continúa una y otra vez a lo largo de una serie infinita de distancias cada vez más pequeñas, con la tortuga siempre avanzando mientras Aquiles intenta alcanzarla sin conseguirlo.

La paradoja parte del siguiente enunciado: Si cada vez que la tortuga avanza un metro, Aquiles recorre diez, ¿en qué momento atrapará Aquiles a la tortuga, teniendo en cuenta que parte con 500 metros de ventaja?. Como el enunciado requiere de un movimiento previo por parte de la tortuga, la conclusión es que Aquiles nunca la alcanzará. Cada vez que llega al lugar que ocupaba la tortuga, siempre tendrá una distancia por recorrer, por pequeña que sea. Esta paradoja cobra plena actualidad, ya que se trata de un planteamiento similar al que surge con la negociación que quiere abrir nuestro Presidente con los independentistas catalanes para lograr una falaz concordia.

Los españoles negociamos en el momento de otorgarnos nuestra Constitución (CE), con un 90% de apoyo en Cataluña, un punto de equilibrio entre centralismo y autonomía, que además puede ser modificado. El equilibrio se encontró en un sistema dinámico, que nos propició pasar de ser un estado muy centralista antes de 1978 hasta convertirnos 43 años después en el segundo estado más descentralizado del mundo, solo detrás de Alemania, de acuerdo al Regional Authority Index elaborado por la universidad de Oxford.

Esta descentralización se ha logrado gracias a nuestra Constitución y no a pesar de ella. En el artículo 148 CE se establece las competencias que podrán asumir las autonomías y en el 149 las competencias exclusivas del Estado Central. Si nos fijamos, estas últimas competencias son bastante limitadas y además tienen truco. Para empezar, el apartado 3 del artículo 149 se establece que toda competencia no reservada para el estado puede ser asumida por las autonomías Las materias no atribuidas expresamente al Estado por esta Constitución podrán corresponder a las Comunidades Autónomas, en virtud de sus respectivos Estatutos. Por si esto fuera poco, el artículo 150 en su apartado 2 refleja lo siguiente: El Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación. Esta vía se ha utilizado para realizar Leyes de Transferencia o Delegación que han llevado a que cada vez más competencias se gestionen de manera descentralizada.

Como todo político (sea del partido que sea) en el momento en el que obtiene poder cada vez quiere más, hemos seguido en estos más de 40 años un proceso de descentralización cada vez mayor, donde toda Comunidad Autónoma tiene competencia en puertos, aunque no tenga mar. ¿Esto ha mejorado la gestión de servicios para los ciudadanos? En muchos aspectos, sin duda. Numerosos estudios demuestran que los países descentralizados mejoran la gestión. ¿Esto ha servido para una mayor corresponsabilidad de las autonomías y asumir sus aciertos y errores en la gestión? Pues no siempre. La descentralización también conlleva riesgos relacionados con eficiencia en la gestión (pérdida de unidad de mercado y prestación de servicios más costosos), que solo pueden paliarse con lealtad institucional.

En España estamos padeciendo de una política en la que es muy útil contar con un enemigo común, que es el gobierno central. Total, como nadie sabe quién es el responsable, siempre existe la posibilidad de culpar al adversario. Algo de eso hemos visto durante la pandemia. Del mismo modo, también hay países que no cuentan con tensiones regionales y entonces tiran del euroescepticismo para encontrar al chivo expiatorio necesario para tapar sus vergüenzas internas. Esta adolescencia en el comportamiento político ha estado acompañada de una campaña publicitaria exitosa, denigrando la estructura competencial española. Si consideramos 0 un escenario de completa centralización y 10 otro de independencia, la posverdad separatista vende que estamos en una situación cercana al 0 (total centralización) cuando la realidad nos coloca, siendo cicateros, al menos con una puntuación de 7 (altamente descentralizado).

En España, por tanto, no estamos en una discusión de todo o nada, sino en otra de todo o mucho. Ante esta situación, están los ingenuos (o los bienintencionados, según cada cual los quiera considerar) que reclaman un nuevo proceso de negociación para lograr la paz social. Son equidistantes que reclaman el acuerdo del 5, entre las reclamaciones independentistas y la situación actual, obviando que la reclamación vendría por alcanzar ahora un 8,5… y que en 10 años un 9,25 (alegando un nuevo 5)… y así sucesivamente. Mientras tanto, los que denunciamos que lo que se persigue con el 5 es la fatídica rima (sin vaselina) vamos a ser considerados fascistas.

¿Por qué esta situación se parece a la paradoja de Zenón? Porque en ningún caso le interesa a Cataluña llegar a una situación de 10, que sería la independencia. El salto al vacío que iniciaron en 2012 ha tenido un efecto catártico para la política independentista. Llevan casi 10 años en la que cualquier problema interno (y tienen muchos) se resuelve exaltando el conflicto externo con su enemigo preferido: el resto de España. De este modo, su nula capacidad de gestión ante la pandemia, los escándalos de corrupción de la familia Pujol, la ausencia de presupuestos o que Cataluña haya sido la autonomía con mayor recorte del gasto social entre 2009 y 2019 mientras siguen abiertas las embajadas o chiringuitos varios como TV3 pasan a segundo plano ante la supuesta opresión que España les genera.

