Capitanes a priori

De esta crisis vamos a salir más reforzados. Es el lema que se repite en numerosos videos compartidos a través de las redes sociales y lo recibimos como una inyección de optimismo. Yo, en cambio, me conformo con que primero salgamos y después, si eso, nos reforzamos. Creo que es a lo más que podemos aspirar, con más de doscientos mil fallecidos en el mundo por coronavirus y muchos trabajos y negocios en riesgo de desaparecer. Sin embargo, me temo que existe un disenso unánime respecto a un retorno al punto de partida. Si en vacaciones nos da por reflexionar y prometemos un cambio en nuestra vida con nuevos propósitos como apuntarnos al gimnasio, hacer dieta o aprender idiomas, ¿cómo no vamos a querer cambiar el mundo después de dos o tres meses confinados?

Todos los capitanes a priori aprovechan estos anhelos para proyectar sus creencias y convertirse en gurús de la recuperación. Tendríamos un punto de optimismo con la esperanza de que se neutralicen entre sí. Sin embargo, el resto de puntos apuntan al pesimismo: de las crisis ha salido históricamente victorioso el capitán que ha demostrado una mayor capacidad para sacar a los ciudadanos de la pobreza para llevarlos a las más profundas cotas de miseria. Aun así, todavía estamos a tiempo de dejar nuestras ideologías aparte y enfrentarnos a la realidad sin apriorismos para lograr un equilibrio exitoso entre sostener a los más desfavorecidos e impulsar a aquellos que han de multiplicar la recuperación.

Es lógico se esté planteando una renta mínima vital, una iniciativa que ha puesto de acuerdo a políticos de diferente signo que van desde Trump hasta Iglesias, pasando por Luis de Guindos. En la situación actual no nos podemos permitir que haya personas que no tengan ningún ingreso. Existe el riesgo real de un estallido social, como los asaltos a supermercados en el sur de Italia a finales de marzo. No obstante, hemos de tener claro de que se trata de una medida de último recurso, como ya sucede con las rentas de inclusión que vienen proporcionando desde hace años las autonomías. Vivir de un subsidio del estado no es algo que deba de ser estructural a largo plazo. No solo por los costes, sino también por la dignidad de las personas que están en condiciones de aportar a la sociedad. Puede generar dependencia y corrupción (sobre todo en países en los que la economía sumergida supone más del 20% del PIB). El objetivo de toda prestación asistencial debe ser su propia desaparición a largo plazo, por ser capaz de generar condiciones que hagan que no sean necesarias. Son un medio, no un fin. Por tanto, el objetivo principal de la acción política y económica no debe estar centrado en estas medidas que son necesarias en este momento, pero son pan para hoy y hambre para mañana.

En lugar de subsidios de dependencia, la mayoría de la población quiere mantener sus puestos de trabajo o los negocios que han conseguido sacar adelante con ímprobo esfuerzo. En ocasiones, bajo el sudor de varias generaciones. Muchas empresas y autónomos tienen ahora el único objetivo de sobrevivir al COVID-19. Su propia supervivencia sería, paradójicamente, su mejor acto de contribución y solidaridad a la sociedad, ya que dejarían de ser personas receptoras de subsidios y pasarían a aportar los impuestos con los que pagar los sueldos del personal sanitario, los profesores, los servicios sociales o la renta mínima vital. Tenemos que evitar que caigan nuestras empresas y autónomos, ya que reconstruir el tejido empresarial sería una ardua tarea, prolongada en el tiempo, que implicaría un coste social que no podemos asumir. Sin embargo, la CEOE denuncia que las ayudas a empresas y autónomos en España están siendo 6 veces inferiores respecto a Alemania y la mitad que en Francia o en Italia.

El elemento central es lograr la liquidez que permita llevar a cabo las políticas de sustento e impulso. España estaba a finales de 2019 en una deuda del 95,5% sobre el PIB. Si el PIB cayese un 10% este año, el porcentaje de endeudamiento de la economía ascendería al 106% (95,5/90). La recaudación de impuestos caería vertiginosamente por el parón de actividad. Un estudio estimaba hace un par de semanas una reducción del 19% de los ingresos fiscales (más de 3 puntos de PIB) respecto al año pasado con caída de la economía de solo un 5%. Un escenario que ya no lo contemplan ni los más optimistas. Frente a la caída de los ingresos, los gastos se incrementarían en dirección contraria por pago de ERTEs, prestaciones de desempleo y rentas de inclusión. Esta situación nos puede llevar a un déficit bastante superior al 10% y quedarnos con una deuda por encima del 120% del PIB. Si tenemos recuperación en V (algo que pocos analistas ya contemplan) y la economía crece en 2021 por encima del 5%, el porcentaje de deuda sobre PIB podría tener un decrecimiento importante. Pero, insisto, para que la economía se recupere con rapidez, necesitamos que las empresas sobrevivan, creen empleo y, de este modo, haya menos gente recibiendo subsidios.

