Zenón, Aquiles y la tortuga

Zenón de Elea describió en el siglo V a.c. la paradoja de Aquiles y la tortuga. Consiste en una carrera entre el de los pies ligeros, tal y como le apoda Homero en la Ilíada, y el lento reptil con su caparazón a cuestas.

Un artículo de muyinteresante.es nos explica la paradoja. Arranca con el gran héroe Aquiles desafiando a una tortuga a una carrera a pie. Para mantener cierta equidad, se acepta dar a la tortuga una ventaja de, digamos, 500 metros. Cuando comienza la carrera, como era de esperar, Aquiles empieza a correr a una velocidad mucho más rápida que la pobre tortuga, de modo que cuando ha alcanzado la marca de los 500 metros, la tortuga apenas ha caminado 50 metros más que él. Pero cuando Aquiles ha alcanzado la marca de los 550 m, la tortuga ha caminado otros 5 y para cuando llegó a la marca de los 555 metros, la tortuga había caminado otros 0,5; luego 0,25, luego 0,125 y así sucesivamente. Este proceso continúa una y otra vez a lo largo de una serie infinita de distancias cada vez más pequeñas, con la tortuga siempre avanzando mientras Aquiles intenta alcanzarla sin conseguirlo.

La paradoja parte del siguiente enunciado: Si cada vez que la tortuga avanza un metro, Aquiles recorre diez, ¿en qué momento atrapará Aquiles a la tortuga, teniendo en cuenta que parte con 500 metros de ventaja?. Como el enunciado requiere de un movimiento previo por parte de la tortuga, la conclusión es que Aquiles nunca la alcanzará. Cada vez que llega al lugar que ocupaba la tortuga, siempre tendrá una distancia por recorrer, por pequeña que sea. Esta paradoja cobra plena actualidad, ya que se trata de un planteamiento similar al que surge con la negociación que quiere abrir nuestro Presidente con los independentistas catalanes para lograr una falaz concordia.

Los españoles negociamos en el momento de otorgarnos nuestra Constitución (CE), con un 90% de apoyo en Cataluña, un punto de equilibrio entre centralismo y autonomía, que además puede ser modificado. El equilibrio se encontró en un sistema dinámico, que nos propició pasar de ser un estado muy centralista antes de 1978 hasta convertirnos 43 años después en el segundo estado más descentralizado del mundo, solo detrás de Alemania, de acuerdo al Regional Authority Index elaborado por la universidad de Oxford.

Esta descentralización se ha logrado gracias a nuestra Constitución y no a pesar de ella. En el artículo 148 CE se establece las competencias que podrán asumir las autonomías y en el 149 las competencias exclusivas del Estado Central. Si nos fijamos, estas últimas competencias son bastante limitadas y además tienen truco. Para empezar, el apartado 3 del artículo 149 se establece que toda competencia no reservada para el estado puede ser asumida por las autonomías Las materias no atribuidas expresamente al Estado por esta Constitución podrán corresponder a las Comunidades Autónomas, en virtud de sus respectivos Estatutos. Por si esto fuera poco, el artículo 150 en su apartado 2 refleja lo siguiente: El Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación. Esta vía se ha utilizado para realizar Leyes de Transferencia o Delegación que han llevado a que cada vez más competencias se gestionen de manera descentralizada.

Como todo político (sea del partido que sea) en el momento en el que obtiene poder cada vez quiere más, hemos seguido en estos más de 40 años un proceso de descentralización cada vez mayor, donde toda Comunidad Autónoma tiene competencia en puertos, aunque no tenga mar. ¿Esto ha mejorado la gestión de servicios para los ciudadanos? En muchos aspectos, sin duda. Numerosos estudios demuestran que los países descentralizados mejoran la gestión. ¿Esto ha servido para una mayor corresponsabilidad de las autonomías y asumir sus aciertos y errores en la gestión? Pues no siempre. La descentralización también conlleva riesgos relacionados con eficiencia en la gestión (pérdida de unidad de mercado y prestación de servicios más costosos), que solo pueden paliarse con lealtad institucional.