Además, los independentistas juegan con la ventaja adicional de que las cartas están marcadas. Pueden reclamar que la ley no es un límite para ellos, sino que es un obstáculo para la democracia. En cambio, los verdaderos demócratas no podemos admitir un cambio de la ley por procedimientos ajenos a ella; no podemos aceptar referéndums no contemplados en la Constitución; y tampoco podemos realizar dejación de funciones con los millones de catalanes defensores de la legalidad.

Los separatistas catalanes van a vivir siempre de vender el sueño de la independencia. Es lo que les da de comer (y bastante bien, como nos demuestra Junqueras). Pero no tienen dinero para pagar la fiesta de un nuevo Estado. ¿O acaso no recordamos que la Generalitat estaría quebrada de no ser por la compra de su deuda a cargo del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA)? ¿O tampoco nos acordamos que esa deuda se generó con el tripartito PSC-ERC-IC (lo que ahora sería Podemos)? ¿O que CiU (el partido en el que militaba Puigdemont) se apoyó en el PP para cambiar la errática gestión y endeudamiento del tripartito hasta que se asustó de la reacción de los indignados en 2012? No les importó el apoyo de los ahora fascistas 6 años después de que recogiesen firmas en contra de un Estatut inconstitucional. Otra mentira que ha calado en la opinión pública.

Los ingenuos (o bienintencionados) vuelven entonces a la carga. ¿Qué hacemos ante esta situación? ¿Cómo solucionar el conflicto? La respuesta, a mi juicio, está clara: NADA. No se dan las condiciones de lealtad para hacer ALGO. Lo único que puedo hacer es explicar que realmente estamos en más de un 7 de descentralización y que avanzar a un 8,5 implicaría elevados costes económicos, sociales y de justicia que no pueden ser asumidos. Si se realiza un planteamiento de deslealtad, como el que realizó en 2012 Artur Mas para exigir un pacto fiscal en plena crisis económica, lo normal es que se diga NO. Si se quiere realizar un nuevo planteamiento egoísta en 2021, lo normal es que se vuelva a decir NO. Pero si se realizan planteamientos honestos, en un esquema de negociación de ganar-ganar, reconociéndonos el valor que cada uno tenemos y poniendo en primer lugar el bienestar de las personas (con independencia de su ideología) entonces la respuesta será un clamoroso SI.

¿Cuál es el verdadero problema? Que estamos hablando de planteamientos de políticos y se está manipulando de forma maniquea los sentimientos de la población, generando enemistades donde existen importantes sinergias entre la cuarta economía de Europa y una de sus regiones más prósperas (aunque con señales de estancamiento económico por la errática gestión de su clase dirigente), generando un conflicto artificial de pobres contra pobres. Se coloca en el centro un romanticismo falso del siglo XIX, que busca soluciones egoístas a corto plazo en lugar de reformas ambiciosas de bienestar compartido a largo. El mismo planteamiento reduccionista de ganar-perder de suma cero que lleva a unos a ser los buenos y a otros los malos cuando, en verdad, existen opciones de beneficio mutuo.

¿Y cuál es la solución? Colocar en el centro a las personas. Estudiar qué es lo que genera menores costes al ciudadano y mayores cuotas de bienestar. No entrar en discusiones de quién gestiona más, sino de cómo gestionar mejor. Realizar cálculos, poner números encima de la mesa… pero sin hacernos trampas al solitario. Con honestidad. ¿Son preferibles 17 tarjetas sanitarias o es mejor una sola que permita que te atiendan sin problemas en cualquier lugar de España? La gestión de puertos y aeropuertos en Cataluña, ¿reduce los costes de gestión o los incrementa? ¿Es más eficiente la transferencia? Que se realice. ¿No lo es? Que no se realice. Tener diferentes regulaciones fitosanitarias en temas alimentarios, ¿es una ventaja o una armonización sería más beneficiosa al ser el resto de España su principal mercado (40% de sus exportaciones)? Cataluña, además de los órganos de gobierno de la Generalitat contaba en 2017 con 20 entidades públicas administrativas, 44 entidades de derecho público, 27 sociedades mercantiles y 54 consorcios. ¿Se están gestionando de manera adecuada? ¿Se pueden producir ahorros de costes gestionando algunas materias de forma centralizada para ahorrar costes y dedicarlos a otros gastos sociales o a reducción de impuestos?

Pero de esto no se habla y es el análisis que, a mi juicio, se tiene que realizar. No sé si la mejor manera de gestionar sea con una puntuación de 5, de 6 o de 9, pero lo que ya está estudiado por múltiples economistas es que una solución de 10 lleva a Cataluña a la ruina, como comprobamos con la huida de empresas ante la Declaración Unilateral de Independencia de 2017. O como hemos visto con todos los nacionalismos excluyentes en la historia de Europa. Quizá por ello en 20 años, desde 1998 hasta 2018, la renta per cápita catalana ha disminuido un 7% con relación a la madrileña (del 93 al 86%) o en 2019 la renta per cápita de Cataluña cayó por debajo de la media de la UE. Y, lo que es más sangrante, en un sistema de financiación autonómica pactado entre el PSOE y ERC. Pero mientras el enemigo sea el resto de España, no se habla de su nefasta gestión.

