Mis renglones torcidos

¿Ordenó usted el Código Rojo? Hay frases que te cambian la vida y ésta fue una de ellas. O quizá fue ¡Atención! Hay un oficial presente. Lo cierto es que, después de ver Algunos hombres buenos, tomé una decisión que cambiaría mi vida. No sé si fue la intensidad dramática de la película, el talento de Aaron Sorkin en el guion o el innegable parecido que siempre hemos tenido Tom y yo (quizá por eso se operó) pero, al salir del cine Palafox en el calor de una fría noche de enero de 1993, decidí estudiar Derecho. Fue la primera negación a mi padre, con su consiguiente disgusto (yo, que siempre fui muy bueno de pequeño), porque habría preferido que me decantase por una ingeniería. En honor a la verdad, mi padre también había abonado previamente el camino a mi vocación cuando me enseñó obras maestras del cine clásico como Doce hombres sin piedad o Matar a un ruiseñor.

La idea original fue madurando durante los siguientes años de mi adolescencia y se convirtió en mi aspiración a ser Juez… Y Juez de lo Penal, para salvar a los inocentes y condenar a los culpables. No tendría la adrenalina del teniente Kaffee, del jurado número ocho o de Atticus Finch, pero me quedaría el privilegio de formar parte de la siempre acogedora administración española. Para cumplir mi sueño, el camino más corto era estudiar Derecho en la vecina universidad de Alcalá de Henares, como paso previo para preparar unas divertidas oposiciones a la judicatura. Apenas un 4 en el examen de Selectividad me aseguraba tener plaza, así que me tomé las semanas previas con bastante relajo y sosiego. Posiblemente, esa tranquilidad me permitió fijarme en el consejo de mayor valor que dieron en las clases de preparación: no es tan importante apabullar con mucho contenido como estructurar bien las ideas que se quieren transmitir. Lástima que esas lecciones de pensamiento crítico, identificación de lo importante, jerarquización de las ideas y seguridad en uno mismo no eran las que prevalecían en nuestros centros de enseñanza, ya que son fundamentales en todos los aspectos de la vida.

El día antes de Selectividad un amigo me pidió ayuda con el examen de matemáticas. Ahí se cumplió el principio de ayúdame y te habré ayudado. Aunque suene paradójico, enseñar es muchas veces la mejor manera de aprender. Después de cuatro horas explicando estadística, me quedaron mucho más claros los conceptos y obtuve una gran nota. Fue el primer paso para tener una calificación mucho mejor de la que yo esperaba. Orgulloso de las notas de su hijo, mi padre me animó a tomar una decisión que volvió a cambiar mi vida. Me habló de una universidad que habían abierto pocos años antes en Getafe y que permitía estudiar no solo Derecho sino también Administración de Empresas. La Carlos III fue la primera universidad pública en ofertarlo. La nota de corte era mucho más exigente, pero la había superado sin proponérmelo. Mi familia realizó un enorme sacrificio del que siempre estaré agradecido y a mí me tocó salir de la comodidad de casa… lo que se repetiría más adelante.

La gratitud que sentía hacia mi amigo por haberse dejado enseñar matemáticas, se vio truncada en el momento en que acabó saliendo con la chica que me gustaba. Pero, mirando con la perspectiva de la que carecí en su momento, todos salimos ganando: el mamón de mi examigo aprobó Selectividad para estudiar Derecho en Alcalá de Henares, mi examada consiguió un novio con un Fiat Bravo azul (y un jersey amarillo) y yo hice las maletas. Mientras ellos pasaban el rato, fuimos felices los tres.

Después de seis años estudiando en la universidad, estar unos cuantos más preparando oposiciones empezaba a no sonar tan atractivo. Puse a prueba mi vocación una fría mañana de invierno en la que fui a conocer cómo funcionaban los juzgados de lo penal de Plaza de Castilla. Sin embargo, lo único positivo de aquella mañana fue vislumbrar los inicios de una futura sociedad feminista, con tres mujeres con mando en plaza: jueza, secretaria judicial y fiscal. Por desgracia, el resto del escenario no acompañaba: carteles en algún momento lisos y blancos, ahora arrugados y amarillos, anunciaban la sala en la que se celebrarían las vistas; legajos y cajas de papeles acumulaban polvo en los asientos de madera que habían perdido su pretérito barniz brillante; los pisos sucios, las paredes desconchadas…

Si el continente no era muy atractivo, el contenido no mejoró cuando empezaron los juicios. Fueron desfilando uno tras otro un exhibicionista que enseñaba su micropene a niñas pequeñas al salir de clase; dos miembros de una comunidad de vecinos que habían dirimido sus diferencias y uno acabó con un navajazo en un costado y el otro sin visión de un ojo; dos carteristas que habían sido encontrados robando en el Metro; tres camellos que menudeaban en Plaza de Castilla para que la entrada y salida no les llevase tanto tiempo… Desolado contemplé cómo mis admiradas feministas confesaban estar hasta los huevos (una expresión un tanto contradictoria con su naturaleza) de tanta miseria en los recesos entre juicio y juicio.

La decisión estaba casi tomada y se tornó en definitiva con la pesadilla que me asaltó ante la frustración por lo vivido aquel día. Soñé con que un gilipollas de Sálvame que acusaba a otro (también gilipollas y también de Sálvame) de haberle infringido un Código Rosa. De este modo, en el calor de otra fría noche de invierno negué por segunda vez a mis padres: Iba a buscar trabajo al terminar la carrera y no a opositar. La lección aprendida de aquella experiencia fue que, cuando vi la siguiente obra maestra de Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca), ya estaba curado de espanto y no caí en la tentación de la política. Entonces decidí buscar trabajo, aunque un amigo mío trató de disuadirme en el último momento, con un argumento al estilo de Lady Macbeth: Para que te vaya bien en el sector privado hay que ser un poco hijo de puta… y tú eres demasiado buena persona. Creo que eso también lo enseñan en el cine.

Para muchos de mi promoción, el acceso al sector privado pasaba por alguna de las grandes empresas auditoras y consultoras. Te ofrecían una remuneración más que aceptable, te proporcionaban una gran formación… a cambio de unas cuantas horas extras de trabajo. Bastantes cerraron su futuro en abril del último año, para empezar a trabajar en septiembre. Me volví a tomar con calma ese paso hacia mi previsible dulce condena y disfruté de un verano muy enriquecedor en África. A mediados de octubre, empecé con el proceso de selección en una de estas firmas. En Navidad, mi futuro ya estaba encaminado. Había superado todas las pruebas y entrevistas a las que me había enfrentado hasta que, días antes de incorporarme, estalló el caso Enron y mi claro futuro se tornó en incógnita. Todos los procesos de selección en la empresa que realizó sus auditorías fueron cancelados.

Dos días después del jarro de agua fría, sonó el teléfono de casa (cuando era incluso más joven no llamaban al móvil para las ofertas de empleo). Era un 28 de diciembre y me ofrecían realizar una entrevista de trabajo para el departamento de administración de Europa Press. ¿Estarías interesado en realizar una entrevista de trabajo con nosotros? Me preguntó mi interlocutor. Claro que sí, contesté. Después de ir ganando confianza, me hicieron la pregunta más surrealista que nunca he tenido en una entrevista de trabajo. Por cierto, ¿no te han dicho que te pareces a Bin Laden? Tres meses y medio antes había sido el 11-S y el Sr. Osama estaba de moda, pero mi parecido (como ya lo he mencionado antes), podría ser todo caso con Tom Cruise. Así que caí en cuenta que era 28 de diciembre y mi única preocupación era saber quién me había querido gastar la broma y, obviamente, no fui a la entrevista. Sin embargo, el 2 de enero volvió a sonar el teléfono. ¿Por qué no viniste a la entrevista y no me avisaste? Me volvió a preguntar el mismo interlocutor. Porque si me dices que me parezco a Bin Laden un 28 de diciembre es complicado que piense que es una propuesta seria, repliqué. Pero ¿estás interesado en la entrevista?

Y así es como inicié mi primera experiencia laboral. Fueron apenas seis meses, en los que me lo pasé en grande, no aprendí mucho, pero conocí a gente formidable que me introdujo el gusanillo de la escritura. No era el lugar en el que quería desarrollar mi carrera profesional, y después de otros procesos de selección, gracias al consejo de un buen amigo, me examiné de las pruebas del ICEX y me dieron Bogotá como destino. En aquella época, mi tía campeona cayó enferma e iba a recoger a mi madre en el hospital al salir de trabajar para regresar juntos a casa. No pude apenas preparar la prueba… Si lo hubiese hecho, igual con mejor nota mi destino hubiese sido Asia… o habría suspendido… o, ¿quién sabe?, igual mi destino hubiese sido también Colombia.

Mi primer contacto con Colombia no fue el mejor. El día que me comunicaron el destino fue la toma de posesión de Álvaro Uribe. Los terroristas de las FARC atentaron contra el presidente recién posesionado lanzando granadas que que acabaron con la vida de unos inocentes mendigos en la cercana calle de El Cartucho. La reacción fue escuchar a grandes expertos en política internacional de bar explicando lo peligroso que era Bogotá y la locura que supondría pasar un año completo allí. Como ya expliqué en otra ocasión, tuve la suerte de conocer a colombianos que me explicaron que el peligro era que me quisiese quedar, así como al entonces director de noticias de Europa Press, quien había regresado enamorado por el encanto de Colombia después de un viaje de dos semanas. Su rotunda respuesta fue tajante. “Colombia es un gran país. Ni te lo pienses”.

Y así fue. Pasé un año maravilloso… pero el siguiente tenía que regresar a España. De todos modos, como conocí al amor de mi vida en aquellas tierras, bien es cierto que nunca me fui del todo. El ICEX te garantizaba un segundo año en una empresa, por lo que empecé con entrevistas hasta llegar a una empresa de ingeniería. Nosotros estábamos buscando a un ingeniero, pero, como no quedan disponibles, me parece que podrías ser una buena opción. No es que fuese la manera más excitante de ofrecer un puesto de trabajo, pero la oportunidad me pareció muy interesante. Era un proceso para internacionalizar la empresa, basados en fondos multilaterales que tenían un fuerte impacto en países en vías de desarrollo a través de infraestructuras tales como agua potable, saneamiento, energías limpias u ordenación del territorio. Un reto apasionante en un momento en el que sobraba trabajo en España y era complicado convencer a ingenieros de las grandes oportunidades que existían más allá de las comodidades conocidas. Un proceso que muchos empezaron a experimentar cuando llegaron las incomodidades, hasta entonces desconocidas, a causa de la crisis de 2008.

A la semana de incorporarme empecé a viajar. Descubrí que en el trabajo es más sencillo identificar que en la vida existen hijos de puta, como el calzonazos de Lord Macbeth, en una proporción superior al 2% de media que uno se encuentra de media en la sociedad. El exceso de roce por todas las horas que uno pasa en la oficina en ocasiones deshace el cariño. Pero no fue menos cierto que encontré en la competencia personas formidables que me ayudaron y enseñaron durante mis primeros años de trabajo, con quienes compartimos ilusiones, intereses comunes, una gran amistad y el anhelo de que algún año nos toque la lotería. Remedando la frase de Rockefeller con relación a Henry Flager, socio en los inicios de Standard Oil, aprendí que la amistad basada en el respecto y la admiración profesional es más sólida que tener que respetar a un profesional por el mero hecho de ser tu amigo.