En España estamos padeciendo de una política en la que es muy útil contar con un enemigo común, que es el gobierno central. Total, como nadie sabe quién es el responsable, siempre existe la posibilidad de culpar al adversario. Algo de eso hemos visto durante la pandemia. Del mismo modo, también hay países que no cuentan con tensiones regionales y entonces tiran del euroescepticismo para encontrar al chivo expiatorio necesario para tapar sus vergüenzas internas. Esta adolescencia en el comportamiento político ha estado acompañada de una campaña publicitaria exitosa, denigrando la estructura competencial española. Si consideramos 0 un escenario de completa centralización y 10 otro de independencia, la posverdad separatista vende que estamos en una situación cercana al 0 (total centralización) cuando la realidad nos coloca, siendo cicateros, al menos con una puntuación de 7 (altamente descentralizado).

En España, por tanto, no estamos en una discusión de todo o nada, sino en otra de todo o mucho. Ante esta situación, están los ingenuos (o los bienintencionados, según cada cual los quiera considerar) que reclaman un nuevo proceso de negociación para lograr la paz social. Son equidistantes que reclaman el acuerdo del 5, entre las reclamaciones independentistas y la situación actual, obviando que la reclamación vendría por alcanzar ahora un 8,5… y que en 10 años un 9,25 (alegando un nuevo 5)… y así sucesivamente. Mientras tanto, los que denunciamos que lo que se persigue con el 5 es la fatídica rima (sin vaselina) vamos a ser considerados fascistas.

¿Por qué esta situación se parece a la paradoja de Zenón? Porque en ningún caso le interesa a Cataluña llegar a una situación de 10, que sería la independencia. El salto al vacío que iniciaron en 2012 ha tenido un efecto catártico para la política independentista. Llevan casi 10 años en la que cualquier problema interno (y tienen muchos) se resuelve exaltando el conflicto externo con su enemigo preferido: el resto de España. De este modo, su nula capacidad de gestión ante la pandemia, los escándalos de corrupción de la familia Pujol, la ausencia de presupuestos o que Cataluña haya sido la autonomía con mayor recorte del gasto social entre 2009 y 2019 mientras siguen abiertas las embajadas o chiringuitos varios como TV3 pasan a segundo plano ante la supuesta opresión que España les genera.

Además, los independentistas juegan con la ventaja adicional de que las cartas están marcadas. Pueden reclamar que la ley no es un límite para ellos, sino que es un obstáculo para la democracia. En cambio, los verdaderos demócratas no podemos admitir un cambio de la ley por procedimientos ajenos a ella; no podemos aceptar referéndums no contemplados en la Constitución; y tampoco podemos realizar dejación de funciones con los millones de catalanes defensores de la legalidad.

Los separatistas catalanes van a vivir siempre de vender el sueño de la independencia. Es lo que les da de comer (y bastante bien, como nos demuestra Junqueras). Pero no tienen dinero para pagar la fiesta de un nuevo Estado. ¿O acaso no recordamos que la Generalitat estaría quebrada de no ser por la compra de su deuda a cargo del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA)? ¿O tampoco nos acordamos que esa deuda se generó con el tripartito PSC-ERC-IC (lo que ahora sería Podemos)? ¿O que CiU (el partido en el que militaba Puigdemont) se apoyó en el PP para cambiar la errática gestión y endeudamiento del tripartito hasta que se asustó de la reacción de los indignados en 2012? No les importó el apoyo de los ahora fascistas 6 años después de que recogiesen firmas en contra de un Estatut inconstitucional. Otra mentira que ha calado en la opinión pública.

