Envidia

La envidia se produce por una conjunción de falta de autoestima con exaltación de las virtudes ajenas. Para el envidioso, la esposa ajena es más comprensiva que la propia, los compañeros de clase de sus hijos son más aplicados que los suyos y el coche del vecino está más equipado que el que acaba de adquirir. Este fenómeno se ve potenciado en época de pandemia. Así los envidiosos patrios anhelan la industria y el desarrollo de Alemania y los alemanes añoran disfrutar del sol de España.

Mientras los españoles exaltamos el orden ajeno despreciamos las virtudes propias. El turismo, que ahora es denostado por el Director General de Consumo (ascendido a la categoría de Ministro) como sector de bajo valor añadido, parecía un buen negocio hace menos de un año. Y lo era. Si nos fijamos en las estadísticas mundiales, en 2015 el número de turistas a nivel mundial era de 1.196 millones y en 2019 subió hasta 1.461 millones, lo que supone un incremento de más de un 22% en apenas 4 años. Cada vez hay (o había) más personas con la voluntad de conocer sitios diferentes de nuestro planeta, derivado de un mayor bienestar económico global.

En el reparto de turistas, España ganó la medalla de plata únicamente detrás de Francia, recibiendo en 2019 casi 83 millones de visitantes. En 2010 España ocupaba el cuarto lugar del ranking (detrás de Francia, China y Estados Unidos) con 53 millones de visitantes. En 9 años se ha producido un espectacular incremento de casi el 60%, con otro elemento añadido: España ocupa el segundo lugar en cuanto a ingresos por turismo, con casi 67.500 millones de Euros, únicamente por detrás de Estados Unidos. Todo ello nos ha convertido, según el World Economic Forum, el país más competitivo el mundo en términos turísticos. Creo que deberíamos sentirnos orgullosos de todos los puestos de trabajo que el turismo ha creado, así como los ingresos fiscales que ha generado después de la crisis de 2008 y que volverán cuando superemos el coronavirus. Si todos los sectores de la economía española hubiesen evolucionado igual en la última década, ahora seríamos superpotencia mundial. Crear un círculo virtuoso de semejante envergadura solo se alcanza mediante un exitoso trabajo en equipo que implica la conjunción de múltiples esfuerzos. España tiene la suerte de contar con unos lugares irrepetibles y unas condiciones excepcionales: sol y playa, museos, gastronomía, naturaleza, arquitectura… pero esto es algo que también tiene Italia y cada vez logramos tener más visitantes que ellos. Una buena materia prima es condición necesaria para un buen guiso, pero no suficiente. También se precisa de buenos cocineros.

Pongamos un ejemplo. Un vecino (imaginemos que se llama Paco) de Granada cuenta con el entorno idílico de La Alhambra, el Albaicín o la Catedral, lo que asegura a la ciudad un elevado número de visitas al año. Paco, que se ha preparado para gestionar restaurantes, puede emplear sus ahorros o conseguir financiación para abrir un establecimiento en el que ofrecer sus elaboraciones a las personas que visitan su ciudad. Así, siempre es atractivo para un turista degustar las habas con jamón, el remojón granadino o el plato alpujarreño. Paco va a realizar una apuesta. No hay ningún ministerio que indique el lugar en el que tiene que abrir ni el menú a ofrecer ni asegura un mínimo de ingresos. Si acierta con la calidad de su carta y con el precio, su restaurante se llenará y podrá contratar a más personas. De ese modo ganará dinero. Si se equivoca, tendrá que despedir a sus trabajadores y perderá sus ahorros o no podrá hacer frente a la financiación que solicitó, lo que incluso le puede ocasionar la pérdida de el inmueble que él o su familia han puesto como garantía. Imagino que ésta es la peor pesadilla de todos los Pacos que se embarcaron en un nuevo negocio antes de empezar la pandemia.

Las apuestas pueden ser de diferente alcance. Se puede ofertar comida típica a precio asequible, en un restaurante más pequeño con un alquiler barato, o se puede elaborar comidas más refinadas, en un lugar céntrico, con un precio más elevado, que persiga a un cliente de mayor poder adquisitivo y que esté dispuesto a pagar un precio superior. Este proceso de mayor elaboración, que a su vez implica una inversión y un riesgo mayores, puede conllevar un efecto de retroalimentación al turismo. Realizar una ruta por los bares de tapas del centro histórico o tener una experiencia gastronómica en alguno de los 10 restaurantes más reconocidos en Tripadvisor puede convertirse en un foco adicional de atracción de turismo. De este modo, el elemento que me puede hacer volver de visita a Granada ya no es la Capilla de los Reyes Católicos, sino almorzar o cenar en un restaurante con estrella Michelín. Y esto es lo que hace que Granada haya llegado a 5 millones de visitantes en 2019.

Las personas que realizaron una inversión exitosa, pueden mantener su establecimiento (con el riesgo de que termine pasando de moda) o seguir innovando y subir su apuesta. De este modo, se abre la opción de ampliaciones en el local para incrementar el número de mesas en las que atender a sus comensales; puede abrir nuevas sedes; crear franquicias con su marca; o generar cadenas de catering con las que atender eventos o comidas a domicilio. Nuevamente, esas apuestas implicarán un riesgo (en forma de costes más elevados) que se verá compensado (o no) con mayores ganancias. Las sociedades desarrolladas se construyen así, desde abajo hacia arriba. Mediante la iniciativa, el sacrificio y el riesgo. El éxito generará nuevos puestos de trabajo y conllevará el pago de impuestos más elevados. El fracaso supone regresar al punto de partida.

El límite no está topado. No hay más que pensar que Amazon nació hace 25 años vendiendo únicamente libros. Lo que acabamos de ver en el sector de la gastronomía se puede aplicar a otros en el sector turístico, como los hoteles. De nuevo, una vecina de Granada (la llamaremos Ana) puede optar por invertir en un pequeño hotel que sirva de alojamiento a turistas, ya sea en un lugar sencillo pero céntrico o mejor equipado pero más lejos de ellos. Pero Ana también puede realizar una inversión mayor para ofrecer habitaciones más amplias y confortables, gimnasios equipados, piscinas o parques acuáticos, restaurantes variados, actividades recreativas y de ocio, centros de spa, talleres para los más pequeños… De este modo, el hotel en sí puede convertirse en un centro de interés de turístico o un incentivo para que los visitantes se queden más tiempo en una determinada localidad, disfrutando de una oferta completa que combine la cultura, la playa o la actividad rural con días adicionales de descanso en el complejo hotelero. La experiencia exitosa en un lugar determinado, también se puede replicar en otros lugares. En este campo, las empresas españolas han sido pioneras en la internacionalización, con grandes grupos hoteleros como Meliá, NH, Barceló, Riu o Iberostar.

Alrededor del turismo, surgen multitud de oportunidades de negocio: deportes de aventura; guías turísticos que convierten una visita a los monumentos en una experiencia amena e interesante; emprendedores de la economía digital que creen apps en las que los visitantes a los museos puedan conocer con más detalle los secretos que encierran; organizar festivales culturales (cine, teatro…) que den singularidad a una localidad (como la Seminci en Valladolid o el Festival de San Sebastián); recorridos de compras por grandes almacenes como El Corte Inglés… Y todas estas iniciativas se van complementando y retroalimentando. De este modo, para disfrutar en plenitud Granada no va a ser suficiente con un par de días, sino que precisarás de al menos de una semana (o incluso más, si quieres disfrutar de los encantos que ofrece la provincia, ya sea en su costa o en Sierra Nevada).

Otro ejemplo claro de la creatividad española lo podemos ver en el nuevo Santiago Bernabéu. Ya no solo vas a disfrutar de un espectáculo deportivo de primer nivel (aunque este año parece que va a ser más complicado) sino que también se conjugará con una obra arquitectónica de primer nivel, el cuarto museo más visitado de Madrid, un recorrido de compras de las principales marcas o una cena en el restaurante de Martín Berasategui. Una vez más, puedes pasar de una experiencia de 2 horas a otra de un día completo.

Por tanto, España no tiene un problema con el turismo. Tiene un sector con el que dar envidia a los países vecinos y tiene el valor añadido de que toda esa creatividad no solo está a disposición de las personas que nos visitan, sino que también hacen de España uno de los países con mayor calidad de vida para sus habitantes. Gracias a todos los turistas que tenemos, el español tiene una variedad de oferta a la que no podría aspirar solo con sus nacionales.