Siete años estuve allí. Otro periodo muy interesante en el que descubrí que no siempre es importante el conocimiento que tú tienes, sino saber maximizar el conocimiento de otros y sacar el máximo provecho de capacidades diferentes a las tuyas (lo que no deja de ser otro tipo de conocimiento). La humildad de ser un extraño en un mundo especializado te ayuda a buscar lo importante e intentar ofrecer una visión diferente. Cuando Uber entró en el sector del transporte, sin saber nada de mecánica, vi que no era tan descabellado. De propina, incluso ahora hay quienes me llaman ingeniero de vez en cuando, lo que supone un punto de reconciliación con los primeros deseos de mi padre… pero ahorrándome el estudio de complejas ecuaciones diferenciales de quinto grado.

Adquirida la comodidad de estar estabilizado en la empresa, sentí inquieto que mi desarrollo se había estancado y decidí explorar nuevas oportunidades. Tras un proceso de cambio en el que todo fue perfecto, permanecí algo más de dos años en una nueva empresa, lo que me permitió conocer Perú y también a muy buena gente. Sin embargo, los planes solo le salen siempre bien a Hannibal Smith. El resto a veces no acertamos. No acabé muy contento con aquella experiencia (e imagino que ellos conmigo tampoco).

Perú fue mi siguiente destino. Se presentó una oportunidad muy interesante que suponía asumir un nivel de responsabilidad mucho mayor, en una gran empresa y en un puesto al que difícilmente podría haber aspirado de quedarme en España. Se me abría un incierto reto para la que sentía que me había preparado durante bastantes años y en la que pensaba que podría ofrecer un mejor futuro a mi familia. Pero siempre hay un precio que tienes que pagar. En el frío de una cálida noche de invierno, imitando a Pedro, negué por tercera vez la voluntad de mis padres. Fue la más dolorosa para mí y para ellos. Les dejaba sin disfrutar de sus nietos, que se iban a vivir a nueve mil kilómetros de distancia.

Sin embargo, todo estuvo cerca de derrumbarse. Después de más de diez años viajando en avión, mi primer vuelo a Lima fue la única vez que se me ha olvidado el pasaporte en casa. Por fortuna, el taxista de confianza que siempre me llevaba al aeropuerto (cosas que suceden con los que vivíamos en provincias) me salvó la papeleta y pudimos facturar y entrar en el avión en tan solo 45 minutos. Para completar la jugada, en el momento que me agaché para agarrar el equipaje, mi lindo trasero (más menguado que en la actualidad) ejerció demasiada presión sobre la costura del pantalón recién comprado. Por fortuna, los calzoncillos también eran nuevos.

Ese viaje lo hacía con mi jefe, por lo que su cara de poema al verme coser el pantalón en el avión era de que casi mejor aquí lo dejábamos, que un gusto en haberte conocido… Por fortuna, la Providencia me volvió a echar una mano, ya que el olvido del pasaporte en el hotel le correspondió a él en el viaje de regreso. Además, tampoco aspiraba a tanta coincidencia y me ahorré el dantesco espectáculo de contemplar su ropa interior. Después de la paupérrima primera imagen que había ofrecido, las cosas tan solo podían ir a mejor. Y así fue. Después de seis años formidables, de crecimiento personal y familiar, de mucho esfuerzo y de aprender a adaptarme a un país que me regaló grandes lecciones de vida, me pude despedir diciendo De nada, Perú mientras preparaba la maleta para descubrir otro apasionante país: México.

En México, después de superar la venganza de Moctezuma, nos encontramos con un país infinito, con maravillas en cada esquina y en cada pueblo mágico, amigos entrañables, un inicio laboral prometedor… Después de todas las aventuras vividas, me merecía por fin un cambio apacible. Y así fue. Apacible durante seis meses… hasta que estalló el coronavirus y nos quedamos encerrados una buena temporada, con tanto por conocer. Y sigo con mil cosas por descubrir, pero lo tendré que hacer de visita. Una etapa termina y otra inicia. Parece que AMLO (que necesita más mañaneros y menos mañaneras) no va a echar de menos a un español que se va, pero algo se muere en el alma cuando los amigos se quedan y te han dejado una huella que no se puede borrar. Nosotros tenemos la tranquilidad de que México siempre va a estar aquí, y así sabremos dónde volver.

Por eso, ahora que me tocaba iniciar un nuevo cambio para comprobar de nuevo si el riesgo de Colombia es que te quieras quedar, estaba preocupado. No había tirado un café ardiendo a mi jefe ni expelido una sonora ventosidad en su presencia… Todo se encaminaba a un temible cambio pacífico. Por eso, cuando casi me quedo cojo jugando al fútbol y después tuve que cancelar un vuelo por contagiarme de COVID pude respirar tranquilo. O me atropella un camión esta semana o por fin puedo estar tranquilo. Todo va a salir bien.

Va a ser cierto aquello de que Dios escribe recto con renglones torcidos.

P.D.: Para los amantes de lo preciso, comentar que los hechos referidos al programa Sálvame no guardan la debida coherencia en la línea del tiempo, ya que su primera emisión fue el 27 de abril de 2009. Se puede interpretar que en mis sueños ya era un visionario o que ya casi nadie se acuerda de Tómbola, que era el programa de chismes por excelencia en aquella época.

P.D.2: También estoy convencido de que Tom Cruise no pasó por el quirófano para dejar de parecerse a mí.

Humildad, sencillez y modestia

No penséis que el espectacular y abrumador éxito que está teniendo Zihuatanejo se me va a subir a la cabeza. Humildad, sencillez y modestia son los tres pilares de la educación que me inculcaron los Hermanos Maristas en mi niñez. Las tres violetas maristas son valores muy necesarios en una sociedad como la actual, donde la histérica carrera meritocrática hacia el éxito nos hace olvidar lo efímera que puede ser la gloria en un mundo tan cambiante como el actual, en el que un día puedes estar surfeando orgulloso en la cresta de la ola y el siguiente engullido por el implacable océano.

Vivimos en una sociedad en la que, por un lado, se exalta el éxito y, por el otro, se pretende transmitir una imagen de falsa modestia. Las redes sociales (menos Twitter, que es un lugar de enfado permanente) son una exaltación de la buena vida, donde no compartimos nuestros momentos de miedo, tristeza o frustración, sino que hacemos como aquella famosa modelo a la que aparentemente no le hace falta ná, pero que mientras está en Hawái de vacaciones (mis felicitaciones) le queda muy lindo en Instagram lo que postea pa’ que su ex lo vea… y así darle celos. También es posible que Maluma sea un poco creído y las publicaciones no estén dirigidas a él, pero lo cierto es que las espectaculares fotos de Hawái y la imagen de éxito ahí quedan.

La modestia auténtica es una rara cualidad en nuestra vida. Muchas personas aparentan un comportamiento humilde, pero se descubre pronto que no es sino una falsa pose. Lo más censurable es cuando alguien utiliza la expresión “modestia aparte”, que es la manifestación más auténtica de la voluntad de enterrar cualquier atisbo de humildad para dar rienda suelta a una prepotencia sin límites. Es solo comparable a cuando un periodista dice en una tertulia de máxima audiencia “en mi modesta opinión” lo que supone el más claro ejemplo de lo que es un oxímoron.

De este modo, se ha institucionalizado el uso de supuestos defectos para sacar ventaja. Como el caso del joven que empieza a vivir con su pareja y confiesa sus limitaciones: «Cariño, como no sé planchar muy bien, y tú lo haces mucho mejor que yo, había pensado en dejarte tan importante tarea para que me vea bien guapo en el trabajo con mis camisas». Como el amor todo lo puede, la enamorada mujer responde con una tierna sonrisa: «Pues aprendes, mi vida. Ya verás cómo, después de un mes seguido planchando, eres capaz de hacerlo mucho mejor que yo… y te verás incluso más guapo».

En el mundo laboral sucede lo mismo. Está la clásica pregunta de las primeras entrevistas de trabajo, cuando los responsables de talento humano preguntan a los jóvenes aspirantes: “¿cuál es tu principal defecto?”, para lo que tienen preparada una respuesta de manual: “Es que soy muy perfeccionista”. Y ante el afilado colmillo de una repregunta: “Muchas gracias por tu respuesta pero, ¿nos podrías compartir algún otro defecto para conocerte mejor?”, los agobiados candidatos se pueden quedar en fuera de juego y, tras una larga reflexión, contestar: “Pero mucho… mucho”. Los jóvenes aspirantes no conocen todavía que ser muy perfeccionista puede ser en verdad un gran defecto, ya que en muchas ocasiones lo mejor es enemigo de lo bueno. Pero de eso ya hablamos en su día.

La falsa modestia, no obstante, sí que puede y debe ser perdonada a las madres. Es la táctica de psicología inversa que siguen cuando vas un domingo a almorzar a casa de los abuelos (privilegio de los que no están expatriados) y nada más empezar a comer dicen con humildad: “Creo que la sopa ha quedado un poco sosa”, para que surja la respuesta unánime de toda la familia: “¡pero si está deliciosa!”. Si crees que puedes cambiar la dinámica adelantándote con un: “Mamá, qué rico te ha quedado el arroz”, tu esfuerzo será en vano, ya que la respuesta será: “Pues yo creo que le falta un poco de sal”.

Esta reacción materna debe de ser hereditaria, ya que es lo mismo que nos sucedía de pequeños en nuestras visitas a tía Sole en Polentinos. Cuando se celebraba la fiesta de La Virgen de las Nieves, te invitaba a un manjar digno de una boda… “No son más que dos cositas”, decía con modestia. Como no era posible terminar más que una tercera parte, la comida finalizaba con el típico reproche: “Si es que no me coméis ná”. Si querías evitar todo ese dispendio de comida y hacías una visita sin avisar, no creas que salías mejor parado. Las abuelas que vivieron la posguerra están preparadas para sobrevivir a dos apocalipsis zombi consecutivos. En media hora te había preparado una tortilla con las patatas y cebollas del huerto y los huevos de sus gallinas, frito tres morcillas, cuatro chorizos y dos platos de croquetas, partido un cuarto de jamón y medio queso, aliñado una ensalada que rebosaba el plato (para combatir el colesterol) y tenía guardado un delicioso flan de postre o una fuente de arroz con leche por si venía alguna visita. Cuando querías hacer un amago de rendición “Ya no puedo más”, te tenías que enfrentar a cualquiera de estas tres opciones a) “¿es que no te ha gustado?” b) “pero si solo son los entrantes” o c) “no me extraña lo esquelético que estás… si es que no me comes ná”.

Yo no estoy en el supuesto del eximente de la falsa modestia y tengo unos firmes principios que mantener, aunque he de confesar que se vieron en peligro este verano. Estábamos con mis hermanos en una terraza de Madrid mostrándoles el libro de Zihuatanejo recién publicado, cuando se acercó un joven desconocido que estaba en la mesa contigua y me dijo: “Perdona, pero acabo de ver que tú eres quien escribes Zihuatanejo. ¡Y además ahora en libro! Te quería felicitar porque tus artículos son cojonudos” (disculpad la expresión, pero fueron sus palabras literales). “Muchas gracias, pero son solo unas cuantas ocurrencias sin más”, respondí con humildad. “¡Que no, hombre! ¡De verdad! Que los comento con mi novia cada vez que publicas algo”. Insistió. “Me siento muy halagado y me alegro mucho de que te guste lo que escribo, pero tampoco es para tanto”, respondí con sencillez. Su novia se levantó también y se acercó diciendo: “¡No seas modesto!, que lo que escribes es cojonudo” (disculpad de nuevo por la literalidad).