Los ingenuos (o bienintencionados) vuelven entonces a la carga. ¿Qué hacemos ante esta situación? ¿Cómo solucionar el conflicto? La respuesta, a mi juicio, está clara: NADA. No se dan las condiciones de lealtad para hacer ALGO. Lo único que puedo hacer es explicar que realmente estamos en más de un 7 de descentralización y que avanzar a un 8,5 implicaría elevados costes económicos, sociales y de justicia que no pueden ser asumidos. Si se realiza un planteamiento de deslealtad, como el que realizó en 2012 Artur Mas para exigir un pacto fiscal en plena crisis económica, lo normal es que se diga NO. Si se quiere realizar un nuevo planteamiento egoísta en 2021, lo normal es que se vuelva a decir NO. Pero si se realizan planteamientos honestos, en un esquema de negociación de ganar-ganar, reconociéndonos el valor que cada uno tenemos y poniendo en primer lugar el bienestar de las personas (con independencia de su ideología) entonces la respuesta será un clamoroso SI.

¿Cuál es el verdadero problema? Que estamos hablando de planteamientos de políticos y se está manipulando de forma maniquea los sentimientos de la población, generando enemistades donde existen importantes sinergias entre la cuarta economía de Europa y una de sus regiones más prósperas (aunque con señales de estancamiento económico por la errática gestión de su clase dirigente), generando un conflicto artificial de pobres contra pobres. Se coloca en el centro un romanticismo falso del siglo XIX, que busca soluciones egoístas a corto plazo en lugar de reformas ambiciosas de bienestar compartido a largo. El mismo planteamiento reduccionista de ganar-perder de suma cero que lleva a unos a ser los buenos y a otros los malos cuando, en verdad, existen opciones de beneficio mutuo.

¿Y cuál es la solución? Colocar en el centro a las personas. Estudiar qué es lo que genera menores costes al ciudadano y mayores cuotas de bienestar. No entrar en discusiones de quién gestiona más, sino de cómo gestionar mejor. Realizar cálculos, poner números encima de la mesa… pero sin hacernos trampas al solitario. Con honestidad. ¿Son preferibles 17 tarjetas sanitarias o es mejor una sola que permita que te atiendan sin problemas en cualquier lugar de España? La gestión de puertos y aeropuertos en Cataluña, ¿reduce los costes de gestión o los incrementa? ¿Es más eficiente la transferencia? Que se realice. ¿No lo es? Que no se realice. Tener diferentes regulaciones fitosanitarias en temas alimentarios, ¿es una ventaja o una armonización sería más beneficiosa al ser el resto de España su principal mercado (40% de sus exportaciones)? Cataluña, además de los órganos de gobierno de la Generalitat contaba en 2017 con 20 entidades públicas administrativas, 44 entidades de derecho público, 27 sociedades mercantiles y 54 consorcios. ¿Se están gestionando de manera adecuada? ¿Se pueden producir ahorros de costes gestionando algunas materias de forma centralizada para ahorrar costes y dedicarlos a otros gastos sociales o a reducción de impuestos?

Pero de esto no se habla y es el análisis que, a mi juicio, se tiene que realizar. No sé si la mejor manera de gestionar sea con una puntuación de 5, de 6 o de 9, pero lo que ya está estudiado por múltiples economistas es que una solución de 10 lleva a Cataluña a la ruina, como comprobamos con la huida de empresas ante la Declaración Unilateral de Independencia de 2017. O como hemos visto con todos los nacionalismos excluyentes en la historia de Europa. Quizá por ello en 20 años, desde 1998 hasta 2018, la renta per cápita catalana ha disminuido un 7% con relación a la madrileña (del 93 al 86%) o en 2019 la renta per cápita de Cataluña cayó por debajo de la media de la UE. Y, lo que es más sangrante, en un sistema de financiación autonómica pactado entre el PSOE y ERC. Pero mientras el enemigo sea el resto de España, no se habla de su nefasta gestión.

