Decisiones

Sin llegar al extremo de Steve Jobs, he de reconocer que utilizar todos los días el mismo tipo de ropa te quita una decisión que tomar por las mañanas. En mi caso, además, me ayudaría a superar uno de mis traumas infantiles no resueltos: las rebajas. Como toda buena familia de clase media, mediado el mes de enero acudíamos a la inevitable cita con las rebajas para renovar el armario, abandonando las prendas que ya habían quedado pequeñas o irremediablemente desgastadas. Tras dejar el coche en el intrincado aparcamiento de Sol, nos encaminábamos primero a Galerías Preciados para posteriormente cruzar la calle hasta El Corte Inglés. En esas fechas, los grandes almacenes estaban atestados de multitudes hambrientas de la última ganga. Y ahí andaba yo, enredado en el Laberinto (sin Fauno) probándome multitud de prendas a la espera de la decisión materna acerca de cuál era la más adecuada para su hijo.

Tanta insistencia en probar multitud de prendas diferentes siempre tuvo para mí una doble interpretación. La primera era que me veía tan bonito, que mi madre se deleitaba en la observación de la belleza de su hijo con diferentes modelos. La segunda consistía en que era muy complicado encontrar una sola prenda con la que me viese bonito. Siempre he querido pensar que la primera interpretación era la correcta, aunque me malicio de la segunda. Por fortuna, tras ese repetido trauma infantil salí reforzado: ahora no tardo más de 5 minutos en elegir la prenda que voy a adquirir en una tienda.

Como bien narra Alberto Olmos en Irene y el aire, la vida de la pareja cambia en el momento en el que sabes que vas a ser padre y empiezas a pertrecharte con los innumerables aditamentos de que precisas para sobrevivir a la llegada de un nuevo ser que va a transformar tu vida. Una de las decisiones más importantes es el carrito que vas a elegir para transportar a tu pequeña criatura. Ante la imposibilidad de heredar algún carrito familiar, dos eran las principales opciones para las familias de clase media. La primera consistía en comprar el bugaboo. Tu hijo no podía tener nada que no fuese lo mejor y, además, lo podías pagar en cómodas cuotas hasta que hiciese la primera comunión. La segunda consistía en realizar un pormenorizado estudio con las múltiples opciones que te ofrecía el mercado, teniendo en cuenta precio, peso, tamaño del maletero de tu coche, forma en la que se plegaba, etc.

Dos pérdidas anteriores nos hicieron no apresurarnos a comprar lo requerido, hasta que tuvimos que apresurarnos porque el tiempo se agotaba. Eso sí, aprovechábamos cualquier ocasión para preguntar a familiares y amigos con niños pequeños acerca de su elección y su grado de satisfacción con lo elegido. En nuestra primera búsqueda de carrito nos atendió amablemente una dependiente quien nos empezó a hablar de diferentes opciones hasta que vimos el que unos amigos nos acababan de recomendar la tarde anterior. Descubrí, agradablemente sorprendido, cómo estaba etiquetado con la módica cantidad de poco más de 300 euros, mientras se podían contemplar las sucesivas etiquetas que empezaban marcando un precio de más de 900. ¿Por qué está tan barato este carrito? Pregunté. Es que se trata del último modelo que tenemos disponible y ya ha salido el nuevo de esta temporada.

Al encontrarse en buen estado, la decisión estaba tomada. ¿Ya? Preguntó mi mujer. Pero si es una decisión clave y se supone que tenemos que mirar 30 modelos, visitar 12 tiendas, hacer nuestro propio comparativo en una hoja Excel y, después de discutir durante 3 horas, elegir el carrito que acabamos de ver hoy, volver al centro comercial, que nos indiquen que ya no está disponible, lamentarnos de por qué no lo elegimos en primer lugar y optar finalmente por la quinta opción o visitar otras 12 tiendas en un rango de 60 kilómetros a la redonda… Porque ser padres es algo muy importante y hay que tomárselo en serio. Finalmente, mis dotes de persuasión y la opción de dedicar ese tiempo tan escaso para disfrutar de ese periodo en el que 1 + 1 todavía no es igual a 3 (como también escribió Alberto Olmos) hizo que en cinco minutos saliésemos del centro comercial con nuestro carrito ya comprado.

La tercera decisión me sucedió en Lima. Estaba a las afueras de una joyería, ya que en una semana era el cumpleaños de mi bien amada esposa, cuando la dependienta se acercó a mí. ¿Qué está buscando, señor? Me preguntó. Algo para el cumpleaños de mi esposa, pero todavía no tengo claro lo que quiero. Le respondí. No se preocupe, señor, que tengo justo lo que usted está buscando. Intrigado por la seguridad que mostraba aquella señora y la habilidad que suponía darse cuenta de mis necesidades nada más verme, decidí entrar a la tienda para descubrir lo que tenía para ofrecerme. Aquí tiene usted esta magnífica pulsera de oro puro de 24 quilates, bien fina y elegante, con la que su mujer va a comprobar cuánto la quiere usted. Me hizo su recomendación con una amplia sonrisa.

Educadamente le dije que me parecía muy bonita, lo que le llevó a comentar todos los maravillosos complementos de colgantes, pendientes y cadenas que hacían juego con ese prodigio de la orfebrería. Por curiosidad pregunté cuál era el precio. Justo hoy es su día de suerte. La pulsera está rebajada en un 40% y puede obtenerla por apenas 1.300 Dólares. Una verdadera ganga. Ya no pregunté por el precio de los complementos. Creo que mi acento extranjero hizo concebir falsas expectativas acerca de mi capacidad financiera. Como ya era demasiado tarde para comentar que mi señora había desarrollado una rara alergia a todo oro superior a 18 quilates, opté por el sentido del humor y le comenté. Mire usted, es que en realidad no la quiero tanto. ¿No tendría usted por casualidad alguna otra alternativa más cómoda? El rostro de la buena señora demudó de manera súbita, como si el Dr. Jekyll hubiese ingerido la pócima que le convertía en Mr. Hyde. No señor, no tengo nada más apropiado. Me espetó, mientras guardaba todo el género que me había mostrado. Tras cinco minutos en la joyería, tomé la puerta de salida, siendo yo quien llevaba la sonrisa en mi cara mientras que la buena señora clavaba una mirada de acibarado reproche en el cogote de aquel ser tan mezquino, ruin y despreciable.

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La vida consiste en tomar decisiones continuamente. Se podrá alegar que no todas las decisiones se pueden tomar en cinco minutos. Por ejemplo, casarte con una persona a la que has conocido hace cinco minutos solo es posible si estás en Las Vegas, donde te permiten deshacer rápidamente el entuerto que has creado la noche anterior, de forma que quede en Las Vegas lo sucedido en Las Vegas. Pero, en realidad, lo que se demora es el tiempo necesario para recopilar la información que te permita tomar una decisión con la suficiente seriedad como para que el resultado sea duradero. La decisión en sí no demora tanto. Si el pretendiente está rodilla en tierra con el anillo y la respuesta a ¿quieres casarte conmigo? se hace rogar por más de cinco segundos, el fracaso está garantizado (el llanto desconsolado sin palabras cuenta como un sí).

La toma de decisiones no siempre es sencilla y conlleva el riesgo del arrepentimiento. Puedes decidir abrir un restaurante en febrero de 2020 y encontrarte con una pandemia el mes siguiente; o decidir casarte con la novia (o novio) de hace 10 años y que a los seis meses esté en relaciones íntimas con el vecino (o vecina) del quinto; o decidir irte al extranjero en busca de mejores oportunidades y no ser capaz de adaptarte a un nuevo clima, idioma o gastronomía… No tomar decisiones también es una manera de decidirte, como estar quejándote durante 20 años de la empresa en la que estás trabajando y que finalmente te despidan cuando tienes 50 años. Pero los peores son los que piensan en las decisiones para quedar bien con todo el mundo, que es la mejor manera de molestar a todos, como el caso de no decidir que no te quieres casar con tu novia (o novio) de hace 10 años y no decidirte a dejar los amores con la vecina (o vecino) del quinto. Otro fracaso garantizado.

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Gestionar el peso de las decisiones es lo que te permite pasar a la edad adulta, cuando ya no están tus padres para comprarte la ropa en rebajas. Creo que esto ha sido lo que más me ha molestado a lo largo de la pandemia. Darnos cuenta de que estamos dirigidos por un gobierno adolescente que lleva más de un año sin tomar decisiones. Ya sea renunciar a un plan B legislativo que modifique una Ley de Sanidad de hace 35 años o dimitir de realizar un liderazgo inclusivo, delegando en 19 decisores la gestión de la crisis.

Un ejemplo claro lo vemos con la séptima presentación en el Congreso de los Diputados del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, un año después de que se concediesen los fondos europeos y sin haber tenido que pasar por un proceso de negociación con otras administraciones. Desde las grandes promesas que se realizaban al principio de la pandemia, hemos tenido que soportar nombres grandilocuentes y mucha palabrería, que es la mejor manera de no decir nada. Y todo en el momento en que precisamos de pocas palabras, pero audaces.