El riesgo que se nos presenta con el coronavirus es que todo el trabajo y el emprendimiento que numerosas personas han realizado para generar esta oferta tan atrayente se pierda. Tenemos un riesgo elevado de salir de ese círculo virtuoso para entrar en otro vicioso. Si perdemos restaurantes, hoteles, empresas de transporte, locales de ocio… no solo tendremos menos turistas o se quedarán menos tiempo, sino que además tendremos menos puestos de trabajo y menos ingresos vía impuestos. Es por ello que es tan importante que se apoye no solo a los trabajadores en estas empresas vía ERTEs, sino también a los propietarios de los negocios. Si se destruye una parte importante de ese tejido productivo ¿a qué se van a dedicar sus trabajadores? En Alemania, por ejemplo, están dando un apoyo del 75% de lo facturado en 2019 a sus bares y restaurantes (¡qué envidia!).

Una vez que hemos visto que podemos sentirnos orgullosos de nuestro sector turístico, siempre saldrán envidiosos que afirmen que no estamos a la altura del resto de los países europeos en el resto de sectores económicos. Pero entonces también nos damos cuenta de que el 25% de las obras más importantes de infraestructura en el mundo están desarrolladas por las empresas constructoras españolas (como ACS, Ferrovial, Acciona, FCC…); contamos con dos de los bancos más importantes a nivel mundial (Santander y BBVA); somos líderes en desarrollo de energías renovables (Acciona, Iberdrola, Gamesa); tenemos la principal empresa mundial de textiles (Inditex); empresas energéticas de primer nivel (Repsol, Naturgy, Enagas); o tres escuelas de negocio entre las más reconocidas (IESE, IE, ESADE).

Todos estos elementos de orgullo no son óbice para reconocer que seguimos teniendo una de las tasas de desempleo más elevadas de la OCDE. Entonces los envidiosos dirán que es por nuestra falta de talento. Que nos gustaría formar parte de un país innovador, capaz de inventar la calculadora, la epidural, el submarino, el helicóptero, el libro electrónico, el traje espacial o los aparatos de rayos X portátiles… hasta que nos damos cuenta de que fueron españoles los que trajeron estas innovaciones al mundo. El problema quizá lo tenemos en ser capaces de traducir nuestra creatividad en patentes, las patentes en proyectos comercializables y todo ello a través de empresas que generen puestos de trabajos de calidad para nuestros profesionales. O quizá esté pendiente aportar más recursos para una investigación en la que exista una colaboración mucho más cercana entre las empresas y las universidades, aunque surgirán voces acusando de que se quiere privatizar la universidad.

Por tanto, en España tenemos una gran creatividad y somos capaces de traducir en negocios pequeños nuestro talento. También somos líderes mundiales cuando somos capaces de generar grandes compañías que pueden competir con las principales multinacionales. Entonces, el problema está en que el número de grandes empresas que tenemos es muy inferior a las que existen en el resto de Europa. Por ejemplo, el porcentaje de grandes empresas alemanas es cuatro veces superior a las españolas (¡qué envidia!). Es por ello que hemos sufrido mucho más que los países vecinos y la tasa de paro se dispara en los momentos de recesión. Solo podremos igualarnos a los países que envidiamos mediante el crecimiento de las pequeñas empresas en medianas, las medianas en grandes y las grandes en más grandes… o atrayendo la inversión de grandes empresas extranjeras para que se instalen en España. Tenemos la experiencia exitosa de la industria del automóvil, que ha crecido hasta convertirse en nuestra principal fuente de exportaciones. Además, estas grandes corporaciones generan otro círculo virtuoso, creando nuevas PyMes alrededor suyo para proveer bienes y servicios.

Las grandes empresas son las que pagan salarios más elevados, realizan políticas de inclusión de discapacitados, reducen brechas de género, tienen planes para potenciar la diversidad, implantan políticas ambientalmente sostenibles, códigos éticos, sistemas de control de calidad o programas de Responsabilidad Social Corporativa. En una empresa de apenas tres trabajadores, la única manera de conseguir el objetivo de igualdad de género sería implantando la política queer, de manera que cada uno se pueda sentir del género que considere y así cumplir con los objetivos que se planteen. Sin embargo, los grandes empresarios de nuestro país como Amancio Ortega, Ana Botín o Juan Roig sufren en muchas ocasiones el rechazo y la criminalización por parte de mediocres envidiosos que no han generado riqueza en su vida, en lugar de ser vistos con admiración y orgullo. Así llegamos a la paradójica situación en la que se quiere establecer mucha regulación para la gestión de las grandes empresas pero poca regulación para que haya grandes empresas en España.

Mientras el sector privado se construye generando riqueza desde abajo hacia arriba, el Estado se construye desde arriba hacia abajo gastando los ingresos que el sector privado genera mediante una serie de criterios que establecen políticos que son elegidos democráticamente por los ciudadanos. Esto no implica necesariamente que sean funciones contradictorias, sino que también pueden generar círculos virtuosos que se retroalimentan. Volviendo al ejemplo de Granada, puede llegar a 5 millones de visitantes al año gracias a contar con un sistema de comunicaciones que facilita su acceso (AVE, aeropuertos, carreteras…); una seguridad ciudadana garantizada por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad; una sanidad (pública o mediante conciertos con empresas privadas) donde poder atenderse en caso de enfermedad o siniestro; un sistema de abastecimiento de agua potable para casas y hoteles; un servicio de recogida de basuras; una información turística que permita conocer toda la oferta que la ciudad ofrece… o tantos otros servicios. Y para gestionar todas estas actividades, necesitamos también pagar a unos políticos preparados que sean capaces de hacer crecer esas sinergias entre lo público y lo privado o generar nuevas (como potenciar el Puerto de Motril para convertirlo en puerta de entrada para el turismo de cruceros en Granada).

Hay muchas otras actividades que también están asignadas a las Administraciones Públicas como educación, pensiones, prestaciones de desempleo… Su función es garantizar la inclusión social, de forma que se genere un nuevo círculo virtuoso. Por ejemplo, garantizar un acceso a educación de calidad donde se premie el mérito y el esfuerzo (al contrario de lo que propone la infame Ley Celaá) de personas brillantes con independencia de su condición socioeconómica no solo supone una acción de justicia social sino que es también un acto de egoísmo, ya que les permitirá en el futuro que estén en mejores condiciones de aportar riqueza a la sociedad a través de nuevos emprendimientos. También el Gobierno tiene en sus manos otras labores sociales, como atender a nuestros mayores o facilitar a todos aquellos padres que son campeones en la nieve el acceso a centros de educación especial en los que ayudar al desarrollo e integración de sus hijos (al menos hasta que la infame Ley Celaá acabe con ellos), ayudar a mujeres maltratadas, etc. Pero hemos de tener en cuenta que toda actuación de los poderes públicos se realiza mediante recursos limitados y generados por otros, por lo que los políticos han de ser muy respetuosos con los ciudadanos ampliando sus ámbitos de libertad y evitando imposiciones ideológicas (como podría suceder nuevamente con la infame Ley Celaá prohibiendo la elección de Centro o poniendo obstáculos a la educación concertada). Si pagamos la comida con nuestros impuestos, que al menos nos dejen elegir parte del menú.

Ahora se están elaborando los Presupuestos en España para 2021. Los Presupuestos han de encontrar el equilibrio entre los ingresos y los gastos. Los ingresos ya hemos visto que dependen de la riqueza que sea capaz de generar el país. La crisis del coronavirus ha puesto en peligro la supervivencia del sueño de muchas personas que han invertido mucho tiempo y dinero en dar servicios a la sociedad, lo que les puede convertir en receptores de subsidios y pueden excluirles de su futura capacidad de generar riqueza. Los gastos sirven para repartir la riqueza que se ha generado previamente y en la situación actual hay muchos más demandantes de auxilio. La capacidad de gasto proviene de detraer recursos de aquellas personas que previamente han generado riqueza (cada vez más escasa), ayudas externas como fondos europeos (con una cantidad también limitada) o un endeudamiento a futuro (lo que también implica consumir recursos de nuestros hijos o nietos).