La verdadera aspiración de los separatistas es obtener un sistema similar al concierto económico vasco o navarro. Calcular un excedente que repartir con el resto de España que sea beneficioso para ellos y que les permite sufragar el enorme déficit (superior a los 4.000 millones de euros) que cuentan en materia de pensiones. Aprovechar el victimismo para lograr que les paguemos un rescate a cambio de una paz social que permita al resto de España contar con el privilegio de su compañía. Ese es el 9,8 al que aspiran. Esta es la razón por la que su objetivo final no es la independencia. Por eso su republiqueta duró 8 segundos. Y por eso siguen cavando y no quieren salir del agujero.

Mientras tanto, un Presidente que no es un ingenuo (ni un bienintencionado), sino un valiente oportunista que tan solo busca su interés personal, les da cuerda para seguir él en el poder. Un líder pernicioso que lo único que está consiguiendo es generar un ambiente social que justifique otro levantamiento contra la ley en el momento en el que la oposición de derecha regrese al poder. Sánchez juega con la falacia de ser el generoso Aquiles que corre bondadoso detrás de la tortuga… mientras que ella siempre se escurre con su siguiente huida hacia delante. No se dan cuenta de que la realidad destruye la paradoja en el momento en el que les dejamos correr libremente 556 metros.

Roscón

Si quitamos la fruta escarchada, que es un ingrediente prescindible para muchos, son tres los elementos que se necesitan para hacer un roscón de Reyes: una buena masa, un poco de levadura y el calor del horno. Curiosamente son los mismos tres elementos que se necesitan para organizar una sedición… como acabamos de comprobar con la panda de frikis seguidores de Trump que asaltaron el Capitolio el día de Reyes.

Todo proceso de sedición surge de una masa enfurecida que se siente descontenta ante su situación, en muchas ocasiones por crisis económicas. La levadura es el catalizador que se utiliza para explicar a las masas cuál es la causa de sus problemas (el establishment, la burguesía, los ricos, los inmigrantes…), prometiendo soluciones sencillas que reviertan su descontento. Finalmente, se calienta a las masas a través de medios de comunicación afines o redes sociales… hasta que se producen los incidentes típicos de una sedición. De este modo, un grupo de estadounidenses se sienten molestos con el resultado electoral, se acusa al establishment de manipular el resultado, Trump insta al apreteu a sus seguidores en Twitter y unos exaltados terminan asaltando el Capitolio.

Los procesos de sedición ya existían a principios del siglo XIX en España, solo que se llamaban Motines. Galdós lo describió muy bien en la primera serie de sus Episodios Nacionales (El 19 de marzo y el 2 de julio) al referirse a la multitud que participó en el Motín de Aranjuez: Nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene por sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes el vano discurso del vulgo, siempre engañado. La turba, espoleada por el felón de Fernando VII consiguió la caída del denostado Godoy, pero no solucionó los problemas existentes. Apenas mes y medio más tarde España cayó bajo el yugo de Napoleón, padeció una sangrienta guerra de independencia durante 6 años y sufrió la posterior división de las dos Españas (liberales y absolutistas) durante más de medio siglo.

Las revoluciones de las masas se han producido a lo largo de toda la historia. El verdadero problema ha sido cuando han triunfado, como en el golpe de estado de Lenin contra la legítima república rusa de Kérenski (ocho meses después de la caída de los zares); o la movilización de las masas que llevó a Hitler al poder en Alemania para acabar con el poder constitucional de la República de Weimar desde dentro. Son los dos casos extremos, en los que la levadura en el primer caso fue el bienestar de la burguesía frente a la pobreza del pueblo y en el segundo caso la superioridad de la raza aria, lo que llevó a formar dos regímenes iliberales que sumieron en la más absoluta pobreza a aquellas poblaciones que en teoría venían a salvar.

En intensidades mucho más reducidas, hemos tenido dos procesos de masa, levadura y horno en España desde que estalló la crisis financiera de 2008. El primer proceso se vivió en Cataluña, con dos fases. En la primera (desde grupos opuestos al gobierno), la levadura era la corrupción de los partidos políticos (tres per cent) y los recortes sociales. En la segunda (alentada desde el gobierno), se cambió hábilmente la levadura para que fuese el España nos roba. La consecuencia fueron dos asaltos al Parlament, una declaración ilegal de independencia y una división de la sociedad por la mitad, que va a costar décadas superar.