Desafortunadamente, me temo que los fondos europeos son la mayor pantomima que nos han vendido en mucho tiempo. Parece que es más importante vender ilusión que soluciones. Si pensamos que van a venir desde Europa para solucionar nuestros problemas, estamos muy equivocados. Los fondos europeos serán una ayuda muy importante para España, pero distan mucho de ser la panacea. El mayor esfuerzo, como es lógico, lo tendremos que realizar los españoles. Y a los datos me remito:

  • El importe bruto (sin contar lo que España ha de aportar) de la ayudas europeas es de 140.000 millones de euros en 10 años (14.000 al año).
  • El déficit español en 2020 fue de 123.072 millones y la deuda subió al 120% del PIB.
  • El déficit en 2019 fue de 35.637 millones.
  • La previsión de déficit para 2021 va a ser superior a los 100.000 millones y se prevé un lustro de déficit excesivo.

¿Esto que quiere decir? Que en tres años (2019 – 2021) vamos a tener un déficit acumulado superior a 250.000 millones de euros, lo que supone casi un 80% más de las ayudas brutas que vamos a recibir en el periodo 2021 – 2030. España lleva más de un año subsistiendo gracias a la barra libre de financiación del Banco Central Europeo, pero las autoridades europeas ya nos están advirtiendo de que, una vez pase de la excepcionalidad que supone la pandemia, hemos de volver a la senda de la estabilidad presupuestaria, ya que para endeudarte necesitas de entidades que compren una deuda que has de devolver tú, tus hijos o tus nietos. Porque, por si no lo sabías, España es el quinto país más endeudado del planeta… y nuestra deuda la detentan fundamentalmente entidades extranjeras.

Por tanto, si en 2023 no somos capaces de generar más riqueza (que permita recaudar más impuestos), de recortar en el gasto público o de lograr un incremento sustancial de la recaudación fiscal… volveremos a oír hablar de la prima de riesgo y estaremos abocados al rescate que evitamos hace una década, siendo hoy real el riesgo de que las pensiones de nuestros mayores se vean afectadas…

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Mientras este riesgo se cierne sobre nuestra economía, el gobierno de coalición únicamente se dedica a anunciar medidas que agraden a todo el mundo, se arroga el éxito de las vacunas que compra Europa y ponen las Comunidades Autónomas y se dedica a criticar a los que toman las decisiones que ellos no quieren adoptar. Eso sí, siempre le queda tiempo de rescatar a Plus Ultra con 53 millones de euros o mantener 23 ministerios. ¿Y la oposición? Pues la bisagra de Cs se ha salido del marco y está cercana a desaparecer; Vox está demasiado ocupado con feminazis y menas como para hablar de economía… y nos queda el PP, la que se supone que es la principal alternativa.

El PP me parece que está siguiendo la misma táctica que Rajoy cuando llegó al poder con la caída de Zapatero. Si abre la boca para alertar de este riesgo, saldrá la oposición de la oposición para declarar que la derecha, la ultraderecha y la extrema megahiperultraderecha (los fascistas, en resumen) quieren volver al austericidio y a las políticas criminales de recorte que tanto daño, según ellos, causó a nuestra sociedad… aunque fuese el propio Zapatero quien las inició. Si Casado realmente se cree que con su llegada se van a solucionar los problemas de la economía española, está completamente equivocado. Ya en la crisis anterior estuvimos a punto de ser intervenidos.

¿Cómo saldremos de esta? Espero que transformados y resilientes, más digitales y ambientalmente sostenibles… Pero lo que es seguro es que la salida no será fácil. Las sociedades se construyen de abajo hacia arriba. De la crisis anterior salimos, entre otras cosas, gracias a un incremento de 53 millones a 83 millones de turistas o a la internacionalización de nuestra economía. Nos costará mucho y será un esfuerzo colectivo de muchas personas. Pero es algo que ya hemos realizado en España anteriormente. Una sociedad que derrocha en la abundancia, pero que es capaz de crear imperios en la escasez. Espero que lo logremos una vez más… aunque tengo miedo de que los nacionalismos y populismos que se exacerbaron la década pasada puedan regresar con mayor virulencia. La mejor receta para combatirlos es tratar a las personas como adultas y no con tranquilizantes (como se hizo en el inicio de la pandemia con funestas consecuencias). Debemos permanecer alerta, que es la mejor receta para afrontar un futuro incierto que está en nuestras manos superar. No debemos dejarnos engañar por pulseras de oro de 24 quilates que no podemos pagar.

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Creo que nunca he agradecido lo suficiente a mi madre por hacerme pasar por la tortura china que suponen las rebajas y, de ese modo, aprender a más eficiente en la toma de decisiones. Esto no implica decidir a la ligera o sin evaluar las circunstancias, pero llega un determinado momento en el que hay que elegir. Demorar indefinidamente lo que tienes que hacer únicamente te conduce a la desesperación de la parálisis por análisis y al fracaso en la misión encomendada.

Arrepentimiento

Viernes por la noche en tu juventud. Tus amigos te han invitado una fiesta. Estás agotado tras una semana intensa, pero te prometen que vas a estar rodeado de amigas simpatiquísimas y con la música que te gusta. Como eres débil de voluntad, aceptas. Son las dos de la mañana, las chicas no aparecen, suena OBK, estás aburrido como una ostra y sin ninguna perspectiva positiva que haga que merezca la pena el esfuerzo de permanecer despierto. Te arrepientes de haber salido de casa y emprendes un triste y solitario camino de regreso a casa.

Sábado por la mañana. Te llaman tus colegas. Gracias al desgraciado de Murphy, a los cinco minutos de haberte ido llegó un grupo de modelos despampanantes que alegró la existencia a todos los que se quedaron, la fiesta se alargó hasta las 7 de la mañana entre chupitos de bourbon, pusieron rock español del bueno, todos tus amigos ligaron… y tú durmiendo en casa. Te vuelves a arrepentir. Cuando se repiten tres sábados seguidos en los que cuando te vas empieza la fiesta y cuando te quedas nunca llega, te arrepientes de los amigos que tienes y buscas nuevos… que la vida tampoco está hecha para sufrir.

Una década más tarde, te ofrecen un trabajo de expatriado. Tienes que abandonar tu zona de confort y la comodidad de tu país para empezar una nueva aventura. Te encuentras con una ciudad por descubrir donde los atascos son interminables, tu familia y tus amigos están lejos, no encuentras ni jamón ni pinchos de tortilla, no hay mahou y tu ambiente de trabajo es totalmente diferente al que estabas acostumbrado. Cada día se convierte en una odisea y te arrepientes del momento en el que aceptaste ese reto laboral.

Llega el día en el que te comunican que la expatriación termina. Has descubierto amigos que son como familia, te has acostumbrado a nuevos y exquisitos sabores, a una nueva cultura y costumbres, has descubierto nuevas chelas, dominas tu trabajo y encuentras la diversión de lanzarte a los cruces con tu coche como si no existiese mañana. Te arrepientes de todo el tiempo malgastado en la queja improductiva por las cosas que te disgustaban de tu país de adopción y lamentas todo lo pendiente por hacer y para lo que te quedaste sin tiempo. Si además el regreso es a España, tienes que sumarle la necesidad de volver a tener dos sueldos, cuando uno de la pareja tuvo que renunciar hace años a su carrera profesional. El drama de los expatriados.

Pero donde el arrepentimiento suele alcanzar su clímax es en las separaciones amorosas. En ese momento, los despechados no suelen acordarse de todas las cosas buenas en las que se fijaron de aquella media naranja de la que se enamoraron ya convertida en medio limón, o de los agradables momentos compartidos cuando la compañía era dulce, sino que más bien se autoflagelan pensando en cómo fueron tan imbéciles para no darse cuenta de todas las indubitables señales que desde el primer momento mostraban el fracaso que se avecinaba al haber elegido a la persona equivocada… O si no, no hay más que leer la autobiografía de Woody Allen, quien narra las señales obviadas en su tormentosa relación con Mia Farrow.

Tenemos constantemente motivos para arrepentirnos de decisiones que la experiencia nos demuestra que fueron equivocadas. Al igual que pedir perdón, no es algo malo siempre que evites caer en una absurda autoflagelación ya que, como decía mi abuela, de los errores se aprende. Sin embargo, tenemos una tendencia enfermiza a olvidar aquellas cosas que se realizan correctamente. Por ejemplo, la vuelta al colegio en plena pandemia fue una decisión que entrañaba riesgos. Nadie aseguraba que no se fuese a producir una escalada en los contagios. Es una decisión que todavía no se ha implementado en muchos países de Latinoamérica, pero que fue exitosa en España, siguiendo la senda iniciada en otros países europeos.

