Promesas

No estamos viviendo una guerra. Salimos a comprar alimentos sin temor a que nos abata un francotirador; escuchamos la radio, vemos la televisión en el sofá; tenemos gas, luz, agua caliente e incluso wifi. Nada que ver con el Territorio Comanche. No tenemos un puente sobre el Drina que defender o una posición enemiga que asaltar. Por eso, cuando apelan al Discurso del Rey o queremos copiar las arengas de Churchill a la sociedad británica de la Segunda Guerra Mundial, no nos conmovemos. Son palabras ajenas a nuestra realidad que simplemente nos evocan tardes de cine.

Al final, la sangre son las palomitas, el sudor la coca cola y las lágrimas es aquello que nos hace sentir que una película merece el Óscar. La cuarta promesa de Churchill, el esfuerzo (toil), queda olvidada en el momento en el que nos acomodamos en nuestra butaca al empezar la función, del mismo modo que quedó enterrada para la historia. Nuestra pandemia viene a ofrecernos padecimientos diferentes. La única promesa de las cuatro que permanecerá será las lágrimas ya que, junto a ellas, estos días nos van a deparar aburrimiento, miedo e impotencia.

Aburrimiento, ya que el reto principal para la mayoría de la sociedad consistirá en poner a prueba y desarrollar nuestra paciencia. En ser responsables y quedarnos en nuestra casa. El contraste lo supondrá una minoría de la población, profesionales sanitarios, que van a estar luchando de manera incansable contra la enfermedad. Muchos acabarán contagiados y agotados por culpa de un virus que los llevará al límite físico y psicológico. Junto a ellos, habrá muchos otros héroes anónimos, menos expuestos pero igualmente imprescindibles, quienes trabajarán para que la mayoría de la sociedad pueda aburrirse en paz, sin tener que preocuparse porque los servicios básicos o la alimentación escaseen en nuestra monótona reclusión.

Un tedio que, al menos, viene compensado por unos avances tecnológicos que hacen que sea complicado imaginar cómo habría sido nuestra reclusión hace apenas una década, donde no podríamos haber compartido memes por WhatsApp, bulos por Twitter, teletrabajado con Teams, visto Netflix en familia, recibido la compra en casa tras solicitarla por Internet o habría sido imposible la asistencia de los niños a clases virtuales. Siempre nos hubiese quedado la opción, también vigente hoy día, de desempolvar libros para desarrollar nuestra imaginación. Lamentablemente, quienes no podrán aburrirse con todos estos progresos serán las personas más vulnerables: los 4 millones de personas mayores que viven solas en sus casas en España; los discapacitados que no pueden acudir a sus terapias diarias; las personas desconectadas en el mundo rural

El miedo nos va a acompañar durante toda la cuarentena y después de ella. Nos va a ayudar a extremar precauciones y valorar lo que tenemos. Miedo a enfermar, sin poder dejar a tus hijos con los abuelos. Miedo a tener un accidente y no poder ir a los hospitales saturados. Miedo a que se vaya la luz y perdamos las provisiones acumuladas para el apocalipsis (al menos el papel higiénico subsistiría). Miedo a que un familiar o amigo enferme sin poder acompañarle ni darle ánimo. Miedo a que no llegue tu sueldo a fin de mes y no poder pagar la hipoteca. Miedo a que tu empresa no supere la inactividad o tenga que prescindir de tus servicios. Miedo de ser empresario o autónomo y no poder pagar las nóminas o perder los clientes o contratos que con tanto esfuerzo has logrado. Miedo a que el mundo se paralice, cuando estamos viviendo el momento de mayor prosperidad de la historia.

Afrontar la impotencia no será sencillo en un momento en el que estamos acostumbrados a encontrar soluciones rápidas y efectivas a golpe de clic. En cambio, habrá médicos que tendrán que decidir que no pueden atender a más pacientes por no contar con los medios necesarios (EPIs, respiradores, camas…); otros que caerán enfermos, obligando a sus compañeros a duplicar guardias para atender al ingente número de ingresados en hospitales; y otros tendrán que tomar la dramática decisión de elegir a quién prestar auxilio y a quién dejar ir. La impotencia de no poder ayudar, de quedarte en casa sin hacer nada, de no ser capaz de fabricar respiradores o coser mascarillas mientras otros están exhaustos. La frustración de no poder tomar la mano a nuestros seres queridos para decirles lo mucho que los amamos. Abuelos que no podrán conocer a sus nietos recién nacidos ni ayudar a la madre recién dada a luz cuando regresa a casa. El pesar de los enfermos que se van y sienten que ya no van a estar al lado de su familia y amigos y no pueden mirarles a los ojos para tranquilizarles, para decirles que también sienten no poder despedirse de nosotros pero que no nos preocupemos por ellos… que van a estar bien.

Las lágrimas pueden llegar a ocasionar inundaciones. Si no logramos contener al virus y la enfermedad llega al 70% de la población que prevé la alemana Merkel (34 millones de infectados), lloraremos solo en España a más de 1 millón de muertos por el coronavirus, si la tasa de fallecidos es tan solo del 3%. Por eso es tan importante quedarnos en casa. Pero el drama puede ser mucho mayor, si pensamos en poblaciones como México, con 130 millones de habitantes y un sistema sanitario más precario; lo que puede suceder en otros países de Latinoamérica o el drama que puede suponer el COVID-19 en África, donde únicamente se cuenta con 2 médicos por cada 10.000 habitantes (frente a los 32 que existen en Europa). Ríos de lágrimas en lugares donde quien no sale a trabajar no come.

Pero que no tenga más alternativa que el aburrimiento, el miedo, la impotencia y las lágrimas no quiere decir que me vaya a hundir en la depresión. Ni mucho menos. Quien se ríe en la ignorancia no deja de ser un incauto, pero reírse mientras miras a los ojos al miedo es lo que te ayuda a vencerlo. Tenemos que ser como el torero que mira burlón a los pitones del astado mientras entra a matar. Porque el aburrimiento se combate con humor, el miedo con fe y la impotencia colaborando en la medida de nuestras posibilidades, asumiendo nuestras limitaciones, no haciendo tonterías y apoyando y confiando en las personas que nos soportan como sociedad en este delicado momento.

Y las lágrimas… Las lágrimas de tristeza las dejaremos atrás con lágrimas de nostalgia cuando recordemos al ser querido que nos ha dejado, honrando su memoria; con lágrimas de esperanza, cuando extuban a un paciente o dan de alta a un anciano; con lágrimas de alegría, cuando nos volvamos a reunir en los parques o en los bares, valorando más si cabe esa amistad que nos toca suspender durante meses; con lágrimas de emoción de los abuelos cuando sus nietos vuelvan a cerrar los ojos mientras se funden en un abrazo con ellos; con lágrimas de gozo, cuando seamos capaces como sociedad de fabricar una vacuna o un retroviral; o con lágrimas de ilusión, cuando entre todos volvamos a generar puestos de trabajo y progreso.

Una tarea no sencilla será regresar a la normalidad. Requerirá de mucho esfuerzo y colaboración por parte de toda la sociedad (sector público y privado, de izquierdas y de derechas, hombres y mujeres, ancianos y niños). Así daremos la razón a la olvidada cuarta promesa de Winston Churchill, para que nosotros cumplamos la expresión de que no hay quinto malo. Porque no tengo duda de que, aunque esto no sea una guerra, vamos a vencer… y no dejaremos más prisioneros que los que quepan en las vacunas.

9 comentarios en “Promesas

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