La tentación llamaba a mi puerta. Era mucha la insistencia por su parte como para no caer en las sibilinas garras del elogio. Nadie me lo habría reprochado. Pero fui fuerte. “Sería muy prepotente…”, empecé a decir. “Sería muy prepotente por mi parte…”, no encontraba las palabras precisas. “Sería muy prepotente por mi parte insistir en llevaros la contraria y pensar que mi criterio es siempre el verdadero, por lo que tendré que aceptar que es posible que tengáis razón”, respondí con sincera modestia.

Así que, por favor, no hagáis caso a este humilde escritor y hacedlo más bien a su cada vez mayor número de lectores ya que Zihuatanejo es, modestia aparte, un libro cojonudo.

Fotografía

Años 50 en un pueblo de Palencia, mediados de los 80 en Guadalajara, Ciudad de México en la actualidad. Tres fotografías. Tres primeras comuniones. Tres generaciones. Una vida.

En Estalaya, un pequeño pueblo del norte de Palencia, había niños a finales de los años 50 del siglo pasado. Lo que no había era trajes pomposos con los que vestirse para la primera comunión ni cámaras fotográficas con las que inmortalizar el momento. Este pequeño inconveniente no fue obstáculo para que mis abuelos obtuviesen su recuerdo para la posteridad. El ingenio de un modesto fotógrafo les solucionó la papeleta. Fue un audaz precursor de los arreglos en Photoshop que tanto agradecieron posteriormente personajes de la farándula como el conde Lecquio. Su modelo de negocio consistía en tomar una foto tamaño carnet de la cara del niño en cuestión y con un traje estándar de pequeñas princesas o modestos marineros preparaba un retrato. Así logró hacer su agosto, cuatro años después de la primera comunión de mi madre, con varios guajes de la comarca.

Las fotografías fake de la primera comunión de mi madre y mi tío presiden desde hace 60 años la habitación que compartían de pequeños. Ahora existe la posibilidad de escanearlas y realizar copias que eviten que unas inoportunas goteras destruyan los cuadros que tanto tiempo han perdurado, pero durante muchos años ese riesgo existió. Las fotografías transcendían el significado de una mera imagen para mis abuelos, ya que llenaron el vacío de una habitación que, como la de tantos otros vecinos, quedó prematuramente vacía ante el éxodo de los jóvenes hacia internados (si lograban beca), seminarios o casas de familiares en la capital. Una dura realidad, pero menos cruenta que la de aquellas mujeres que abandonaron su pueblo para servir en las casas de la capital o de los hombres que derramaron su sudor en las fábricas de Barcelona, Bilbao o Madrid.

El éxodo que vació una España nunca muy llena, proporcionó una puerta de esperanza a las siguientes generaciones de aquellos pueblos. Un primer paso para el desarrollo de sus hijos o para emprendimientos propios. No siempre fueron bien recibidos en sus lugares de destino. A algunos los llamaron charnegos, a otros maketos y a muchos paletos… pero no cejaron nunca de luchar por un Spanish dream del que también se benefició su tierra de acogida. Consiguieron labrar un futuro más próspero lejos de una tierra generosa, que siempre proporcionó sustento, pero que se cobraba el alto precio de acabar con la tez ajada, las manos encallecidas y la dentadura mellada antes de cumplir los 40.

Perder aquella foto habría sido causa de un profundo lamento. Cuando tenemos poco, lo disfrutamos mucho. Cuando gozamos de la abundancia, las pérdidas nos parecen nimias. Aquellos tiempos de escasez determinaron los artículos. Los pequeños jugaban con LA pelota o LA muñeca, se tenía LA ropa de trabajo o EL vestido de domingo y daba igual que no te gustase lo que se servía en EL plato, porque no se podía elegir LA comida. Por eso, una foto trucada se convertía en LA foto.

Un momento de tu vida era especial si tenías una foto de recuerdo… y no eran tantos. Con el transcurso de los años, las fotografías recorrieron el camino inverso. Al ser tan pocos los recuerdos inmortalizados por esa generación, su contemplación siempre ha provocado alguna lágrima de nostalgia. Una visita por las habitaciones del museo etnográfico de Cervera de Pisuerga te deparará momentos emocionantes mientras escuchas cómo los vecinos comentan las fotografías de Piedad Isla, una mujer intrépida que supo conservar el legado de la vida de los pueblos de la montaña palentina a través de su mirada única.

Mediada la década de los 80, mi hermano y yo tomamos el relevo de celebrar nuestra primera comunión en Guadalajara. El acontecimiento se inmortalizó con el debido reportaje fotográfico que capturaba nuestro paso de la niñez a la juventud. Una cámara fotográfica fue el anhelado regalo que recibimos todos los homenajeados en el lugar donde se celebró el banquete posterior a la ceremonia religiosa. Era de marca Werlisa, un modelo tan solo ligeramente superior a las cámaras desechables. Pero fue especial. ¡Era nuestra primera cámara! Y entramos en la segunda era: la de los carretes Kodak, Agfa o Fuji y su proceso de revelado. Tener la opción de sacar 12, 24 o 36 fotos por carrete era un avance muy superior al de la generación precedente, pero también teníamos que lidiar con la escasez.

Las primeras fotografías de un carrete se velaban. Tenías que decidir si apretabas tres veces el disparador o si te arriesgabas con dos para tener una foto adicional, que posiblemente quedaría inservible. Cada vez que pulsabas el disparador tenía asociado dos costes: el coste del revelado y el coste de oportunidad de un número limitado de recuerdos a ser capturados. El arte consistía en el equilibrio entre reprimir nuestros instintos de fotografiar cuanto elemento nos causara curiosidad y ser pacientes para tener disparos disponibles cuando llegase ese momento singular digno de ser inmortalizado. También se presentaba la duda de si sacar dos o tres fotos para asegurar aquel momento que queríamos inmortalizar o si, por el contrario, nos fiábamos de nuestra capacidad y así podíamos capturar más recuerdos. El riesgo consistía en dejar de tomar fotos espectaculares pensando en otros más imponentes que nunca llegaban a pasar delante de tu cámara. Todo un dilema.

El inicio con la fotografía analógica me ayudó a lidiar con la incertidumbre. Quedaba la incógnita de saber si la imagen estaba bien encuadrada, tenía suficiente luz o estaba movida… Mucho más con las primeras cámaras compactas, menos avanzadas que las cámaras réflex que utilizaban nuestros mayores. El último ritual era el momento de rebobinar el carrete y guardarlo antes de llevarlo a la tienda. Mejor realizarlo en un cuarto oscuro, no fuese a ser que cualquier tragedia diese al traste con nuestras ilusiones.

Después del revelado, venía la ceremonia de colocar las fotos en los álbumes. Era el momento de lamentarse por las que tenías que desechar por la falta de pericia propia y sentirte orgulloso por aquellas que te hacían sentir digno de ganar el Pulitzer. Curiosamente, los mejores álbumes eran los que regalaban en las tiendas. Los más elegantes que se vendían para bodas y bautizos, contaban con un adhesivo que era muy complicado de pegar sin que se generasen las malditas burbujas y al cabo de un par de años las hojas estaban despegadas. Una vez las fotos estaban presentables, nos juntábamos con los amigos o familiares para recordar aquellas vacaciones, compartir las fotos de los primeros viajes con nuestros compañeros de expedición o dar envidia a quienes se quedaron en tierra. Y teníamos bien guardados los negativos, por si alguien requería de una copia o de una ampliación.

Campamentos de verano, viajes fin de curso, mi 18 cumpleaños en Birmingham junto a mi madrina, el campo de trabajo de Mfangano… Muchos álbumes de aquellas imágenes de juventud permanecen todavía en casa de mis padres. La mayoría han acumulado polvo durante años, aunque la labor de digitalización realizada por mi padre me ha permitido recuperar algunas fotos que habían caído en el olvido. Al contemplar esas fotos, no puedo evitar emocionarme (por no llorar) cuando me veo ante el espejo de hace varias décadas, con más inocencia, menos kilos y mucho más pelo. Eso sí, por mucho que revise fotografías, ninguna podrá ser tan especial como aquélla de la primera comunión de mi madre. Esa foto no se podía sustituir; entre las mías puedo elegir.

La primera comunión de mis hijos se ha visto aplazada en Ciudad de México por culpa del coronavirus. Un acontecimiento muy importante para nosotros como familia, pero que ha visto disminuir su relevancia social en los últimos años. Cuando las condiciones sanitarias lo permitan, tendremos la duda de qué regalar a una nueva generación que ha disfrutado de mucha más abundancia que su padre en la infancia e infinitamente más que unos abuelos que mirarán con orgullo cómo sus nietos ya han crecido hasta convertirse en unos jovenzuelos. Su mayor ilusión sería el teléfono inteligente que todavía no van a recibir, ya que las cámaras fotográficas han quedado relegadas para minorías más especializadas. Las fotos que tomen mis hijos se unirán al extenso catálogo con el que ya cuentan: su nacimiento, su primer diente, su primera papilla, sus primeros pasos sin ayuda de mamá y papá, su primera pedaleada en bici… Todo tipo de circunstancias han quedado inmortalizadas, menos el primer meconio y las noches sin dormir. En eso coinciden las fotografías de todas las generaciones que, como los Monty Python, siempre miran al Bright side of life.

Mis hijos ya no entenderían la ceremonia de reunirnos en casas o bares para ver los álbumes. Ahora mismo se comparten de manera instantánea gracias a la facilidad que supone enviarlas por WhatsApp o publicarlas en Instagram o Facebook. La añoranza de las fotos olvidadas en los cajones de casa de tus padres, es ahora activada por las redes sociales, que regularmente te avisan de los recuerdos publicados. Incluso los teléfonos inteligentes te crean un emocionante video (música incluida) de tus últimas vacaciones. Con la ingente cantidad de fotos de que van a disponer mis hijos, su mayor reto consistirá en identificar cuáles son las realmente importantes para ellos, dentro del almacenamiento ilimitado que te ofrece Google Fotos o iCloud. Habrá incluso fotos destinadas a ser desechadas, para lo que se han creado herramientas como Snapchat, cuya virtud consiste en la imposibilidad de almacenar las fotos. La mejor forma para no llegar a la fama por el mismo camino que Olvido Hormigos. Discernir los momentos más especiales de su vida y que éstos no dependan de la cantidad de likes que obtengan en redes sociales sino de la intensidad de lo vivido, será la prueba que mis hijos tengan que superar.

Ésta ha sido nuestra evolución. El paso de la escasez a la abundancia en menos de 7 décadas. Superar guerras, destrucción y hambre para llegar a una era digital que nos ha abierto una serie de oportunidades globales nunca imaginadas por nuestros abuelos en sus pueblos aislados. Una época de crecimiento de la que se ha visto beneficiada, en mayor medida, la población más humilde. En Europa se ha universalizado el agua potable y el saneamiento, la educación, la sanidad, las carreteras de acceso a los pueblos de nuestros abuelos, la televisión de plasma, el gas natural para calentar las casas, la comunicación a través de internet, teléfonos inteligentes… Nuestro éxito no ha sido consecuencia de que los ricos lo sean menos; sino de incrementar el bienestar creando oportunidades de crecimiento. Sin embargo, en muchas ocasiones estamos tan ocupados protestando de lo que está mal, que no somos capaces de enorgullecernos de estos ingentes éxitos logrados como sociedad.