La verdadera aspiración de los separatistas es obtener un sistema similar al concierto económico vasco o navarro. Calcular un excedente que repartir con el resto de España que sea beneficioso para ellos y que les permite sufragar el enorme déficit (superior a los 4.000 millones de euros) que cuentan en materia de pensiones. Aprovechar el victimismo para lograr que les paguemos un rescate a cambio de una paz social que permita al resto de España contar con el privilegio de su compañía. Ese es el 9,8 al que aspiran. Esta es la razón por la que su objetivo final no es la independencia. Por eso su republiqueta duró 8 segundos. Y por eso siguen cavando y no quieren salir del agujero.

Mientras tanto, un Presidente que no es un ingenuo (ni un bienintencionado), sino un valiente oportunista que tan solo busca su interés personal, les da cuerda para seguir él en el poder. Un líder pernicioso que lo único que está consiguiendo es generar un ambiente social que justifique otro levantamiento contra la ley en el momento en el que la oposición de derecha regrese al poder. Sánchez juega con la falacia de ser el generoso Aquiles que corre bondadoso detrás de la tortuga… mientras que ella siempre se escurre con su siguiente huida hacia delante. No se dan cuenta de que la realidad destruye la paradoja en el momento en el que les dejamos correr libremente 556 metros.

Valor

El partido agonizaba. Tras una cruenta batalla de más de 20 minutos, comenzó el tiempo suplementario. Un empate a 17 goles lucía en el marcador. En un extremo del pasillo, un niño de 7 años. En el otro, su hermano, 15 meses mayor. En medio, una pelota de trapo. La regla de desempate en la prórroga era el clásico mete gol, gana. El benjamín de la familia consumó la sorpresa en Las Gaunas con un derechazo espectacular a la escuadra. El decimoctavo gol y la victoria tuvieron un alto precio… Un cuadro que contenía la foto de un elegante gallo fue el daño colateral que certificó el triunfo con el cristal roto en mil pedazos. No hubo opción a la revancha, al quedar impracticable el terreno de juego.

Fue el momento en que el valor de esos dos niños pequeños se esfumó activándose el sálvese quien pueda de acuerdo a la larga tradición española: el chivo expiatorio. Andábamos en aquel entonces escasos de la madurez necesaria para acudir los dos hermanos de la mano ante la autoridad y confesar un accidente provocado por nuestra negligencia al realizar una actividad prohibida por las más altas instancias, por lo que teníamos tres opciones. La primera consistía en culpar a una catástrofe natural, un inesperado terremoto sucedido de manera repentina en aquel lado de la casa que había ocasionado una inevitable desgracia; la segunda era culpar al autor del chut funesto, a la par que prodigioso; y la tercera era condenar al hermano mayor, que siempre ha de ser el más responsable.

Ante la falta de credibilidad de la primera opción, yo me inclinaba por la tercera mientras que mi hermano abogaba por la segunda. Pero no nos dio tiempo a expresar nuestros argumentos de forma tranquila y sosegada. Los dos hermanos nos escondimos de manera preventiva, pero la autoridad suprema no tuvo dificultad para encontrarnos una vez certificó el fatal desenlace de un gallo que nunca sirvió para pepitoria y aplicó el jarabe de zapatilla de forma democrática a ambos zagales por igual.

Al pasar a la adolescencia y la primera juventud, el valor ausente en la niñez se convertía en una presencia que nos convertía en casi adultos. El valor se demostraba con una pregunta y una respuesta. La pregunta era ¿a que no hay huevos? y la respuesta consistía en Sujétame el cubata. Una prueba más de las nefastas consecuencias que supone el grave problema del alcoholismo juvenil en España. Ya se sabe que la adolescencia es la época en la que quienes inician su proceso de abandono de la niñez (un largo periodo que a muchos les dura hasta pasados los 50) tienen la mala costumbre de cuestionar las sabias enseñanzas que su madre les ha inculcado durante tanto tiempo: ¿Si tu amigo te dice que te tires de un puente, tú te tiras? A lo que el adolescente respondería: Tan solo si me dice ¿a que no hay huevos?

Cuando uno ya es adulto, el valor se demuestra de diferentes maneras. Crear una familia, cambiar de trabajo, emprender un nuevo negocio, dejar tu lugar de origen en busca de nuevas oportunidades, hipotecarte por 30 años… Muchas de estas decisiones, ya sea en el mundo laboral o en el personal, tienen consecuencias que implican riesgos. Puedes acertar o equivocarte. Las decisiones importantes en tu vida implican un periodo de discernimiento, donde tienes que evaluar los pros y contras. En muchas ocasiones van más allá del mero sentimiento egoísta del bienestar propio, ya que las consecuencias de tus actos también afectan a otras personas. Un valor en el que ha de primar la razón sobre el sentimiento.