Una gestión tan complicada como la del COVID proporciona muchos motivos de arrepentimiento por errores en la gestión: minusvalorar el riesgo de una pandemia, no realizar acopio de medicamentos o EPIs para el personal sanitario, no contar con criterios claros de gestión, no prever la necesidad de jeringuillas especiales que permiten aprovechar la famosa sexta dosis de la vacuna de Pfizer… Los errores entran dentro de lo habitual en una situación tan compleja como la que hemos vivido y nadie, de ninguna administración, ha estado exento de cometerlos. Todos fueron estafados en la compra de material médico. Además, en política, decisiones que son acertadas para unos pueden ser equivocadas para otros, como ha sucedido con el equilibrio entre salud y economía.

Ante estas complejas situaciones existen dos posibles reacciones. Los humildes reconocen los errores cometidos y se arrepienten de ellos. Admiten que hoy tomarían decisiones diferentes a las que adoptaron en su día. En ello, los más sinceros han sido los alemanes. El ejemplo más cercano lo tenemos en Ángela Merkel. Tomó la decisión de un cierre total del comercio en Semana Santa, sus asesores le indicaron que estaba cometiendo un error, cambió la decisión tomada y, finalmente, compareció ante la prensa para asumir en primera persona la completa responsabilidad del error. Una muestra de liderazgo, porque solo quien toma decisiones se equivoca.

Los prepotentes, por el contrario, no encuentran motivos para arrepentirse. Son los Supermanes de los que siempre he recelado. Como las declaraciones de nuestro ex ministro Illa al dejar la cartera de Sanidad. ¡Con lo educado y moderado que parecía! No solo no se arrepintió de abandonar su ministerio en lo más crítico de la pandemia, sino que dijo que tomó todas las decisiones con la información de que disponía en un momento determinado y que, por tanto, volvería a tomar las mismas. Este complejo de superioridad de los prepotentes parte del hecho de que se consideran imbuidos del infalible poder de adoptar siempre la decisión acertada, lo que les lleva a desoír a personas (menos capaces que ellos, seguramente) que les advierten de posibles errores que pueden estar cometiendo. Porque solo ellos son capaces en todo momento de interpretar correctamente la información disponible. ¡Qué envidia! ¡Será que nunca han necesitado tiritas para el corazón partío!

Por eso, muchos prepotentes acaban convirtiéndose a la tercera vía: el arrepentimiento parcial. Es el peor de los arrepentimientos. No por el lado del arrepen, sino por el del timiento. Ante la frustración de ser ya más de 30 veces 3 las ocasiones en las que han tomado decisiones equivocadas, y ante el miedo de que los ciudadanos quieran cambiar de amigos en las siguientes votaciones, optan por esta vía. Ti miento acerca de las mascarillas, del comité de expertos, del solo serán dos casos, de que las PCR no son necesarias, de que no hay que hacer controles en aeropuertos, del saldremos más fuertes, de los criterios de desescalada

La última ha consistido en decir que están cumpliendo con el calendario de vacunación previsto. En este caso, como diría Rajoy, es metafísicamente imposible cumplir con un plan que no tienen… o que al menos nunca compartieron con la opinión pública. Será que se aproximan nuevas elecciones… Hora punta en el Metro.

Bisagras

Las bisagras no se mueven. Se mueven las puertas. Las bisagras permiten giros de 360 grados. Los marcos los limitan.

Muchas personas aceptan acríticamente las metáforas políticas de los periodistas. Es lo que sucede con Cs y su papel como partido bisagra. En realidad, es un símil muy potente… sobre todo si somos conscientes de cómo en realidad funcionan las bisagras. De acuerdo a la RAE, la bisagra es un herraje de dos piezas con un eje común que sirve para unir dos superficies permitiendo el giro de ambas o de una sobre la otra. Las bisagras instaladas en las puertas son las más comunes. Para que cumplan su función deben tener el tamaño necesario para soportar el peso de la puerta, ayudadas por unos tornillos que tengan la fuerza suficiente para sujetarlas al marco. Una bisagra bien instalada no se mueve. Permite que la puerta se desplace sin chirridos, centrada en su eje y limitada por el marco. Si la instalación es deficiente, la puerta baila y no cumple eficazmente con su misión, pudiendo incluso estropearse y dañar el suelo.

Más que Cs, los partidos políticos que verdaderamente han desempeñado el papel de bisagra en la España constitucional han sido los nacionalistas. Sus tornillos eran una Ley Electoral que les proporcionaba una fuerza superior a la que tienen por el número de votos que obtienen en el conjunto de España. Estas bisagras nunca tuvieron problemas para girar 360 grados si era necesario, pactando tanto con PSOE como con PP mientras eran engrasadas con un módico precio. Como en nuestro país siempre ha vendido la pelea entre las dos Españas, el partido mayoritario pagaba gustoso un injustiprecio a cambio de librar a media España del dolor de sufrir el gobierno de los malvados de izquierda o de derecha. El nacionalismo no tenía que moverse. Los partidos mayoritarios acudían gustosos a él.

Ante la sangrante situación que vivían los ciudadanos que no contaban con el soporte de un partido nacionalista, surgieron dos partidos políticos indignados con la política de pactos de PP y PSOE. Primero UPyD y después Cs. Cuando se crean nuevos partidos, no tienen peso para influir. Por ello, su intención original no fue ser partidos bisagras, sino mostrar que otra forma de hacer política era posible. Rosa Díez creó UPyD hastiada de Zapatero, no para pactar con él. Lo mismo sucedió con Ciudadanos, que fue originalmente una escisión socialdemócrata en Cataluña contra el nacionalismo de Maragall. Paradójicamente, ambos partidos terminaron como refugio de votantes conservadores cansados de la corrupción del PP y de la tibieza que mostraba a la hora de defender alguno de sus valores tradicionales (como la bajada de impuestos).

La situación política fue evolucionando. Entre UPyD y Cs sobrevivió este último, tras descartar Rosa Díez la fusión de ambas formaciones tras las elecciones europeas de 2014 y verse abocada a la desaparición. Cs decidió en ese momento evolucionar de su posición socialdemócrata original a un planteamiento liberal que no existía en España. Esta estrategia tuvo aceptación por parte de la sociedad, lo que permitió a Cs ser factor decisivo para la gobernación, como se vio en Andalucía apoyando el gobierno de Susana Díaz en 2015. El incremento de votantes le permitió tener un tamaño suficiente que permitiese sostener una puerta, dejando atrás la pureza de la lucha por unos ideales al apoyar un gobierno manchado por el caso de corrupción de los EREs. Esta posición se repitió en el Pacto del Abrazo, donde Rivera voto a favor de Pedro Sánchez en su fracasado intento de investidura tras las elecciones de diciembre de ese mismo año. En ese caso, la bisagra no tuvo el suficiente tamaño y se repitieron las elecciones.

Pero quien está en política, más que resignarse a ser bisagra, pretende ser puerta. Más que ayudar a que se muevan los otros, ser el que se mueve. Porque Cs defendía unos determinados valores: regeneración política, liberal en lo económico (parecido al PP) y liberal en lo social (al estilo del PSOE). ¿Por qué resignarse a ser segunda o tercera fuerza política y no aspirar a ser el partido más votado? ¿Acaso no lo logró Macron en Francia venciendo a los partidos tradicionales? Rivera vio la crisis en la que estaba sumido el PP e hizo una apuesta para sustituirlo como fuerza dominante del centro derecha, abierto a la posibilidad de gobernar con un PSOE que también estaba en plena decadencia. Y estuvo a punto de lograrlo. Recordemos que Cs ganó las elecciones catalanas de 2017 y estuvo cerca de gobernar. Este resultado fue un importante espaldarazo para su formación y, si Rajoy hubiese convocado elecciones ante la moción de censura de Sánchez en junio de 2018, podría haberlas ganado. Las encuestas le situaban en primer lugar… y el PSOE aparecía en algunas como cuarta fuerza política.

Pero no fue así, y Sánchez se hizo con el poder legítimamente, pero por la puerta de atrás y con una alianza de todas las fuerzas populistas y nacionalistas del hemiciclo. España entró en un nuevo escenario político: el Frankenstein. A Rivera le resultaba más cómodo ser la oposición centrista al PP de la corrupción que tener que compartir la oposición con ellos frente al bloque de la izquierda, como se vio en la foto de Colón. De esta manera llegaron las elecciones generales de mayo de 2019. Cs estuvo a menos de 250 mil votos de convertirse en el principal partido de la oposición. El tiro al palo se repitió un mes más tarde. Cs se quedó a las puertas de ser el primer partido del centro derecha en muchas autonomías y ayuntamientos, pero se vio lastrado por la frustración de las elecciones anteriores y una menor implantación territorial. Ante un escenario cada vez más tenso, su única alternativa fue convertirse en la muleta del PP… excepto en Castilla La Mancha.