El reto en la abundancia consiste en encontrar y apreciar aquellas experiencias especiales que hace unas décadas era tan sencillo identificar. La abundancia nos puede cegar. Disfrutar lo que realmente tiene valor entre todas las incontables opciones que están a nuestro alcance, será una señal de madurez. De este modo, el amor de adolescente envidia los 100 orgasmos diarios del león o la media hora que dura el del cerdo, mientras que la madurez enseña que el dulce regusto de una buena copa de vino, disfrutada un sábado por la noche, tiene que durar al menos una semana.

Abundancia frente a valor. Son las dos caras de la misma moneda. Dar valor a las cosas que disfrutamos y apreciar lo enormemente afortunados que somos. No estar en continua insatisfacción por no poder presumir de lo que a otros les generan más followers. Éste es el gran reto de una sociedad temerosa ante los momentos de escasez que pueden llegar tras la pandemia. Como decía Arjona, tendremos que luchar por darle más vida a los años, a las cosas que tenemos, a los momentos que vivimos… Lucharemos por un futuro sostenible, en el que las cotas de progreso que hemos heredado de nuestros abuelos y padres sean solo un primer paso para lo que leguemos a nuestros hijos y nietos.

Con abundancia o escasez, el único recurso limitado que tenemos es el tiempo. Cada momento es irrepetible y, con fotografía o sin ella, es lo único que nos llevaremos en el ascensor.

Decisiones

Sin llegar al extremo de Steve Jobs, he de reconocer que utilizar todos los días el mismo tipo de ropa te quita una decisión que tomar por las mañanas. En mi caso, además, me ayudaría a superar uno de mis traumas infantiles no resueltos: las rebajas. Como toda buena familia de clase media, mediado el mes de enero acudíamos a la inevitable cita con las rebajas para renovar el armario, abandonando las prendas que ya habían quedado pequeñas o irremediablemente desgastadas. Tras dejar el coche en el intrincado aparcamiento de Sol, nos encaminábamos primero a Galerías Preciados para posteriormente cruzar la calle hasta El Corte Inglés. En esas fechas, los grandes almacenes estaban atestados de multitudes hambrientas de la última ganga. Y ahí andaba yo, enredado en el Laberinto (sin Fauno) probándome multitud de prendas a la espera de la decisión materna acerca de cuál era la más adecuada para su hijo.

Tanta insistencia en probar multitud de prendas diferentes siempre tuvo para mí una doble interpretación. La primera era que me veía tan bonito, que mi madre se deleitaba en la observación de la belleza de su hijo con diferentes modelos. La segunda consistía en que era muy complicado encontrar una sola prenda con la que me viese bonito. Siempre he querido pensar que la primera interpretación era la correcta, aunque me malicio de la segunda. Por fortuna, tras ese repetido trauma infantil salí reforzado: ahora no tardo más de 5 minutos en elegir la prenda que voy a adquirir en una tienda.

Como bien narra Alberto Olmos en Irene y el aire, la vida de la pareja cambia en el momento en el que sabes que vas a ser padre y empiezas a pertrecharte con los innumerables aditamentos de que precisas para sobrevivir a la llegada de un nuevo ser que va a transformar tu vida. Una de las decisiones más importantes es el carrito que vas a elegir para transportar a tu pequeña criatura. Ante la imposibilidad de heredar algún carrito familiar, dos eran las principales opciones para las familias de clase media. La primera consistía en comprar el bugaboo. Tu hijo no podía tener nada que no fuese lo mejor y, además, lo podías pagar en cómodas cuotas hasta que hiciese la primera comunión. La segunda consistía en realizar un pormenorizado estudio con las múltiples opciones que te ofrecía el mercado, teniendo en cuenta precio, peso, tamaño del maletero de tu coche, forma en la que se plegaba, etc.

Dos pérdidas anteriores nos hicieron no apresurarnos a comprar lo requerido, hasta que tuvimos que apresurarnos porque el tiempo se agotaba. Eso sí, aprovechábamos cualquier ocasión para preguntar a familiares y amigos con niños pequeños acerca de su elección y su grado de satisfacción con lo elegido. En nuestra primera búsqueda de carrito nos atendió amablemente una dependiente quien nos empezó a hablar de diferentes opciones hasta que vimos el que unos amigos nos acababan de recomendar la tarde anterior. Descubrí, agradablemente sorprendido, cómo estaba etiquetado con la módica cantidad de poco más de 300 euros, mientras se podían contemplar las sucesivas etiquetas que empezaban marcando un precio de más de 900. ¿Por qué está tan barato este carrito? Pregunté. Es que se trata del último modelo que tenemos disponible y ya ha salido el nuevo de esta temporada.

Al encontrarse en buen estado, la decisión estaba tomada. ¿Ya? Preguntó mi mujer. Pero si es una decisión clave y se supone que tenemos que mirar 30 modelos, visitar 12 tiendas, hacer nuestro propio comparativo en una hoja Excel y, después de discutir durante 3 horas, elegir el carrito que acabamos de ver hoy, volver al centro comercial, que nos indiquen que ya no está disponible, lamentarnos de por qué no lo elegimos en primer lugar y optar finalmente por la quinta opción o visitar otras 12 tiendas en un rango de 60 kilómetros a la redonda… Porque ser padres es algo muy importante y hay que tomárselo en serio. Finalmente, mis dotes de persuasión y la opción de dedicar ese tiempo tan escaso para disfrutar de ese periodo en el que 1 + 1 todavía no es igual a 3 (como también escribió Alberto Olmos) hizo que en cinco minutos saliésemos del centro comercial con nuestro carrito ya comprado.

La tercera decisión me sucedió en Lima. Estaba a las afueras de una joyería, ya que en una semana era el cumpleaños de mi bien amada esposa, cuando la dependienta se acercó a mí. ¿Qué está buscando, señor? Me preguntó. Algo para el cumpleaños de mi esposa, pero todavía no tengo claro lo que quiero. Le respondí. No se preocupe, señor, que tengo justo lo que usted está buscando. Intrigado por la seguridad que mostraba aquella señora y la habilidad que suponía darse cuenta de mis necesidades nada más verme, decidí entrar a la tienda para descubrir lo que tenía para ofrecerme. Aquí tiene usted esta magnífica pulsera de oro puro de 24 quilates, bien fina y elegante, con la que su mujer va a comprobar cuánto la quiere usted. Me hizo su recomendación con una amplia sonrisa.

Educadamente le dije que me parecía muy bonita, lo que le llevó a comentar todos los maravillosos complementos de colgantes, pendientes y cadenas que hacían juego con ese prodigio de la orfebrería. Por curiosidad pregunté cuál era el precio. Justo hoy es su día de suerte. La pulsera está rebajada en un 40% y puede obtenerla por apenas 1.300 Dólares. Una verdadera ganga. Ya no pregunté por el precio de los complementos. Creo que mi acento extranjero hizo concebir falsas expectativas acerca de mi capacidad financiera. Como ya era demasiado tarde para comentar que mi señora había desarrollado una rara alergia a todo oro superior a 18 quilates, opté por el sentido del humor y le comenté. Mire usted, es que en realidad no la quiero tanto. ¿No tendría usted por casualidad alguna otra alternativa más cómoda? El rostro de la buena señora demudó de manera súbita, como si el Dr. Jekyll hubiese ingerido la pócima que le convertía en Mr. Hyde. No señor, no tengo nada más apropiado. Me espetó, mientras guardaba todo el género que me había mostrado. Tras cinco minutos en la joyería, tomé la puerta de salida, siendo yo quien llevaba la sonrisa en mi cara mientras que la buena señora clavaba una mirada de acibarado reproche en el cogote de aquel ser tan mezquino, ruin y despreciable.

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La vida consiste en tomar decisiones continuamente. Se podrá alegar que no todas las decisiones se pueden tomar en cinco minutos. Por ejemplo, casarte con una persona a la que has conocido hace cinco minutos solo es posible si estás en Las Vegas, donde te permiten deshacer rápidamente el entuerto que has creado la noche anterior, de forma que quede en Las Vegas lo sucedido en Las Vegas. Pero, en realidad, lo que se demora es el tiempo necesario para recopilar la información que te permita tomar una decisión con la suficiente seriedad como para que el resultado sea duradero. La decisión en sí no demora tanto. Si el pretendiente está rodilla en tierra con el anillo y la respuesta a ¿quieres casarte conmigo? se hace rogar por más de cinco segundos, el fracaso está garantizado (el llanto desconsolado sin palabras cuenta como un sí).

La toma de decisiones no siempre es sencilla y conlleva el riesgo del arrepentimiento. Puedes decidir abrir un restaurante en febrero de 2020 y encontrarte con una pandemia el mes siguiente; o decidir casarte con la novia (o novio) de hace 10 años y que a los seis meses esté en relaciones íntimas con el vecino (o vecina) del quinto; o decidir irte al extranjero en busca de mejores oportunidades y no ser capaz de adaptarte a un nuevo clima, idioma o gastronomía… No tomar decisiones también es una manera de decidirte, como estar quejándote durante 20 años de la empresa en la que estás trabajando y que finalmente te despidan cuando tienes 50 años. Pero los peores son los que piensan en las decisiones para quedar bien con todo el mundo, que es la mejor manera de molestar a todos, como el caso de no decidir que no te quieres casar con tu novia (o novio) de hace 10 años y no decidirte a dejar los amores con la vecina (o vecino) del quinto. Otro fracaso garantizado.

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Gestionar el peso de las decisiones es lo que te permite pasar a la edad adulta, cuando ya no están tus padres para comprarte la ropa en rebajas. Creo que esto ha sido lo que más me ha molestado a lo largo de la pandemia. Darnos cuenta de que estamos dirigidos por un gobierno adolescente que lleva más de un año sin tomar decisiones. Ya sea renunciar a un plan B legislativo que modifique una Ley de Sanidad de hace 35 años o dimitir de realizar un liderazgo inclusivo, delegando en 19 decisores la gestión de la crisis.

Un ejemplo claro lo vemos con la séptima presentación en el Congreso de los Diputados del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, un año después de que se concediesen los fondos europeos y sin haber tenido que pasar por un proceso de negociación con otras administraciones. Desde las grandes promesas que se realizaban al principio de la pandemia, hemos tenido que soportar nombres grandilocuentes y mucha palabrería, que es la mejor manera de no decir nada. Y todo en el momento en que precisamos de pocas palabras, pero audaces.

Desafortunadamente, me temo que los fondos europeos son la mayor pantomima que nos han vendido en mucho tiempo. Parece que es más importante vender ilusión que soluciones. Si pensamos que van a venir desde Europa para solucionar nuestros problemas, estamos muy equivocados. Los fondos europeos serán una ayuda muy importante para España, pero distan mucho de ser la panacea. El mayor esfuerzo, como es lógico, lo tendremos que realizar los españoles. Y a los datos me remito:

  • El importe bruto (sin contar lo que España ha de aportar) de la ayudas europeas es de 140.000 millones de euros en 10 años (14.000 al año).
  • El déficit español en 2020 fue de 123.072 millones y la deuda subió al 120% del PIB.
  • El déficit en 2019 fue de 35.637 millones.
  • La previsión de déficit para 2021 va a ser superior a los 100.000 millones y se prevé un lustro de déficit excesivo.