Es muy importante que tengamos en cuenta los conceptos de crisis y escasez de cara a estos Presupuestos. Y que no engañemos a la gente indicando que vamos a salir más fuerte de una crisis tan devastadora como ésta. Se puede generar una envidia insana y un cabreo lógico por parte de personas que se están quedando en la ruina sin soporte de los poderes públicos, que ven cómo se incrementan los sueldos de los funcionarios públicos o todas las pensiones; o se mantiene una gobierno elefantiásico de 23 ministerios y un 60% más de asesores y altos cargos; o que ven cómo se incrementa un 70% los gastos del Ministerio de Igualdad para dar cabida a informes de apesebrados propios que buscan igualar en la miseria en lugar de ayudar a los que pueden volver a generar riqueza. No hay nada mas espurio y rastrero que aprovecharse de las tragedias ajenas para interés propio… aunque ya tengan amplia experiencia en ello.

Yo siempre he creído más en los que trabajan desde abajo que en capitanes a priori que no han aportado riqueza en su vida. De hecho, el planteamiento de los fondos europeos tiene esa filosofía: financiar proyectos del sector privado que ayuden a un desarrollo en la transformación digital o en iniciativas ambientalmente sostenibles, que son prioridades europeas que impulsan todos los sectores privados. En ambos sectores, España tiene un amplio camino recorrido y un enorme potencial. Espero que se empleen en iniciativas transformadoras y no en subsidios a corto plazo. Aun así, estas iniciativas no han de eclipsar el necesario apoyo que precisan tantos otros sectores productivos españoles, de creatividad elevada e ingente valor añadido para nuestra sociedad, si queremos seguir viviendo en una sociedad de alto bienestar que tanto esfuerzo nos ha costado construir.

Porque creer en un país es creer en sus ciudadanos. No tener envidia de ellos y pretender cambiarles impulsando populismos cuya finalidad es moldear súbditos de acuerdo a su ideología.

Importan

Charles trabajaba como profesor de agricultura en el Instituto de Formación Profesional que los Hermanos Maristas tienen en la isla de Mfangano (Kenia). Durante el verano de 2001 tuvimos la oportunidad de compartir mucho tiempo juntos mientras participaba en un campo de trabajo. Los alumnos tenían clases teóricas por la mañana en kiswahili e inglés (los dos idiomas oficiales de Kenia), aunque el idioma natal de la mayoría era el lúo (dholuo). Un obstáculo más a superar en su formación. Los lúos forman una tribu nilótica que se ubica en la orilla ugandesa, tanzana y keniana del lago Victoria. A partir de las 11 de la mañana empezaban las clases de cada especialidad.

Repasando el abecedario debajo de un árbol

Hicimos una excursión con Charles para conocer Mfangano y de paso comprobé cómo una hora africana se puede convertir en más de cinco europeas. Rodeamos la isla y no fracasamos en el intento gracias a que una familiar de Charles apareció en el otro extremo con un té providencial que me salvó de una más que probable deshidratación. A pesar de las penalidades, las cinco horas europeas y una africana se nos hicieron cortas conversando acerca de los retos que tenían que afrontar sus alumnos, de las escasas opciones de trabajo que tenían, del 90% de población que tenía malaria (que él también sufría) y una presencia del SIDA que afectaba a más del 20% de la región (a pesar de las ONGs que se pasaban un par de veces al año por la isla para repartir condones). Me comentaba que era imprescindible ser muy exigentes con sus alumnos ya que el riesgo de no tener éxito en su desarrollo profesional era elevado. Las oportunidades eran escasas, sobre todo en una agricultura que, en muchas ocasiones, era más bien un medio de subsistencia poco tecnificado que un negocio.

Con Charles (a la izquierda) cuando todavía teníamos agua (dos horas europeas después de la salida, 20 minutos africanos)

Maurice trabajaba como profesor de construcción. Entre sus responsabilidades estaba coordinar la edificación de la nueva escuela de enseñanza primaria en la isla gracias a la financiación de la ONGD SED. Era el colegio en el que iban a asistir a clase sus hijos, con los que jugábamos todas las tardes después de comer. Tener un techo bajo el que recibir la enseñanza les iba a permitir tener sus clases sin interrupción en la época de lluvias ni recibir sus clases sentados en el suelo o de pie a la sombra de un árbol. Un gran avance en su formación. El siguiente proyecto consistía en mejorar el acceso al agua potable y concienciar de la necesidad de hervir un agua lleno de parásitos que hacía que casi todos los niños mostrasen una amplia barriga, lo que les causaba no pocas diarreas e infecciones. Un grave riesgo cuando el médico más cercano estaba a cinco horas de distancia.

Terminando la construcción de las nuevas aulas. Las medidas de Seguridad y Salud son mucho más precarias.

Maurice vivía en una pequeña casa para profesores que estaba en el recinto del Instituto, junto con su mujer y sus cuatro niños. Uno de los momentos más agradables de ese verano fue la noche en la que me invitaron a cenar a su casa. Ofrecieron sus mejores galas y a Maurice no se le quitó la sonrisa de la boca en toda la cena por poder compartir la cena conmigo. Sus hijos se entretuvieron acariciando mi pelo lacio europeo como si fuese una mascota, mientras yo me metía en el papel con los correspondientes maullidos y ladridos.

Cenando en Maurice’s con su familia

Benjamin era responsable del ciclo de electricidad. Muchas noches conversábamos después de cenar. Un día me empezó a hablar de su familia. Su esposa había fallecido y él tenía que vivir alejado de sus hijas, quienes vivían fuera de la isla en casa de un familiar cercano. Me habló de las apreturas económicas que tenía, de los apuros que tenía para pagar la renta de su casa o para pagar la colegiatura de sus hijas. Quería para ellas un futuro mejor del que él había podido tener y soñaba con que pudiesen ser profesionales y tener un futuro en Nairobi, Mombassa o en alguna otra de las ciudades principales de Kenia. Se sentía muy orgulloso de las altas calificaciones que tenían sus hijas, su única opción para obtener una beca que les permitiese cursar estudios superiores.

Después de un rato escuchando a Benjamin, lo interrumpí. Le pregunté si existía alguna manera en la que pudiese colaborar con él. Me parecían injustas las dificultades que él estaba viviendo y yo me sentía su amigo, por lo que le quería ayudar. Su reacción fue de total indignación. Él pensaba que estaba conversando con un amigo, a quien se le pueden contar los problemas, y por eso no quería mi ayuda. Si me estaba compartiendo sus preocupaciones no era para que yo se los solucionase. Él se sentía un privilegiado al contar con una profesión, no como los estudiantes que él tenía a su cargo, muchos de ellos viviendo una situación más complicada que la suya. Él sabría cómo salir de los apuros que le agobiaban y sería capaz de darle un futuro a sus hijas. La igualdad que proporciona la amistad yo la había roto con mi ofrecimiento.

Benjamin con sus tres hijas y una familiar en la inauguración de la escuela. Al fondo las casas de los profesores.

Michael era el administrador del Instituto. La mano derecha de los Hermanos Hans y Marino. El día siguiente a mi charla con Benjamin tuvimos la suerte de que una pareja de alemanes de avanzada edad, abuelos de una familia de tres generaciones en un colegio marista que colaboraba con el Instituto estuviesen por la isla haciendo turismo. Después de visitar al Hermano Hans, éste les ofreció la posibilidad de llevarles con la lancha del Instituto (Tina Celline) a un lugar cercano en el que se había construido una playa para turistas. La playa tenía restricciones para el baño a personas que no estuviesen de visita. Michael y Benjamin me animaron a que me bañase con ellos, ya que yo daba el pego de visitante como buen mzungu. Decliné su propuesta y preferí compartir el tiempo tomando una coca cola con ellos mientras esperábamos en la lancha charlando y contando chistes (el humor negro siempre ha sido mi preferido). Al fin y al cabo ellos ya eran mis amigos y a los alemanes los acababa de conocer. En ese momento, sentí que volvíamos a la normalidad con Benjamin.

Con Michael y Benjamin en el cierre de curso

Mary trabajaba como profesora de corte y confección. Hasta el año anterior, los ciclos formativos estaban destinados únicamente para hombres y recién se abría una línea para mujeres. La historia de Mary no había sido sencilla. Era una mujer intrépida y de fuerte carácter. Nunca se conformó con vivir del trabajo de su marido, quien no aceptaba su carácter independiente. Mary sufrió frecuentes maltratos, de los que le quedaron cicatrices en el cuerpo. Cuando sus dos hijos ya habían crecido decidió abandonarlo, lo que supuso el completo rechazo por parte de su familia. El concepto de familia es mucho más amplio en África que en Europa y ese abandono le implicaba estar sola en el mundo.