Mientras se cerraban los gobiernos locales y regionales, se abrió un largo periodo de 6 meses que llevó a la repetición de las elecciones generales. Y ése fue el inicio del fracaso para Cs. Para ser sinceros, Rivera estaba en una encrucijada de difícil salida. Y lo peor de todo es que tenía razón, como se demostró posteriormente. Sánchez nunca quiso pactar con él. No hay más que ver a las personas que envió a Ferraz para gritar ¡Con Rivera, no! Su intención fue siempre convocar nuevas elecciones en las que mejorar su resultado. Quería pactar con su banda, pero desde una posición de mayor fuerza. Sin embargo, no era menos cierto que una vez Rivera había visto tan cerca la opción de convertirse en puerta, no quería aceptar su fracaso y resignarse a ser bisagra. Sánchez y su pléyade de asesores fueron capaces de transmitir la idea de la ambición del líder de Cs, mientras que Rivera fracasó al transmitir que era Sánchez quien tenía que decidir si iba a setas o a Rolex. Estuvo demasiado ocupado ese verano con su ajetreada vida sentimental. El resultado es por todos conocido. Sánchez se desdijo de lo afirmado en la campaña electoral y realizó su modificado.

Cs fracasó, Vox ocupó la posición de rival del PP por la derecha, Rivera se fue a su casa y Arrimadas ocupó su lugar. La serie de Netflix continuó cambiando los papeles protagonistas. El PP tenía dos opciones: luchar por ocupar el centro o pelear el espacio de la derecha con Vox. Optó por la primera. Cs se quedaba sin espacio político. Como actores en busca de guion, Arrimadas asumió como quimérico el objetivo de ser puerta y se resignó a ser bisagra. Pero no es lo mismo ser bisagra cuando estás en ascenso que cuando estás en declive. Como le sucedió al CDS en los 90. A esto se le sumó que Cs era una bisagra muy disminuida con una fuerza muy limitada para movilizar puertas.

Cs modificó el marco que estableció tras la moción de censura, de forma que le permitiese abrir 180 grados en lugar de 90. Su intención fue recuperar puntos de encuentro con el PSOE con el nuevo escenario que ha supuesto la pandemia… pero estamos hablando del PSOE de Sánchez, que a su vez está pactando con Bildu, Podemos, ERC y demás sospechosos habituales. Cs se convirtió en una bisagra de segunda mano frente a la bisagra principal morada, adornada con púas secesionistas, cuyo verdadero anhelo es destrozar el marco actual… y que nunca llorarían si la puerta del PSOE es destrozada o el suelo que pisamos los ciudadanos (sobre todo los madrileños). La conclusión es que la puerta no se movió, la bisagra sí… y empezó a bailar. Con movimientos como la moción de censura en Murcia, Cs ha dado la percepción de que en lugar de ser bisagra se ha convertido en veleta, buscando el viento más propicio para ocupar titulares que le permitan volver a ocupar un lugar relevante en la escena política. Justo la mejor receta para caer en la irrelevancia.

A mí siempre me han gustado las bisagras, las fronteras o los puentes. Nunca he tenido problemas para relacionarme con personas muy diversas y aprender de ellas, tanto en mi vida profesional como en la personal. Es más, lo disfruto. Pero en política, más que de bisagras soy partidario de los marcos. Sobre todo del marco constitucional. Es una lástima que en España tengamos que pensar en partidos bisagras por la infantilización de nuestros líderes políticos. En países como Alemania los equivalentes al PP y el PSOE gobiernan juntos sin necesidad de Celestinas. Por desgracia, actualmente tenemos en marcha una burda lucha por el poder, no un pensamiento por el beneficio de los gobernados. ¡Pero si hasta hace nada se criticaba al PPSOE por ser muy parecidos! Y lo mejor de todo es que era verdad. Por tanto, lo que necesitamos no son partidos bisagra, sino políticos bisagra. Personas que se breguen en la obtención de consensos amplios en temas que verdaderamente preocupan a la inmensa mayoría de la sociedad, aceptación de la legitimidad del rival político y disputa limpia en los temas en los que se disiente. Casi nada.

Nuestra lucha en la sociedad actual es entre populismo y democracia. No comunismo y fascismo. No izquierdas y derechas. Lamentablemente tenemos a un Presidente que debe todo su poder al populismo y al nacionalismo excluyente y a una oposición infantil liderada por mediocres. Y todo en mitad de una pandemia…

Bourbon

Mi amigo Manolo podría escribir el guion de un culebrón de verano con su fascinante historia familiar. Manuel Nicolás es su nombre completo, herencia de sus dos abuelos. El abuelo paterno se llamaba Manuel, aunque era conocido por todos como don Manuel. Procedía de una familia acomodada y era propietario de varios negocios prósperos en la ciudad. El abuelo materno se llamaba Nicolás, un buscavidas divertido quien, desde pequeño, fue enemigo íntimo de Manuel.

El punto álgido de su enfrentamiento se produjo cuando la prometida de don Manuel abandonó la comodidad (y el aburrimiento) de su compañía, tras diez años de noviazgo, para disfrutar de la incierta vida que le aguardaba junto a Nicolás. Un poco al estilo de Titanic, pero sin el corazón del océano ni hundimiento de barcos. Tras insultos, peleas y ojos morados (de los que nunca dieron detalles los protagonistas), el círculo se cerró cuando la despechada ex novia de Nicolás contrajo matrimonio con el despechado don Manuel. Y así, aunque resentidos, terminaron felices los cuatro.

Ambas parejas se juraron odio eterno en la esperanza de que nunca más se volviesen a cruzar sus caminos. Sin embargo, la fuerza del destino hizo que sus respectivos hijos, Manuel Romeo y Ana Julieta, se enamorasen. Nuestros particulares Montescos y Capuletos experimentaron un cataclismo en la dulce paz de sus hogares, pero prefirieron aceptar el desconcertante amor de sus vástagos antes que correr el riesgo de un trágico final protagonizado por amargos venenos y afilados puñales.

La justicia poética, que entrelazó a nuestros cuatro protagonistas en el amor compartido por sus hijos, tuvo el alegre fruto de su nieto primogénito. En aquel momento, el precario armisticio alcanzado por los abuelos se vio tambalear a la hora de poner el nombre al bebé. La única manera de garantizar la tradición de cinco generaciones de Manueles en la familia paterna, sin ofender al abuelo materno, fue el peculiar nombre con el que mi amigo fue bautizado.

Lo nunca imaginable se produjo en la primera Nochebuena de Manolito. Ana y Manuel fueron los anfitriones para que los cuatro abuelos celebrasen juntos las primeras Navidades de su único nieto. Eso sí, don Manuel llevó consigo una botella de bourbon como obsequio a la cena. Era Four Roses (no podía ser otro). Lo vistió de brindis por su nieto, pero en realidad fue su particular manera de pasar el acibarado trago que suponía compartir mesa y mantel con sus consuegros.

El nieto creció hasta llegar a la adolescencia. Todos llamábamos Manolo a nuestro amigo (excepto su abuelo materno, que siempre lo llamó Nicolás). Un sábado a la noche, Manolo estableció contacto visual positivo a las 11 en punto con un imponente monumento a la sensualidad que parecía salido de una revista de modas. Y empezó el tonteo con la susodicha. Que si eres muy niño. Que si no lo soy. Que si me enseñas el DNI. Que si te enseño lo que tú quieras. Que si vaya foto más graciosa. Que si anda, te llamas Manuel Nicolás. Que si vaya nombre más raro. Que si cómo te gusta que te llamen. Que si llámame como tú quieras. Que si me gusta mucho como suena Nico…

Al poco tiempo comenzó el saliva va, saliva viene, lo que hizo que nos fuésemos contentos por el triunfo de nuestro Manolito con semejante bellezón. Lo que parecía ser apenas un amor de barra, se fue consolidando en una relación duradera. Y Manolo empezó a ser Nicolás para alguien más que para su abuelo materno. Tan entusiasmado estaba con su amor, que empezó a hacer cosas extrañas: nueva ropa, nuevos gustos musicales, nueva manera de hablar, nuevo depilado de piernas… Es que Jenny me dice que se me ve muy chic. Vosotros también deberíais hacer lo mismo, que estáis hechos un desastre.

Nosotros no terminábamos de entender lo del depilado, ya que en aquel momento la metrosexualidad todavía no estaba de moda… pero era su vida y lo respetábamos. Eso sí, la manera como desdeñaba nuestra simple forma de ser generaba cada vez mayor incomodidad. Empezamos a quedar menos con Manolo, ya que Jenny me dice que sois mala influencia, lo cual era tan solo parcialmente cierto. Comprendimos que lo habíamos perdido para siempre el día que llamó para decirnos que no podía quedar porque iba a un concierto de OBK en el que celebrar su historia de amor.