¿Esto que quiere decir? Que en tres años (2019 – 2021) vamos a tener un déficit acumulado superior a 250.000 millones de euros, lo que supone casi un 80% más de las ayudas brutas que vamos a recibir en el periodo 2021 – 2030. España lleva más de un año subsistiendo gracias a la barra libre de financiación del Banco Central Europeo, pero las autoridades europeas ya nos están advirtiendo de que, una vez pase de la excepcionalidad que supone la pandemia, hemos de volver a la senda de la estabilidad presupuestaria, ya que para endeudarte necesitas de entidades que compren una deuda que has de devolver tú, tus hijos o tus nietos. Porque, por si no lo sabías, España es el quinto país más endeudado del planeta… y nuestra deuda la detentan fundamentalmente entidades extranjeras.

Por tanto, si en 2023 no somos capaces de generar más riqueza (que permita recaudar más impuestos), de recortar en el gasto público o de lograr un incremento sustancial de la recaudación fiscal… volveremos a oír hablar de la prima de riesgo y estaremos abocados al rescate que evitamos hace una década, siendo hoy real el riesgo de que las pensiones de nuestros mayores se vean afectadas…

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Mientras este riesgo se cierne sobre nuestra economía, el gobierno de coalición únicamente se dedica a anunciar medidas que agraden a todo el mundo, se arroga el éxito de las vacunas que compra Europa y ponen las Comunidades Autónomas y se dedica a criticar a los que toman las decisiones que ellos no quieren adoptar. Eso sí, siempre le queda tiempo de rescatar a Plus Ultra con 53 millones de euros o mantener 23 ministerios. ¿Y la oposición? Pues la bisagra de Cs se ha salido del marco y está cercana a desaparecer; Vox está demasiado ocupado con feminazis y menas como para hablar de economía… y nos queda el PP, la que se supone que es la principal alternativa.

El PP me parece que está siguiendo la misma táctica que Rajoy cuando llegó al poder con la caída de Zapatero. Si abre la boca para alertar de este riesgo, saldrá la oposición de la oposición para declarar que la derecha, la ultraderecha y la extrema megahiperultraderecha (los fascistas, en resumen) quieren volver al austericidio y a las políticas criminales de recorte que tanto daño, según ellos, causó a nuestra sociedad… aunque fuese el propio Zapatero quien las inició. Si Casado realmente se cree que con su llegada se van a solucionar los problemas de la economía española, está completamente equivocado. Ya en la crisis anterior estuvimos a punto de ser intervenidos.

¿Cómo saldremos de esta? Espero que transformados y resilientes, más digitales y ambientalmente sostenibles… Pero lo que es seguro es que la salida no será fácil. Las sociedades se construyen de abajo hacia arriba. De la crisis anterior salimos, entre otras cosas, gracias a un incremento de 53 millones a 83 millones de turistas o a la internacionalización de nuestra economía. Nos costará mucho y será un esfuerzo colectivo de muchas personas. Pero es algo que ya hemos realizado en España anteriormente. Una sociedad que derrocha en la abundancia, pero que es capaz de crear imperios en la escasez. Espero que lo logremos una vez más… aunque tengo miedo de que los nacionalismos y populismos que se exacerbaron la década pasada puedan regresar con mayor virulencia. La mejor receta para combatirlos es tratar a las personas como adultas y no con tranquilizantes (como se hizo en el inicio de la pandemia con funestas consecuencias). Debemos permanecer alerta, que es la mejor receta para afrontar un futuro incierto que está en nuestras manos superar. No debemos dejarnos engañar por pulseras de oro de 24 quilates que no podemos pagar.

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Creo que nunca he agradecido lo suficiente a mi madre por hacerme pasar por la tortura china que suponen las rebajas y, de ese modo, aprender a más eficiente en la toma de decisiones. Esto no implica decidir a la ligera o sin evaluar las circunstancias, pero llega un determinado momento en el que hay que elegir. Demorar indefinidamente lo que tienes que hacer únicamente te conduce a la desesperación de la parálisis por análisis y al fracaso en la misión encomendada.

Arrepentimiento

Viernes por la noche en tu juventud. Tus amigos te han invitado una fiesta. Estás agotado tras una semana intensa, pero te prometen que vas a estar rodeado de amigas simpatiquísimas y con la música que te gusta. Como eres débil de voluntad, aceptas. Son las dos de la mañana, las chicas no aparecen, suena OBK, estás aburrido como una ostra y sin ninguna perspectiva positiva que haga que merezca la pena el esfuerzo de permanecer despierto. Te arrepientes de haber salido de casa y emprendes un triste y solitario camino de regreso a casa.

Sábado por la mañana. Te llaman tus colegas. Gracias al desgraciado de Murphy, a los cinco minutos de haberte ido llegó un grupo de modelos despampanantes que alegró la existencia a todos los que se quedaron, la fiesta se alargó hasta las 7 de la mañana entre chupitos de bourbon, pusieron rock español del bueno, todos tus amigos ligaron… y tú durmiendo en casa. Te vuelves a arrepentir. Cuando se repiten tres sábados seguidos en los que cuando te vas empieza la fiesta y cuando te quedas nunca llega, te arrepientes de los amigos que tienes y buscas nuevos… que la vida tampoco está hecha para sufrir.

Una década más tarde, te ofrecen un trabajo de expatriado. Tienes que abandonar tu zona de confort y la comodidad de tu país para empezar una nueva aventura. Te encuentras con una ciudad por descubrir donde los atascos son interminables, tu familia y tus amigos están lejos, no encuentras ni jamón ni pinchos de tortilla, no hay mahou y tu ambiente de trabajo es totalmente diferente al que estabas acostumbrado. Cada día se convierte en una odisea y te arrepientes del momento en el que aceptaste ese reto laboral.

Llega el día en el que te comunican que la expatriación termina. Has descubierto amigos que son como familia, te has acostumbrado a nuevos y exquisitos sabores, a una nueva cultura y costumbres, has descubierto nuevas chelas, dominas tu trabajo y encuentras la diversión de lanzarte a los cruces con tu coche como si no existiese mañana. Te arrepientes de todo el tiempo malgastado en la queja improductiva por las cosas que te disgustaban de tu país de adopción y lamentas todo lo pendiente por hacer y para lo que te quedaste sin tiempo. Si además el regreso es a España, tienes que sumarle la necesidad de volver a tener dos sueldos, cuando uno de la pareja tuvo que renunciar hace años a su carrera profesional. El drama de los expatriados.

Pero donde el arrepentimiento suele alcanzar su clímax es en las separaciones amorosas. En ese momento, los despechados no suelen acordarse de todas las cosas buenas en las que se fijaron de aquella media naranja de la que se enamoraron ya convertida en medio limón, o de los agradables momentos compartidos cuando la compañía era dulce, sino que más bien se autoflagelan pensando en cómo fueron tan imbéciles para no darse cuenta de todas las indubitables señales que desde el primer momento mostraban el fracaso que se avecinaba al haber elegido a la persona equivocada… O si no, no hay más que leer la autobiografía de Woody Allen, quien narra las señales obviadas en su tormentosa relación con Mia Farrow.

Tenemos constantemente motivos para arrepentirnos de decisiones que la experiencia nos demuestra que fueron equivocadas. Al igual que pedir perdón, no es algo malo siempre que evites caer en una absurda autoflagelación ya que, como decía mi abuela, de los errores se aprende. Sin embargo, tenemos una tendencia enfermiza a olvidar aquellas cosas que se realizan correctamente. Por ejemplo, la vuelta al colegio en plena pandemia fue una decisión que entrañaba riesgos. Nadie aseguraba que no se fuese a producir una escalada en los contagios. Es una decisión que todavía no se ha implementado en muchos países de Latinoamérica, pero que fue exitosa en España, siguiendo la senda iniciada en otros países europeos.

Una gestión tan complicada como la del COVID proporciona muchos motivos de arrepentimiento por errores en la gestión: minusvalorar el riesgo de una pandemia, no realizar acopio de medicamentos o EPIs para el personal sanitario, no contar con criterios claros de gestión, no prever la necesidad de jeringuillas especiales que permiten aprovechar la famosa sexta dosis de la vacuna de Pfizer… Los errores entran dentro de lo habitual en una situación tan compleja como la que hemos vivido y nadie, de ninguna administración, ha estado exento de cometerlos. Todos fueron estafados en la compra de material médico. Además, en política, decisiones que son acertadas para unos pueden ser equivocadas para otros, como ha sucedido con el equilibrio entre salud y economía.

Ante estas complejas situaciones existen dos posibles reacciones. Los humildes reconocen los errores cometidos y se arrepienten de ellos. Admiten que hoy tomarían decisiones diferentes a las que adoptaron en su día. En ello, los más sinceros han sido los alemanes. El ejemplo más cercano lo tenemos en Ángela Merkel. Tomó la decisión de un cierre total del comercio en Semana Santa, sus asesores le indicaron que estaba cometiendo un error, cambió la decisión tomada y, finalmente, compareció ante la prensa para asumir en primera persona la completa responsabilidad del error. Una muestra de liderazgo, porque solo quien toma decisiones se equivoca.

Los prepotentes, por el contrario, no encuentran motivos para arrepentirse. Son los Supermanes de los que siempre he recelado. Como las declaraciones de nuestro ex ministro Illa al dejar la cartera de Sanidad. ¡Con lo educado y moderado que parecía! No solo no se arrepintió de abandonar su ministerio en lo más crítico de la pandemia, sino que dijo que tomó todas las decisiones con la información de que disponía en un momento determinado y que, por tanto, volvería a tomar las mismas. Este complejo de superioridad de los prepotentes parte del hecho de que se consideran imbuidos del infalible poder de adoptar siempre la decisión acertada, lo que les lleva a desoír a personas (menos capaces que ellos, seguramente) que les advierten de posibles errores que pueden estar cometiendo. Porque solo ellos son capaces en todo momento de interpretar correctamente la información disponible. ¡Qué envidia! ¡Será que nunca han necesitado tiritas para el corazón partío!

Por eso, muchos prepotentes acaban convirtiéndose a la tercera vía: el arrepentimiento parcial. Es el peor de los arrepentimientos. No por el lado del arrepen, sino por el del timiento. Ante la frustración de ser ya más de 30 veces 3 las ocasiones en las que han tomado decisiones equivocadas, y ante el miedo de que los ciudadanos quieran cambiar de amigos en las siguientes votaciones, optan por esta vía. Ti miento acerca de las mascarillas, del comité de expertos, del solo serán dos casos, de que las PCR no son necesarias, de que no hay que hacer controles en aeropuertos, del saldremos más fuertes, de los criterios de desescalada

La última ha consistido en decir que están cumpliendo con el calendario de vacunación previsto. En este caso, como diría Rajoy, es metafísicamente imposible cumplir con un plan que no tienen… o que al menos nunca compartieron con la opinión pública. Será que se aproximan nuevas elecciones… Hora punta en el Metro.

Bisagras

Las bisagras no se mueven. Se mueven las puertas. Las bisagras permiten giros de 360 grados. Los marcos los limitan.

Muchas personas aceptan acríticamente las metáforas políticas de los periodistas. Es lo que sucede con Cs y su papel como partido bisagra. En realidad, es un símil muy potente… sobre todo si somos conscientes de cómo en realidad funcionan las bisagras. De acuerdo a la RAE, la bisagra es un herraje de dos piezas con un eje común que sirve para unir dos superficies permitiendo el giro de ambas o de una sobre la otra. Las bisagras instaladas en las puertas son las más comunes. Para que cumplan su función deben tener el tamaño necesario para soportar el peso de la puerta, ayudadas por unos tornillos que tengan la fuerza suficiente para sujetarlas al marco. Una bisagra bien instalada no se mueve. Permite que la puerta se desplace sin chirridos, centrada en su eje y limitada por el marco. Si la instalación es deficiente, la puerta baila y no cumple eficazmente con su misión, pudiendo incluso estropearse y dañar el suelo.

