La mujer embarazada

No existe mejor ejemplo de crisis que un embarazo. La crisis aparece en el momento en el que surge lo nuevo y lo viejo empieza a desaparecer. El embarazo es la tradición que rige la historia, en la que las viejas generaciones van dando paso a las nuevas para prolongar y modificar su legado.

El embarazo es un intenso momento en la vida de cualquier pareja. La llegada de una nueva vida a una familia implica un intenso proceso de cambio. Un montón de expectativas y sueños se empiezan a proyectar ante la nueva vida que se empieza a generar. Muchos se lanzan rápidamente a comprar el primer pijama, el carrito del bebé, a pintar la habitación… o incluso los hay que abren un fondo de ahorro para pagar la universidad de su hijo, sin saber si finalmente su anhelo será convertirse en youtuber o repartidor de pizzas. Sabemos también que los sueños en ocasiones se convierten en un nuevo proceso de aprendizaje para convertirse en campeones en la nieve.

Sin embargo, las expectativas que se generan no tienen que despistarnos. La más importante en el proceso de creación de una nueva vida es la madre. De nada sirve comprar todas las comodidades al nuevo hijo si no cuidamos de la madre embarazada. Si la madre no se alimenta, no se abriga o si desarrolla extenuantes trabajos… el bebé nunca nacerá. El sueño de la nueva vida se convertiría en una pesadilla como solo pueden experimentar las madres que han perdido un bebé en su seno. Ésa es la razón por la que desde tiempo inmemorial (en América al menos desde Isabel la Católica) se ha protegido a las madres gestantes, que son el germen de nuestro futuro.

En el caso de los humanos, el proceso hasta que el bebé nace es mucho más lento que el de las oruguitas de Encanto, que tardan apenas dos semanas en pasar de capullos a mariposas. Además de los 9 meses de embarazo, el nacimiento de un bebé no supone la independencia de sus padres, sino que va a existir un proceso de total dependencia en el que sus padres le proporcionarán alimento, calor, aprendizaje, juegos… Un agotante a la vez que estimulante periodo que llega hasta que los problemas crecen y, en la adolescencia, empiecen a criticar a quienes tanto le dieron, se echen un novio o una novia a la que miren mal sus progenitores y terminen por tomar sus propias decisiones de manera autónoma y muchas veces contrarias a los que les hubiese gustado a sus padres (que mantendrán la esperanza en que algo les quedará del equipamiento que les regalaron en su infancia).

Este ejemplo es de gran aplicación práctica en nuestros días. Las crisis son cada vez más continuas. Frente al mundo sólido de generaciones previas, en las que los cambios tecnológicos (fuego, rueda, imprenta…) se producían de manera más espaciada, en nuestros días se producen a una velocidad de vértigo. Esto provoca cambios cada vez más acentuados y anhelos de las nuevas generaciones de un nuevo mundo muy diferente al actual.

Uno de los ejemplos lo vemos en la conciencia medioambiental que se ha convertido en un necesario consenso en nuestra sociedad. Si no tomamos medidas, el calentamiento global es una seria amenaza para nuestras generaciones futuras. Sin embargo, en ocasiones nos encontramos con declaraciones que se pasan de frenada. Es lo que sucedió hace unas semanas con el nuevo presidente colombiano, Gustavo Petro, quien declaró ante la Asamblea General de la ONU que debemos acabar con el carbón y el petróleo que nos envenena, en contraposición con la cocaína que apenas causa unas pocas muertes por sobredosis.

En este punto, es bueno volver siempre al ejemplo de la mujer embarazada. Si le proporcionas cocaína, el bebé puede perecer o nacer con graves secuelas, siendo la menor de ellas el síndrome de abstinencia. Sin embargo, el carbón ha proporcionado a lo largo de la historia calor a los recién nacidos y el petróleo ha permitido transportar a las mujeres embarazadas a los hospitales para que den a luz con seguridad.

El espíritu adanista reniega de todo lo pasado con la imprudencia de todo buen adolescente. El mundo está obligado a un proceso de transición entre un nuevo mundo limpio y uno viejo contaminante, pero el cambio se tiene que realizar de manera progresiva y también sostenible. No nos podemos permitir un nuevo mundo que arroje en la miseria a las grandes masas que alcanzaron un amplio nivel de progreso gracias a la revolución industrial. Eso solo lo podremos lograr con nuevas tecnologías que armonicen la sostenibilidad ambiental con la sostenibilidad social. No podemos matar a la madre para que el hijo nazca más rápido. La gallina de los huevos de oro nos lo enseñó. Deseo todo el éxito a las nuevas generaciones en una lucha que también comparto por un mundo más limpio y sostenible. La ventaja que tienen es que no han de empezar de cero, sino que cuentan con el legado de un mundo mejorable, con grandes logros que nos han llevado al momento de mayor bienestar de la historia.

Desconfiemos, por tanto, de los populistas que hacen declaraciones en apariencia audaces porque, en la política, los capullos en raras ocasiones se convierten en mariposas (y menos en dos semanas).

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