La estatua de Tamar

Si todos asumimos que somos un poco hijos de puta viviremos con menos presión, nos reconciliaremos con nuestra historia… y derribaremos menos estatuas.

En teoría tenemos 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos y más de 1.000 antepasados al llegar a la décima generación. No obstante, el dicho de que a la prima se le arrima (y si es hermana con más gana) se cumple con más frecuencia de lo que pensamos, sobre todo en las mejores familias, por lo que las cifras se pueden ver sensiblemente reducidas. Aun así, cada uno de nosotros somos el milagroso resultado de cientos de generaciones y miles de antepasados.

Según encuestas recientes, el 39% de los españoles han pagado por sexo en su vida. Si dicha proporción se mantuviese constante en las generaciones precedentes, las probabilidades de tener un antepasado putero serían ciertamente muy elevadas. Ser hijo de puta (en sentido estricto) sería mucho más raro, ya que se trata de un sector donde la demanda supera claramente a la oferta. Si lo consideramos en sentido amplio, no tener ningún antepasado hijoputa sería muy raro en una historia repleta de guerras, envidias, traiciones, adulterios, conquistas y violencia.

Tamar fue esposa de Er, el primogénito de Judá (cuarto hijo de Jacob). Er falleció sin que Tamar engendrase hijos por lo que se casó con Onán, el segundo hijo de Judá. Onán se dedicó a ser el patrón de la marcha atrás (que no de las pajas) y falleció también sin descendencia. Le tocaba entonces el turno al tercero, Selá, pero Judá era más partidario del no hay dos sin tres que de a la tercera va la vencida, por lo que el matrimonio se quedó en veremos. Tamar temió que se iba a quedar para vestir santos (o lo que se vistiese en aquella época), siendo como era la falta de descendencia una desgracia para aquella sociedad.

No resignada ante su destino, Tamar se disfrazó de prostituta (con la cara tapada) y se quedó esperando en el camino por el que habitualmente caminaba su antiguo suegro. El pobre Judá llegó con los depósitos llenos de amor, ya que había enviudado recientemente, y lo que pasó… pasó. Como consecuencia del choque y fuga nacieron Farés y Zara, Tamar recobró su lugar en el pueblo de Israel y Selá fue quien se quedó vistiendo santos (bueno, este último punto puede ser que esté equivocado).

No es el único hecho truculento descrito en el Antiguo Testamento. Otro ejemplo relevante lo protagonizó el más importante Rey de Israel: David. Betsabé estaba casada con Urías, un príncipe hitita que era aliado del Rey David. Mientras se estaba bañando en un río, David la vio, quedó prendado y lo que volvió a pasar… volvió a pasar. De este nuevo choque y fuga, Betsabé también quedó embarazada (la puntería en aquellos tiempos era impresionante). Para tapar su deshonor, el rey David ubicó a Urías en la zona más peligrosa de la batalla contra los amonitas, con lo que se le quedó el camino expedito para que se formalizase su relación con quien fue la madre del Rey Salomón.

No es que le celebrase el pueblo judío su adulterio y asesinato a David, ya que el profeta Natán se encargó de hacer ver al más importante Rey de Israel que se había comportado como un verdadero capullo y le predijo grandes sufrimientos en su vida. No obstante, a pesar de vuestra indignación contra el Rey David, os pido que por favor contengáis la ira cuando visitéis Florencia, no os convirtáis en vengadores del pobre Urías y sigáis admirando la formidable estatua que le dedicó Miguel Ángel. La historia del arte no se podría permitir semejante pérdida.

Hay que poner en valor la lección de honestidad que nos legaron los judíos, ya que en los tiempos actuales estoy seguro de que la censura meapilas de la corrección política habría obviado estos dos hechos tan reprobables y poco edificantes. La visión cristiana continuó con la tradición de transparencia de nuestros hermanos judíos y en la genealogía de Jesús (del evangelio según San Mateo) aparecen tanto Tamar como Betsabé como antepasadas suyas, junto con otros hombres y mujeres (novedad en una sociedad patriarcal) que no siempre fueron de conducta intachable. Sin duda, es una historia apasionante que nos demuestra cómo grandes personas pueden cometer actos reprobables y, aun así, ser dignos de ser recordados e incluso admirados. Esto supone un contraste con la tradición recogida en el Corán, donde el Rey David es reconocido como uno de sus profetas pero se niega su pequeña aventura adúltera, ya que todos los que precedieron a Mahoma tenían que contar con un pasado irreprochable.