Después de meses sin coincidir con él, nos lo encontramos en un bar rodeado por la bella Jenny y sus recién estrenados amigos. Fui a saludar. ¡Coño Manolo, cuánto tiempo sin verte! Sus nuevos colegas se rieron con lo de Manolo, por lo que la dueña, airada, espetó: Perdona bonito, pero MI novio se llama Nicolás. Agarró a su mascota del brazo y, tras una mirada despectiva, me dejó con la palabra en la boca.

Podría alegar que llamar Manolo a mi amigo fue simplemente despiste, y que no me acordaba de que ya era Nicolás para todos (excepto para su abuelo paterno), pero lo cierto es que fue mi reacción ante el desprecio que mostraba hacia sus antiguas maneras de vivir. Al día siguiente recibí la última llamada de Manolo: Ayer te pasaste. Ya no quiero volver a verte. Jenny me ha dicho que no das la talla. Otra vez era su decisión y de nuevo había que aceptarla.

Estuvimos un par de años sin coincidir, hasta que una tarde de verano lo encontré al fondo de la barra de uno de los bares de siempre. No me había visto. Tenía de nuevo pelos en las piernas. Estaba solo. No pronuncié su nombre. Simplemente me senté a su lado. Cuando en la gramola empezó a sonar aquella vieja canción, no pudimos más que pedir un par de chupitos de bourbon y brindar al son de ni tú ni yo nos dimos cuenta que tras sus tetas no había corazón… solo ambición.

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De esta historia, unos se quedarán con la altura de miras de nuestros abuelos, quienes dejaron atrás los serios agravios que padecieron en carne propia por contribuir al bienestar de sus nietos. Otros se quedarán con la belleza rubia como metáfora de los populismos y separatismos que obnubilan a incautos, crean agravios artificiales, transforman a las personas, ofrecen soluciones sencillas a problemas complejos y separan a familiares y amigos de toda la vida. Incluso otros se quedarán con el paralelismo de las frívolas relaciones de la adolescencia con los superficiales mensajes políticos de la actualidad. Pero únicamente los más inteligentes se quedarán con la botella de bourbon.

Roscón

Si quitamos la fruta escarchada, que es un ingrediente prescindible para muchos, son tres los elementos que se necesitan para hacer un roscón de Reyes: una buena masa, un poco de levadura y el calor del horno. Curiosamente son los mismos tres elementos que se necesitan para organizar una sedición… como acabamos de comprobar con la panda de frikis seguidores de Trump que asaltaron el Capitolio el día de Reyes.

Todo proceso de sedición surge de una masa enfurecida que se siente descontenta ante su situación, en muchas ocasiones por crisis económicas. La levadura es el catalizador que se utiliza para explicar a las masas cuál es la causa de sus problemas (el establishment, la burguesía, los ricos, los inmigrantes…), prometiendo soluciones sencillas que reviertan su descontento. Finalmente, se calienta a las masas a través de medios de comunicación afines o redes sociales… hasta que se producen los incidentes típicos de una sedición. De este modo, un grupo de estadounidenses se sienten molestos con el resultado electoral, se acusa al establishment de manipular el resultado, Trump insta al apreteu a sus seguidores en Twitter y unos exaltados terminan asaltando el Capitolio.

Los procesos de sedición ya existían a principios del siglo XIX en España, solo que se llamaban Motines. Galdós lo describió muy bien en la primera serie de sus Episodios Nacionales (El 19 de marzo y el 2 de julio) al referirse a la multitud que participó en el Motín de Aranjuez: Nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene por sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes el vano discurso del vulgo, siempre engañado. La turba, espoleada por el felón de Fernando VII consiguió la caída del denostado Godoy, pero no solucionó los problemas existentes. Apenas mes y medio más tarde España cayó bajo el yugo de Napoleón, padeció una sangrienta guerra de independencia durante 6 años y sufrió la posterior división de las dos Españas (liberales y absolutistas) durante más de medio siglo.

Las revoluciones de las masas se han producido a lo largo de toda la historia. El verdadero problema ha sido cuando han triunfado, como en el golpe de estado de Lenin contra la legítima república rusa de Kérenski (ocho meses después de la caída de los zares); o la movilización de las masas que llevó a Hitler al poder en Alemania para acabar con el poder constitucional de la República de Weimar desde dentro. Son los dos casos extremos, en los que la levadura en el primer caso fue el bienestar de la burguesía frente a la pobreza del pueblo y en el segundo caso la superioridad de la raza aria, lo que llevó a formar dos regímenes iliberales que sumieron en la más absoluta pobreza a aquellas poblaciones que en teoría venían a salvar.

En intensidades mucho más reducidas, hemos tenido dos procesos de masa, levadura y horno en España desde que estalló la crisis financiera de 2008. El primer proceso se vivió en Cataluña, con dos fases. En la primera (desde grupos opuestos al gobierno), la levadura era la corrupción de los partidos políticos (tres per cent) y los recortes sociales. En la segunda (alentada desde el gobierno), se cambió hábilmente la levadura para que fuese el España nos roba. La consecuencia fueron dos asaltos al Parlament, una declaración ilegal de independencia y una división de la sociedad por la mitad, que va a costar décadas superar.

El segundo proceso se vivió con dos manifestaciones cuyo lema era Rodea el Congreso. Solo un fuerte dispositivo policial evitó que viésemos escenas similares a las del Capitolio. La primera fue en 2012 (convocada por populistas que estaban fuera del Parlamento), cuya levadura fueron los recortes que imponía la Troika y la corrupción política. La segunda fue en 2016 (con los populistas dentro del Parlamento) antes de la toma de posesión de Rajoy. Un elemento paradójico es que se presionaba a unas Cortes Generales elegidas apenas 4 meses antes en unas elecciones democráticas… pero que algunos consideraban que no les representaban (a pesar de haber participado en ellas). De locos. En esa sesión del Congreso, Rajoy necesitó de la abstención del PSOE para ser investido. Ese apoyo contrario a lo prometido en las elecciones fue lo que llevó a algunos a considerar ilegítimo ese gobierno (¿paralelismos?).

Por fortuna para los que alentaron las dos protestas, ahora mismo están en el poder. Unos en Cataluña y otros en el gobierno de España. Además, la situación económica de sus líderes parece haber mejorado hasta alcanzar unas cotas de bienestar que no podían haber soñado antes de incorporarse a la casta. Por eso, ha sido un gran regalo de Reyes para España el asalto al Capitolio por parte de los seguidores de Trump, ya que ha puesto a los populistas de izquierda ante el espejo de los populistas de derecha. De ese modo, los populistos que están ahora mismo en el poder defienden el imperio de la ley frente a masas descontroladas que quieren asaltar los cielos desde las calles… al menos hasta que su nefasta gestión los devuelva al frío que supone no tocar el pelo del poder.

¿Y Vox? Preguntarán algunos. Pues yo creo que Vox tiene la levadura de las soluciones sencillas para problemas complejos que ofrecen los populismos, así como el calor de las redes sociales… pero le falta la masa. Al contrario de lo que sucede en Francia o en Alemania, en España no se producen trasvases entre extrema izquierda y extrema derecha. Cuando pones en el horno mucha levadura y poca masa, el roscón sube rápidamente, pero con la misma velocidad se desinfla como un suflé ante su falta de consistencia.

Para ser justos, han sido más bien los simpatizantes de Vox quienes han sufrido el bullying por parte de masas de extremistas de izquierdas o separatistas que al contrario. Sus votantes pueden protestar airados su descontento, pero en su mayoría no son subversivos. Por ello, su defensa de populismos de derecha (Salvini, Trump, Le Pen) les pone también ante la contradicción de su semejanza con los populismos de izquierda… lo que espero que propicie una huida de votantes hacia opciones más moderadas. Sería también el mejor regalo de Reyes para que el centro derecha español pueda ejercer una oposición real y convertirse en una alternativa viable a un gobierno demasiado influido por el menguante (por fortuna) populismo de Iglesias. Ahora solo queda que las opciones moderadas de centro derecha tengan la capacidad de articular dicha alternativa con un discurso sólido y convincente… lo que tampoco está tan claro.

Winter is coming. La crisis por la pandemia va a intensificar los problemas que ya teníamos en nuestras sociedades occidentales (envejecimiento de la población, transformación tecnológica, reto medioambiental, etc). La lucha en España, en Europa y en el mundo va a ser entre las soluciones sencillas de los populismos (de derechas o de izquierdas) o las complejas soluciones democráticas que se puedan realizar desde postulados socialdemócratas, liberales o conservadores. Populismo o democracia, no izquierdas o derechas. Que no nos engañen.

El roscón ha llegado este año con una sorpresa muy desagradable, pero espero que se convierta en un regalo en forma de lección aprendida contra el peligro de los populismos.

Envidia

La envidia se produce por una conjunción de falta de autoestima con exaltación de las virtudes ajenas. Para el envidioso, la esposa ajena es más comprensiva que la propia, los compañeros de clase de sus hijos son más aplicados que los suyos y el coche del vecino está más equipado que el que acaba de adquirir. Este fenómeno se ve potenciado en época de pandemia. Así los envidiosos patrios anhelan la industria y el desarrollo de Alemania y los alemanes añoran disfrutar del sol de España.

