Mis renglones torcidos

¿Ordenó usted el Código Rojo? Hay frases que te cambian la vida y ésta fue una de ellas. O quizá fue ¡Atención! Hay un oficial presente. Lo cierto es que, después de ver Algunos hombres buenos, tomé una decisión que cambiaría mi vida. No sé si fue la intensidad dramática de la película, el talento de Aaron Sorkin en el guion o el innegable parecido que siempre hemos tenido Tom y yo (quizá por eso se operó) pero, al salir del cine Palafox en el calor de una fría noche de enero de 1993, decidí estudiar Derecho. Fue la primera negación a mi padre, con su consiguiente disgusto (yo, que siempre fui muy bueno de pequeño), porque habría preferido que me decantase por una ingeniería. En honor a la verdad, mi padre también había abonado previamente el camino a mi vocación cuando me enseñó obras maestras del cine clásico como Doce hombres sin piedad o Matar a un ruiseñor.

La idea original fue madurando durante los siguientes años de mi adolescencia y se convirtió en mi aspiración a ser Juez… Y Juez de lo Penal, para salvar a los inocentes y condenar a los culpables. No tendría la adrenalina del teniente Kaffee, del jurado número ocho o de Atticus Finch, pero me quedaría el privilegio de formar parte de la siempre acogedora administración española. Para cumplir mi sueño, el camino más corto era estudiar Derecho en la vecina universidad de Alcalá de Henares, como paso previo para preparar unas divertidas oposiciones a la judicatura. Apenas un 4 en el examen de Selectividad me aseguraba tener plaza, así que me tomé las semanas previas con bastante relajo y sosiego. Posiblemente, esa tranquilidad me permitió fijarme en el consejo de mayor valor que dieron en las clases de preparación: no es tan importante apabullar con mucho contenido como estructurar bien las ideas que se quieren transmitir. Lástima que esas lecciones de pensamiento crítico, identificación de lo importante, jerarquización de las ideas y seguridad en uno mismo no eran las que prevalecían en nuestros centros de enseñanza, ya que son fundamentales en todos los aspectos de la vida.

El día antes de Selectividad un amigo me pidió ayuda con el examen de matemáticas. Ahí se cumplió el principio de ayúdame y te habré ayudado. Aunque suene paradójico, enseñar es muchas veces la mejor manera de aprender. Después de cuatro horas explicando estadística, me quedaron mucho más claros los conceptos y obtuve una gran nota. Fue el primer paso para tener una calificación mucho mejor de la que yo esperaba. Orgulloso de las notas de su hijo, mi padre me animó a tomar una decisión que volvió a cambiar mi vida. Me habló de una universidad que habían abierto pocos años antes en Getafe y que permitía estudiar no solo Derecho sino también Administración de Empresas. La Carlos III fue la primera universidad pública en ofertarlo. La nota de corte era mucho más exigente, pero la había superado sin proponérmelo. Mi familia realizó un enorme sacrificio del que siempre estaré agradecido y a mí me tocó salir de la comodidad de casa… lo que se repetiría más adelante.

La gratitud que sentía hacia mi amigo por haberse dejado enseñar matemáticas, se vio truncada en el momento en que acabó saliendo con la chica que me gustaba. Pero, mirando con la perspectiva de la que carecí en su momento, todos salimos ganando: el mamón de mi examigo aprobó Selectividad para estudiar Derecho en Alcalá de Henares, mi examada consiguió un novio con un Fiat Bravo azul (y un jersey amarillo) y yo hice las maletas. Mientras ellos pasaban el rato, fuimos felices los tres.

Después de seis años estudiando en la universidad, estar unos cuantos más preparando oposiciones empezaba a no sonar tan atractivo. Puse a prueba mi vocación una fría mañana de invierno en la que fui a conocer cómo funcionaban los juzgados de lo penal de Plaza de Castilla. Sin embargo, lo único positivo de aquella mañana fue vislumbrar los inicios de una futura sociedad feminista, con tres mujeres con mando en plaza: jueza, secretaria judicial y fiscal. Por desgracia, el resto del escenario no acompañaba: carteles en algún momento lisos y blancos, ahora arrugados y amarillos, anunciaban la sala en la que se celebrarían las vistas; legajos y cajas de papeles acumulaban polvo en los asientos de madera que habían perdido su pretérito barniz brillante; los pisos sucios, las paredes desconchadas…