El aspecto más positivo, a diferencia de 2009, es que no tenemos problemas estructurales. Tampoco necesitaremos de una reconstrucción ya que carreteras, edificios, puertos e industrias siguen en pie. No estamos en una guerra, a pesar de lo que nos venden en algunos discursos. Lo único que nos falta es la riqueza que estamos dejando de generar. ¿Y cómo conseguimos el dinero que nos falta? Los países por sí solos no pueden afrontar este reto. Por eso miramos al BCE y la Unión Europea. Ya tienen estructurados mecanismos como el MEDE y se han liberado facilidades de crédito por 500 mil millones de Euros, que posiblemente no serán suficientes. Estados Unidos ya ha movilizado 2 billones. Con la creación de la Moneda Única, los países europeos hemos perdido la autonomía en política monetaria, cuya competencia ha pasado al BCE. La emisión descontrolada de moneda tiene dos efectos: la inflación y la devaluación de la moneda. ¿Por qué? Porque la emisión de moneda sin un sistema productivo que lo sustente implica que estás vendiendo castillos en el aire, con consecuencias como la dramática devaluación del bolívar en Venezuela o del peso en Argentina. Pero en una situación como la actual, con un riesgo enorme de deflación y en una economía de la solidez de la europea, ¿podría ser una solución viable? ¿en qué medida? ¿cuál sería el límite? A fin de cuentas, la inflación también es un impuesto para los más pobres.

Y aquí es donde en Europa existe el dilema de cómo coordinar una acción de salida conjunta de la crisis. Todo va a depender de si la pandemia va a generar un shock asimétrico o no en las economías de los diferentes países. Es decir, si la crisis nos va a afectar con la misma intensidad y durante un periodo de tiempo similar. Un impacto homogéneo implicaría las mismas medidas para salir de la crisis pero, si es diferente, medidas beneficiosas para unos países pueden perjudicar a otros. A esto le añadimos la diferente situación de partida de los países europeos. Alemania cuenta con mayor margen para endeudarse al tener una deuda del 62% del PIB y Holanda tiene el 50% (ambas reduciendo casi 20 puntos su endeudamiento desde 2012). Sin embargo, Italia parte de casi el 140% y Francia y España cerca del 100% (creciendo los tres más de 10 puntos desde 2012). Desafortunadamente, las predicciones del FMI indican que la pandemia afectará de manera más severa a los países que dependen más del turismo y el entretenimiento. Francia, España e Italia son la primera, segunda y quinta potencia turísticas del mundo, el sector económico que la mayoría de los analistas consideran que va a ser de los últimos en recuperarse.

Aquí hemos de entender a los gobernantes de los países del norte de Europa: ¿Cómo pueden explicar a sus ciudadanos que los ahorros que ellos han conseguido (recibiendo, por tanto, menores prestaciones públicas) los han de emplear en rescatar a los países del sur que hemos seguido una senda divergente de gasto? Todo ello, con una dura crisis económica que también van a sufrir sus ciudadanos. ¿Qué es más pro europeo, ayudar a otros países ante una emergencia o ejercer políticas de largo plazo que te permitan tener una economía más saneada y estar más preparado ante posibles crisis? No obstante, la situación de los diferentes países europeos no será completamente distinta. La pandemia va a golpear a todos los países y la crisis de los países del sur también afectará profundamente a los países del norte. En una economía tan interdependiente como la que ha generado la globalización, la caída de sus principales clientes ralentizará la suya propia y generará también incentivos de colaboración. Me parece que la demanda de Audis y BMWs se va a reducir sensiblemente en los próximos años. Esperemos que esto abra caminos al acuerdo entre los países del norte y del sur, pero no estamos en condiciones de exigir y tendremos que asumir que los países del norte quieran establecer condiciones para asegurarse de que los préstamos se devuelvan.

Creo que a corto plazo no va a existir problemas para financiarnos. El verdadero problema lo tendremos en España dentro de 3 o 4 años si nos estancamos en un paro estructural superior al 15%, con un déficit anual en el entorno del 5%, una economía con un crecimiento en el entorno del 2% y, por tanto, con una deuda que siga incrementándose. En ese caso ¿nos van a seguir prestando dinero? ¿qué condiciones nos pondrían? ¿podremos seguir pagando las mismas pensiones a nuestros mayores, los mismos sueldos a nuestros profesores o podremos reconocer con mejores condiciones a los sanitarios que han luchado de forma tan denodada contra el virus? El reto que realmente tenemos encima es evitar un rescate a medio plazo.