Por eso, cuando en esta semana se habla de la necesidad de valor para afrontar el problema que ha generado el separatismo catalán, y se vincula ese valor a la adopción de un indulto, no está de más plantearnos ante qué tipo de valor nos encontramos: infantil, juvenil o adulto.

El procés se desencadenó por un problema de valor infantil. La explosión de sentimiento independentista se produjo como reacción a la crisis económica de 2008. Se rompió el cristal del cuadro del bienestar con una recesión salvaje que implicó la pérdida de cuatro millones de puestos de trabajo en toda España y elevados recortes en los servicios públicos. El degaste del gobierno de Artur Mas implicó la respuesta de los indignados catalanes y un asalto al Parlament en el que el partido de Puigdemont sumaba mayoría con el PP. Espanya ens roba fue la solución catártica para esos gobernantes infantiles. El problema no era suyo, el problema estaba causado injustamente desde fuera.

Cataluña se rompió por la mitad. El colofón a este sinsentido vino a consecuencia de una muestra de valor adolescente. Cuando Puigdemont iba a convocar elecciones autonómicas en 2017, salió un político rufián con su particular ¿a que no hay huevos? en forma de un tuit en que mencionaba 155 monedas de plata como la razón para que el Manneken Puchi reculase y así estar ERC en posición de ganar esas elecciones. Su peculiar sujétame el cubata fue declarar unilateralmente la independencia durante apenas 8 segundos, ciego por su mancillado orgullo. Los sentimientos mataron a la razón. La consecuencia fue que el Tribunal Supremo les condenó por sedición y no por rebelión, en consideración a su inmaduro proceder. El resto de muestras de valor ya las conocemos: huir en el maletero de un coche, discursos desde Waterloo y un particular sujétame que le meto consistente en una repetición machacona del ho tornarem a fer.

Parece mentira, pero ya va para cuatro años de esta locura y ahora se reclama valor a los constitucionalistas. ¿Y en qué se supone que consiste el valor para nuestro presidente del gobierno? Nos indica que en indultar a los niños y los adolescentes, reconociendo que van a seguir comportándose como tales, porque se supone que nosotros somos los adultos y hemos de tener empatía y altura de miras. Pero una vez más nos olvidamos del sabio refrán español: el que con niños se acuesta, meado se levanta. La pena es que el gobierno ya está meado y, lo que es peor, necesita de esa lluvia dorada para subsistir. Es el precio que hemos pagado todos los ciudadanos para que Sánchez llegase al poder mediante una moción de censura y por seguir en él tras las elecciones de 2019. Un poder que mantuvo con unos que le producían insomnio por populistas y otros rechazo por querer romper España, en el modificado más falaz de la historia reciente.

¿Que hace falta valor? Sin duda. Pero valor adulto. El valor de reconocer que Cataluña es una región maravillosa en un magnífico país; que Cataluña es un motor económico y cultural de primera categoría; que el nivel de autogobierno de Cataluña es uno de los mayores entre las regiones de todo el mundo; que los partidos nacionalistas han influido con su apoyo al gobierno de España durante 20 de los últimos 28 años; que el sistema de financiación autonómico vigente fue pactado con ERC; que la causa del alto endeudamiento de Cataluña proviene de la mala gestión realizada por sus propios gobernantes o que España es uno de los primeros países en calidad democrática a nivel mundial. Y, sobre todo, el valor adulto de asumir el riesgo de perder el poder por mantener las mismas convicciones que defendías hace menos de dos años frente al desafío independentista. El valor de la justicia, no del interés. ¿A que no hay huevos?

Valor implica lealtad. Si la única salida que ofrecen los separatistas es la independencia, ¿qué gestos se pueden ofrecer? ¿Qué lugar hay para el acuerdo? ¿Por qué tengo que aceptar que no puedo ir a un territorio que forma parte de mi propio país desde hace más de 5 siglos? Siempre he sido partidario de un encaje entre Cataluña y el resto de España, pero hay que romper la clave perder-perder que se ha instalado en el pulso infantil separatista, que únicamente deriva en una estéril pelea de pobres contra pobres. Tenemos que generar una dinámica de ganar-ganar, que no se resuelve por el lado de mayor o menor autogobierno sino por proporcionar los mejores servicios a todos los ciudadanos, sea cual sea su ideología. Poner en el centro de la vida política a personas libres e iguales, no a territorios bajo el pretexto de romanticismos decimonónicos.

Si seguimos hinchándonos a cubatas, lo único que conseguiremos será una meada más grande. Para salir de un agujero, lo primero es dejar de cavar.

Lili Marleen

Lili Marleen es una canción que tiene su origen en un poema creado por el soldado alemán Hans Leip durante la Primera Guerra Mundial. Se convirtió en un himno oficioso que se escuchaba en ambos lados de la alambrada durante la Segunda. Narra la historia de un soldado que añora reencontrase con su novia bajo la farola en la que se besaron por primera vez. Posteriormente, Marta Sánchez destrozó la letra… aunque hoy no hablaremos de eso.