El segundo proceso se vivió con dos manifestaciones cuyo lema era Rodea el Congreso. Solo un fuerte dispositivo policial evitó que viésemos escenas similares a las del Capitolio. La primera fue en 2012 (convocada por populistas que estaban fuera del Parlamento), cuya levadura fueron los recortes que imponía la Troika y la corrupción política. La segunda fue en 2016 (con los populistas dentro del Parlamento) antes de la toma de posesión de Rajoy. Un elemento paradójico es que se presionaba a unas Cortes Generales elegidas apenas 4 meses antes en unas elecciones democráticas… pero que algunos consideraban que no les representaban (a pesar de haber participado en ellas). De locos. En esa sesión del Congreso, Rajoy necesitó de la abstención del PSOE para ser investido. Ese apoyo contrario a lo prometido en las elecciones fue lo que llevó a algunos a considerar ilegítimo ese gobierno (¿paralelismos?).

Por fortuna para los que alentaron las dos protestas, ahora mismo están en el poder. Unos en Cataluña y otros en el gobierno de España. Además, la situación económica de sus líderes parece haber mejorado hasta alcanzar unas cotas de bienestar que no podían haber soñado antes de incorporarse a la casta. Por eso, ha sido un gran regalo de Reyes para España el asalto al Capitolio por parte de los seguidores de Trump, ya que ha puesto a los populistas de izquierda ante el espejo de los populistas de derecha. De ese modo, los populistos que están ahora mismo en el poder defienden el imperio de la ley frente a masas descontroladas que quieren asaltar los cielos desde las calles… al menos hasta que su nefasta gestión los devuelva al frío que supone no tocar el pelo del poder.

¿Y Vox? Preguntarán algunos. Pues yo creo que Vox tiene la levadura de las soluciones sencillas para problemas complejos que ofrecen los populismos, así como el calor de las redes sociales… pero le falta la masa. Al contrario de lo que sucede en Francia o en Alemania, en España no se producen trasvases entre extrema izquierda y extrema derecha. Cuando pones en el horno mucha levadura y poca masa, el roscón sube rápidamente, pero con la misma velocidad se desinfla como un suflé ante su falta de consistencia.

Para ser justos, han sido más bien los simpatizantes de Vox quienes han sufrido el bullying por parte de masas de extremistas de izquierdas o separatistas que al contrario. Sus votantes pueden protestar airados su descontento, pero en su mayoría no son subversivos. Por ello, su defensa de populismos de derecha (Salvini, Trump, Le Pen) les pone también ante la contradicción de su semejanza con los populismos de izquierda… lo que espero que propicie una huida de votantes hacia opciones más moderadas. Sería también el mejor regalo de Reyes para que el centro derecha español pueda ejercer una oposición real y convertirse en una alternativa viable a un gobierno demasiado influido por el menguante (por fortuna) populismo de Iglesias. Ahora solo queda que las opciones moderadas de centro derecha tengan la capacidad de articular dicha alternativa con un discurso sólido y convincente… lo que tampoco está tan claro.

Winter is coming. La crisis por la pandemia va a intensificar los problemas que ya teníamos en nuestras sociedades occidentales (envejecimiento de la población, transformación tecnológica, reto medioambiental, etc). La lucha en España, en Europa y en el mundo va a ser entre las soluciones sencillas de los populismos (de derechas o de izquierdas) o las complejas soluciones democráticas que se puedan realizar desde postulados socialdemócratas, liberales o conservadores. Populismo o democracia, no izquierdas o derechas. Que no nos engañen.

El roscón ha llegado este año con una sorpresa muy desagradable, pero espero que se convierta en un regalo en forma de lección aprendida contra el peligro de los populismos.