Si somos capaces de visualizar este peligro, nos daremos cuenta de que quienes han sido capitanes a posteriori (porque no lo fueron cuando había avisos de una crisis sanitaria) no pueden convertirse ahora en capitanes a priori ante la crisis económica. No hay que engañar. Muchas personas se van a quedar atrás (para empezar más de 30 mil), pero tienen que ser las mínimas posibles y durante el menor tiempo posible. Como aquellas que serán despedidas para que las empresas puedan sobrevivir y vuelvan a contratar trabajadores lo antes posible. Personas a las que habrá que proteger.

Habrá que dialogar mucho, conocer cada uno de los sectores de la economía productiva española, monitorear de manera constante los impactos de las medidas que se implementen… Cada Euro que se utiliza es un recurso escaso que hay que devolver, ya que cualquier incremento de deuda implica una detracción de renta para nuestros hijos y nietos. España no se puede permitir que ningún recurso se pierda en la picaresca de la economía sumergida ni dejar de ser exigentes con los beneficiarios de los subsidios que se van a dar (a particulares o a empresas), ya que en ellos ponemos la esperanza para que ayuden a otros a salir de la crisis. Por tanto, no podemos fiar nuestra recuperación únicamente a prestaciones asistencialistas y a la confianza en un rescate europeo sin condiciones.

Recordemos que la sanidad o la educación pública no son un derecho universal. Quienes hemos vivido en África o en América bien lo sabemos. Los servicios públicos de que podemos gozar son aquellos que una sociedad es capaz de proporcionar a sus ciudadanos por medio de la riqueza que genera. En esta situación tan compleja, cualquier capitán a priori lo único que conseguirá es que nos vayamos a pique. Y no puede solicitar adhesiones para que todos nos ahoguemos juntos. Lo que necesitamos es un líder inclusivo, humilde y que se rodee de gente capaz en la situación tan complicada que nos va a tocar vivir, en la que es muy probable que vaya a tener que tomar medidas muy impopulares. Si llega ese momento, sí que sería necesario acordar unos pactos trasversales entre las diferentes fuerzas políticas.

El regreso al punto de partida (bendito 2019) sería beneficioso para todas las personas, desde los más privilegiados a los más desgraciados. Todos estábamos mucho mejor en el inicio de la crisis de lo que vamos a estar al final. Se puede alegar que existen muchos desequilibrios y aspectos para mejorar en nuestra sociedad. Es cierto. Pero la situación actual no es una foto inamovible, al estilo Parménides. Más que ante una foto, estamos ante un video. Un continuo cambio, como indicaba Heráclito. El hombre está en constante progreso y ha sido precisamente un parón lo que nos ha puesto en problemas. Muchos de los aspectos en los que se considera que tiene que basarse la salida de la crisis forman parte de la continua evolución que está realizando el ser humano en pleno siglo XXI. Una sociedad donde las tasas de pobreza se han reducido de manera espectacular; la libertad religiosa está reconocida cada vez en más países; la diversidad y el papel de la mujer es mejor que nunca (aunque todavía haya camino por recorrer); donde los países más desarrollados están consiguiendo reducir de manera drástica sus emisiones de CO2; y donde las nuevas tecnologías como Blockchain, IoT, impresoras 3D o el streaming ya son una realidad en nuestra sociedad y nos ha permitido sobrellevar mejor la pandemia. Pero este desarrollo no continuará si la mayoría del sector productivo termina en manos públicas por medio de nacionalizaciones masivas.

Por tanto, vamos a concentrarnos en sobrevivir a esta crisis e intentar retomar la senda positiva desde el punto en el que estábamos. Las transformaciones radicales hacia un mundo mejor las dejamos para otro momento. Solo saldremos de la crisis económica desde la libertad, que es la base para propiciar situaciones de igualdad. Volvamos a crear las condiciones que nos permitan repartir riqueza con los más necesitados en lugar de compartir miseria. Será muy duro, pero ¡resistiremos!

10 comentarios en “Capitanes a priori

    1. Muchas gracias Jaime! Aquí, con un sistema presidencialista, no hay tanta influencia de discusiones entre partidos. Aquí tenemos un capitán a priori que está cayendo con fuerza en la aprobación popular y una economía que va a sufrir muy duramente la crisis (empezando por el petroleo). Un abrazo

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