Lili Marleen

Lili Marleen es una canción que tiene su origen en un poema creado por el soldado alemán Hans Leip durante la Primera Guerra Mundial. Se convirtió en un himno oficioso que se escuchaba en ambos lados de la alambrada durante la Segunda. Narra la historia de un soldado que añora reencontrase con su novia bajo la farola en la que se besaron por primera vez. Posteriormente, Marta Sánchez destrozó la letra… aunque hoy no hablaremos de eso.

Faltaba un minuto para las 11 horas del día 11 del mes 11 del año 1918 cuando el soldado estadounidense Henry Gunther murió. Fue el último fallecido de la Primera Guerra Mundial. Frustrado por haber sido degradado del rango de sargento (a causa de una carta en la que recomendaba a sus amigos no alistarse por las penurias y la deficiente organización que sufría en las trincheras), y temiendo que le considerasen traidor por tener antepasados alemanes, Henry agarró la bayoneta y se lanzó en una misión suicida contra las trincheras enemigas. Recuperó su condición de sargento… pero de manera póstuma.

No fue la única vida truncada el último día de la Gran Guerra. La simbología de los tres onces para la eternidad retrasó durante seis fatídicas horas la entrada en vigor del armisticio, lo que provocó la friolera de más de 2.500 fallecidos adicionales en una guerra que superó los 30 millones. El General aliado Foch apuró esos últimos instantes en los que matar a un semejante es un acto de valentía a celebrar con una muesca en el revólver, antes de convertirse en una actividad de sádicos hijoputas que merece ser castigada con prisión. Una tenacidad que le granjeó posteriormente el grado supremo de Mariscal. Me imagino a la mayoría de los 2.500 llegando al cielo para reclamar al VAR. ¡Pedro, no me jodas! ¿Penalti y expulsión? ¡Pero si había quedado bajo la farola con Lili Marleen dentro de una semana! A lo que el pobre santo respondería: Lo siento mucho, pero la función no termina hasta que canta la gorda.

Lo mismo nos sucede con el coronavirus. Pasado más de un año desde el inicio de la pandemia ya intuimos el final de la pesadilla gracias al inicio de la vacunación. O al menos lo queremos vislumbrar. Pero no hay espacio para la confianza. El bicho sí que es un sádico hijoputa que no va a descansar hasta que lo derrotemos. No podemos rebajar nuestro estado de alerta hasta que el virus sea definitivamente vencido e incluso necesitaremos mantener medidas de prevención durante una larga temporada hasta que regresemos a la vieja normalidad. Son los signos de unos tiempos en los que hablar de cepas no hace referencia a caldos portentosos, sino a inquietantes amenazas procedentes de Gran Bretaña, Brasil o India. No queremos ser el Sargento Gunther del coronavirus después de haber extremado precauciones durante tanto tiempo, sino reunirnos sanos y salvos con nuestra Lili Marleen cuando pase la pandemia.

Del mismo modo que el soldado alemán besaba a su novia debajo de una farola, el español lo haría en el bar Los Faroles. Me imagino al Joaquín Sabina de hace unas décadas tirando pedradas contra una sucursal del Banco Hispanoamericano tras la desaparición del añorado bar en el que servía copas el verano anterior la mujer de los ojos de gata… y pienso en su reacción porque el propietario se vio obligado a cerrar, arruinado por la pandemia. Lamentablemente, en 2021 nuestro ahora ronco trovador no se encontraría con una nueva entidad bancaria, sino con un cartel de Se Vende o Se Traspasa. Después de la crisis financiera, la transformación digital y la pandemia ya no se abren sucursales. No obstante, si buscase una excusa para ahogar su frustración post pandemia rompiendo cristales, no tendría más que hacerse seguidor de Pablo Hasel.

Mientras tanto, nuestro gobierno retrasa medidas para salvar a las empresas, oculta los sablazos fiscales, es incapaz de formular un plan jurídico que sustituya al estado de alarma… y encima se sorprende de los resultados de las elecciones en Madrid. Las PyMes están inquietas, aunque al menos les tranquilizará el hecho de que una empresa tan fundamental para nuestro sector productivo como Plus Ultra sea rescatada. En cambio, la lucha del dueño del bar Los Faroles consiste en analizar cuánto tiempo es capaz de aguantar para salvar el negocio de su vida. No quiere ser el último Gunther que cierra antes de que inicie la recuperación. Los ERTEs no le evitan seguir pagando el mobiliario, la amortización de los equipos ya adquiridos o la cuota de la hipoteca del local. Los niveles de endeudamiento y desesperación de autónomos y pequeños propietarios que trabajan en el sector turismo alcanzan ya niveles dramáticos en su lucha por evitar el beneficio de gozar del ingreso mínimo vital.

Los meses que restan de pandemia no tendrán menos incertidumbre que los anteriores. Será un periodo para encontrar el equilibrio entre socializar (con muchas personas mayores desesperadas por no haber besado a sus nietos en un año o jóvenes a los que les va la vida en salir de copas) y mantener la distancia social para evitar el contagio; la incógnita de cuánto tiempo protegerá la vacuna; o la duda entre cerrar definitivamente el negocio o seguir endeudándose. ¿Seremos capaces de darnos cuenta de cuáles son los pasos adecuados a seguir? Nuestros capitanes a posteriori no se dieron cuenta de cuándo empezó, no tomaron medidas durante la pandemia y no sé si serán capaces de tomar las decisiones necesarias para superar las crisis económica y sanitaria.

Una de las labores más complicadas de la vida es ser consciente del momento en el que se producen los cambios. Zabalita se preguntaba en el bar La Catedral cuándo se jodió el Perú. Identificar las señales que nos muestren el fin de la pandemia será complicado, ya sea por exceso o por defecto. Que se lo digan al señor Sánchez que presumió de vencer al virus el verano pasado y ahora calla ante el fin del segundo estado de alarma. A las dificultades propias de la pandemia le añadiremos que ahora, por motivos de corrección política, la ópera terminará con el canto del thin man… y así no hay quien se aclare.

Del mismo modo que a Rick y a Ilsa les quedó Casablanca, más que el París previo a la ocupación, a nosotros siempre nos quedará nuestra particular Lili Marleen y nuestra Farola. Nos tenemos que aferrar a ellas como esperanza para superar la pandemia. Esperemos no tardar mucho en lograrlo, no vaya a ser que no solo Los Faroles tenga que cerrar, sino que nos suceda con nuestra Lili Marleen como al caminante de la canción de Serrat, cuya Penélope no supo reconocerlo con sus ojillos llenitos de ayer.

No nos podemos permitir otros años 20 como germen de un nuevo populismo. Tenemos que ser capaces de apreciar el enorme desarrollo y progreso que hemos construido con ímprobo esfuerzo de todos aquellos que nos precedieron durante el último siglo… y poner todo nuestro empeño para no solo recuperarlo sino más bien incrementar nuestros niveles de bienestar en las próximas décadas.

Un comentario en “Lili Marleen

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