Mientras los españoles exaltamos el orden ajeno despreciamos las virtudes propias. El turismo, que ahora es denostado por el Director General de Consumo (ascendido a la categoría de Ministro) como sector de bajo valor añadido, parecía un buen negocio hace menos de un año. Y lo era. Si nos fijamos en las estadísticas mundiales, en 2015 el número de turistas a nivel mundial era de 1.196 millones y en 2019 subió hasta 1.461 millones, lo que supone un incremento de más de un 22% en apenas 4 años. Cada vez hay (o había) más personas con la voluntad de conocer sitios diferentes de nuestro planeta, derivado de un mayor bienestar económico global.

En el reparto de turistas, España ganó la medalla de plata únicamente detrás de Francia, recibiendo en 2019 casi 83 millones de visitantes. En 2010 España ocupaba el cuarto lugar del ranking (detrás de Francia, China y Estados Unidos) con 53 millones de visitantes. En 9 años se ha producido un espectacular incremento de casi el 60%, con otro elemento añadido: España ocupa el segundo lugar en cuanto a ingresos por turismo, con casi 67.500 millones de Euros, únicamente por detrás de Estados Unidos. Todo ello nos ha convertido, según el World Economic Forum, el país más competitivo el mundo en términos turísticos. Creo que deberíamos sentirnos orgullosos de todos los puestos de trabajo que el turismo ha creado, así como los ingresos fiscales que ha generado después de la crisis de 2008 y que volverán cuando superemos el coronavirus. Si todos los sectores de la economía española hubiesen evolucionado igual en la última década, ahora seríamos superpotencia mundial. Crear un círculo virtuoso de semejante envergadura solo se alcanza mediante un exitoso trabajo en equipo que implica la conjunción de múltiples esfuerzos. España tiene la suerte de contar con unos lugares irrepetibles y unas condiciones excepcionales: sol y playa, museos, gastronomía, naturaleza, arquitectura… pero esto es algo que también tiene Italia y cada vez logramos tener más visitantes que ellos. Una buena materia prima es condición necesaria para un buen guiso, pero no suficiente. También se precisa de buenos cocineros.

Pongamos un ejemplo. Un vecino (imaginemos que se llama Paco) de Granada cuenta con el entorno idílico de La Alhambra, el Albaicín o la Catedral, lo que asegura a la ciudad un elevado número de visitas al año. Paco, que se ha preparado para gestionar restaurantes, puede emplear sus ahorros o conseguir financiación para abrir un establecimiento en el que ofrecer sus elaboraciones a las personas que visitan su ciudad. Así, siempre es atractivo para un turista degustar las habas con jamón, el remojón granadino o el plato alpujarreño. Paco va a realizar una apuesta. No hay ningún ministerio que indique el lugar en el que tiene que abrir ni el menú a ofrecer ni asegura un mínimo de ingresos. Si acierta con la calidad de su carta y con el precio, su restaurante se llenará y podrá contratar a más personas. De ese modo ganará dinero. Si se equivoca, tendrá que despedir a sus trabajadores y perderá sus ahorros o no podrá hacer frente a la financiación que solicitó, lo que incluso le puede ocasionar la pérdida de el inmueble que él o su familia han puesto como garantía. Imagino que ésta es la peor pesadilla de todos los Pacos que se embarcaron en un nuevo negocio antes de empezar la pandemia.

Las apuestas pueden ser de diferente alcance. Se puede ofertar comida típica a precio asequible, en un restaurante más pequeño con un alquiler barato, o se puede elaborar comidas más refinadas, en un lugar céntrico, con un precio más elevado, que persiga a un cliente de mayor poder adquisitivo y que esté dispuesto a pagar un precio superior. Este proceso de mayor elaboración, que a su vez implica una inversión y un riesgo mayores, puede conllevar un efecto de retroalimentación al turismo. Realizar una ruta por los bares de tapas del centro histórico o tener una experiencia gastronómica en alguno de los 10 restaurantes más reconocidos en Tripadvisor puede convertirse en un foco adicional de atracción de turismo. De este modo, el elemento que me puede hacer volver de visita a Granada ya no es la Capilla de los Reyes Católicos, sino almorzar o cenar en un restaurante con estrella Michelín. Y esto es lo que hace que Granada haya llegado a 5 millones de visitantes en 2019.

Las personas que realizaron una inversión exitosa, pueden mantener su establecimiento (con el riesgo de que termine pasando de moda) o seguir innovando y subir su apuesta. De este modo, se abre la opción de ampliaciones en el local para incrementar el número de mesas en las que atender a sus comensales; puede abrir nuevas sedes; crear franquicias con su marca; o generar cadenas de catering con las que atender eventos o comidas a domicilio. Nuevamente, esas apuestas implicarán un riesgo (en forma de costes más elevados) que se verá compensado (o no) con mayores ganancias. Las sociedades desarrolladas se construyen así, desde abajo hacia arriba. Mediante la iniciativa, el sacrificio y el riesgo. El éxito generará nuevos puestos de trabajo y conllevará el pago de impuestos más elevados. El fracaso supone regresar al punto de partida.

El límite no está topado. No hay más que pensar que Amazon nació hace 25 años vendiendo únicamente libros. Lo que acabamos de ver en el sector de la gastronomía se puede aplicar a otros en el sector turístico, como los hoteles. De nuevo, una vecina de Granada (la llamaremos Ana) puede optar por invertir en un pequeño hotel que sirva de alojamiento a turistas, ya sea en un lugar sencillo pero céntrico o mejor equipado pero más lejos de ellos. Pero Ana también puede realizar una inversión mayor para ofrecer habitaciones más amplias y confortables, gimnasios equipados, piscinas o parques acuáticos, restaurantes variados, actividades recreativas y de ocio, centros de spa, talleres para los más pequeños… De este modo, el hotel en sí puede convertirse en un centro de interés de turístico o un incentivo para que los visitantes se queden más tiempo en una determinada localidad, disfrutando de una oferta completa que combine la cultura, la playa o la actividad rural con días adicionales de descanso en el complejo hotelero. La experiencia exitosa en un lugar determinado, también se puede replicar en otros lugares. En este campo, las empresas españolas han sido pioneras en la internacionalización, con grandes grupos hoteleros como Meliá, NH, Barceló, Riu o Iberostar.

Alrededor del turismo, surgen multitud de oportunidades de negocio: deportes de aventura; guías turísticos que convierten una visita a los monumentos en una experiencia amena e interesante; emprendedores de la economía digital que creen apps en las que los visitantes a los museos puedan conocer con más detalle los secretos que encierran; organizar festivales culturales (cine, teatro…) que den singularidad a una localidad (como la Seminci en Valladolid o el Festival de San Sebastián); recorridos de compras por grandes almacenes como El Corte Inglés… Y todas estas iniciativas se van complementando y retroalimentando. De este modo, para disfrutar en plenitud Granada no va a ser suficiente con un par de días, sino que precisarás de al menos de una semana (o incluso más, si quieres disfrutar de los encantos que ofrece la provincia, ya sea en su costa o en Sierra Nevada).

Otro ejemplo claro de la creatividad española lo podemos ver en el nuevo Santiago Bernabéu. Ya no solo vas a disfrutar de un espectáculo deportivo de primer nivel (aunque este año parece que va a ser más complicado) sino que también se conjugará con una obra arquitectónica de primer nivel, el cuarto museo más visitado de Madrid, un recorrido de compras de las principales marcas o una cena en el restaurante de Martín Berasategui. Una vez más, puedes pasar de una experiencia de 2 horas a otra de un día completo.

Por tanto, España no tiene un problema con el turismo. Tiene un sector con el que dar envidia a los países vecinos y tiene el valor añadido de que toda esa creatividad no solo está a disposición de las personas que nos visitan, sino que también hacen de España uno de los países con mayor calidad de vida para sus habitantes. Gracias a todos los turistas que tenemos, el español tiene una variedad de oferta a la que no podría aspirar solo con sus nacionales.

El riesgo que se nos presenta con el coronavirus es que todo el trabajo y el emprendimiento que numerosas personas han realizado para generar esta oferta tan atrayente se pierda. Tenemos un riesgo elevado de salir de ese círculo virtuoso para entrar en otro vicioso. Si perdemos restaurantes, hoteles, empresas de transporte, locales de ocio… no solo tendremos menos turistas o se quedarán menos tiempo, sino que además tendremos menos puestos de trabajo y menos ingresos vía impuestos. Es por ello que es tan importante que se apoye no solo a los trabajadores en estas empresas vía ERTEs, sino también a los propietarios de los negocios. Si se destruye una parte importante de ese tejido productivo ¿a qué se van a dedicar sus trabajadores? En Alemania, por ejemplo, están dando un apoyo del 75% de lo facturado en 2019 a sus bares y restaurantes (¡qué envidia!).