Las conductas censurables han afectado a antepasados de todas las ideologías. No pensemos que es un reducto exclusivo de judíos y cristianos. Por ejemplo Rousseau, precursor de la Revolución Francesa, estaba tan preocupado por un contrato social que liberase a la sociedad de las ataduras del Antiguo Régimen que no tuvo tiempo para cuidar de sus cinco hijos, a los fue abandonando al nacer en un miserable hospicio de París. O Karl Marx, impulsor de la lucha de clases, quien no solo tenía una criada, sino que además tuvo un hijo con ella (al estilo Schwarzenegger pero con las libertades del siglo XIX). Para que su mujer no le echase de casa, le endosó el hijo a su buen amigo Friedrich Engels (¡eso es un colega!), quien de paso le escribió un libro. Esto ha debido de ser una maldición para los comunistas, que han sufrido importantes problemas de bragueta hasta nuestros días. La tradición parece continuar con la fogosidad de Pablo Iglesias quien, de aquellos polvos, padece los actuales lodos telefónicos.

A pesar de las enseñanzas de la historia, es curioso cómo todos los países o grupos sociales quieren presumir de pureza de linaje. En España nos sucede con el mito de Numancia. Hay quienes han querido convertir a los españoles en dignos herederos de Viriato y sus paisanos, sin tener en cuenta que todos los numantinos prefirieron suicidarse antes que caer en manos de los opresores romanos. Ahí empezó todo… por lo que ya sabemos a quién culpar de posteriores abusos que se produjeron a lo largo de la historia. Estaba en su ADN.

Este mismo relato se repite en el caso de los aztecas o los incas. Se olvida que es mucho más probable que los actuales mexicanos y peruanos desciendan de matrimonios mixtos entre conquistadores y la aristocracia inca y azteca; o de los tlaxcaltecas o totonacas que dieron apoyo a los apenas mil españoles que llegaron a México; o de los incas seguidores de Huáscar que se levantaron junto con los huancas o los cañaris contra Atahualpa. Siempre me queda la incomprensión acerca del ansia por preferir ser descendiente de aquellos que sacrificaban a los inocentes pueblos enemigos en lo alto del Templo Mayor (arrancándoles el corazón sin anestesia) antes que de aquellos que trajeron las Leyes de Burgos, precursoras de las Leyes de Derechos Humanos, cuando ambas sangres corren por las venas de la inmensa mayoría de la población actual de Latinoamérica… a diferencia de lo que sucede en Norteamérica.

Desde Luke Skywalker, creo que todos estamos de acuerdo en que no podemos culpar a nadie de los pecados de sus padres. Éste fue el caso de Alexander Hamilton, un bastardo pobre e hijo de una prostituta, nacido en una isla pobre del Caribe, pero que llegó a convertirse en un erudito economista, Secretario del Tesoro y el más joven de los siete padres fundadores de los Estados Unidos. Sus adversarios difundían maledicencias acerca de él en las que comentaban que por las noches iba (como Marco) en busca de su mamá y que, no encontrándola, se entretenía con sus compañeras de profesión. No sé si esto convierte a los hijos de la patria más desarrollada del mundo en nietos de puta (o hijos de putero), pero sin duda es todo un homenaje al Sueño Americano que pueden celebrar los estadounidenses al contemplar su cara en el billete de 10 dólares. Eso sí, recomendaría no quemarlos… que con las cosas de comer no se juega.

En España se habla mucho últimamente del Rey Emérito, quien fue el principal protagonista de que hayamos disfrutado los 40 años de mayor progreso y estabilidad de nuestra historia. La transición española de la dictadura a la democracia es unánimemente alabada en el extranjero y los españoles nunca podremos agradecer bastante el papel que desempeñó. Sin embargo, ahora hay acusaciones a Don Juan Carlos por haber pagado facturas de 65 millones de euros por amor (¡como para tener un gatillazo en Botsuana!). Es curioso que nuestra sociedad sea tan cínica como el capitán Renault en Casablanca y haya tardado tanto tiempo en darse cuenta de que en el casino de Rick se jugaba. Imagino que tendremos que ponerle una estatua al Rey Emérito por su importante legado para después derribarla por sus pecados. Pero vayamos despacito y no toquemos una institución, como la monarquía constitucional, que tan buen servicio está prestando actualmente por medio del Rey Felipe VI.