Más que Cs, los partidos políticos que verdaderamente han desempeñado el papel de bisagra en la España constitucional han sido los nacionalistas. Sus tornillos eran una Ley Electoral que les proporcionaba una fuerza superior a la que tienen por el número de votos que obtienen en el conjunto de España. Estas bisagras nunca tuvieron problemas para girar 360 grados si era necesario, pactando tanto con PSOE como con PP mientras eran engrasadas con un módico precio. Como en nuestro país siempre ha vendido la pelea entre las dos Españas, el partido mayoritario pagaba gustoso un injustiprecio a cambio de librar a media España del dolor de sufrir el gobierno de los malvados de izquierda o de derecha. El nacionalismo no tenía que moverse. Los partidos mayoritarios acudían gustosos a él.

Ante la sangrante situación que vivían los ciudadanos que no contaban con el soporte de un partido nacionalista, surgieron dos partidos políticos indignados con la política de pactos de PP y PSOE. Primero UPyD y después Cs. Cuando se crean nuevos partidos, no tienen peso para influir. Por ello, su intención original no fue ser partidos bisagras, sino mostrar que otra forma de hacer política era posible. Rosa Díez creó UPyD hastiada de Zapatero, no para pactar con él. Lo mismo sucedió con Ciudadanos, que fue originalmente una escisión socialdemócrata en Cataluña contra el nacionalismo de Maragall. Paradójicamente, ambos partidos terminaron como refugio de votantes conservadores cansados de la corrupción del PP y de la tibieza que mostraba a la hora de defender alguno de sus valores tradicionales (como la bajada de impuestos).

La situación política fue evolucionando. Entre UPyD y Cs sobrevivió este último, tras descartar Rosa Díez la fusión de ambas formaciones tras las elecciones europeas de 2014 y verse abocada a la desaparición. Cs decidió en ese momento evolucionar de su posición socialdemócrata original a un planteamiento liberal que no existía en España. Esta estrategia tuvo aceptación por parte de la sociedad, lo que permitió a Cs ser factor decisivo para la gobernación, como se vio en Andalucía apoyando el gobierno de Susana Díaz en 2015. El incremento de votantes le permitió tener un tamaño suficiente que permitiese sostener una puerta, dejando atrás la pureza de la lucha por unos ideales al apoyar un gobierno manchado por el caso de corrupción de los EREs. Esta posición se repitió en el Pacto del Abrazo, donde Rivera voto a favor de Pedro Sánchez en su fracasado intento de investidura tras las elecciones de diciembre de ese mismo año. En ese caso, la bisagra no tuvo el suficiente tamaño y se repitieron las elecciones.

Pero quien está en política, más que resignarse a ser bisagra, pretende ser puerta. Más que ayudar a que se muevan los otros, ser el que se mueve. Porque Cs defendía unos determinados valores: regeneración política, liberal en lo económico (parecido al PP) y liberal en lo social (al estilo del PSOE). ¿Por qué resignarse a ser segunda o tercera fuerza política y no aspirar a ser el partido más votado? ¿Acaso no lo logró Macron en Francia venciendo a los partidos tradicionales? Rivera vio la crisis en la que estaba sumido el PP e hizo una apuesta para sustituirlo como fuerza dominante del centro derecha, abierto a la posibilidad de gobernar con un PSOE que también estaba en plena decadencia. Y estuvo a punto de lograrlo. Recordemos que Cs ganó las elecciones catalanas de 2017 y estuvo cerca de gobernar. Este resultado fue un importante espaldarazo para su formación y, si Rajoy hubiese convocado elecciones ante la moción de censura de Sánchez en junio de 2018, podría haberlas ganado. Las encuestas le situaban en primer lugar… y el PSOE aparecía en algunas como cuarta fuerza política.

Pero no fue así, y Sánchez se hizo con el poder legítimamente, pero por la puerta de atrás y con una alianza de todas las fuerzas populistas y nacionalistas del hemiciclo. España entró en un nuevo escenario político: el Frankenstein. A Rivera le resultaba más cómodo ser la oposición centrista al PP de la corrupción que tener que compartir la oposición con ellos frente al bloque de la izquierda, como se vio en la foto de Colón. De esta manera llegaron las elecciones generales de mayo de 2019. Cs estuvo a menos de 250 mil votos de convertirse en el principal partido de la oposición. El tiro al palo se repitió un mes más tarde. Cs se quedó a las puertas de ser el primer partido del centro derecha en muchas autonomías y ayuntamientos, pero se vio lastrado por la frustración de las elecciones anteriores y una menor implantación territorial. Ante un escenario cada vez más tenso, su única alternativa fue convertirse en la muleta del PP… excepto en Castilla La Mancha.

Mientras se cerraban los gobiernos locales y regionales, se abrió un largo periodo de 6 meses que llevó a la repetición de las elecciones generales. Y ése fue el inicio del fracaso para Cs. Para ser sinceros, Rivera estaba en una encrucijada de difícil salida. Y lo peor de todo es que tenía razón, como se demostró posteriormente. Sánchez nunca quiso pactar con él. No hay más que ver a las personas que envió a Ferraz para gritar ¡Con Rivera, no! Su intención fue siempre convocar nuevas elecciones en las que mejorar su resultado. Quería pactar con su banda, pero desde una posición de mayor fuerza. Sin embargo, no era menos cierto que una vez Rivera había visto tan cerca la opción de convertirse en puerta, no quería aceptar su fracaso y resignarse a ser bisagra. Sánchez y su pléyade de asesores fueron capaces de transmitir la idea de la ambición del líder de Cs, mientras que Rivera fracasó al transmitir que era Sánchez quien tenía que decidir si iba a setas o a Rolex. Estuvo demasiado ocupado ese verano con su ajetreada vida sentimental. El resultado es por todos conocido. Sánchez se desdijo de lo afirmado en la campaña electoral y realizó su modificado.

Cs fracasó, Vox ocupó la posición de rival del PP por la derecha, Rivera se fue a su casa y Arrimadas ocupó su lugar. La serie de Netflix continuó cambiando los papeles protagonistas. El PP tenía dos opciones: luchar por ocupar el centro o pelear el espacio de la derecha con Vox. Optó por la primera. Cs se quedaba sin espacio político. Como actores en busca de guion, Arrimadas asumió como quimérico el objetivo de ser puerta y se resignó a ser bisagra. Pero no es lo mismo ser bisagra cuando estás en ascenso que cuando estás en declive. Como le sucedió al CDS en los 90. A esto se le sumó que Cs era una bisagra muy disminuida con una fuerza muy limitada para movilizar puertas.

Cs modificó el marco que estableció tras la moción de censura, de forma que le permitiese abrir 180 grados en lugar de 90. Su intención fue recuperar puntos de encuentro con el PSOE con el nuevo escenario que ha supuesto la pandemia… pero estamos hablando del PSOE de Sánchez, que a su vez está pactando con Bildu, Podemos, ERC y demás sospechosos habituales. Cs se convirtió en una bisagra de segunda mano frente a la bisagra principal morada, adornada con púas secesionistas, cuyo verdadero anhelo es destrozar el marco actual… y que nunca llorarían si la puerta del PSOE es destrozada o el suelo que pisamos los ciudadanos (sobre todo los madrileños). La conclusión es que la puerta no se movió, la bisagra sí… y empezó a bailar. Con movimientos como la moción de censura en Murcia, Cs ha dado la percepción de que en lugar de ser bisagra se ha convertido en veleta, buscando el viento más propicio para ocupar titulares que le permitan volver a ocupar un lugar relevante en la escena política. Justo la mejor receta para caer en la irrelevancia.

A mí siempre me han gustado las bisagras, las fronteras o los puentes. Nunca he tenido problemas para relacionarme con personas muy diversas y aprender de ellas, tanto en mi vida profesional como en la personal. Es más, lo disfruto. Pero en política, más que de bisagras soy partidario de los marcos. Sobre todo del marco constitucional. Es una lástima que en España tengamos que pensar en partidos bisagras por la infantilización de nuestros líderes políticos. En países como Alemania los equivalentes al PP y el PSOE gobiernan juntos sin necesidad de Celestinas. Por desgracia, actualmente tenemos en marcha una burda lucha por el poder, no un pensamiento por el beneficio de los gobernados. ¡Pero si hasta hace nada se criticaba al PPSOE por ser muy parecidos! Y lo mejor de todo es que era verdad. Por tanto, lo que necesitamos no son partidos bisagra, sino políticos bisagra. Personas que se breguen en la obtención de consensos amplios en temas que verdaderamente preocupan a la inmensa mayoría de la sociedad, aceptación de la legitimidad del rival político y disputa limpia en los temas en los que se disiente. Casi nada.

Nuestra lucha en la sociedad actual es entre populismo y democracia. No comunismo y fascismo. No izquierdas y derechas. Lamentablemente tenemos a un Presidente que debe todo su poder al populismo y al nacionalismo excluyente y a una oposición infantil liderada por mediocres. Y todo en mitad de una pandemia…

Importan

Charles trabajaba como profesor de agricultura en el Instituto de Formación Profesional que los Hermanos Maristas tienen en la isla de Mfangano (Kenia). Durante el verano de 2001 tuvimos la oportunidad de compartir mucho tiempo juntos mientras participaba en un campo de trabajo. Los alumnos tenían clases teóricas por la mañana en kiswahili e inglés (los dos idiomas oficiales de Kenia), aunque el idioma natal de la mayoría era el lúo (dholuo). Un obstáculo más a superar en su formación. Los lúos forman una tribu nilótica que se ubica en la orilla ugandesa, tanzana y keniana del lago Victoria. A partir de las 11 de la mañana empezaban las clases de cada especialidad.

Repasando el abecedario debajo de un árbol

Hicimos una excursión con Charles para conocer Mfangano y de paso comprobé cómo una hora africana se puede convertir en más de cinco europeas. Rodeamos la isla y no fracasamos en el intento gracias a que una familiar de Charles apareció en el otro extremo con un té providencial que me salvó de una más que probable deshidratación. A pesar de las penalidades, las cinco horas europeas y una africana se nos hicieron cortas conversando acerca de los retos que tenían que afrontar sus alumnos, de las escasas opciones de trabajo que tenían, del 90% de población que tenía malaria (que él también sufría) y una presencia del SIDA que afectaba a más del 20% de la región (a pesar de las ONGs que se pasaban un par de veces al año por la isla para repartir condones). Me comentaba que era imprescindible ser muy exigentes con sus alumnos ya que el riesgo de no tener éxito en su desarrollo profesional era elevado. Las oportunidades eran escasas, sobre todo en una agricultura que, en muchas ocasiones, era más bien un medio de subsistencia poco tecnificado que un negocio.