El Instituto se había convertido en su familia, donde cuidaba a sus tres primeras alumnas como una gallina a sus polluelos. Insistía mucho en el valor de las mujeres en un mundo en el que todavía muchas mujeres terminaban padeciendo la humillación de una poligamia que les degradaba en la lucha por la atención de sus maridos. Les inculcaba su necesidad de ser autónomas y cuidaba de que no hiciesen tonterías con el resto de alumnos. Muchos cántaros de leche se derramaban por un mal polvo en la adolescencia (o por uno bueno, que sin protección tienen el mismo efecto secundario). Los cuentos de los lecheros no se veían tan afectados en muchas ocasiones.

Con Mary en la fiesta de final de curso

M’butta era uno de los alumnos del curso de construcción. Muchos días trabajamos juntos en la construcción de la escuela. Con el fin de curso terminaba su formación. Su proyecto era obtener un microcrédito o buscar apoyo de su familia para establecer su pequeño negocio de construcción junto con su amigo Abdul y un primo un par de años mayor que ya había desarrollado algunos trabajos por la zona. Era un chaval muy agradable… hasta que jugábamos los partidos de fútbol vespertinos. Antes de anochecer nos juntábamos más de treinta en un campo improvisado en el que no había portero y había que marcar goles en una portería diminuta. En esos momentos se convertía en un chupón. En mi juventud (divino tesoro) no era una persona que me caracterizase precisamente por ser habilidoso con el balón en los pies, pero paliaba mis evidentes carencias técnicas con un elevado espíritu competitivo. Así que aproveché mi condición de minoría racial y hablante de un idioma por ellos desconocido (ya tenían suficiente con ser trilingües) para rebautizarle como J´putta cada vez que no pasaba la pelota. Por fortuna, la rivalidad solo duraba hasta que se terminaba la pachanga y nos íbamos a bañar en el lago; ellos en pelotas y yo en bañador. No es que me avergonzase de mi arma, pero es que no había nada que hacer en cuestión de calibres… y creo haber mencionado antes que yo era muy competitivo.

Con M’butta, Abdul y otros trípodes del equipo

Despreciar a una persona por su color de piel no es cuestión de ideologías: es simplemente estupidez. Cualquier abuso racial es totalmente condenable. Sucede lo mismo cada vez que se producen exclusiones de personas por su orientación sexual, por su género, por ser ancianos o por tener una capacidad especial. Una sociedad inclusiva, por el contrario, es aquélla que es capaz de aprovechar el verdadero potencial de cada una de las personas que forman parte de ella. El resultado no implica una pérdida de libertades para los que están en una mejor situación sino que, por el contrario, proporciona un espacio de libertades cada vez más amplio del que todos nos beneficiamos. La humanidad nos lo ha demostrado en las últimas décadas, en las que los niveles de riqueza global y de reducción de la pobreza (particularmente en el Tercer Mundo) han evolucionado de manera espectacular… aunque quede mucho trabajo por realizar. Todo ello en un contexto de estabilidad y ausencia de conflictos. Confiemos en que la pandemia del coronavirus no suponga un importante retroceso en la lucha que llevamos contra el hambre en el mundo.

Con Moises (hijo de Maurice) en el centro y dos amiguitos

Cada una de las vidas negras importan, pero considerar que todos los negros son iguales es entrar en el mismo reduccionismo de pensar que los blancos también lo somos (y anda que no nos hemos matado entre nosotros a lo largo de la historia). O que los homosexuales piensan todos de la misma manera. O que todas las mujeres son iguales (aunque lo que antes era un comentario machista se haya convertido ahora en el anhelo de algún grupo de mujeres). Cuando quitamos del centro a las personas y colocamos las ideologías, perdemos la finalidad de lo que debe de ser la cooperación: lograr que cada una de personas (con sus nombres, sus apellidos, sus circunstancias y sus anhelos) puedan tener el futuro que ellos deseen y encontrar líderes que puedan multiplicar las opciones de futuro de las personas que les rodean.

Para ello, como comentaba Charles, es fundamental la educación… y la exigencia. A cualquier niño del tercer o del cuarto mundo le va a costar cien veces más esfuerzo lograr su futuro deseado que a uno del primero. Ese trabajo silencioso es el único que termina dando frutos. En cambio, cuando se opta por la ideología, los liderazgos suelen recaer en las personas más radicales y no en las más inclusivas. Ahí tenemos el ejemplo de Robert Mugabe, quien después de acabar con los blancos explotadores de la antigua Rhodesia decidió realizar lo propio con los ndebele de la nueva Zimbabue causando un atroz genocidio. Una situación crítica que se está agravando en estos meses de COVID. Tanto la colonización como la descolonización están repletas de lamentables historias como ésta.

He ain’t heavy… he’s my brother

En un capítulo de la segunda temporada de El ala oeste se reclamaba a un funcionario de la Casa Blanca que los sueldos no pagados por la esclavitud negra en Estados Unidos alcanzaba la cifra de 1,7 trillones de dólares americanos (billones europeos) en el año 2000. Otros hablan de 14 trillones. Podemos quedarnos en el lamento de esos recursos que nunca llegarán o empezar a trabajar con los recursos que se puedan movilizar y luchar por más. Algunas personas podrán aprovechar su oportunidad con gran esfuerzo, otras quedarán en el camino por no tener capacidad para superar los obstáculos que se les presenten o por falta de voluntad. Algunas personas negras mirarán con resentimiento hacia aquellos compañeros de escuela que abusaban de ellos y terminaron desperdiciando su oportunidad (o que cayeron en las drogas o la violencia) y les tratarán con desprecio. Otros se convertirán en líderes que transformarán sus comunidades trabajando codo con codo con sus vecinos para sacarles de la droga o la violencia.

Toda la comunidad organizándose para llevar agua para construir la escuela.

Es muy complicado no conmoverse (moverse-con) la vitalidad que transmiten los niños africanos. Su alegría y vitalidad es contagiosa. Nos hacen ilusionarnos con su futuro y lamentar un posible futuro frustrado. No obstante, una de las cosas que más agradezco del verano en África fueron los espacios para compartir y conversar con los profesores. Las vidas de Charles, Maurice, Benjamin, Michael, Mary, M’butta y Abdul son importantes. Personas adultas que mostraban en su rostro y en su cuerpo las cicatrices que supone salir adelante en un mundo a veces cruel en el que superaron obstáculos como la malaria, la epidemia del SIDA, no tener acceso a agua potable, el elevado coste de los estudios, la sanidad precaria, la obligación de ser responsables de sus hermanos menores ante la ausencia de sus padres, la búsqueda de un microcrédito para comprar sus primeras herramientas con las que poder ganarse la vida… No es solo pecado matar a un ruiseñor, sino también quebrar sus alas.

Ruiseñores

Todas estas personas anónimas no están destinadas a solventar a medio plazo las necesidades de una Europa que cada vez presenta más síntomas de agotamiento, empezando por unas previsiones demográficas cada vez más alarmantes. Están destinadas a escribir un nuevo futuro. Su propio futuro.

Asante sana, Kenya. Hakuna matata.

Profesores y alumnos abandonando el Instituto tras el final de curso.

Capitanes a priori

De esta crisis vamos a salir más reforzados. Es el lema que se repite en numerosos videos compartidos a través de las redes sociales y lo recibimos como una inyección de optimismo. Yo, en cambio, me conformo con que primero salgamos y después, si eso, nos reforzamos. Creo que es a lo más que podemos aspirar, con más de doscientos mil fallecidos en el mundo por coronavirus y muchos trabajos y negocios en riesgo de desaparecer. Sin embargo, me temo que existe un disenso unánime respecto a un retorno al punto de partida. Si en vacaciones nos da por reflexionar y prometemos un cambio en nuestra vida con nuevos propósitos como apuntarnos al gimnasio, hacer dieta o aprender idiomas, ¿cómo no vamos a querer cambiar el mundo después de dos o tres meses confinados?