Al igual que sucede con Juan Carlos I, las estatuas de Churchill están también en cuestión. Sin duda a Sir Winston le afeamos sus ramalazos racistas pero, por otro lado, también le agradecemos su papel de freno primero frente a Hitler y después frente a Stalin. Podríamos sugerir entonces el uso de una radial para que derriben sus estatuas por la mitad (aunque si se encarga la labor a un comunista igual apenas deja un cuarto).

Esperemos que estos ejemplos ayuden a superar el trauma de una joven feminista, aficionada colchonera, que descubra al primer propietario del Atlético de Madrid S.A.D. en un video de YouTube de Jesús Gil y Gil (que no era hijo de primos) mientras disfrutaba en un jacuzzi de la cariñosa compañía las Mama Chicho. No es necesario que apostate de su fe en el equipo del pueblo, justo el año en el que va a ser campeón de Europa por primera vez en su historia… si el coronavirus no lo impide. Hasta en las mejores familias cuecen habas.

Hay ingenuos que afirman que si no se hubiesen producido hechos reprobables a lo largo de la historia, habríamos tenido otros antepasados de los que sí sentirnos orgullosos. Un argumento totalmente falso ya que, de no haber existido los asesinos, violadores y ladrones que nos transmitieron su ADN y sus genes, nosotros ocuparíamos actualmente un lugar privilegiado en el limbo a la derecha de los hijos de Onán. Existen probabilidades ciertas de que desciendas de alguno de los 82 hijos del Rey David, pero ninguna de que el cornudo y apaleado Urías sea tu antepasado. Otras personas no tuvieron la oportunidad de existir, ora porque murieron a manos de tus ancestros ora porque otras personas se interpusieron en el camino de aquel muchacho del que estaba enamorada tu tatarabuela… que se consoló finalmente con tu tatarabuelo. Ellos habrían ocupado nuestro lugar en el mundo, haciendo de este planeta un lugar más sostenible, feminista, igualitario y justo… o no.

Lo más sano sería aceptar que nuestra sangre está mucho más sucia de lo que nos gustaría reconocer. Y que todos (o casi todos) hemos cometido actos deleznables de los que nos arrepentimos profundamente. En realidad, debería suponernos un alivio … porque no os podéis imaginar la pesada carga y la enorme presión que me supone mantener la inmaculada historia de la única familia que no cuenta con mayor mancha en su seno que el pecado original. ¡Cuánto os envidio… hijos de puta!

P.D.: Y si alguien más está libre de pecado, que tire la segunda piedra.

El ascensor

La Navidad es un momento de misterio que nos permite reflexionar acerca de tres conceptos que configuran el hecho religioso: Dios, Religión e Iglesia. La relación entre los tres conceptos han de trabajar como un ascensor (y descensor) que sube y baja: vivir lo cercano desde la trascendencia y concretar lo trascendente, de modo que se integren los tres planos en uno solo. El ascensor nos demuestra que cuánto más se humaniza Dios, más aceptación tiene y cuando las personas quieren gestionar a Dios, más rechazo se produce.

El primer concepto, Dios, no es conflictivo para la gente. Casi todas las personas a lo largo de nuestra vida nos hemos planteado nuestra relación con el concepto Dios, encontrando diferentes respuestas. Con independencia de considerar que Dios no existe (ateísmo) o que no es posible afirmar ni desmentir su existencia (agnosticismo), la mera existencia del concepto abstracto Dios no genera conflicto, ya que no genera obligaciones ni compromisos.

La idea de Dios da respuesta a la necesidad de transcendencia del ser humano, más allá de nuestra existencia. Es un concepto ilimitado que siempre va a ser imposible describir por una persona, por su propia naturaleza limitada. Por eso, aunque hablemos del mismo Dios, el concepto que podemos tener cada uno es ser diferente y dependerá de la cosmovisión (visión del mundo) que tengamos. Se puede ver a Dios como orden, justicia, poder, ley, creador universal, naturaleza, karma, amor…

Existe una gran ventaja para la humanidad en el concepto de Dios, que simplemente por ello hace que merezca la pena creer en él. La trascendencia del ser humano iguala a todas las personas con independencia de su cultura, raza, género, posición económica o social, nacionalidad e incluso religión: La existencia de un Dios nos hace a todos iguales ante algo que nos trasciende. Todos tenemos el mismo valor. Nuestros minutos, horas, días o años son igual de válidos.