Con Charles (a la izquierda) cuando todavía teníamos agua (dos horas europeas después de la salida, 20 minutos africanos)

Maurice trabajaba como profesor de construcción. Entre sus responsabilidades estaba coordinar la edificación de la nueva escuela de enseñanza primaria en la isla gracias a la financiación de la ONGD SED. Era el colegio en el que iban a asistir a clase sus hijos, con los que jugábamos todas las tardes después de comer. Tener un techo bajo el que recibir la enseñanza les iba a permitir tener sus clases sin interrupción en la época de lluvias ni recibir sus clases sentados en el suelo o de pie a la sombra de un árbol. Un gran avance en su formación. El siguiente proyecto consistía en mejorar el acceso al agua potable y concienciar de la necesidad de hervir un agua lleno de parásitos que hacía que casi todos los niños mostrasen una amplia barriga, lo que les causaba no pocas diarreas e infecciones. Un grave riesgo cuando el médico más cercano estaba a cinco horas de distancia.

Terminando la construcción de las nuevas aulas. Las medidas de Seguridad y Salud son mucho más precarias.

Maurice vivía en una pequeña casa para profesores que estaba en el recinto del Instituto, junto con su mujer y sus cuatro niños. Uno de los momentos más agradables de ese verano fue la noche en la que me invitaron a cenar a su casa. Ofrecieron sus mejores galas y a Maurice no se le quitó la sonrisa de la boca en toda la cena por poder compartir la cena conmigo. Sus hijos se entretuvieron acariciando mi pelo lacio europeo como si fuese una mascota, mientras yo me metía en el papel con los correspondientes maullidos y ladridos.

Cenando en Maurice’s con su familia

Benjamin era responsable del ciclo de electricidad. Muchas noches conversábamos después de cenar. Un día me empezó a hablar de su familia. Su esposa había fallecido y él tenía que vivir alejado de sus hijas, quienes vivían fuera de la isla en casa de un familiar cercano. Me habló de las apreturas económicas que tenía, de los apuros que tenía para pagar la renta de su casa o para pagar la colegiatura de sus hijas. Quería para ellas un futuro mejor del que él había podido tener y soñaba con que pudiesen ser profesionales y tener un futuro en Nairobi, Mombassa o en alguna otra de las ciudades principales de Kenia. Se sentía muy orgulloso de las altas calificaciones que tenían sus hijas, su única opción para obtener una beca que les permitiese cursar estudios superiores.

Después de un rato escuchando a Benjamin, lo interrumpí. Le pregunté si existía alguna manera en la que pudiese colaborar con él. Me parecían injustas las dificultades que él estaba viviendo y yo me sentía su amigo, por lo que le quería ayudar. Su reacción fue de total indignación. Él pensaba que estaba conversando con un amigo, a quien se le pueden contar los problemas, y por eso no quería mi ayuda. Si me estaba compartiendo sus preocupaciones no era para que yo se los solucionase. Él se sentía un privilegiado al contar con una profesión, no como los estudiantes que él tenía a su cargo, muchos de ellos viviendo una situación más complicada que la suya. Él sabría cómo salir de los apuros que le agobiaban y sería capaz de darle un futuro a sus hijas. La igualdad que proporciona la amistad yo la había roto con mi ofrecimiento.

Benjamin con sus tres hijas y una familiar en la inauguración de la escuela. Al fondo las casas de los profesores.

Michael era el administrador del Instituto. La mano derecha de los Hermanos Hans y Marino. El día siguiente a mi charla con Benjamin tuvimos la suerte de que una pareja de alemanes de avanzada edad, abuelos de una familia de tres generaciones en un colegio marista que colaboraba con el Instituto estuviesen por la isla haciendo turismo. Después de visitar al Hermano Hans, éste les ofreció la posibilidad de llevarles con la lancha del Instituto (Tina Celline) a un lugar cercano en el que se había construido una playa para turistas. La playa tenía restricciones para el baño a personas que no estuviesen de visita. Michael y Benjamin me animaron a que me bañase con ellos, ya que yo daba el pego de visitante como buen mzungu. Decliné su propuesta y preferí compartir el tiempo tomando una coca cola con ellos mientras esperábamos en la lancha charlando y contando chistes (el humor negro siempre ha sido mi preferido). Al fin y al cabo ellos ya eran mis amigos y a los alemanes los acababa de conocer. En ese momento, sentí que volvíamos a la normalidad con Benjamin.

Con Michael y Benjamin en el cierre de curso

Mary trabajaba como profesora de corte y confección. Hasta el año anterior, los ciclos formativos estaban destinados únicamente para hombres y recién se abría una línea para mujeres. La historia de Mary no había sido sencilla. Era una mujer intrépida y de fuerte carácter. Nunca se conformó con vivir del trabajo de su marido, quien no aceptaba su carácter independiente. Mary sufrió frecuentes maltratos, de los que le quedaron cicatrices en el cuerpo. Cuando sus dos hijos ya habían crecido decidió abandonarlo, lo que supuso el completo rechazo por parte de su familia. El concepto de familia es mucho más amplio en África que en Europa y ese abandono le implicaba estar sola en el mundo.

El Instituto se había convertido en su familia, donde cuidaba a sus tres primeras alumnas como una gallina a sus polluelos. Insistía mucho en el valor de las mujeres en un mundo en el que todavía muchas mujeres terminaban padeciendo la humillación de una poligamia que les degradaba en la lucha por la atención de sus maridos. Les inculcaba su necesidad de ser autónomas y cuidaba de que no hiciesen tonterías con el resto de alumnos. Muchos cántaros de leche se derramaban por un mal polvo en la adolescencia (o por uno bueno, que sin protección tienen el mismo efecto secundario). Los cuentos de los lecheros no se veían tan afectados en muchas ocasiones.

Con Mary en la fiesta de final de curso

M’butta era uno de los alumnos del curso de construcción. Muchos días trabajamos juntos en la construcción de la escuela. Con el fin de curso terminaba su formación. Su proyecto era obtener un microcrédito o buscar apoyo de su familia para establecer su pequeño negocio de construcción junto con su amigo Abdul y un primo un par de años mayor que ya había desarrollado algunos trabajos por la zona. Era un chaval muy agradable… hasta que jugábamos los partidos de fútbol vespertinos. Antes de anochecer nos juntábamos más de treinta en un campo improvisado en el que no había portero y había que marcar goles en una portería diminuta. En esos momentos se convertía en un chupón. En mi juventud (divino tesoro) no era una persona que me caracterizase precisamente por ser habilidoso con el balón en los pies, pero paliaba mis evidentes carencias técnicas con un elevado espíritu competitivo. Así que aproveché mi condición de minoría racial y hablante de un idioma por ellos desconocido (ya tenían suficiente con ser trilingües) para rebautizarle como J´putta cada vez que no pasaba la pelota. Por fortuna, la rivalidad solo duraba hasta que se terminaba la pachanga y nos íbamos a bañar en el lago; ellos en pelotas y yo en bañador. No es que me avergonzase de mi arma, pero es que no había nada que hacer en cuestión de calibres… y creo haber mencionado antes que yo era muy competitivo.

Con M’butta, Abdul y otros trípodes del equipo

Despreciar a una persona por su color de piel no es cuestión de ideologías: es simplemente estupidez. Cualquier abuso racial es totalmente condenable. Sucede lo mismo cada vez que se producen exclusiones de personas por su orientación sexual, por su género, por ser ancianos o por tener una capacidad especial. Una sociedad inclusiva, por el contrario, es aquélla que es capaz de aprovechar el verdadero potencial de cada una de las personas que forman parte de ella. El resultado no implica una pérdida de libertades para los que están en una mejor situación sino que, por el contrario, proporciona un espacio de libertades cada vez más amplio del que todos nos beneficiamos. La humanidad nos lo ha demostrado en las últimas décadas, en las que los niveles de riqueza global y de reducción de la pobreza (particularmente en el Tercer Mundo) han evolucionado de manera espectacular… aunque quede mucho trabajo por realizar. Todo ello en un contexto de estabilidad y ausencia de conflictos. Confiemos en que la pandemia del coronavirus no suponga un importante retroceso en la lucha que llevamos contra el hambre en el mundo.

Con Moises (hijo de Maurice) en el centro y dos amiguitos

Cada una de las vidas negras importan, pero considerar que todos los negros son iguales es entrar en el mismo reduccionismo de pensar que los blancos también lo somos (y anda que no nos hemos matado entre nosotros a lo largo de la historia). O que los homosexuales piensan todos de la misma manera. O que todas las mujeres son iguales (aunque lo que antes era un comentario machista se haya convertido ahora en el anhelo de algún grupo de mujeres). Cuando quitamos del centro a las personas y colocamos las ideologías, perdemos la finalidad de lo que debe de ser la cooperación: lograr que cada una de personas (con sus nombres, sus apellidos, sus circunstancias y sus anhelos) puedan tener el futuro que ellos deseen y encontrar líderes que puedan multiplicar las opciones de futuro de las personas que les rodean.

Para ello, como comentaba Charles, es fundamental la educación… y la exigencia. A cualquier niño del tercer o del cuarto mundo le va a costar cien veces más esfuerzo lograr su futuro deseado que a uno del primero. Ese trabajo silencioso es el único que termina dando frutos. En cambio, cuando se opta por la ideología, los liderazgos suelen recaer en las personas más radicales y no en las más inclusivas. Ahí tenemos el ejemplo de Robert Mugabe, quien después de acabar con los blancos explotadores de la antigua Rhodesia decidió realizar lo propio con los ndebele de la nueva Zimbabue causando un atroz genocidio. Una situación crítica que se está agravando en estos meses de COVID. Tanto la colonización como la descolonización están repletas de lamentables historias como ésta.

He ain’t heavy… he’s my brother

En un capítulo de la segunda temporada de El ala oeste se reclamaba a un funcionario de la Casa Blanca que los sueldos no pagados por la esclavitud negra en Estados Unidos alcanzaba la cifra de 1,7 trillones de dólares americanos (billones europeos) en el año 2000. Otros hablan de 14 trillones. Podemos quedarnos en el lamento de esos recursos que nunca llegarán o empezar a trabajar con los recursos que se puedan movilizar y luchar por más. Algunas personas podrán aprovechar su oportunidad con gran esfuerzo, otras quedarán en el camino por no tener capacidad para superar los obstáculos que se les presenten o por falta de voluntad. Algunas personas negras mirarán con resentimiento hacia aquellos compañeros de escuela que abusaban de ellos y terminaron desperdiciando su oportunidad (o que cayeron en las drogas o la violencia) y les tratarán con desprecio. Otros se convertirán en líderes que transformarán sus comunidades trabajando codo con codo con sus vecinos para sacarles de la droga o la violencia.

Toda la comunidad organizándose para llevar agua para construir la escuela.

Es muy complicado no conmoverse (moverse-con) la vitalidad que transmiten los niños africanos. Su alegría y vitalidad es contagiosa. Nos hacen ilusionarnos con su futuro y lamentar un posible futuro frustrado. No obstante, una de las cosas que más agradezco del verano en África fueron los espacios para compartir y conversar con los profesores. Las vidas de Charles, Maurice, Benjamin, Michael, Mary, M’butta y Abdul son importantes. Personas adultas que mostraban en su rostro y en su cuerpo las cicatrices que supone salir adelante en un mundo a veces cruel en el que superaron obstáculos como la malaria, la epidemia del SIDA, no tener acceso a agua potable, el elevado coste de los estudios, la sanidad precaria, la obligación de ser responsables de sus hermanos menores ante la ausencia de sus padres, la búsqueda de un microcrédito para comprar sus primeras herramientas con las que poder ganarse la vida… No es solo pecado matar a un ruiseñor, sino también quebrar sus alas.