Todos los capitanes a priori aprovechan estos anhelos para proyectar sus creencias y convertirse en gurús de la recuperación. Tendríamos un punto de optimismo con la esperanza de que se neutralicen entre sí. Sin embargo, el resto de puntos apuntan al pesimismo: de las crisis ha salido históricamente victorioso el capitán que ha demostrado una mayor capacidad para sacar a los ciudadanos de la pobreza para llevarlos a las más profundas cotas de miseria. Aun así, todavía estamos a tiempo de dejar nuestras ideologías aparte y enfrentarnos a la realidad sin apriorismos para lograr un equilibrio exitoso entre sostener a los más desfavorecidos e impulsar a aquellos que han de multiplicar la recuperación.

Es lógico se esté planteando una renta mínima vital, una iniciativa que ha puesto de acuerdo a políticos de diferente signo que van desde Trump hasta Iglesias, pasando por Luis de Guindos. En la situación actual no nos podemos permitir que haya personas que no tengan ningún ingreso. Existe el riesgo real de un estallido social, como los asaltos a supermercados en el sur de Italia a finales de marzo. No obstante, hemos de tener claro de que se trata de una medida de último recurso, como ya sucede con las rentas de inclusión que vienen proporcionando desde hace años las autonomías. Vivir de un subsidio del estado no es algo que deba de ser estructural a largo plazo. No solo por los costes, sino también por la dignidad de las personas que están en condiciones de aportar a la sociedad. Puede generar dependencia y corrupción (sobre todo en países en los que la economía sumergida supone más del 20% del PIB). El objetivo de toda prestación asistencial debe ser su propia desaparición a largo plazo, por ser capaz de generar condiciones que hagan que no sean necesarias. Son un medio, no un fin. Por tanto, el objetivo principal de la acción política y económica no debe estar centrado en estas medidas que son necesarias en este momento, pero son pan para hoy y hambre para mañana.

En lugar de subsidios de dependencia, la mayoría de la población quiere mantener sus puestos de trabajo o los negocios que han conseguido sacar adelante con ímprobo esfuerzo. En ocasiones, bajo el sudor de varias generaciones. Muchas empresas y autónomos tienen ahora el único objetivo de sobrevivir al COVID-19. Su propia supervivencia sería, paradójicamente, su mejor acto de contribución y solidaridad a la sociedad, ya que dejarían de ser personas receptoras de subsidios y pasarían a aportar los impuestos con los que pagar los sueldos del personal sanitario, los profesores, los servicios sociales o la renta mínima vital. Tenemos que evitar que caigan nuestras empresas y autónomos, ya que reconstruir el tejido empresarial sería una ardua tarea, prolongada en el tiempo, que implicaría un coste social que no podemos asumir. Sin embargo, la CEOE denuncia que las ayudas a empresas y autónomos en España están siendo 6 veces inferiores respecto a Alemania y la mitad que en Francia o en Italia.

El elemento central es lograr la liquidez que permita llevar a cabo las políticas de sustento e impulso. España estaba a finales de 2019 en una deuda del 95,5% sobre el PIB. Si el PIB cayese un 10% este año, el porcentaje de endeudamiento de la economía ascendería al 106% (95,5/90). La recaudación de impuestos caería vertiginosamente por el parón de actividad. Un estudio estimaba hace un par de semanas una reducción del 19% de los ingresos fiscales (más de 3 puntos de PIB) respecto al año pasado con caída de la economía de solo un 5%. Un escenario que ya no lo contemplan ni los más optimistas. Frente a la caída de los ingresos, los gastos se incrementarían en dirección contraria por pago de ERTEs, prestaciones de desempleo y rentas de inclusión. Esta situación nos puede llevar a un déficit bastante superior al 10% y quedarnos con una deuda por encima del 120% del PIB. Si tenemos recuperación en V (algo que pocos analistas ya contemplan) y la economía crece en 2021 por encima del 5%, el porcentaje de deuda sobre PIB podría tener un decrecimiento importante. Pero, insisto, para que la economía se recupere con rapidez, necesitamos que las empresas sobrevivan, creen empleo y, de este modo, haya menos gente recibiendo subsidios.

El aspecto más positivo, a diferencia de 2009, es que no tenemos problemas estructurales. Tampoco necesitaremos de una reconstrucción ya que carreteras, edificios, puertos e industrias siguen en pie. No estamos en una guerra, a pesar de lo que nos venden en algunos discursos. Lo único que nos falta es la riqueza que estamos dejando de generar. ¿Y cómo conseguimos el dinero que nos falta? Los países por sí solos no pueden afrontar este reto. Por eso miramos al BCE y la Unión Europea. Ya tienen estructurados mecanismos como el MEDE y se han liberado facilidades de crédito por 500 mil millones de Euros, que posiblemente no serán suficientes. Estados Unidos ya ha movilizado 2 billones. Con la creación de la Moneda Única, los países europeos hemos perdido la autonomía en política monetaria, cuya competencia ha pasado al BCE. La emisión descontrolada de moneda tiene dos efectos: la inflación y la devaluación de la moneda. ¿Por qué? Porque la emisión de moneda sin un sistema productivo que lo sustente implica que estás vendiendo castillos en el aire, con consecuencias como la dramática devaluación del bolívar en Venezuela o del peso en Argentina. Pero en una situación como la actual, con un riesgo enorme de deflación y en una economía de la solidez de la europea, ¿podría ser una solución viable? ¿en qué medida? ¿cuál sería el límite? A fin de cuentas, la inflación también es un impuesto para los más pobres.

Y aquí es donde en Europa existe el dilema de cómo coordinar una acción de salida conjunta de la crisis. Todo va a depender de si la pandemia va a generar un shock asimétrico o no en las economías de los diferentes países. Es decir, si la crisis nos va a afectar con la misma intensidad y durante un periodo de tiempo similar. Un impacto homogéneo implicaría las mismas medidas para salir de la crisis pero, si es diferente, medidas beneficiosas para unos países pueden perjudicar a otros. A esto le añadimos la diferente situación de partida de los países europeos. Alemania cuenta con mayor margen para endeudarse al tener una deuda del 62% del PIB y Holanda tiene el 50% (ambas reduciendo casi 20 puntos su endeudamiento desde 2012). Sin embargo, Italia parte de casi el 140% y Francia y España cerca del 100% (creciendo los tres más de 10 puntos desde 2012). Desafortunadamente, las predicciones del FMI indican que la pandemia afectará de manera más severa a los países que dependen más del turismo y el entretenimiento. Francia, España e Italia son la primera, segunda y quinta potencia turísticas del mundo, el sector económico que la mayoría de los analistas consideran que va a ser de los últimos en recuperarse.

Aquí hemos de entender a los gobernantes de los países del norte de Europa: ¿Cómo pueden explicar a sus ciudadanos que los ahorros que ellos han conseguido (recibiendo, por tanto, menores prestaciones públicas) los han de emplear en rescatar a los países del sur que hemos seguido una senda divergente de gasto? Todo ello, con una dura crisis económica que también van a sufrir sus ciudadanos. ¿Qué es más pro europeo, ayudar a otros países ante una emergencia o ejercer políticas de largo plazo que te permitan tener una economía más saneada y estar más preparado ante posibles crisis? No obstante, la situación de los diferentes países europeos no será completamente distinta. La pandemia va a golpear a todos los países y la crisis de los países del sur también afectará profundamente a los países del norte. En una economía tan interdependiente como la que ha generado la globalización, la caída de sus principales clientes ralentizará la suya propia y generará también incentivos de colaboración. Me parece que la demanda de Audis y BMWs se va a reducir sensiblemente en los próximos años. Esperemos que esto abra caminos al acuerdo entre los países del norte y del sur, pero no estamos en condiciones de exigir y tendremos que asumir que los países del norte quieran establecer condiciones para asegurarse de que los préstamos se devuelvan.

Creo que a corto plazo no va a existir problemas para financiarnos. El verdadero problema lo tendremos en España dentro de 3 o 4 años si nos estancamos en un paro estructural superior al 15%, con un déficit anual en el entorno del 5%, una economía con un crecimiento en el entorno del 2% y, por tanto, con una deuda que siga incrementándose. En ese caso ¿nos van a seguir prestando dinero? ¿qué condiciones nos pondrían? ¿podremos seguir pagando las mismas pensiones a nuestros mayores, los mismos sueldos a nuestros profesores o podremos reconocer con mejores condiciones a los sanitarios que han luchado de forma tan denodada contra el virus? El reto que realmente tenemos encima es evitar un rescate a medio plazo.