La evolución de una creencia abstracta a una concreta se materializa en un segundo concepto: la religión. La religión se ha consolidado y se ha desarrollado en el momento en el que se ha pasado de poner en el centro mitos a poner a las personas. Ése ha sido el mayor regalo del judaísmo al mundo, ya que supuso el paso de diferentes deidades a un Dios que sitúa en el centro de todo al ser humano. Eso se ve desde el Génesis donde, después de toda la creación, se indica que “el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios”. Ninguna otra creación de Dios tiene esa consideración. Por tanto, la manera de ver a Dios es a través de las personas.

La religión implica la vivencia de Dios en un contexto histórico y por personas concretas. Se pasa de conceptos abstractos a vivencias determinadas, donde la experiencia de pueblo o comunidad es el vehículo para la conformación de esa fe. El judaísmo supo descubrir a Dios en su conciencia de pueblo. Un Dios que les guió dentro la situación de explotación por los egipcios, les ayudó a buscar su Tierra Prometida, les acompañó en los momentos de liberación (Éxodo) y estuvo con ellos en los momentos de dificultad en el desierto. Durante toda esa historia se ve un Dios que pone en primer lugar a las personas, el respeto y la liberación, frente a las antiguas adoraciones a ídolos (becerro de oro).

El judaísmo se va consolidando por medio de la tradición (traditio = entregar). Un pueblo que es capaz de identificar a su Dios, a ver sus características, a conocerlo, a confiar en él. De este modo, se ha ido transmitiendo una fe por generaciones, hasta llegar al momento actual. Gracias a ello, las personas no necesitan empezar de cero en la búsqueda de Dios, sino que cuentan con el regalo de sus generaciones precedentes al compartir el camino ya recorrido por ellos. El cristianismo también se basa en una experiencia de fe de una persona, Jesús de Nazaret, en un momento histórico concreto y determinado. Supone la encarnación de un Dios. Es decir, la fabricación del ascensor que une los tres conceptos desde Dios hasta los hombres a través de una religión, relacionados a través de una historia de amor y salvación.

En ese sentido, tiene el gran valor de seguir colocando en primer lugar a las personas (“todo lo que hagáis a cualquiera de mis pequeños, me lo estáis haciendo a mí”) y le da trascendencia social, respetando la libertad individual. De ahí surgen dos fenómenos intrínsecos a la religión: compadecerse y conmoverse. Padecer-con y moverse-con el próximo (prójimo) en padecer y moverse con Dios. Porque se da un paso adicional: las prostitutas, los miserables, a los oprimidos… (los Bienaventurados) se colocan en primer lugar. No porque esa condición sea buena, sino por el proceso que viven las personas para salir de la injusticia, de la opresión, de la persecución.

La religión, en su aparición, no está basada en un número alto de normas o reglas. Las tablas de la ley de Moisés son 10 mandamientos sencillos y Jesús indicó que se basan en dos normas “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al próximo como a ti mismo”. Por eso surge el tercer paso: Iglesia o Comunidad. La experiencia de religión es colectiva. El hombre es un ser social (zoon politikon para Aristóteles) y, por tanto, su manera de encontrar a Dios ha de ser por medio de otras personas. Si no se produjese el tercer paso, la religión quedaría en un hecho más que surgió en la historia para inspirar el primer concepto individual de Dios del que hablamos.

Por tanto, para dar pervivencia a esa experiencia, el siguiente paso consiste en institucionalizar la idea de Dios vivida en una religión. Por eso, en el judaísmo, tras el Éxodo están las los libros de Levítico, Números o Deuteronomio, en los que se fijan una serie de normas, ritos o criterios para poder mantener la identidad de la Comunidad en el tiempo (Torah). Surge la necesidad de institucionalizar una fe colectiva, de manera que se generen canales concretos que permitan la continuidad de dicha religión y no volver a caer en mitos. Y permite compartir con sus semejantes en Sinagogas. Lo mismo sucede en el caso del cristianismo. Con la consolidación de las primeras comunidades, se empiezan a generar los primeros concilios y una serie de normas por las que todas las personas pueden tener una información más clara acerca de en qué consiste la fe, para evitar la vuelta a la creencia en mitos. Aquí surge la Iglesia.