Si el continente no era muy atractivo, el contenido no mejoró cuando empezaron los juicios. Fueron desfilando uno tras otro un exhibicionista que enseñaba su micropene a niñas pequeñas al salir de clase; dos miembros de una comunidad de vecinos que habían dirimido sus diferencias y uno acabó con un navajazo en un costado y el otro sin visión de un ojo; dos carteristas que habían sido encontrados robando en el Metro; tres camellos que menudeaban en Plaza de Castilla para que la entrada y salida no les llevase tanto tiempo… Desolado contemplé cómo mis admiradas feministas confesaban estar hasta los huevos (una expresión un tanto contradictoria con su naturaleza) de tanta miseria en los recesos entre juicio y juicio.

La decisión estaba casi tomada y se tornó en definitiva con la pesadilla que me asaltó ante la frustración por lo vivido aquel día. Soñé con que un gilipollas de Sálvame que acusaba a otro (también gilipollas y también de Sálvame) de haberle infringido un Código Rosa. De este modo, en el calor de otra fría noche de invierno negué por segunda vez a mis padres: Iba a buscar trabajo al terminar la carrera y no a opositar. La lección aprendida de aquella experiencia fue que, cuando vi la siguiente obra maestra de Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca), ya estaba curado de espanto y no caí en la tentación de la política. Entonces decidí buscar trabajo, aunque un amigo mío trató de disuadirme en el último momento, con un argumento al estilo de Lady Macbeth: Para que te vaya bien en el sector privado hay que ser un poco hijo de puta… y tú eres demasiado buena persona. Creo que eso también lo enseñan en el cine.

Para muchos de mi promoción, el acceso al sector privado pasaba por alguna de las grandes empresas auditoras y consultoras. Te ofrecían una remuneración más que aceptable, te proporcionaban una gran formación… a cambio de unas cuantas horas extras de trabajo. Bastantes cerraron su futuro en abril del último año, para empezar a trabajar en septiembre. Me volví a tomar con calma ese paso hacia mi previsible dulce condena y disfruté de un verano muy enriquecedor en África. A mediados de octubre, empecé con el proceso de selección en una de estas firmas. En Navidad, mi futuro ya estaba encaminado. Había superado todas las pruebas y entrevistas a las que me había enfrentado hasta que, días antes de incorporarme, estalló el caso Enron y mi claro futuro se tornó en incógnita. Todos los procesos de selección en la empresa que realizó sus auditorías fueron cancelados.

Dos días después del jarro de agua fría, sonó el teléfono de casa (cuando era incluso más joven no llamaban al móvil para las ofertas de empleo). Era un 28 de diciembre y me ofrecían realizar una entrevista de trabajo para el departamento de administración de Europa Press. ¿Estarías interesado en realizar una entrevista de trabajo con nosotros? Me preguntó mi interlocutor. Claro que sí, contesté. Después de ir ganando confianza, me hicieron la pregunta más surrealista que nunca he tenido en una entrevista de trabajo. Por cierto, ¿no te han dicho que te pareces a Bin Laden? Tres meses y medio antes había sido el 11-S y el Sr. Osama estaba de moda, pero mi parecido (como ya lo he mencionado antes), podría ser todo caso con Tom Cruise. Así que caí en cuenta que era 28 de diciembre y mi única preocupación era saber quién me había querido gastar la broma y, obviamente, no fui a la entrevista. Sin embargo, el 2 de enero volvió a sonar el teléfono. ¿Por qué no viniste a la entrevista y no me avisaste? Me volvió a preguntar el mismo interlocutor. Porque si me dices que me parezco a Bin Laden un 28 de diciembre es complicado que piense que es una propuesta seria, repliqué. Pero ¿estás interesado en la entrevista?

Y así es como inicié mi primera experiencia laboral. Fueron apenas seis meses, en los que me lo pasé en grande, no aprendí mucho, pero conocí a gente formidable que me introdujo el gusanillo de la escritura. No era el lugar en el que quería desarrollar mi carrera profesional, y después de otros procesos de selección, gracias al consejo de un buen amigo, me examiné de las pruebas del ICEX y me dieron Bogotá como destino. En aquella época, mi tía campeona cayó enferma e iba a recoger a mi madre en el hospital al salir de trabajar para regresar juntos a casa. No pude apenas preparar la prueba… Si lo hubiese hecho, igual con mejor nota mi destino hubiese sido Asia… o habría suspendido… o, ¿quién sabe?, igual mi destino hubiese sido también Colombia.