Si somos capaces de visualizar este peligro, nos daremos cuenta de que quienes han sido capitanes a posteriori (porque no lo fueron cuando había avisos de una crisis sanitaria) no pueden convertirse ahora en capitanes a priori ante la crisis económica. No hay que engañar. Muchas personas se van a quedar atrás (para empezar más de 30 mil), pero tienen que ser las mínimas posibles y durante el menor tiempo posible. Como aquellas que serán despedidas para que las empresas puedan sobrevivir y vuelvan a contratar trabajadores lo antes posible. Personas a las que habrá que proteger.

Habrá que dialogar mucho, conocer cada uno de los sectores de la economía productiva española, monitorear de manera constante los impactos de las medidas que se implementen… Cada Euro que se utiliza es un recurso escaso que hay que devolver, ya que cualquier incremento de deuda implica una detracción de renta para nuestros hijos y nietos. España no se puede permitir que ningún recurso se pierda en la picaresca de la economía sumergida ni dejar de ser exigentes con los beneficiarios de los subsidios que se van a dar (a particulares o a empresas), ya que en ellos ponemos la esperanza para que ayuden a otros a salir de la crisis. Por tanto, no podemos fiar nuestra recuperación únicamente a prestaciones asistencialistas y a la confianza en un rescate europeo sin condiciones.

Recordemos que la sanidad o la educación pública no son un derecho universal. Quienes hemos vivido en África o en América bien lo sabemos. Los servicios públicos de que podemos gozar son aquellos que una sociedad es capaz de proporcionar a sus ciudadanos por medio de la riqueza que genera. En esta situación tan compleja, cualquier capitán a priori lo único que conseguirá es que nos vayamos a pique. Y no puede solicitar adhesiones para que todos nos ahoguemos juntos. Lo que necesitamos es un líder inclusivo, humilde y que se rodee de gente capaz en la situación tan complicada que nos va a tocar vivir, en la que es muy probable que vaya a tener que tomar medidas muy impopulares. Si llega ese momento, sí que sería necesario acordar unos pactos trasversales entre las diferentes fuerzas políticas.

El regreso al punto de partida (bendito 2019) sería beneficioso para todas las personas, desde los más privilegiados a los más desgraciados. Todos estábamos mucho mejor en el inicio de la crisis de lo que vamos a estar al final. Se puede alegar que existen muchos desequilibrios y aspectos para mejorar en nuestra sociedad. Es cierto. Pero la situación actual no es una foto inamovible, al estilo Parménides. Más que ante una foto, estamos ante un video. Un continuo cambio, como indicaba Heráclito. El hombre está en constante progreso y ha sido precisamente un parón lo que nos ha puesto en problemas. Muchos de los aspectos en los que se considera que tiene que basarse la salida de la crisis forman parte de la continua evolución que está realizando el ser humano en pleno siglo XXI. Una sociedad donde las tasas de pobreza se han reducido de manera espectacular; la libertad religiosa está reconocida cada vez en más países; la diversidad y el papel de la mujer es mejor que nunca (aunque todavía haya camino por recorrer); donde los países más desarrollados están consiguiendo reducir de manera drástica sus emisiones de CO2; y donde las nuevas tecnologías como Blockchain, IoT, impresoras 3D o el streaming ya son una realidad en nuestra sociedad y nos ha permitido sobrellevar mejor la pandemia. Pero este desarrollo no continuará si la mayoría del sector productivo termina en manos públicas por medio de nacionalizaciones masivas.

Por tanto, vamos a concentrarnos en sobrevivir a esta crisis e intentar retomar la senda positiva desde el punto en el que estábamos. Las transformaciones radicales hacia un mundo mejor las dejamos para otro momento. Solo saldremos de la crisis económica desde la libertad, que es la base para propiciar situaciones de igualdad. Volvamos a crear las condiciones que nos permitan repartir riqueza con los más necesitados en lugar de compartir miseria. Será muy duro, pero ¡resistiremos!

Paradójicamente

Es una paradoja que la manera de estar más unidos sea separarnos, pero también lo es la gran cantidad de personas que trabajan unidos para que podamos estar separados. En estos días son muchos los reconocimientos a todas las personas que están a nuestra disposición para ayudarnos. No solo personal sanitario (en primera fila de la batalla), sino también trabajadores de supermercados, logística, servicios de telecomunicaciones, empresas eléctricas, de gas, locutores de radio…

También es paradójico solicitar a las personas sin techo que se queden en casa o el día a día de los 4 millones de personas mayores que viven solas en España, anhelantes de una compañía tan prohibida como necesaria. Ese reto de una sociedad que mientras lucha por el último rollo de papel higiénico va a aplaudir a los médicos, u organizará mecanismos de solidaridad con los vecinos. Un sociedad profundamente democrática que acude a la limitación de derechos humanos y la concentración del poder para su propia supervivencia. Una sociedad que reclama más tiempo para uno mismo y que no sabe que hacer con él cuando finalmente lo tiene. Una sociedad que critica un sistema educativo que ahora añora.

La rápida evolución de la enfermedad también anuncia a muchas personas un cambio de paradigmas en la sociedad resultante de esta crisis, con la verdad absoluta de un regreso del poder de lo público y del localismo. Sin embargo, tenemos la paradoja de que va a ser la globalización y el desarrollo tecnológico lo que nos proporcione la salida a esta crisis. Parecemos no recordar que, siglos atrás, la viruela, la peste negra o la bubónica o la mal llamada gripe española llegaron a los rincones más recónditos, pese a ser sociedades que contaban con unos mecanismos de comunicación mucho más precarios que los que tenemos en la actualidad. Tardaban más en llegar, pero lo hacían para quedarse décadas. Sin embargo, ahora tenemos información en tiempo real del número de infectados, las medidas económicas propuestas por cada país o las líneas de estudio de los científicos en la búsqueda de vacunas y retrovirales, que seguramente tendremos antes de que finalice el año.

También puede parecer una paradoja que pueda ser beneficioso que en una situación tan crítica un partido populista forme parte del gobierno. Pese a lo que nos pueda pesar, estos son momentos de unirnos y respaldar al gobierno que está en el poder, sea de la ideología que sea. Tampoco pensemos que va a tener un margen de maniobra mucho más amplio que el de sus vecinos alemanes o franceses. Por lo menos, contar con los populistas en el poder te elimina el riesgo de que tomen las calles y trabajen por desestabilizar al gobierno. Lo ideal sería un acuerdo transversal (derecha e izquierda) para que las duras medidas que se tomen (y se tomarán) cuenten con un amplio respaldo de la sociedad … pero creo que eso está en contra de los signos de los tiempos actuales. Las luchas de méritos y culpabilidad serán nuestro entretenimiento para el próximo trimestre.

Mientras se instala en la sociedad la idea de que el sector público está sosteniendo a la población, paradójicamente nos encontramos con que está siendo también la colaboración de lo privado lo que está ayudando a combatir la crisis: hospitales privados al servicio del sistema público, hoteles que se convierten en hospitales, empresas energéticas o de telecomunicaciones, autónomos transportistas, agricultores, empresas de comunicación, cadenas privadas de supermercados que garantizan el suministro de víveres, productores de papel higiénico… O el caso de empresas de comida rápida (como Telepizza o Rodilla), que han facilitado la alimentación de los niños más necesitados de Madrid su estructura logística. Cuando es preciso, todos somos capaces de unirnos para lo más importante. A fin de cuentas, el gasto público lo acabarán pagando los impuestos de los privados.

También nos han estado comentando que la pandemia del coronavirus es una situación cambiante, lo que invitaría a pensar que la solución pasa por ir improvisando día a día de acuerdo a las circunstancias que se vayan produciendo. Paradójicamente, la salida a la crisis no va a venir de la improvisación, sino de una mirada a largo plazo donde se puedan prever los peores escenarios y las respuestas que se puedan ir articulando de manera progresiva. Porque, ¿cuánto tiempo puede durar la economía parada? ¿o un autónomo sin ingresos? ¿o un niño sin salir de casa? ¿o un estado sin ingresos? ¿o un español sin crear un meme?

