Calentamiento global, pobreza y multinacionales

Tras la finalización de la Cumbre del Clima de 2019, la noticia más destacada por los medios ha sido el discurso de una niña de 16 años, Greta Thunberg. Unas declaraciones que han creado más controversia que unidad. Me temo que se ha perdido una oportunidad muy importante para profundizar y comprender la situación medioambiental en la que nos encontramos. Deberíamos tener un conocimiento más profundo de la situación de nuestro planeta, así como soluciones prácticas que nos puedan ayudar a unirnos frente al reto ante el que nos encontramos. Yo he querido buscar más información, que está disponible para el que quiera consultarlas en las páginas web del Banco Mundial y del Global Carbon Atlas.

Es un hecho incuestionable que las emisiones de CO2 están creciendo de manera alarmante, del mismo modo que existen otros daños que estamos generando al planeta, como las islas de plástico que cada vez ensucian más nuestros océanos sin que nadie haga nada por limpiarlas. Es lo que sucede con las cosas que son de todos, que al final no son de nadie. Con independencia del efecto en el calentamiento global, a mí me enseñaron de pequeño que la casa tiene que estar ordenada, por lo que tanta suciedad y humo no puede ser bueno… empezando por la salud.

A la hora de ver los elementos que influyen en las emisiones de CO2, un primer elemento a analizar es la correlación entre el incremento de la población mundial y las emisiones. Esto podría dar la razón a Harari y que el homo sapiens se haya convertido en una plaga. Ante eso, podría haber algún iluminado al que se le ocurra que la solución consiste en exterminar a la mitad de la población. En tal caso, me propongo desde ya para quedarme en la otra mitad.

El siguiente elemento que llama la atención es la vinculación que existe con el crecimiento económico. Las emisiones de CO2 han crecido un 46% en el periodo 1990-2017 (de 24.690 millones de toneladas a 36.138) mientras que el PIB mundial ha crecido un 47% (50.035 billones USD a 73.690). Como estamos en época de Premios Nobel, la Academia Sueca está pensando otorgar un galardón Medioambiente ex aequo a Donald Trump, Xi Jinping y Boris Johnson por la crisis económica que nos están preparando a causa de la guerra comercial y el Brexit.

Al ver dicha correlación, lo primero que hice fue estudiar la evolución de las principales economías capitalistas en los últimos años, convencido de que estaban en una senda desenfrenada de incremento de la contaminación. Pero me llevé una sorpresa al comprobar que el nivel de emisiones de Estados Unidos en 2017 fue el mismo que tuvo en 1993 (y un 16% inferiores a las de 2007). Parece que el manido cliché del todoterreno en Nueva York no se sostiene. Rusia y Japón tienen las mismas emisiones que en 1994 y la Unión Europea tiene las mismas emisiones que en 1968!!! Por el contrario, encontré que el incremento de emisiones proviene de los denominados países con ingreso mediano y bajo. De ese grupo de países destaca China, que prácticamente ha triplicado sus emisiones en este siglo hasta convertirse el país más contaminante, e India, cuyo crecimiento en emisiones ha sido de casi un 150%. Las emisiones de América Latina y El Caribe, por ejemplo, han crecido un 50%.

Puede haber gente que llegue a la conclusión de que los países desarrollados han sido tan perversos que han enviado la basura fuera de sus fronteras. Una medida no muy inteligente en un planeta que no entiende de continentes o de países. Pero luego aparece otro elemento no menos interesante: la reducción de la pobreza. En el periodo de 1990 a 2015, el número de habitantes que viven en extrema pobreza ha pasado de 1.895 millones (36% del total) a 736 millones (10%). Como ejemplo, China. Del gran paso hacia atrás de Mao, que les dejó 1000 millones de personas en extrema pobreza, a “tan solo” 47 millones (de 21 veces la población de España a una) y bajando. O en el caso más dramático, que sigue siendo África, se ha pasado de un 54% a un 41%.

Esto quiere decir, que estamos en un proceso de reducción de la pobreza que nos ha llevado a superar lo planeado años atrás en los Objetivos del Milenio. Esta mejora de los indicadores se ha producido en un entorno de globalización en la que cada vez ha habido un mayor incremento del intercambio comercial entre los países, contrariamente a lo que mucha gente cree. Pero este crecimiento está teniendo un coste medioambiental, por lo que nos podemos plantear cuáles son las medidas que podemos tomar para que esta situación no derive en una lucha entre pobres sucios y malolientes (menos contaminantes pero en proceso de descontrol) y ricos limpios y perfumados (más contaminantes pero en proceso de control). O en peleas entre pobres, ya que podemos ver cómo medidas que pueden influir positivamente en el descenso de emisiones, como la subida del precio de los combustibles en Ecuador quitando subsidios a la gasolina, están generando importantes tensiones sociales contra el gobierno de Lenin Moreno.

Parece que hay tres alternativas. Las dos primeras serían:

  • No hacer nada: Dejar que el mundo continúe su marcha y ver si la situación se arregla sola
  • Echarle la culpa al capitalismo, al heteropatriarcado o a cualquiera que parezca rico y cambiar radicalmente de sistema económico, renunciar al progreso y asumir que hemos llegado a nuestro límite.