Faltaba un minuto para las 11 horas del día 11 del mes 11 del año 1918 cuando el soldado estadounidense Henry Gunther murió. Fue el último fallecido de la Primera Guerra Mundial. Frustrado por haber sido degradado del rango de sargento (a causa de una carta en la que recomendaba a sus amigos no alistarse por las penurias y la deficiente organización que sufría en las trincheras), y temiendo que le considerasen traidor por tener antepasados alemanes, Henry agarró la bayoneta y se lanzó en una misión suicida contra las trincheras enemigas. Recuperó su condición de sargento… pero de manera póstuma.

No fue la única vida truncada el último día de la Gran Guerra. La simbología de los tres onces para la eternidad retrasó durante seis fatídicas horas la entrada en vigor del armisticio, lo que provocó la friolera de más de 2.500 fallecidos adicionales en una guerra que superó los 30 millones. El General aliado Foch apuró esos últimos instantes en los que matar a un semejante es un acto de valentía a celebrar con una muesca en el revólver, antes de convertirse en una actividad de sádicos hijoputas que merece ser castigada con prisión. Una tenacidad que le granjeó posteriormente el grado supremo de Mariscal. Me imagino a la mayoría de los 2.500 llegando al cielo para reclamar al VAR. ¡Pedro, no me jodas! ¿Penalti y expulsión? ¡Pero si había quedado bajo la farola con Lili Marleen dentro de una semana! A lo que el pobre santo respondería: Lo siento mucho, pero la función no termina hasta que canta la gorda.

Lo mismo nos sucede con el coronavirus. Pasado más de un año desde el inicio de la pandemia ya intuimos el final de la pesadilla gracias al inicio de la vacunación. O al menos lo queremos vislumbrar. Pero no hay espacio para la confianza. El bicho sí que es un sádico hijoputa que no va a descansar hasta que lo derrotemos. No podemos rebajar nuestro estado de alerta hasta que el virus sea definitivamente vencido e incluso necesitaremos mantener medidas de prevención durante una larga temporada hasta que regresemos a la vieja normalidad. Son los signos de unos tiempos en los que hablar de cepas no hace referencia a caldos portentosos, sino a inquietantes amenazas procedentes de Gran Bretaña, Brasil o India. No queremos ser el Sargento Gunther del coronavirus después de haber extremado precauciones durante tanto tiempo, sino reunirnos sanos y salvos con nuestra Lili Marleen cuando pase la pandemia.

Del mismo modo que el soldado alemán besaba a su novia debajo de una farola, el español lo haría en el bar Los Faroles. Me imagino al Joaquín Sabina de hace unas décadas tirando pedradas contra una sucursal del Banco Hispanoamericano tras la desaparición del añorado bar en el que servía copas el verano anterior la mujer de los ojos de gata… y pienso en su reacción porque el propietario se vio obligado a cerrar, arruinado por la pandemia. Lamentablemente, en 2021 nuestro ahora ronco trovador no se encontraría con una nueva entidad bancaria, sino con un cartel de Se Vende o Se Traspasa. Después de la crisis financiera, la transformación digital y la pandemia ya no se abren sucursales. No obstante, si buscase una excusa para ahogar su frustración post pandemia rompiendo cristales, no tendría más que hacerse seguidor de Pablo Hasel.

Mientras tanto, nuestro gobierno retrasa medidas para salvar a las empresas, oculta los sablazos fiscales, es incapaz de formular un plan jurídico que sustituya al estado de alarma… y encima se sorprende de los resultados de las elecciones en Madrid. Las PyMes están inquietas, aunque al menos les tranquilizará el hecho de que una empresa tan fundamental para nuestro sector productivo como Plus Ultra sea rescatada. En cambio, la lucha del dueño del bar Los Faroles consiste en analizar cuánto tiempo es capaz de aguantar para salvar el negocio de su vida. No quiere ser el último Gunther que cierra antes de que inicie la recuperación. Los ERTEs no le evitan seguir pagando el mobiliario, la amortización de los equipos ya adquiridos o la cuota de la hipoteca del local. Los niveles de endeudamiento y desesperación de autónomos y pequeños propietarios que trabajan en el sector turismo alcanzan ya niveles dramáticos en su lucha por evitar el beneficio de gozar del ingreso mínimo vital.

Los meses que restan de pandemia no tendrán menos incertidumbre que los anteriores. Será un periodo para encontrar el equilibrio entre socializar (con muchas personas mayores desesperadas por no haber besado a sus nietos en un año o jóvenes a los que les va la vida en salir de copas) y mantener la distancia social para evitar el contagio; la incógnita de cuánto tiempo protegerá la vacuna; o la duda entre cerrar definitivamente el negocio o seguir endeudándose. ¿Seremos capaces de darnos cuenta de cuáles son los pasos adecuados a seguir? Nuestros capitanes a posteriori no se dieron cuenta de cuándo empezó, no tomaron medidas durante la pandemia y no sé si serán capaces de tomar las decisiones necesarias para superar las crisis económica y sanitaria.