El problema nace en el momento en el que el ascensor se rompe, se queda en el primer piso y las normas empiezan a querer describir a Dios en todas sus características y decir a Dios cómo tiene que ser, anulando a las personas. Confundir los medios con los fines. A dar más valor a los incumplimientos de las normas (pecados) que a la alegría de vivir una fe, a la realización de la persona. Eso responde a la necesidad que tenemos las personas de seguridad. Vivir la transcendencia y dejarte en manos de Dios, no. Es estar abierto al riesgo, a no entender lo que está sucediendo, a aceptar que las cosas no siempre tienen que ser como uno desea… Cumplir unas normas o unos ritos generan seguridad pero, como todo en la vida, lo realmente importante no es el “qué” sino el “por qué”. Ya se dijo que “cuando el sabio señala a la luna, el necio mira al dedo”.

Otro de los problemas que ha existido es el establecimiento de normas por manipuladores que se aprovechan de lo poderoso que puede ser dominar a personas por la vía de sus creencias o querer establecer un tipo de fe que les convenga. Se olvida que uno de los principios de la religión es la libertad. Una religión impuesta no es una religión. A lo largo de la historia se ha visto en múltiples ocasiones, en épocas en las que la convivencia con la muerte era más cotidiana, que controlar la fe de las personas permitía manipularlas y era un elemento fuerte de conservación del poder. En la actualidad, también existen fenómenos más extremos en sectas o fundamentalistas, pero también existe el riesgo (o el hecho) de la aparición de grupos que manipulen a las personas para hacerlas a imagen y semejanza de lo que ellos consideran el bien. Ese tipo de personas no se dan cuenta que buscan personas que les agrade a ellos (a su cosmovisión) y no personas que agraden a Dios.

Ése es, por tanto, uno de los mayores riesgos que existen. La tentación de saberse bueno por creer en un Dios, pertenecer a una iglesia, cumplir con unos preceptos y emocionarse ante determinadas situaciones. Formar parte de la Iglesia no implica que no puedas ser en realidad un ser despreciable, como la historia nos ha demostrado y nos sigue demostrando. Ése es un fenómeno que sucede no solo en la religión, sino también en muchos grupos de personas que, por su ideología, adscripción política o pertenecer a un determinado ámbito, se consideran buenas. Pero, si no realizas el ejercicio de abstracción hacia los motivos que realmente motivan tu actuar, de nada sirve pertenecer a una Iglesia, sindicato, ONG o partido político. Sin embargo, esas manipulaciones no hacen malas a las iglesias, sindicatos, partidos políticos u ONGs. Hacen malas a las personas que manipulan. La mayor parte de las barbaridades en la historia se han producido bajo el paraguas de grandes ideales… y se siguen produciendo

Si nos fijamos bien, esa evolución de creencias abstractas a la institucionalización sucede en muchos otros aspectos de la vida. Es lo mismo que sucede con una relación de pareja, en la que se evoluciona del amor platónico, a una relación concreta con una persona, llegando a la madurez de la misma, en la que se establecen reglas de compromiso entre los dos. Estas reglas, más allá de papeles legales, implica aspectos muy cotidianos, tales como hacer la cena, la compra, cuidar de los hijos, etc. Se pueden cumplir todas esas normas pero, si uno no emociona con la persona que tiene enfrente, va a dejar de vivir la relación de pareja y quedará olvidado el amor que impulsó todo. Otro ascensor varado en el primer piso.

Como comentaba al principio, la relación con la transcendencia (ya sea Dios u otro concepto) es algo a lo que casi todos nos hemos asomado en un momento de nuestra vida. No existe un único camino y todos son válidos, siempre que el camino para realizar ese encuentro sea a través de la dignidad de las personas, con sus fallos y defectos, sus limitaciones… e incluso sus virtudes. Es ese encuentro libre el que da sentido a todo y da acceso a la relación con todo lo que rodea a la persona (naturaleza, universo…).

“And remember, the truth that once was spoken, to love another person is to see the face of God” Les Misérables

Los Miserables. Escena final subtitulada

En memoria de Miguel Ardanaz