Son muchos los retos de los que todavía no se han hablado, pero que vamos a tener que afrontar. Nos hemos centrado en la salud física en los hospitales, pero no hemos hablado de la salud mental de millones de personas encerradas en sus casas. O los más de dos millones de parados adicionales que se van a generar en los próximos dos meses. O los trabajadores autónomos que no van a recibir ingresos. O cómo relanzar una sociedad con un estado que no va a tener apenas ingresos en un trimestre. O cómo gestionar un estado que este año va a tener un déficit de cerca de un 15% con una deuda pública que ya está casi al 100% del PIB.

Es posible que acabemos teniendo el primer experimento de renta básica universal para muchas personas que no pueden asumir un mes sin recibir un salario, lo que paradójicamente puede terminar con el BCE imprimiendo moneda a lo loco, a instancia de Alemania, para paliar las consecuencias de la crisis, con su consiguiente inflación y devaluación de moneda. También nos podremos encontrar con que los que ven la crisis como una oportunidad para experimentar los aspectos positivos del decrecimiento, se den cuenta de que éste lo único que nos trae es inseguridad y miseria, aunque sí que nos vaya a ayudar a mejorar el medioambiente (lamentablemente no es una medida sostenible).

Finalmente, ésta va a ser la primera pandemia en una sociedad que no mirará mayoritariamente a Dios como solución a sus problemas. Todos estaremos de acuerdo en la suspensión de las procesiones de Semana Santa y nos pondremos en manos de la ciencia para que acuda en nuestra salvación. Pero, paradójicamente, más de una plegaria de descreídos se elevarán al cielo pidiendo que se termine este encierro cuanto antes… sobre todo ante la enésima pataleta del niño encarcelado. ¿Qué es la vida sin esperanza?

Porque, paradójicamente, nunca sabes lo que tienes… hasta que lo pierdes.

Superman vs bebé

Recién terminada la universidad entré en un proceso de selección para una empresa multinacional de auditoría. La primera prueba consistía en una dinámica de grupo, en la que participamos 9 personas. El mundo estaba en peligro y los grandes líderes mundiales estaban reunidos en una Convención. A ella se dirigían en un globo las nueve personas que eligiésemos cada uno de nosotros (reales o ficticias) para dar un mensaje que permitiese salvar el planeta. Pero el globo tenía un defecto, por lo que tendríamos que ir tirando por la borda a tripulantes hasta que solo llegase uno: el elegido que ayudaría a salvar el mundo. Y lo teníamos que acordar por consenso.

No me acuerdo de qué personaje escogí. Muy afortunado no estuve, ya que fue uno de los primeros que saltaron por la borda. En cambio, uno de los compañeros pareció dar con una ingeniosa solución en apariencia evidente: Superman. Si tú tienes un problema, yo te doy la solución. Rápido y efectivo. Vamos, el precursor de los populismos. A ver quién se oponía a ese argumento de lógica aplastante, mucho más eficaz que Mr. Lobo en Pulp Fiction. Afortunadamente una mujer (¡qué haríamos sin ellas!) dio una alternativa: un bebé recién nacido.

Mr. Superlobo miró con cierto desdén a nuestra salvadora: ¡Cómo podría un bebé dar una solución a la humanidad si ni siquiera habla y depende para todo de otras personas! Tuvimos que salir varios en su apoyo, porque el bebé escondía un sólido argumento. Si la solución a nuestros problemas proviene de un Superman que nos salve, la humanidad nunca va ser autónoma. Va a depender siempre de una autoridad externa que venga en nuestro rescate, quien podría esclavizarnos y hacer de nosotros lo que considerase oportuno. El final de la democracia y de nuestra libertad.

La presencia del bebé, en cambio, nos devuelve el encargo a nosotros, que hemos de ser responsables de aportar soluciones para cuidarle y protegerle. De ese modo, nos cuidamos y protegemos a nosotros mismos. A nuestro futuro. Es lo que nos puede suceder con el cambio climático. El cambio de los grandes líderes no va a revertir por sí mismo el reto que tenemos que afrontar. Que Trump desaparezca y regrese Obama no va a resolver el problema ni nos va a dar un planeta B. Quizá también influya que Xi Jinping no parezca tener una oposición política que vaya a cambiar la posición china respecto al calentamiento global. Los cambios más sostenibles, en cambio, se producen por la presión desde abajo hacia arriba.

Ese argumento no pareció convencer a Mr. Superlobo, por lo que hubo que buscar otro. Y fue muy bueno (modestia aparte): ¿Qué clase de Superman iba tirar por la borda a un bebé recién nacido para que se estampe contra el suelo mientras él se dedica a salvar el mundo? Parecía definitivo, pero nuestro compañero no parecía haber visto ninguna película de superhéroes y seguía defendiendo a su Superman asesino de bebés. Finalmente, se tuvo que llegar a una solución drástica, pero democrática. El consenso fue sustituido por una votación en la que el bebé se salvó por 5 votos a 4 y fue nuestro representante en la Convención para salvar el mundo… Si finalmente se salvó o no, nunca lo sabremos.

Ese bebé tendría ahora aproximadamente 16 años. Al crecer se podría haber convertido en un referente para salvar el mundo de una de las mayores amenazas que tiene actualmente: el cambio climático. Y no, no estoy tomando como referente a Greta Thunberg. Si lo hiciese, no llegaría a tiempo a celebrar las Navidades en casa y si a una madre no se le puede hacer esperar, menos a una abuela. El único amigo que conozco que tiene barco vive en Lima y no es un catamarán con capacidad para cruzar el océano.

Greta Thunberg es más bien un icono del mundo actual. El espíritu cada vez más crítico y menos profundo de nuestra sociedad, que cree que por faltar a clase los viernes va a conseguir revertir la amenaza a la que nos enfrentamos. Si fueron los científicos quienes lideraron y concienciaron a la sociedad en la lucha contra el agujero de la capa de ozono (que está en proceso de solución y se prevé que pueda quedar cerrado en 2050), no entiendo por qué ahora tenemos que buscar líderes más infantiles y superficiales, que pueden terminar generando el efecto contrario del rechazo a una urgencia que todos vivimos.

Como referente, me refiero más bien a Boyan Slat, holandés de padres emigrantes croatas y nacido en 1994. Es posible que la infancia de muchos niños de su generación sí quedase robada por las consecuencias de la Guerra de los Balcanes. Sin embargo, Boyan empezó a trabajar a los 16 años en una solución para limpiar la contaminación de plásticos en el océano mediante el aprovechamiento de las corrientes marinas. Creó la Fundación The Ocean Cleanup, con un sistema que prevé limpiar gran parte de la contaminación de plásticos presente en los océanos en un plazo de 5 años. Ha dedicado su tiempo, su esfuerzo y su talento en buscar soluciones y, sin embargo, no ha alcanzado la fama que otros atesoran.

Volvemos a estar en la misma disyuntiva que en el Superman de la dinámica. Pensar en iconos salvadores o apuntarnos a nosotros mismos como principales actores de las soluciones que tenemos que afrontar. Que una persona obtenga 50 millones de Euros, es una labor tremendamente laboriosa, pero en España toca a un Euro por cabeza. Podemos también buscar un culpable al que echar la culpa (Trump, capitalismo, heteropatriarcado…) o podemos hacer un análisis riguroso de las causas del cambio climático y ponernos a trabajar. Todo lo que merece la pena cuesta esfuerzo, sobre todo a las capas más desfavorecidas de la sociedad y a quienes luchan por llegar a fin de mes. Si el problema es de todos, la solución la tendremos que dar entre todos. Cada uno según sus responsabilidades, pero sin evadirlas. Desde apagar las luces que no se están utilizando hasta las soluciones políticas que subvencionen la descarbonización de la sociedad, con las consecuencias que ello tiene en los trabajadores que viven de estas industrias.

No sé si Mr. Superlobo fue seleccionado, pero yo no pasé la criba. Quizá los argumentos no eran tan buenos… Pero no guardo rencor. Al menos pude pasar una mañana agradable y logré salvar a un inocente bebé recién nacido de las garras de un malvado Superman. Ahora, lo que nos toca entre todos es pasar la selección del cambio climático. Como dice Carlos Alsina, lo que está en juego no es la supervivencia del planeta Tierra, sino nuestra capacidad como especie de habitar en ella.