Realmente ninguna de las dos opciones parecen factibles. La primera por negar la evidencia y la segunda porque sería entrar en una involución y devolver a ampliar capas de la sociedad a la pobreza y a las guerras. Entonces intentaremos ver la tercera vía (tan de moda en el mundo en el que vivimos). Las economías más desarrolladas han logrado implementar una serie de tecnologías y controles que han permitido un crecimiento económico sostenido al tiempo que han sido capaces de controlar las emisiones.

 Los cambios tecnológicos implican a amplios sectores, no solo a la generación de energía con fuentes limpias y renovables, como la solar y la eólica, que sustituyen los combustibles fósiles. Los códigos de edificación hacen hincapié en una construcción en la que se prima la eficiencia energética; se han construido redes de transporte público que permiten la sustitución de vehículos privados o altamente contaminantes; se están invirtiendo ingentes cantidades de dinero para el desarrollo del coche eléctrico; estamos incrementando el uso del gas natural en el transporte o en la industria; se está invirtiendo en el tratamiento de residuos sólidos urbanos de manera que se aproveche el metano para generar energía y controlar la contaminación; existen cada vez más campañas y medios para el reciclaje (incluyendo inspectores de cómo se separa la basura en países como Suecia); las nuevas tecnologías como el Internet de las Cosas permite ser más eficiente. Ojalá dentro de poco haya una impresora 3D para jamón ibérico y no tengamos que criar tanto cerdo… El objetivo es universalizar las nuevas tecnologías en los procesos más contaminantes que existen en el planeta de forma que reduzcamos emisiones.

En muchas ocasiones se culpabiliza a los países desarrollados de los niveles de contaminación de los países en vías de desarrollo, pero existen elementos para reflexionar. La culpa de que Repsol en Perú haya terminado el proceso de desulfuración de sus refinerías con bastante antelación a Petroperú, no es responsabilidad de potencias extranjeras. Como tampoco lo es el retraso en la construcción de la Línea 2 de Metro en Lima por una deficiente gestión pública o que los planes de las líneas 3 y 4 estén en el cajón (con el retraso en infraestructuras que mejorarían sustancialmente la calidad de vida de sus habitantes, además de reducir emisiones). O que en México López Obrador anuncie, con argumentos populistas, que quiere que la empresa eléctrica pública CFE aumente su presencia en el mix de generación del 48 al 54% cuando su coste promedio es 7 veces superior al de la última subasta ofertado por las empresas privadas (además de ser mucho menos contaminantes), con lo que se puede paralizar la inversión en renovables y se ha llegado a plantear volver a usar carbón para generación de electricidad.

Aquí aparece otro fenómeno que está denostado en muchos ambientes. La participación de grandes empresas multinacionales en su labor de llevar tecnologías más eficientes que transformen la calidad de vida de los países y que han implementado con éxito en diferentes países. Empresas que además tienen cada vez una conciencia más fuerte en Responsabilidad Social Corporativa y que están certificadas por normas de calidad internacionales, como la ISO 14001, que les obliga a tener KPIs en los que monitorear sus consumos de agua y energía o su huella de carbón.

Un aspecto no menor a la hora de valorar en su justa medida la importancia de estas empresas es que realizan apuestas a largo plazo por los países en los que están (en muchas ocasiones inversiones a 20 ó 30 años), mientras que los partidos políticos en el gobierno tienen un horizonte mucho más corto cuando llegan en al poder. Además, el éxito del retorno del dinero que se están jugando tiene una correlación directa con dos aspectos: la estabilidad y la mejora en las condiciones de vida de sus ciudadanos. Cuanto mayor sea su ingreso, mayor será el retorno de su inversión (ej: autopistas de peaje, metros, concesiones eléctricas o de gas…)

El desgobierno del mundo está protagonizado por muchos gobiernos, pero no existe una unidad a la hora de determinar un problema que nos está afectando a todos y que es global. La única solución surge del reconocimiento del problema y proveer soluciones que reduzcan el daño que estamos causando al planeta al mismo tiempo que se acelera la senda de reducción de pobreza. Y una vez reconocido el problema, aportar soluciones globales en las que tenemos que aprovechar la tecnología que la humanidad ha sido capaz de desarrollar en una época de transformación sin precedentes y dando protagonismo a las empresas que tienen la capacidad de implementarla.

Eso no se consigue sin establecer mecanismos de monitoreo, cesiones de soberanía, programas de financiación y de colaboración económica con instituciones multilaterales eficientes (el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo tuvo un gran papel en inversiones que redujeron las emisiones en la antigua Europa del Este) y exigencia con los países o gobiernos que no cumplan los acuerdos a los que se comprometan. Y todo esto únicamente tendrá éxito si los beneficios en reducción de emisiones o los gastos de contaminación llegan a afectar a los bolsillos de todas las personas y empresas bajo el principio de “el que contamina paga” (y “el que reduce contaminación cobra”).

Para finalizar, con ese desarrollo sostenible podremos hacer también feliz a Harari, ya que el bienestar ha demostrado estar correlacionado directamente con la voluntad de autorrealización de las personas… y el descenso de la natalidad.

11 comentarios en “Calentamiento global, pobreza y multinacionales

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