Ruiseñores

Todas estas personas anónimas no están destinadas a solventar a medio plazo las necesidades de una Europa que cada vez presenta más síntomas de agotamiento, empezando por unas previsiones demográficas cada vez más alarmantes. Están destinadas a escribir un nuevo futuro. Su propio futuro.

Asante sana, Kenya. Hakuna matata.

Profesores y alumnos abandonando el Instituto tras el final de curso.

La estatua de Tamar

Si todos asumimos que somos un poco hijos de puta viviremos con menos presión, nos reconciliaremos con nuestra historia… y derribaremos menos estatuas.

En teoría tenemos 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos y más de 1.000 antepasados al llegar a la décima generación. No obstante, el dicho de que a la prima se le arrima (y si es hermana con más gana) se cumple con más frecuencia de lo que pensamos, sobre todo en las mejores familias, por lo que las cifras se pueden ver sensiblemente reducidas. Aun así, cada uno de nosotros somos el milagroso resultado de cientos de generaciones y miles de antepasados.

Según encuestas recientes, el 39% de los españoles han pagado por sexo en su vida. Si dicha proporción se mantuviese constante en las generaciones precedentes, las probabilidades de tener un antepasado putero serían ciertamente muy elevadas. Ser hijo de puta (en sentido estricto) sería mucho más raro, ya que se trata de un sector donde la demanda supera claramente a la oferta. Si lo consideramos en sentido amplio, no tener ningún antepasado hijoputa sería muy raro en una historia repleta de guerras, envidias, traiciones, adulterios, conquistas y violencia.

Tamar fue esposa de Er, el primogénito de Judá (cuarto hijo de Jacob). Er falleció sin que Tamar engendrase hijos por lo que se casó con Onán, el segundo hijo de Judá. Onán se dedicó a ser el patrón de la marcha atrás (que no de las pajas) y falleció también sin descendencia. Le tocaba entonces el turno al tercero, Selá, pero Judá era más partidario del no hay dos sin tres que de a la tercera va la vencida, por lo que el matrimonio se quedó en veremos. Tamar temió que se iba a quedar para vestir santos (o lo que se vistiese en aquella época), siendo como era la falta de descendencia una desgracia para aquella sociedad.

No resignada ante su destino, Tamar se disfrazó de prostituta (con la cara tapada) y se quedó esperando en el camino por el que habitualmente caminaba su antiguo suegro. El pobre Judá llegó con los depósitos llenos de amor, ya que había enviudado recientemente, y lo que pasó… pasó. Como consecuencia del choque y fuga nacieron Farés y Zara, Tamar recobró su lugar en el pueblo de Israel y Selá fue quien se quedó vistiendo santos (bueno, este último punto puede ser que esté equivocado).

No es el único hecho truculento descrito en el Antiguo Testamento. Otro ejemplo relevante lo protagonizó el más importante Rey de Israel: David. Betsabé estaba casada con Urías, un príncipe hitita que era aliado del Rey David. Mientras se estaba bañando en un río, David la vio, quedó prendado y lo que volvió a pasar… volvió a pasar. De este nuevo choque y fuga, Betsabé también quedó embarazada (la puntería en aquellos tiempos era impresionante). Para tapar su deshonor, el rey David ubicó a Urías en la zona más peligrosa de la batalla contra los amonitas, con lo que se le quedó el camino expedito para que se formalizase su relación con quien fue la madre del Rey Salomón.

No es que le celebrase el pueblo judío su adulterio y asesinato a David, ya que el profeta Natán se encargó de hacer ver al más importante Rey de Israel que se había comportado como un verdadero capullo y le predijo grandes sufrimientos en su vida. No obstante, a pesar de vuestra indignación contra el Rey David, os pido que por favor contengáis la ira cuando visitéis Florencia, no os convirtáis en vengadores del pobre Urías y sigáis admirando la formidable estatua que le dedicó Miguel Ángel. La historia del arte no se podría permitir semejante pérdida.

Hay que poner en valor la lección de honestidad que nos legaron los judíos, ya que en los tiempos actuales estoy seguro de que la censura meapilas de la corrección política habría obviado estos dos hechos tan reprobables y poco edificantes. La visión cristiana continuó con la tradición de transparencia de nuestros hermanos judíos y en la genealogía de Jesús (del evangelio según San Mateo) aparecen tanto Tamar como Betsabé como antepasadas suyas, junto con otros hombres y mujeres (novedad en una sociedad patriarcal) que no siempre fueron de conducta intachable. Sin duda, es una historia apasionante que nos demuestra cómo grandes personas pueden cometer actos reprobables y, aun así, ser dignos de ser recordados e incluso admirados. Esto supone un contraste con la tradición recogida en el Corán, donde el Rey David es reconocido como uno de sus profetas pero se niega su pequeña aventura adúltera, ya que todos los que precedieron a Mahoma tenían que contar con un pasado irreprochable.

Las conductas censurables han afectado a antepasados de todas las ideologías. No pensemos que es un reducto exclusivo de judíos y cristianos. Por ejemplo Rousseau, precursor de la Revolución Francesa, estaba tan preocupado por un contrato social que liberase a la sociedad de las ataduras del Antiguo Régimen que no tuvo tiempo para cuidar de sus cinco hijos, a los fue abandonando al nacer en un miserable hospicio de París. O Karl Marx, impulsor de la lucha de clases, quien no solo tenía una criada, sino que además tuvo un hijo con ella (al estilo Schwarzenegger pero con las libertades del siglo XIX). Para que su mujer no le echase de casa, le endosó el hijo a su buen amigo Friedrich Engels (¡eso es un colega!), quien de paso le escribió un libro. Esto ha debido de ser una maldición para los comunistas, que han sufrido importantes problemas de bragueta hasta nuestros días. La tradición parece continuar con la fogosidad de Pablo Iglesias quien, de aquellos polvos, padece los actuales lodos telefónicos.

A pesar de las enseñanzas de la historia, es curioso cómo todos los países o grupos sociales quieren presumir de pureza de linaje. En España nos sucede con el mito de Numancia. Hay quienes han querido convertir a los españoles en dignos herederos de Viriato y sus paisanos, sin tener en cuenta que todos los numantinos prefirieron suicidarse antes que caer en manos de los opresores romanos. Ahí empezó todo… por lo que ya sabemos a quién culpar de posteriores abusos que se produjeron a lo largo de la historia. Estaba en su ADN.

Este mismo relato se repite en el caso de los aztecas o los incas. Se olvida que es mucho más probable que los actuales mexicanos y peruanos desciendan de matrimonios mixtos entre conquistadores y la aristocracia inca y azteca; o de los tlaxcaltecas o totonacas que dieron apoyo a los apenas mil españoles que llegaron a México; o de los incas seguidores de Huáscar que se levantaron junto con los huancas o los cañaris contra Atahualpa. Siempre me queda la incomprensión acerca del ansia por preferir ser descendiente de aquellos que sacrificaban a los inocentes pueblos enemigos en lo alto del Templo Mayor (arrancándoles el corazón sin anestesia) antes que de aquellos que trajeron las Leyes de Burgos, precursoras de las Leyes de Derechos Humanos, cuando ambas sangres corren por las venas de la inmensa mayoría de la población actual de Latinoamérica… a diferencia de lo que sucede en Norteamérica.

Desde Luke Skywalker, creo que todos estamos de acuerdo en que no podemos culpar a nadie de los pecados de sus padres. Éste fue el caso de Alexander Hamilton, un bastardo pobre e hijo de una prostituta, nacido en una isla pobre del Caribe, pero que llegó a convertirse en un erudito economista, Secretario del Tesoro y el más joven de los siete padres fundadores de los Estados Unidos. Sus adversarios difundían maledicencias acerca de él en las que comentaban que por las noches iba (como Marco) en busca de su mamá y que, no encontrándola, se entretenía con sus compañeras de profesión. No sé si esto convierte a los hijos de la patria más desarrollada del mundo en nietos de puta (o hijos de putero), pero sin duda es todo un homenaje al Sueño Americano que pueden celebrar los estadounidenses al contemplar su cara en el billete de 10 dólares. Eso sí, recomendaría no quemarlos… que con las cosas de comer no se juega.

En España se habla mucho últimamente del Rey Emérito, quien fue el principal protagonista de que hayamos disfrutado los 40 años de mayor progreso y estabilidad de nuestra historia. La transición española de la dictadura a la democracia es unánimemente alabada en el extranjero y los españoles nunca podremos agradecer bastante el papel que desempeñó. Sin embargo, ahora hay acusaciones a Don Juan Carlos por haber pagado facturas de 65 millones de euros por amor (¡como para tener un gatillazo en Botsuana!). Es curioso que nuestra sociedad sea tan cínica como el capitán Renault en Casablanca y haya tardado tanto tiempo en darse cuenta de que en el casino de Rick se jugaba. Imagino que tendremos que ponerle una estatua al Rey Emérito por su importante legado para después derribarla por sus pecados. Pero vayamos despacito y no toquemos una institución, como la monarquía constitucional, que tan buen servicio está prestando actualmente por medio del Rey Felipe VI.

Al igual que sucede con Juan Carlos I, las estatuas de Churchill están también en cuestión. Sin duda a Sir Winston le afeamos sus ramalazos racistas pero, por otro lado, también le agradecemos su papel de freno primero frente a Hitler y después frente a Stalin. Podríamos sugerir entonces el uso de una radial para que derriben sus estatuas por la mitad (aunque si se encarga la labor a un comunista igual apenas deja un cuarto).

Esperemos que estos ejemplos ayuden a superar el trauma de una joven feminista, aficionada colchonera, que descubra al primer propietario del Atlético de Madrid S.A.D. en un video de YouTube de Jesús Gil y Gil (que no era hijo de primos) mientras disfrutaba en un jacuzzi de la cariñosa compañía las Mama Chicho. No es necesario que apostate de su fe en el equipo del pueblo, justo el año en el que va a ser campeón de Europa por primera vez en su historia… si el coronavirus no lo impide. Hasta en las mejores familias cuecen habas.

Hay ingenuos que afirman que si no se hubiesen producido hechos reprobables a lo largo de la historia, habríamos tenido otros antepasados de los que sí sentirnos orgullosos. Un argumento totalmente falso ya que, de no haber existido los asesinos, violadores y ladrones que nos transmitieron su ADN y sus genes, nosotros ocuparíamos actualmente un lugar privilegiado en el limbo a la derecha de los hijos de Onán. Existen probabilidades ciertas de que desciendas de alguno de los 82 hijos del Rey David, pero ninguna de que el cornudo y apaleado Urías sea tu antepasado. Otras personas no tuvieron la oportunidad de existir, ora porque murieron a manos de tus ancestros ora porque otras personas se interpusieron en el camino de aquel muchacho del que estaba enamorada tu tatarabuela… que se consoló finalmente con tu tatarabuelo. Ellos habrían ocupado nuestro lugar en el mundo, haciendo de este planeta un lugar más sostenible, feminista, igualitario y justo… o no.

Lo más sano sería aceptar que nuestra sangre está mucho más sucia de lo que nos gustaría reconocer. Y que todos (o casi todos) hemos cometido actos deleznables de los que nos arrepentimos profundamente. En realidad, debería suponernos un alivio … porque no os podéis imaginar la pesada carga y la enorme presión que me supone mantener la inmaculada historia de la única familia que no cuenta con mayor mancha en su seno que el pecado original. ¡Cuánto os envidio… hijos de puta!

P.D.: Y si alguien más está libre de pecado, que tire la segunda piedra.