Campeones en la nieve

Ante el temporal de nieve que se vive en el norte de España mi amigo Juan Carlos escribió que la nieve es preciosa cuando vas a visitarla, pero cuando es ella la que viene a ti, se puede convertir en una pesadilla. Y es que las personas del norte de Burgos o de la Montaña Palentina saben cómo eran esos inviernos en los que podías estar semanas aislado, sin acceso a más alimentos que los que tuvieses almacenados y en los que un niño pequeño estaba condenado a morir por un mal catarro o una pulmonía en casas sin más calefacción central que el brasero del comedor.

El gran mérito de Javier Fesser en su película Campeones ha sido mostrar un precioso paisaje nevado, donde mucha gente no veía más que una pavorosa ventisca que provoca pesadillas. El humor es capaz de hacer más por la integración que cientos de discursos solemnes y sesudos análisis. La Gala de los Goya terminó de mostrar el trayecto de verse atrapado en la ventisca a contemplar el paisaje nevado al contrastar la frase de Marín en la película “A mí no me gustaría tener un hijo como yo. Yo querría tener un niño sano, no soy tonto. Pero sí me gustaría tener un padre como tú” con la de Jesús Vidal: “A mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros”.

La frase de Marín es la primera reacción ante la ventisca. El rechazo ante lo que nadie quiere vivir. Una carga demasiado pesada. Por eso, el presidente de la asociación Down España comentó en una entrevista que prácticamente la totalidad de las mujeres que son conscientes de que su hijo tiene altas probabilidades de tener Síndrome de Down decide abortar. Hay alguno que incluso ha llegado rechazarlo al nacer, como el niño de vientre de alquiler en Tailandia que fue descartado por sus progenitores, aunque no su mellizo carente de trisomía 21. Era mercancía defectuosa. La consecuencia es que la tasa de nacimientos actual de niños con SD en España es de menos de un 30% de la que había en 1980 y en países considerados modélicos como Islandia o Dinamarca la reducción es incluso más acentuada.

Evidentemente, esto no tiene nada que ver con una renuncia al avance de la investigación para lograr la curación y tratamiento de enfermedades raras. No perder la esperanza de encontrar la cura del síndrome Tay Sach o de tantas otras enfermedades incurables que causan tanto sufrimiento. De hecho, el avance de la medicina ha logrado que la esperanza de vida de las personas con síndrome de Down haya aumentado de 25 a 60 años en las tres últimas décadas.

Asumir la paternidad de un hijo con discapacidad intelectual supone gran cantidad de sacrificios, que van desde las expectativas que uno se genera con los hijos, pasando por fisioterapeutas, psicólogos, logopedas, dentistas, oculistas, médicos, quirófanos… hasta dejar de disfrutar tiempo libre con tu pareja, viajes, ocio, retos profesionales, etc. Por eso, para poder disfrutar del paisaje, muchos padres y familiares de personas con discapacidad física o intelectual tienen que coronar su Everest particular.

Las palabras de Jesús Vidal, por otro lado, permiten disfrutar todo el esfuerzo que hay detrás del paisaje nevado. Muestran que se puede encontrar belleza y satisfacciones escalando una montaña cuando te estabas preparando para unas vacaciones en la playa. Encontrar la felicidad en el cambio de expectativas. De desear que tu hijo sea el más listo de la clase a que simplemente sea feliz. De esperar al nuevo Messi o Ronaldo, a disfrutar de las primeras patadas a un balón en el parque más cercano. De soñar con un profesional de éxito, a sentirte orgulloso de que tu esfuerzo se vea recompensado por haber criado una persona autónoma. Y empiezas a saborear cada paso, como cuando Jan se lanzó a caminar. A disfrutar cada cumpleaños viendo la sonrisa de Javisteps al soplar las velas. O cada reunión familiar con mi tía Sonsoles, que cada día está más guapa.

Y ahí es donde uno encuentra más emocionante el agradecimiento de Jesús a su madre. “Mami, gracias por darme la vida, gracias por dármelo todo. Porque hiciste nacer en mí el amor hacia las artes y porque me enseñaste a ver la vida con los ojos de la inteligencia del corazón”. Y a don José Vidal Conde, su padre: “Gracias por haber vivido, gracias por luchar tanto por mí, porque eres la persona con más ternura del planeta, sin pretenderlo y porque con solo una sonrisa cambiabas y cambias mi mundo”. Porque en su afirmación de que le gustaría tener un hijo como él, está el convencimiento de que fue él quien también creó unos padres como los suyos. Un ayúdame y te habré ayudado que cobra todo el sentido en un mundo en el que enfrentar conjuntamente los retos termina haciendo más fuerte a los que trabajan en equipo.

En países como España tenemos la inmensa suerte de contar con una amplia red de apoyo a personas con discapacidad, como la ONCE o Down España. Tenemos que sentirnos todos orgullosos de esa labor de cohesión que proporcionan desde voluntarios hasta asociaciones que luchan para que nadie se tenga que bajar de un autobús en marcha. Todavía faltan recursos, porque cuesta mucho dinero. Pero es un modelo a seguir para otros países en vías de desarrollo, donde la gran mayoría de los discapacitados intelectuales están condenados a la miseria y el abandono.

Ninguno de nosotros está a salvo de una discapacidad: un ictus, un derrame cerebral o un accidente de tráfico puede cambiar radicalmente nuestra vida y la de las personas que nos rodean. Si alguna vez me llegare a suceder a mí, os doy las gracias desde ya por seguir tratándome como a una persona normal. Al igual que Maysoon Zayid, seguiré teniendo 99 problemas y mi discapacidad será solo uno de ellos.

En los pueblos de Castilla, la comida no se podía tirar. Quiero imaginar que allí se inventaron las cocretas de cocido. Solo los verdaderos artistas son capaces de convertir en un manjar un plato realizado con aquello en lo que otros solo ven sobras y convertirlo en una receta popular que a todo el mundo le gusta. Imagino que en una familia de nueve hermanos tampoco sobraba mucho. ¡Gracias Javier Fesser!

20 años sin Miguel

Todos los días de nuestra vida tienen el mismo valor. Desde el primero hasta el último. Sin embargo existen días que recordamos de manera especial: cuando nos regalaron el primer balón, la primera vez que nos declaramos a la chica que nos gustaba, la graduación de la universidad, nuestra boda, el primer trabajo, la pérdida de un ser querido…

Muchos días anónimos de trabajo, esfuerzo, nervios, vivencias compartidas…, de los que no nos quedan recuerdos concretos, son los que provocan que ese día sea tan especial, que nos emocionemos al recordarlo. Por eso no son tantos, por eso son inolvidables.

Dentro de esos días especiales, existen algunos que tienen una característica propia, ya que trascienden nuestra experiencia personal. Son días que crean lazos con las personas que nos rodean. Son sentimientos compartidos ya sea con nuestra familia, nuestros amigos, nuestros vecinos… y hasta con todo un país. Días que nos unen y hermanan con nuestros semejantes a través de ideales compartidos.

Por eso tenemos que recordar a Miguel Ángel Blanco. Poner cara y ojos de una persona concreta en un momento determinado. No dejar en el olvido esos días de hace 20 años. No es más importante que las otras casi mil personas asesinadas por ETA u otro tipo de terrorismo. No es más importante que Irene Villa, Ortega Lara, Fernando Buesa, Tomás y Valiente o tantos otros de cuyos nombres no nos acordamos. Por eso el lema no fue Basta, sino Basta YA.

Miguel nos hizo salir a la calle a más de 5 millones de españoles, quitó los pasamontañas a gente amenazada y nos hizo sentir ciudadanos libres e iguales mientras gritábamos “Vascos sí, ETA no” con las manos pintadas de blanco. Un grito unánime y compartido en un tiempo en el que las consignas no se transmitían por Whatsapp, Twitter o Facebook. Con Miguel morimos todos, mientras resucitaba en nuestra sociedad a través del Espíritu de Ermua.

Homenajear a Miguel, es homenajear a un joven de 29 años con su familia, su novia, su grupo musical, sus compañeros de trabajo y ese futuro robado que tenía por delante. Es homenajear a todas las personas que le precedieron en el sufrimiento provocado por una banda de desalmados asesinos. Y también es homenajearnos a todos que nos conmovimos (movernos-con) con él y con su familia y nos hizo ser mejores ciudadanos.

Todos tenemos referentes en nuestras vidas. Él no quería serlo, pero le tocó. No podemos enterrarle tres veces, como a Melquíades Estrada