Arrepentimiento

Viernes por la noche en tu juventud. Tus amigos te han invitado una fiesta. Estás agotado tras una semana intensa, pero te prometen que vas a estar rodeado de amigas simpatiquísimas y con la música que te gusta. Como eres débil de voluntad, aceptas. Son las dos de la mañana, las chicas no aparecen, suena OBK, estás aburrido como una ostra y sin ninguna perspectiva positiva que haga que merezca la pena el esfuerzo de permanecer despierto. Te arrepientes de haber salido de casa y emprendes un triste y solitario camino de regreso a casa.

Sábado por la mañana. Te llaman tus colegas. Gracias al desgraciado de Murphy, a los cinco minutos de haberte ido llegó un grupo de modelos despampanantes que alegró la existencia a todos los que se quedaron, la fiesta se alargó hasta las 7 de la mañana entre chupitos de bourbon, pusieron rock español del bueno, todos tus amigos ligaron… y tú durmiendo en casa. Te vuelves a arrepentir. Cuando se repiten tres sábados seguidos en los que cuando te vas empieza la fiesta y cuando te quedas nunca llega, te arrepientes de los amigos que tienes y buscas nuevos… que la vida tampoco está hecha para sufrir.

Una década más tarde, te ofrecen un trabajo de expatriado. Tienes que abandonar tu zona de confort y la comodidad de tu país para empezar una nueva aventura. Te encuentras con una ciudad por descubrir donde los atascos son interminables, tu familia y tus amigos están lejos, no encuentras ni jamón ni pinchos de tortilla, no hay mahou y tu ambiente de trabajo es totalmente diferente al que estabas acostumbrado. Cada día se convierte en una odisea y te arrepientes del momento en el que aceptaste ese reto laboral.

Llega el día en el que te comunican que la expatriación termina. Has descubierto amigos que son como familia, te has acostumbrado a nuevos y exquisitos sabores, a una nueva cultura y costumbres, has descubierto nuevas chelas, dominas tu trabajo y encuentras la diversión de lanzarte a los cruces con tu coche como si no existiese mañana. Te arrepientes de todo el tiempo malgastado en la queja improductiva por las cosas que te disgustaban de tu país de adopción y lamentas todo lo pendiente por hacer y para lo que te quedaste sin tiempo. Si además el regreso es a España, tienes que sumarle la necesidad de volver a tener dos sueldos, cuando uno de la pareja tuvo que renunciar hace años a su carrera profesional. El drama de los expatriados.

Pero donde el arrepentimiento suele alcanzar su clímax es en las separaciones amorosas. En ese momento, los despechados no suelen acordarse de todas las cosas buenas en las que se fijaron de aquella media naranja de la que se enamoraron ya convertida en medio limón, o de los agradables momentos compartidos cuando la compañía era dulce, sino que más bien se autoflagelan pensando en cómo fueron tan imbéciles para no darse cuenta de todas las indubitables señales que desde el primer momento mostraban el fracaso que se avecinaba al haber elegido a la persona equivocada… O si no, no hay más que leer la autobiografía de Woody Allen, quien narra las señales obviadas en su tormentosa relación con Mia Farrow.

Tenemos constantemente motivos para arrepentirnos de decisiones que la experiencia nos demuestra que fueron equivocadas. Al igual que pedir perdón, no es algo malo siempre que evites caer en una absurda autoflagelación ya que, como decía mi abuela, de los errores se aprende. Sin embargo, tenemos una tendencia enfermiza a olvidar aquellas cosas que se realizan correctamente. Por ejemplo, la vuelta al colegio en plena pandemia fue una decisión que entrañaba riesgos. Nadie aseguraba que no se fuese a producir una escalada en los contagios. Es una decisión que todavía no se ha implementado en muchos países de Latinoamérica, pero que fue exitosa en España, siguiendo la senda iniciada en otros países europeos.

Una gestión tan complicada como la del COVID proporciona muchos motivos de arrepentimiento por errores en la gestión: minusvalorar el riesgo de una pandemia, no realizar acopio de medicamentos o EPIs para el personal sanitario, no contar con criterios claros de gestión, no prever la necesidad de jeringuillas especiales que permiten aprovechar la famosa sexta dosis de la vacuna de Pfizer… Los errores entran dentro de lo habitual en una situación tan compleja como la que hemos vivido y nadie, de ninguna administración, ha estado exento de cometerlos. Todos fueron estafados en la compra de material médico. Además, en política, decisiones que son acertadas para unos pueden ser equivocadas para otros, como ha sucedido con el equilibrio entre salud y economía.

Ante estas complejas situaciones existen dos posibles reacciones. Los humildes reconocen los errores cometidos y se arrepienten de ellos. Admiten que hoy tomarían decisiones diferentes a las que adoptaron en su día. En ello, los más sinceros han sido los alemanes. El ejemplo más cercano lo tenemos en Ángela Merkel. Tomó la decisión de un cierre total del comercio en Semana Santa, sus asesores le indicaron que estaba cometiendo un error, cambió la decisión tomada y, finalmente, compareció ante la prensa para asumir en primera persona la completa responsabilidad del error. Una muestra de liderazgo, porque solo quien toma decisiones se equivoca.

Los prepotentes, por el contrario, no encuentran motivos para arrepentirse. Son los Supermanes de los que siempre he recelado. Como las declaraciones de nuestro ex ministro Illa al dejar la cartera de Sanidad. ¡Con lo educado y moderado que parecía! No solo no se arrepintió de abandonar su ministerio en lo más crítico de la pandemia, sino que dijo que tomó todas las decisiones con la información de que disponía en un momento determinado y que, por tanto, volvería a tomar las mismas. Este complejo de superioridad de los prepotentes parte del hecho de que se consideran imbuidos del infalible poder de adoptar siempre la decisión acertada, lo que les lleva a desoír a personas (menos capaces que ellos, seguramente) que les advierten de posibles errores que pueden estar cometiendo. Porque solo ellos son capaces en todo momento de interpretar correctamente la información disponible. ¡Qué envidia! ¡Será que nunca han necesitado tiritas para el corazón partío!

Por eso, muchos prepotentes acaban convirtiéndose a la tercera vía: el arrepentimiento parcial. Es el peor de los arrepentimientos. No por el lado del arrepen, sino por el del timiento. Ante la frustración de ser ya más de 30 veces 3 las ocasiones en las que han tomado decisiones equivocadas, y ante el miedo de que los ciudadanos quieran cambiar de amigos en las siguientes votaciones, optan por esta vía. Ti miento acerca de las mascarillas, del comité de expertos, del solo serán dos casos, de que las PCR no son necesarias, de que no hay que hacer controles en aeropuertos, del saldremos más fuertes, de los criterios de desescalada

La última ha consistido en decir que están cumpliendo con el calendario de vacunación previsto. En este caso, como diría Rajoy, es metafísicamente imposible cumplir con un plan que no tienen… o que al menos nunca compartieron con la opinión pública. Será que se aproximan nuevas elecciones… Hora punta en el Metro.

2 comentarios en “Arrepentimiento

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