Caballero del Seiscientos

En mi generación, unos se quejaban del SIMCA 1000 y otros presumían de Tractor Amarillo. Yo, en cambio, me sentí orgulloso de ser un joven caballero del Seiscientos.

Una mañana de agosto de hace 20 años, salí de mi casa en Guadalajara con destino a Cantalojas en el humilde SEAT 600 D que todavía conservaba (y conserva) mi padre. La hora de salida fue temprana, para así poder disfrutar del aire condicionado a sus dos ventanas bajadas. Con sus puertas suicidas, llantas de 12 pulgadas, 25 caballos de potencia, 767 centímetros cúbicos de motor, dirección asistida por mis no tan enérgicos brazos, la guía Campsa como GPS analógico y los desafinados tarareos que salían de mi garanta por radio, tomé la carretera cual Sancho Panza a lomos de un pelotilla de color beige en vez de rucio. Tiré del starter para arrancar. Metí primera, segunda, tercera, cuarta… y seguí en cuarta cuando la carretera lo permitía. Aunque los seiscientos kilos de vehículo, más los pocos que en aquel entonces añadía el conductor, se sentían un pesado lastre fui superando, lento pero seguro, las prolongadas cuestas que se interponían en mi camino hasta el destino final.

Gracias al Seiscientos pude disfrutar sin prisas del hermoso paisaje que ofrece la sierra de Ayllón. Tomé un ligero desvío al malinterpretar el GPS analógico y pude rodear los pueblos negros con sus imponentes tejados de pizarra mientras albergaba la esperanza, finalmente frustrada, de cruzarme con uno de los más veteranos hinchas madridistas para compartir con él la dicha de nuestro regreso al trono europeo. Hacia mediodía, con el sol ocupando su puesto imperial, llegué a las cercanías del hayedo más meridional de Europa, mientras el sudor ya empapaba completamente mi camiseta. El paseo y el almuerzo por el hábitat de las Flores de otro mundo propiciaron un día agradable de campo, que lamentablemente terminó al bajar el sol. El día siguiente tocaba madrugar para ir al puesto de trabajo estival que me permitía llenar los 30 litros de gasolina del depósito y, de paso, ahorrar para los gastos del duro invierno.

Nuevamente con el aire condicionado activado, el regreso a Guadalajara fue mucho más sencillo. Los sufrimientos y calentones de las cuestas empinadas y curvas retorcidas dejaban paso a un placentero camino entre llanos y cuestas abajo. La brisa en mi mano izquierda vaciaba mi mente y me hacía sentir like water, my friend, mientras afirmaba convencido: me gusta conducir. Era un día maravilloso… hasta que vino alguien a joderlo. Toda mi placidez se vio truncada en el momento en el que di alcance a un Renault 21 que, sin ser un vehículo último modelo, peinaba bastante menos canas que mi modesta montura, tenía 5 velocidades y más que triplicaba la potencia de mi motor. El conductor llevaba su L de conductor nobel en el cristal trasero, que más que learner resultó significar lerdo.

Llegué a su altura sin dificultad y me aproximé para anunciar educadamente mi intención de adelantar con el intermitente izquierdo activado. Su infantil orgullo debió verse herido ante el riesgo de ser rebasado por un simple Seiscientos, por lo que aceleró violentamente para evitar lo que a sus ojos hubiese sido una terrible humillación. Sin embargo, su inseguridad e impericia al volante se manifestaba en bruscas frenadas al entrar en cualquier curva, con lo que me veía obligado a permanecer tras él en esa incómoda velocidad que implica cambiar constantemente entre tercera y cuarta marcha. Y yo sin poder expresar mi indignación con ráfagas de luz…

Tras más de diez minutos en tan molesta situación, vi mi oportunidad. Al fondo se vislumbraba una curva para la que no estaba señalizada ninguna restricción de velocidad. Levanté el pie del acelerador y le di espacio mientras reducía a tercera velocidad. Cuando el R21 se aproximaba a la curva, los 25 purasangres relincharon excitados a 4.500 revoluciones mientras clavaba implacable en ellos las afiladas espuelas del acelerador. Como estaba previsto, frenó de manera innecesaria. Aproveché la ocasión para acercarme a su rebufo y, en el momento en el que la línea se tornó discontinua, pude salir de su aspiración cambiando a cuarta velocidad para completar el deseado adelantamiento mientras el velocímetro rozaba el límite de los 120 km/h máximos que alcanzaba a señalar.

Cuando parecía que la estudiada (a la vez que precisa) maniobra se completaría sin dificultad, la terquedad del orgulloso conductor nobel hizo que empezase a acelerar por mi derecha. Tras volver al carril que me correspondía, el R21 se convirtió en una prolongación de mi coche, lo que me obligó a entrar en Humanes a 80 km/h y posteriormente clavar los frenos de tambor (último grito en los años 60) para detenerme en la señal de STOP que existe al poco de entrar en el municipio, con el R21 todavía pegado a pocos centímetros de mi parachoques trasero.

En aquel momento refrené las ganas de manifestar mi enfado mediante un saludo con el dedo corazón erguido y el resto recogidos, ya que un caballero del Seiscientos no puede mancillar tan digna cabalgadura con un soez gesto de tal categoría. En cambio, procedí a realizar un silente (a la par que escatológico) recuerdo a sus familiares fallecidos, mientras reconocía en su inocente madre a la más grande trabajadora del oficio más antiguo del mundo. Cuando bajó la descarga de adrenalina, me calmé y metí nuevamente primera para continuar, sin mayores incidentes, mi seguro regreso a casa mientras se perdía en el retrovisor el rastro del peligroso conductor.