Una de las labores más complicadas de la vida es ser consciente del momento en el que se producen los cambios. Zabalita se preguntaba en el bar La Catedral cuándo se jodió el Perú. Identificar las señales que nos muestren el fin de la pandemia será complicado, ya sea por exceso o por defecto. Que se lo digan al señor Sánchez que presumió de vencer al virus el verano pasado y ahora calla ante el fin del segundo estado de alarma. A las dificultades propias de la pandemia le añadiremos que ahora, por motivos de corrección política, la ópera terminará con el canto del thin man… y así no hay quien se aclare.

Del mismo modo que a Rick y a Ilsa les quedó Casablanca, más que el París previo a la ocupación, a nosotros siempre nos quedará nuestra particular Lili Marleen y nuestra Farola. Nos tenemos que aferrar a ellas como esperanza para superar la pandemia. Esperemos no tardar mucho en lograrlo, no vaya a ser que no solo Los Faroles tenga que cerrar, sino que nos suceda con nuestra Lili Marleen como al caminante de la canción de Serrat, cuya Penélope no supo reconocerlo con sus ojillos llenitos de ayer.

No nos podemos permitir otros años 20 como germen de un nuevo populismo. Tenemos que ser capaces de apreciar el enorme desarrollo y progreso que hemos construido con ímprobo esfuerzo de todos aquellos que nos precedieron durante el último siglo… y poner todo nuestro empeño para no solo recuperarlo sino más bien incrementar nuestros niveles de bienestar en las próximas décadas.

Decisiones

Sin llegar al extremo de Steve Jobs, he de reconocer que utilizar todos los días el mismo tipo de ropa te quita una decisión que tomar por las mañanas. En mi caso, además, me ayudaría a superar uno de mis traumas infantiles no resueltos: las rebajas. Como toda buena familia de clase media, mediado el mes de enero acudíamos a la inevitable cita con las rebajas para renovar el armario, abandonando las prendas que ya habían quedado pequeñas o irremediablemente desgastadas. Tras dejar el coche en el intrincado aparcamiento de Sol, nos encaminábamos primero a Galerías Preciados para posteriormente cruzar la calle hasta El Corte Inglés. En esas fechas, los grandes almacenes estaban atestados de multitudes hambrientas de la última ganga. Y ahí andaba yo, enredado en el Laberinto (sin Fauno) probándome multitud de prendas a la espera de la decisión materna acerca de cuál era la más adecuada para su hijo.

Tanta insistencia en probar multitud de prendas diferentes siempre tuvo para mí una doble interpretación. La primera era que me veía tan bonito, que mi madre se deleitaba en la observación de la belleza de su hijo con diferentes modelos. La segunda consistía en que era muy complicado encontrar una sola prenda con la que me viese bonito. Siempre he querido pensar que la primera interpretación era la correcta, aunque me malicio de la segunda. Por fortuna, tras ese repetido trauma infantil salí reforzado: ahora no tardo más de 5 minutos en elegir la prenda que voy a adquirir en una tienda.

Como bien narra Alberto Olmos en Irene y el aire, la vida de la pareja cambia en el momento en el que sabes que vas a ser padre y empiezas a pertrecharte con los innumerables aditamentos de que precisas para sobrevivir a la llegada de un nuevo ser que va a transformar tu vida. Una de las decisiones más importantes es el carrito que vas a elegir para transportar a tu pequeña criatura. Ante la imposibilidad de heredar algún carrito familiar, dos eran las principales opciones para las familias de clase media. La primera consistía en comprar el bugaboo. Tu hijo no podía tener nada que no fuese lo mejor y, además, lo podías pagar en cómodas cuotas hasta que hiciese la primera comunión. La segunda consistía en realizar un pormenorizado estudio con las múltiples opciones que te ofrecía el mercado, teniendo en cuenta precio, peso, tamaño del maletero de tu coche, forma en la que se plegaba, etc.

Dos pérdidas anteriores nos hicieron no apresurarnos a comprar lo requerido, hasta que tuvimos que apresurarnos porque el tiempo se agotaba. Eso sí, aprovechábamos cualquier ocasión para preguntar a familiares y amigos con niños pequeños acerca de su elección y su grado de satisfacción con lo elegido. En nuestra primera búsqueda de carrito nos atendió amablemente una dependiente quien nos empezó a hablar de diferentes opciones hasta que vimos el que unos amigos nos acababan de recomendar la tarde anterior. Descubrí, agradablemente sorprendido, cómo estaba etiquetado con la módica cantidad de poco más de 300 euros, mientras se podían contemplar las sucesivas etiquetas que empezaban marcando un precio de más de 900. ¿Por qué está tan barato este carrito? Pregunté. Es que se trata del último modelo que tenemos disponible y ya ha salido el nuevo de esta temporada.

Al encontrarse en buen estado, la decisión estaba tomada. ¿Ya? Preguntó mi mujer. Pero si es una decisión clave y se supone que tenemos que mirar 30 modelos, visitar 12 tiendas, hacer nuestro propio comparativo en una hoja Excel y, después de discutir durante 3 horas, elegir el carrito que acabamos de ver hoy, volver al centro comercial, que nos indiquen que ya no está disponible, lamentarnos de por qué no lo elegimos en primer lugar y optar finalmente por la quinta opción o visitar otras 12 tiendas en un rango de 60 kilómetros a la redonda… Porque ser padres es algo muy importante y hay que tomárselo en serio. Finalmente, mis dotes de persuasión y la opción de dedicar ese tiempo tan escaso para disfrutar de ese periodo en el que 1 + 1 todavía no es igual a 3 (como también escribió Alberto Olmos) hizo que en cinco minutos saliésemos del centro comercial con nuestro carrito ya comprado.