Mi primer contacto con Colombia no fue el mejor. El día que me comunicaron el destino fue la toma de posesión de Álvaro Uribe. Los terroristas de las FARC atentaron contra el presidente recién posesionado lanzando granadas que que acabaron con la vida de unos inocentes mendigos en la cercana calle de El Cartucho. La reacción fue escuchar a grandes expertos en política internacional de bar explicando lo peligroso que era Bogotá y la locura que supondría pasar un año completo allí. Como ya expliqué en otra ocasión, tuve la suerte de conocer a colombianos que me explicaron que el peligro era que me quisiese quedar, así como al entonces director de noticias de Europa Press, quien había regresado enamorado por el encanto de Colombia después de un viaje de dos semanas. Su rotunda respuesta fue tajante. “Colombia es un gran país. Ni te lo pienses”.

Y así fue. Pasé un año maravilloso… pero el siguiente tenía que regresar a España. De todos modos, como conocí al amor de mi vida en aquellas tierras, bien es cierto que nunca me fui del todo. El ICEX te garantizaba un segundo año en una empresa, por lo que empecé con entrevistas hasta llegar a una empresa de ingeniería. Nosotros estábamos buscando a un ingeniero, pero, como no quedan disponibles, me parece que podrías ser una buena opción. No es que fuese la manera más excitante de ofrecer un puesto de trabajo, pero la oportunidad me pareció muy interesante. Era un proceso para internacionalizar la empresa, basados en fondos multilaterales que tenían un fuerte impacto en países en vías de desarrollo a través de infraestructuras tales como agua potable, saneamiento, energías limpias u ordenación del territorio. Un reto apasionante en un momento en el que sobraba trabajo en España y era complicado convencer a ingenieros de las grandes oportunidades que existían más allá de las comodidades conocidas. Un proceso que muchos empezaron a experimentar cuando llegaron las incomodidades, hasta entonces desconocidas, a causa de la crisis de 2008.

A la semana de incorporarme empecé a viajar. Descubrí que en el trabajo es más sencillo identificar que en la vida existen hijos de puta, como el calzonazos de Lord Macbeth, en una proporción superior al 2% de media que uno se encuentra de media en la sociedad. El exceso de roce por todas las horas que uno pasa en la oficina en ocasiones deshace el cariño. Pero no fue menos cierto que encontré en la competencia personas formidables que me ayudaron y enseñaron durante mis primeros años de trabajo, con quienes compartimos ilusiones, intereses comunes, una gran amistad y el anhelo de que algún año nos toque la lotería. Remedando la frase de Rockefeller con relación a Henry Flager, socio en los inicios de Standard Oil, aprendí que la amistad basada en el respecto y la admiración profesional es más sólida que tener que respetar a un profesional por el mero hecho de ser tu amigo.

Siete años estuve allí. Otro periodo muy interesante en el que descubrí que no siempre es importante el conocimiento que tú tienes, sino saber maximizar el conocimiento de otros y sacar el máximo provecho de capacidades diferentes a las tuyas (lo que no deja de ser otro tipo de conocimiento). La humildad de ser un extraño en un mundo especializado te ayuda a buscar lo importante e intentar ofrecer una visión diferente. Cuando Uber entró en el sector del transporte, sin saber nada de mecánica, vi que no era tan descabellado. De propina, incluso ahora hay quienes me llaman ingeniero de vez en cuando, lo que supone un punto de reconciliación con los primeros deseos de mi padre… pero ahorrándome el estudio de complejas ecuaciones diferenciales de quinto grado.

Adquirida la comodidad de estar estabilizado en la empresa, sentí inquieto que mi desarrollo se había estancado y decidí explorar nuevas oportunidades. Tras un proceso de cambio en el que todo fue perfecto, permanecí algo más de dos años en una nueva empresa, lo que me permitió conocer Perú y también a muy buena gente. Sin embargo, los planes solo le salen siempre bien a Hannibal Smith. El resto a veces no acertamos. No acabé muy contento con aquella experiencia (e imagino que ellos conmigo tampoco).