Una vez que hemos visto que podemos sentirnos orgullosos de nuestro sector turístico, siempre saldrán envidiosos que afirmen que no estamos a la altura del resto de los países europeos en el resto de sectores económicos. Pero entonces también nos damos cuenta de que el 25% de las obras más importantes de infraestructura en el mundo están desarrolladas por las empresas constructoras españolas (como ACS, Ferrovial, Acciona, FCC…); contamos con dos de los bancos más importantes a nivel mundial (Santander y BBVA); somos líderes en desarrollo de energías renovables (Acciona, Iberdrola, Gamesa); tenemos la principal empresa mundial de textiles (Inditex); empresas energéticas de primer nivel (Repsol, Naturgy, Enagas); o tres escuelas de negocio entre las más reconocidas (IESE, IE, ESADE).

Todos estos elementos de orgullo no son óbice para reconocer que seguimos teniendo una de las tasas de desempleo más elevadas de la OCDE. Entonces los envidiosos dirán que es por nuestra falta de talento. Que nos gustaría formar parte de un país innovador, capaz de inventar la calculadora, la epidural, el submarino, el helicóptero, el libro electrónico, el traje espacial o los aparatos de rayos X portátiles… hasta que nos damos cuenta de que fueron españoles los que trajeron estas innovaciones al mundo. El problema quizá lo tenemos en ser capaces de traducir nuestra creatividad en patentes, las patentes en proyectos comercializables y todo ello a través de empresas que generen puestos de trabajos de calidad para nuestros profesionales. O quizá esté pendiente aportar más recursos para una investigación en la que exista una colaboración mucho más cercana entre las empresas y las universidades, aunque surgirán voces acusando de que se quiere privatizar la universidad.

Por tanto, en España tenemos una gran creatividad y somos capaces de traducir en negocios pequeños nuestro talento. También somos líderes mundiales cuando somos capaces de generar grandes compañías que pueden competir con las principales multinacionales. Entonces, el problema está en que el número de grandes empresas que tenemos es muy inferior a las que existen en el resto de Europa. Por ejemplo, el porcentaje de grandes empresas alemanas es cuatro veces superior a las españolas (¡qué envidia!). Es por ello que hemos sufrido mucho más que los países vecinos y la tasa de paro se dispara en los momentos de recesión. Solo podremos igualarnos a los países que envidiamos mediante el crecimiento de las pequeñas empresas en medianas, las medianas en grandes y las grandes en más grandes… o atrayendo la inversión de grandes empresas extranjeras para que se instalen en España. Tenemos la experiencia exitosa de la industria del automóvil, que ha crecido hasta convertirse en nuestra principal fuente de exportaciones. Además, estas grandes corporaciones generan otro círculo virtuoso, creando nuevas PyMes alrededor suyo para proveer bienes y servicios.

Las grandes empresas son las que pagan salarios más elevados, realizan políticas de inclusión de discapacitados, reducen brechas de género, tienen planes para potenciar la diversidad, implantan políticas ambientalmente sostenibles, códigos éticos, sistemas de control de calidad o programas de Responsabilidad Social Corporativa. En una empresa de apenas tres trabajadores, la única manera de conseguir el objetivo de igualdad de género sería implantando la política queer, de manera que cada uno se pueda sentir del género que considere y así cumplir con los objetivos que se planteen. Sin embargo, los grandes empresarios de nuestro país como Amancio Ortega, Ana Botín o Juan Roig sufren en muchas ocasiones el rechazo y la criminalización por parte de mediocres envidiosos que no han generado riqueza en su vida, en lugar de ser vistos con admiración y orgullo. Así llegamos a la paradójica situación en la que se quiere establecer mucha regulación para la gestión de las grandes empresas pero poca regulación para que haya grandes empresas en España.

Mientras el sector privado se construye generando riqueza desde abajo hacia arriba, el Estado se construye desde arriba hacia abajo gastando los ingresos que el sector privado genera mediante una serie de criterios que establecen políticos que son elegidos democráticamente por los ciudadanos. Esto no implica necesariamente que sean funciones contradictorias, sino que también pueden generar círculos virtuosos que se retroalimentan. Volviendo al ejemplo de Granada, puede llegar a 5 millones de visitantes al año gracias a contar con un sistema de comunicaciones que facilita su acceso (AVE, aeropuertos, carreteras…); una seguridad ciudadana garantizada por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad; una sanidad (pública o mediante conciertos con empresas privadas) donde poder atenderse en caso de enfermedad o siniestro; un sistema de abastecimiento de agua potable para casas y hoteles; un servicio de recogida de basuras; una información turística que permita conocer toda la oferta que la ciudad ofrece… o tantos otros servicios. Y para gestionar todas estas actividades, necesitamos también pagar a unos políticos preparados que sean capaces de hacer crecer esas sinergias entre lo público y lo privado o generar nuevas (como potenciar el Puerto de Motril para convertirlo en puerta de entrada para el turismo de cruceros en Granada).

Hay muchas otras actividades que también están asignadas a las Administraciones Públicas como educación, pensiones, prestaciones de desempleo… Su función es garantizar la inclusión social, de forma que se genere un nuevo círculo virtuoso. Por ejemplo, garantizar un acceso a educación de calidad donde se premie el mérito y el esfuerzo (al contrario de lo que propone la infame Ley Celaá) de personas brillantes con independencia de su condición socioeconómica no solo supone una acción de justicia social sino que es también un acto de egoísmo, ya que les permitirá en el futuro que estén en mejores condiciones de aportar riqueza a la sociedad a través de nuevos emprendimientos. También el Gobierno tiene en sus manos otras labores sociales, como atender a nuestros mayores o facilitar a todos aquellos padres que son campeones en la nieve el acceso a centros de educación especial en los que ayudar al desarrollo e integración de sus hijos (al menos hasta que la infame Ley Celaá acabe con ellos), ayudar a mujeres maltratadas, etc. Pero hemos de tener en cuenta que toda actuación de los poderes públicos se realiza mediante recursos limitados y generados por otros, por lo que los políticos han de ser muy respetuosos con los ciudadanos ampliando sus ámbitos de libertad y evitando imposiciones ideológicas (como podría suceder nuevamente con la infame Ley Celaá prohibiendo la elección de Centro o poniendo obstáculos a la educación concertada). Si pagamos la comida con nuestros impuestos, que al menos nos dejen elegir parte del menú.

Ahora se están elaborando los Presupuestos en España para 2021. Los Presupuestos han de encontrar el equilibrio entre los ingresos y los gastos. Los ingresos ya hemos visto que dependen de la riqueza que sea capaz de generar el país. La crisis del coronavirus ha puesto en peligro la supervivencia del sueño de muchas personas que han invertido mucho tiempo y dinero en dar servicios a la sociedad, lo que les puede convertir en receptores de subsidios y pueden excluirles de su futura capacidad de generar riqueza. Los gastos sirven para repartir la riqueza que se ha generado previamente y en la situación actual hay muchos más demandantes de auxilio. La capacidad de gasto proviene de detraer recursos de aquellas personas que previamente han generado riqueza (cada vez más escasa), ayudas externas como fondos europeos (con una cantidad también limitada) o un endeudamiento a futuro (lo que también implica consumir recursos de nuestros hijos o nietos).

Es muy importante que tengamos en cuenta los conceptos de crisis y escasez de cara a estos Presupuestos. Y que no engañemos a la gente indicando que vamos a salir más fuerte de una crisis tan devastadora como ésta. Se puede generar una envidia insana y un cabreo lógico por parte de personas que se están quedando en la ruina sin soporte de los poderes públicos, que ven cómo se incrementan los sueldos de los funcionarios públicos o todas las pensiones; o se mantiene una gobierno elefantiásico de 23 ministerios y un 60% más de asesores y altos cargos; o que ven cómo se incrementa un 70% los gastos del Ministerio de Igualdad para dar cabida a informes de apesebrados propios que buscan igualar en la miseria en lugar de ayudar a los que pueden volver a generar riqueza. No hay nada mas espurio y rastrero que aprovecharse de las tragedias ajenas para interés propio… aunque ya tengan amplia experiencia en ello.

Yo siempre he creído más en los que trabajan desde abajo que en capitanes a priori que no han aportado riqueza en su vida. De hecho, el planteamiento de los fondos europeos tiene esa filosofía: financiar proyectos del sector privado que ayuden a un desarrollo en la transformación digital o en iniciativas ambientalmente sostenibles, que son prioridades europeas que impulsan todos los sectores privados. En ambos sectores, España tiene un amplio camino recorrido y un enorme potencial. Espero que se empleen en iniciativas transformadoras y no en subsidios a corto plazo. Aun así, estas iniciativas no han de eclipsar el necesario apoyo que precisan tantos otros sectores productivos españoles, de creatividad elevada e ingente valor añadido para nuestra sociedad, si queremos seguir viviendo en una sociedad de alto bienestar que tanto esfuerzo nos ha costado construir.