Mirando lo sucedido aquella tarde de verano con la experiencia que proporciona peinar canas, siento que realmente me comporté como un completo imbécil. El conductor que me precedía podía ser objeto de todas las reprobaciones, pero el adelantamiento fue también un acto de absurda imprudencia y tozudo orgullo por mi parte. Obtuve una pírrica victoria que apenas redujo en 5 minutos el tiempo de regresar a casa a cambio del enorme riesgo de sufrir un accidente de funestas consecuencias en un modesto bólido que, por cierto, no venía con airbag de serie. Vamos, igual que los que salen a protestar estos días contra del gobierno sin mascarilla ni mantener la distancia de seguridad debida. Un fútil desahogo que puede poner en peligro su salud y la de aquellos que les rodean, en un momento en el que la amenaza del virus sigue existiendo y puede generar nuevos estragos.

La situación actual en España me ha hecho recordar esta antigua anécdota. Es cierto que contamos con un pésimo conductor a los mandos de nuestro país en la actualidad. Sus bandazos y frenazos son continuos: nula previsión, falta de capacidad para conseguir EPIs para sanitarios, ausencia de liderazgo para comunicar y acordar con la oposición, actitud autoritaria para combatir supuestos bulos (que ya han pasado de moda en la actualidad), falta de medidas de estímulo y protección económica, retrasos insoportables en el pago de ERTEs, declaraciones incendiarias que denigran a nuestros principales sectores productivos, limitación de la libertad de expresión, falta de autocrítica, reformas legislativas en sectores como la justicia o la educación en pleno estado de alarma, nombramiento de altos cargos de confianza, arbitrariedad al conceder privilegios a unos territorios sobre otros, ausencia de indicaciones claras y objetivas a las autonomías que les permita trabajar en sus planes de desescalada, mentiras flagrantes en las alocuciones semanales del presidente… La lista es interminable. Lo único positivo ha sido no estar en la oposición, ya que si la misma situación se hubiese producido con un gobierno de derecha (posiblemente con el mismo responsable técnico), las calles ya estarían ardiendo hasta mimetizarse con las cenizas de Excalibur.

El sentido de superioridad moral de la izquierda hace mirar con desprecio a la oposición, del mismo modo que el lerdo conductor del R21 lo hacía con el Seiscientos. Ninguna propuesta puede ser considerada de utilidad, a no ser que provenga del nacionalista PNV, por mucho que existan pilotos altamente cualificados en todas las ideologías y con experiencia en gestión de otras situaciones críticas. Despreciar esas contribuciones (o al menos escucharlas) para salir de la profunda crisis económica que se nos avecina es un caro lujo que no podemos permitirnos.

Sin embargo, aunque tengamos un piloto tan deficiente, hay un hecho que es irrefutable: el gobierno acaba de iniciar su mandato hace apenas cuatro meses y no existe una alternativa viable que permita sustituirlo. Un problema añadido es que la oposición tampoco es que conduzca un BMW con el que adelantar cómodamente. Más bien, el presupuesto del BMW se lo han gastado en tres coches de segunda mano, que no son capaces de avanzar en una misma dirección, lo que genera desconfianza en la alternativa. Al final, estamos en la triste situación de siempre: elección por oposición.

También vivimos en una época en la que parece que nos va la vida en adelantar en la siguiente curva. Parece como si cada semana se fuese a acabar el mundo, por lo que hay que encontrar el tuit ingenioso o el titular estelar que lo salve. Y así vemos todos los días estériles debates encendidos, como los que se producen entre Isabel Díaz Ayuso (una política de mecha corta que en cuanto ve un trapo rojo embiste a ojos cerrados) y un gobierno que ve en ella un filón con el que excitar a sus seguidores. Una pena, ya que gestiones muy brillantes (como IFEMA o el cierre anticipado de colegios o centros de día para mayores al inicio de la pandemia) quedan deslucidas por el hastío que provoca la polémica incesante por cualquier motivo que lo permita.

Si Ayuso no existiese en la vida política española, los Echeniques, Iglesias y Lastras de turno se tendrían que inventar una, ya que ha sido su válvula de escape durante toda la crisis para hacer oposición a la oposición ante la ausencia de éxitos propios de los que presumir. Unas peleas donde los madrileños son quienes salen más dañados. Haría bien Casado en no entrar en el molesto ruido de la discusión estéril y potenciar los interesantes mensajes de otros líderes, como Feijoo o Almeida, que quedan silenciados.

No hay que pensar en un adelantamiento que no es viable. Habrá que tener paciencia con un gobierno sectario que nunca va a buscar el acuerdo con la oposición, como no lo ha querido desde que Sánchez es líder del PSOE. El gobierno ha manifestado su intención de salir de la crisis de 2020 de manera diferente a como lo hicimos de la crisis de 2008. Si entonces salimos creando más de 3 millones de puestos de trabajo, quizá en ésta terminemos con un rescate europeo que nos implique reducción en las pensiones o los salarios de los trabajadores públicos que tanto se han esforzado en la emergencia sanitaria. La oposición, por su lado, tendrá que ejercer de contrapeso en los territorios que gobierna, trabajar en su plan alternativo, proponer con tranquilidad y seguridad y rezar porque España no quede destruida económicamente después de la pandemia. Porque no hay opciones para una moción de censura.

Mientras tanto, son legítimas y democráticas todas las protestas contra este gobierno, siempre que se respeten los criterios médicos. Ante todo precaución, amigo conductor, que la senda es peligrosa. PS. Y después del apoyo de Ciudadanos y PNV al gobierno, les premian con un acuerdo con Bildu para derogar (o no) (o sí) la reforma laboral. Voy a tener que ir preparando la cacerola… en el balcón.