La tercera decisión me sucedió en Lima. Estaba a las afueras de una joyería, ya que en una semana era el cumpleaños de mi bien amada esposa, cuando la dependienta se acercó a mí. ¿Qué está buscando, señor? Me preguntó. Algo para el cumpleaños de mi esposa, pero todavía no tengo claro lo que quiero. Le respondí. No se preocupe, señor, que tengo justo lo que usted está buscando. Intrigado por la seguridad que mostraba aquella señora y la habilidad que suponía darse cuenta de mis necesidades nada más verme, decidí entrar a la tienda para descubrir lo que tenía para ofrecerme. Aquí tiene usted esta magnífica pulsera de oro puro de 24 quilates, bien fina y elegante, con la que su mujer va a comprobar cuánto la quiere usted. Me hizo su recomendación con una amplia sonrisa.

Educadamente le dije que me parecía muy bonita, lo que le llevó a comentar todos los maravillosos complementos de colgantes, pendientes y cadenas que hacían juego con ese prodigio de la orfebrería. Por curiosidad pregunté cuál era el precio. Justo hoy es su día de suerte. La pulsera está rebajada en un 40% y puede obtenerla por apenas 1.300 Dólares. Una verdadera ganga. Ya no pregunté por el precio de los complementos. Creo que mi acento extranjero hizo concebir falsas expectativas acerca de mi capacidad financiera. Como ya era demasiado tarde para comentar que mi señora había desarrollado una rara alergia a todo oro superior a 18 quilates, opté por el sentido del humor y le comenté. Mire usted, es que en realidad no la quiero tanto. ¿No tendría usted por casualidad alguna otra alternativa más cómoda? El rostro de la buena señora demudó de manera súbita, como si el Dr. Jekyll hubiese ingerido la pócima que le convertía en Mr. Hyde. No señor, no tengo nada más apropiado. Me espetó, mientras guardaba todo el género que me había mostrado. Tras cinco minutos en la joyería, tomé la puerta de salida, siendo yo quien llevaba la sonrisa en mi cara mientras que la buena señora clavaba una mirada de acibarado reproche en el cogote de aquel ser tan mezquino, ruin y despreciable.

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La vida consiste en tomar decisiones continuamente. Se podrá alegar que no todas las decisiones se pueden tomar en cinco minutos. Por ejemplo, casarte con una persona a la que has conocido hace cinco minutos solo es posible si estás en Las Vegas, donde te permiten deshacer rápidamente el entuerto que has creado la noche anterior, de forma que quede en Las Vegas lo sucedido en Las Vegas. Pero, en realidad, lo que se demora es el tiempo necesario para recopilar la información que te permita tomar una decisión con la suficiente seriedad como para que el resultado sea duradero. La decisión en sí no demora tanto. Si el pretendiente está rodilla en tierra con el anillo y la respuesta a ¿quieres casarte conmigo? se hace rogar por más de cinco segundos, el fracaso está garantizado (el llanto desconsolado sin palabras cuenta como un sí).

La toma de decisiones no siempre es sencilla y conlleva el riesgo del arrepentimiento. Puedes decidir abrir un restaurante en febrero de 2020 y encontrarte con una pandemia el mes siguiente; o decidir casarte con la novia (o novio) de hace 10 años y que a los seis meses esté en relaciones íntimas con el vecino (o vecina) del quinto; o decidir irte al extranjero en busca de mejores oportunidades y no ser capaz de adaptarte a un nuevo clima, idioma o gastronomía… No tomar decisiones también es una manera de decidirte, como estar quejándote durante 20 años de la empresa en la que estás trabajando y que finalmente te despidan cuando tienes 50 años. Pero los peores son los que piensan en las decisiones para quedar bien con todo el mundo, que es la mejor manera de molestar a todos, como el caso de no decidir que no te quieres casar con tu novia (o novio) de hace 10 años y no decidirte a dejar los amores con la vecina (o vecino) del quinto. Otro fracaso garantizado.

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Gestionar el peso de las decisiones es lo que te permite pasar a la edad adulta, cuando ya no están tus padres para comprarte la ropa en rebajas. Creo que esto ha sido lo que más me ha molestado a lo largo de la pandemia. Darnos cuenta de que estamos dirigidos por un gobierno adolescente que lleva más de un año sin tomar decisiones. Ya sea renunciar a un plan B legislativo que modifique una Ley de Sanidad de hace 35 años o dimitir de realizar un liderazgo inclusivo, delegando en 19 decisores la gestión de la crisis.

Un ejemplo claro lo vemos con la séptima presentación en el Congreso de los Diputados del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, un año después de que se concediesen los fondos europeos y sin haber tenido que pasar por un proceso de negociación con otras administraciones. Desde las grandes promesas que se realizaban al principio de la pandemia, hemos tenido que soportar nombres grandilocuentes y mucha palabrería, que es la mejor manera de no decir nada. Y todo en el momento en que precisamos de pocas palabras, pero audaces.