Porque creer en un país es creer en sus ciudadanos. No tener envidia de ellos y pretender cambiarles impulsando populismos cuya finalidad es moldear súbditos de acuerdo a su ideología.

Estado de alerta

Distinguir entre lo urgente y lo importante te permite pasar de la infancia y la adolescencia a la madurez. Lo urgente durante el COVID ha sido tranquilizar a la población y buscar un enemigo a quien culpabilizar. Lo importante es asumir que vamos a estar jodidos durante una buena temporada y reaccionar para salir lo antes posible de la crisis en la que estamos atrapados.

Durante la pandemia en España se ha priorizado lo urgente por encima de lo importante. Ése está siendo nuestro principal problema. Los gobernantes han tomado decisiones para dar respuestas rápidas ante las sucesivas emergencias que iban apareciendo, con la finalidad de dar sensación de seguridad a la población. En febrero y principios de marzo, lo urgente era tranquilizar a la población ante la incertidumbre que provocaba el COVID. A mediados de marzo lo fue confinar a la población, única solución ante unos servicios médicos saturados. En junio era obtener fondos europeos ante la ruina económica. En julio era salir a consumir porque la economía no podía permanecer más tiempo parada. En septiembre, la urgencia era regresar al colegio y en octubre será confinar Madrid.

Para que la población lo pueda entender mejor, todas las medidas adoptadas se han visto acompañadas de su correspondiente lema: solo serán dos o tres casos, nadie va a quedar atrás, saldremos más fuertes, hemos vencido al virus, gracias al silencio activo de Sánchez tendremos fondos europeos o, finalmente, España puede. Gestionar de acuerdo a lo urgente tiene sus ventajas en la sociedad de la inmediatez, del titular, de los 280 caracteres en la que vivimos. Si gobiernas de manera demoscópica, los ciudadanos pueden tener la impresión de que se ha estado gestionando de acuerdo a lo que había que hacer en cada momento, de modo que sus decisiones se pueden percibir como evidentes. Esto permite que los dirigentes puedan criticar a aquellos que se les oponen como capitanes a posteriori. Ellos se vieron obligados a tomar determinadas decisiones porque no había otra opción y más si venían avaladas por comités de expertos (aunque no existiesen). Pero los políticos no son meros reactores ante las pulsiones de la sociedad, ya que son los primeros creadores de opinión. Cuentan con amplias plataformas mediáticas para hacer llegar los mensajes que a ellos les interesa.

Sin embargo, la cruda realidad nos muestra que las soluciones implementadas frente a las urgencias han implicado unos dramáticos efectos secundarios. Por tranquilizarnos en febrero, no pudimos despedirnos de nuestros abuelos fallecidos en residencias o solos en los hospitales. Por confinarnos estrictamente durante tres meses, destrozamos la economía. Por salir del confinamiento a celebrar nuestra victoria sobre la pandemia, no tuvimos precauciones y se produjeron los rebrotes. Por celebrar la llegada de los fondos europeos, podemos perder la conciencia de la precariedad económica en la que viviremos los próximos tres o cuatro años. Cuando regresamos al colegio, aumenta la movilidad y los contagios

Llega un momento en el que las satisfacciones a corto plazo que supone una respuesta a las urgencias contrastan con nuestra frustración ante la cruel realidad: una crisis que se profundiza a pasos agigantados. Es por ello que el gobierno central, hábilmente dirigido por expertos en la táctica política, ha optado por la estrategia del avestruz: evitar responsabilidades y delegarlas en las Comunidades, a pesar de que la competencia en gestión de pandemias es de las pocas que le queda a un menguado Ministerio de Sanidad. Muchas autonomías entraron a ese juego, hasta que se han dado cuenta de que no están preparadas, sufriendo los ciudadanos el fracaso de su gestión. Eso sí, nos ha quedado la lección aprendida de que el parámetro objetivo para confinar poblaciones es de 500 infectados por cada cien mil habitantes (al menos en Madrid).

Mientras tanto, nos hemos olvidado de lo importante. El pecado original vino de la respuesta ante la primera situación de urgencia: tranquilizar a la población. Carso error. El tipo de pandemia al que nos enfrentamos nos va a implicar vivir en un permanente estado de alerta durante al menos un año más. Los elementos más perversos del COVID son su alta tasa de contagioso y su propagación silenciosa (un plazo de 14 días en los que puedes transmitir el virus siendo asintomático). A esto se suma que el porcentaje de infectados que acaban en UCIs o finalmente fallecen son relativamente bajos (excepto en personas de avanzada edad), lo que ha llevado a un exceso de confianza en personas jóvenes incentivado por los dirigentes que decían que habíamos vencido al virus y había que salir a celebrarlo.

Por tanto, la única manera eficaz de combatir al virus es actuar como si tú estuvieses contagiado y como si la persona con la que te relacionas también lo estuviese. Esto implica un cambio de nuestras costumbres: mantener la distancia de seguridad, lavado continuo de manos, renunciar a besos y abrazos, ducharte al llegar a casa de trabajar, usar mascarilla, evitar aglomeraciones en espacios cerrados, establecer círculos reducidos de confianza… Es decir, realizar un cambio radical de hábitos, aunque se haga más complicado cuanto más se prolonga la pandemia (sobre todo para las personas mayores y para los niños). Esto es lo que depende de nosotros. Cambios legislativos para mejorar la acción de los gobiernos o el uso de nuevas tecnologías como apps de rastreo (parece mentira que en la tercera década del siglo sigamos dependiendo de rastreadores telefónicos) siguen siendo responsabilidad de los políticos. Como eso no depende de nosotros tendremos que extremar las precauciones sobre lo que nosotros sí podemos controlar.

Manejar la incertidumbre viene de la mano de otra dura prueba que nos pone la pandemia: convivir con la escasez. Estamos ante un escenario en el que no va a haber suficientes médicos para atender pacientes en los hospitales o en la atención primaria. Se han multiplicado las atenciones médicas con relación a las que estaban presupuestadas. Tampoco va a haber suficientes profesores para desdoblar todas las clases que se han anunciado. Vivimos en una sociedad diseñada preCOVID, que estaba pensada para unos ingresos muy superiores y unos gastos muy inferiores a los que tenemos actualmente. Los médicos se titulan de acuerdo a las necesidades que tenía la sociedad antes de la pandemia. Los cambios estructurales que se quieran impulsar no van a tener resultados hasta dentro de diez años… cuando posiblemente nos demos cuenta de que no necesitamos tantos médicos (excepto geriatras), por lo que seguirán emigrando.

Existe un elevado riesgo de que la escasez se agudice al prolongarse la crisis sanitaria y nos quedemos sin suficientes recursos en un par de años para pagar las pensiones, prestaciones de desempleo o sueldo de funcionarios en los niveles actuales. Si seguimos destruyendo empleo y las empresas no generan beneficios o cierran, ¿qué ingresos va a obtener el estado vía impuestos? A pesar de los eslóganes, muchas personas se han quedado atrás y se seguirán quedando atrás. Estamos ante el riesgo de crear una sociedad de clases fracturada entre ricos y pobres, autónomos y asalariados, funcionarios y trabajadores por cuenta ajena, pensionistas y jóvenes en paro… Un peligroso caldo de cultivo para los populismos, como ya empezamos a atisbar las sociedades europeas tras la crisis del 2008.

La incertidumbre y la escasez van a permanecer íntimamente relacionadas durante una larga temporada. Y debemos quitarnos de la cabeza el absurdo debate entre economía y salud. El reto al que nos enfrentamos es conseguir que la economía siga funcionando con la mínima afección a la salud. Para ello necesitamos que los medios de comunicación insistan en los cambios de hábitos que tendremos que afrontar. Aun así muchas personas se van a quedar atrás, otras van a perder su poder adquisitivo, algunas se arruinarán… Nos va a costar mucho aburrimiento, miedo, impotencia y lágrimas. Si no lo asumimos y no somos capaces de gestionar la incertidumbre y la escasez, las consecuencias pueden ser más dramáticas de lo que ya se vislumbra.

Tenemos que tratar a las personas adultas como tales. ¿Por qué nos tenemos que sentir siempre seguros? Si estamos jodidos, lo mejor es tomar conciencia cuanto antes y actuar en consecuencia. No existen soluciones mágicas. Nos toca vivir una larga temporada de miedo y frustración. Algunos serán capaces de encontrar nuevas oportunidades (como en los sectores digitales o en las funerarias), pero la mayoría va a sufrir. Tenemos que prepararnos para lo peor y desde ahí empezar a trabajar con humildad para superar este largo y frío invierno que se nos avecina.

La sociedad española ya ha vivido situaciones parecidas con anterioridad. Lo que desperdiciamos en tiempos de abundancia, somos capaces de recuperarlo con esfuerzo y tesón en épocas de escasez. Por eso superaremos esta nueva crisis… a pesar de nuestros dirigentes.