Perú fue mi siguiente destino. Se presentó una oportunidad muy interesante que suponía asumir un nivel de responsabilidad mucho mayor, en una gran empresa y en un puesto al que difícilmente podría haber aspirado de quedarme en España. Se me abría un incierto reto para la que sentía que me había preparado durante bastantes años y en la que pensaba que podría ofrecer un mejor futuro a mi familia. Pero siempre hay un precio que tienes que pagar. En el frío de una cálida noche de invierno, imitando a Pedro, negué por tercera vez la voluntad de mis padres. Fue la más dolorosa para mí y para ellos. Les dejaba sin disfrutar de sus nietos, que se iban a vivir a nueve mil kilómetros de distancia.

Sin embargo, todo estuvo cerca de derrumbarse. Después de más de diez años viajando en avión, mi primer vuelo a Lima fue la única vez que se me ha olvidado el pasaporte en casa. Por fortuna, el taxista de confianza que siempre me llevaba al aeropuerto (cosas que suceden con los que vivíamos en provincias) me salvó la papeleta y pudimos facturar y entrar en el avión en tan solo 45 minutos. Para completar la jugada, en el momento que me agaché para agarrar el equipaje, mi lindo trasero (más menguado que en la actualidad) ejerció demasiada presión sobre la costura del pantalón recién comprado. Por fortuna, los calzoncillos también eran nuevos.

Ese viaje lo hacía con mi jefe, por lo que su cara de poema al verme coser el pantalón en el avión era de que casi mejor aquí lo dejábamos, que un gusto en haberte conocido… Por fortuna, la Providencia me volvió a echar una mano, ya que el olvido del pasaporte en el hotel le correspondió a él en el viaje de regreso. Además, tampoco aspiraba a tanta coincidencia y me ahorré el dantesco espectáculo de contemplar su ropa interior. Después de la paupérrima primera imagen que había ofrecido, las cosas tan solo podían ir a mejor. Y así fue. Después de seis años formidables, de crecimiento personal y familiar, de mucho esfuerzo y de aprender a adaptarme a un país que me regaló grandes lecciones de vida, me pude despedir diciendo De nada, Perú mientras preparaba la maleta para descubrir otro apasionante país: México.

En México, después de superar la venganza de Moctezuma, nos encontramos con un país infinito, con maravillas en cada esquina y en cada pueblo mágico, amigos entrañables, un inicio laboral prometedor… Después de todas las aventuras vividas, me merecía por fin un cambio apacible. Y así fue. Apacible durante seis meses… hasta que estalló el coronavirus y nos quedamos encerrados una buena temporada, con tanto por conocer. Y sigo con mil cosas por descubrir, pero lo tendré que hacer de visita. Una etapa termina y otra inicia. Parece que AMLO (que necesita más mañaneros y menos mañaneras) no va a echar de menos a un español que se va, pero algo se muere en el alma cuando los amigos se quedan y te han dejado una huella que no se puede borrar. Nosotros tenemos la tranquilidad de que México siempre va a estar aquí, y así sabremos dónde volver.

Por eso, ahora que me tocaba iniciar un nuevo cambio para comprobar de nuevo si el riesgo de Colombia es que te quieras quedar, estaba preocupado. No había tirado un café ardiendo a mi jefe ni expelido una sonora ventosidad en su presencia… Todo se encaminaba a un temible cambio pacífico. Por eso, cuando casi me quedo cojo jugando al fútbol y después tuve que cancelar un vuelo por contagiarme de COVID pude respirar tranquilo. O me atropella un camión esta semana o por fin puedo estar tranquilo. Todo va a salir bien.

Va a ser cierto aquello de que Dios escribe recto con renglones torcidos.

P.D.: Para los amantes de lo preciso, comentar que los hechos referidos al programa Sálvame no guardan la debida coherencia en la línea del tiempo, ya que su primera emisión fue el 27 de abril de 2009. Se puede interpretar que en mis sueños ya era un visionario o que ya casi nadie se acuerda de Tómbola, que era el programa de chismes por excelencia en aquella época.

P.D.2: También estoy convencido de que Tom Cruise no pasó por el quirófano para dejar de parecerse a mí.

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