Desafortunadamente, me temo que los fondos europeos son la mayor pantomima que nos han vendido en mucho tiempo. Parece que es más importante vender ilusión que soluciones. Si pensamos que van a venir desde Europa para solucionar nuestros problemas, estamos muy equivocados. Los fondos europeos serán una ayuda muy importante para España, pero distan mucho de ser la panacea. El mayor esfuerzo, como es lógico, lo tendremos que realizar los españoles. Y a los datos me remito:

  • El importe bruto (sin contar lo que España ha de aportar) de la ayudas europeas es de 140.000 millones de euros en 10 años (14.000 al año).
  • El déficit español en 2020 fue de 123.072 millones y la deuda subió al 120% del PIB.
  • El déficit en 2019 fue de 35.637 millones.
  • La previsión de déficit para 2021 va a ser superior a los 100.000 millones y se prevé un lustro de déficit excesivo.

¿Esto que quiere decir? Que en tres años (2019 – 2021) vamos a tener un déficit acumulado superior a 250.000 millones de euros, lo que supone casi un 80% más de las ayudas brutas que vamos a recibir en el periodo 2021 – 2030. España lleva más de un año subsistiendo gracias a la barra libre de financiación del Banco Central Europeo, pero las autoridades europeas ya nos están advirtiendo de que, una vez pase de la excepcionalidad que supone la pandemia, hemos de volver a la senda de la estabilidad presupuestaria, ya que para endeudarte necesitas de entidades que compren una deuda que has de devolver tú, tus hijos o tus nietos. Porque, por si no lo sabías, España es el quinto país más endeudado del planeta… y nuestra deuda la detentan fundamentalmente entidades extranjeras.

Por tanto, si en 2023 no somos capaces de generar más riqueza (que permita recaudar más impuestos), de recortar en el gasto público o de lograr un incremento sustancial de la recaudación fiscal… volveremos a oír hablar de la prima de riesgo y estaremos abocados al rescate que evitamos hace una década, siendo hoy real el riesgo de que las pensiones de nuestros mayores se vean afectadas…

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Mientras este riesgo se cierne sobre nuestra economía, el gobierno de coalición únicamente se dedica a anunciar medidas que agraden a todo el mundo, se arroga el éxito de las vacunas que compra Europa y ponen las Comunidades Autónomas y se dedica a criticar a los que toman las decisiones que ellos no quieren adoptar. Eso sí, siempre le queda tiempo de rescatar a Plus Ultra con 53 millones de euros o mantener 23 ministerios. ¿Y la oposición? Pues la bisagra de Cs se ha salido del marco y está cercana a desaparecer; Vox está demasiado ocupado con feminazis y menas como para hablar de economía… y nos queda el PP, la que se supone que es la principal alternativa.

El PP me parece que está siguiendo la misma táctica que Rajoy cuando llegó al poder con la caída de Zapatero. Si abre la boca para alertar de este riesgo, saldrá la oposición de la oposición para declarar que la derecha, la ultraderecha y la extrema megahiperultraderecha (los fascistas, en resumen) quieren volver al austericidio y a las políticas criminales de recorte que tanto daño, según ellos, causó a nuestra sociedad… aunque fuese el propio Zapatero quien las inició. Si Casado realmente se cree que con su llegada se van a solucionar los problemas de la economía española, está completamente equivocado. Ya en la crisis anterior estuvimos a punto de ser intervenidos.

¿Cómo saldremos de esta? Espero que transformados y resilientes, más digitales y ambientalmente sostenibles… Pero lo que es seguro es que la salida no será fácil. Las sociedades se construyen de abajo hacia arriba. De la crisis anterior salimos, entre otras cosas, gracias a un incremento de 53 millones a 83 millones de turistas o a la internacionalización de nuestra economía. Nos costará mucho y será un esfuerzo colectivo de muchas personas. Pero es algo que ya hemos realizado en España anteriormente. Una sociedad que derrocha en la abundancia, pero que es capaz de crear imperios en la escasez. Espero que lo logremos una vez más… aunque tengo miedo de que los nacionalismos y populismos que se exacerbaron la década pasada puedan regresar con mayor virulencia. La mejor receta para combatirlos es tratar a las personas como adultas y no con tranquilizantes (como se hizo en el inicio de la pandemia con funestas consecuencias). Debemos permanecer alerta, que es la mejor receta para afrontar un futuro incierto que está en nuestras manos superar. No debemos dejarnos engañar por pulseras de oro de 24 quilates que no podemos pagar.

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Creo que nunca he agradecido lo suficiente a mi madre por hacerme pasar por la tortura china que suponen las rebajas y, de ese modo, aprender a más eficiente en la toma de decisiones. Esto no implica decidir a la ligera o sin evaluar las circunstancias, pero llega un determinado momento en el que hay que elegir. Demorar indefinidamente lo que tienes que hacer únicamente te conduce a la desesperación de la parálisis por análisis y al fracaso en la misión encomendada.