Mis renglones torcidos

¿Ordenó usted el Código Rojo? Hay frases que te cambian la vida y ésta fue una de ellas. O quizá fue ¡Atención! Hay un oficial presente. Lo cierto es que, después de ver Algunos hombres buenos, tomé una decisión que cambiaría mi vida. No sé si fue la intensidad dramática de la película, el talento de Aaron Sorkin en el guion o el innegable parecido que siempre hemos tenido Tom y yo (quizá por eso se operó) pero, al salir del cine Palafox en el calor de una fría noche de enero de 1993, decidí estudiar Derecho. Fue la primera negación a mi padre, con su consiguiente disgusto (yo, que siempre fui muy bueno de pequeño), porque habría preferido que me decantase por una ingeniería. En honor a la verdad, mi padre también había abonado previamente el camino a mi vocación cuando me enseñó obras maestras del cine clásico como Doce hombres sin piedad o Matar a un ruiseñor.

La idea original fue madurando durante los siguientes años de mi adolescencia y se convirtió en mi aspiración a ser Juez… Y Juez de lo Penal, para salvar a los inocentes y condenar a los culpables. No tendría la adrenalina del teniente Kaffee, del jurado número ocho o de Atticus Finch, pero me quedaría el privilegio de formar parte de la siempre acogedora administración española. Para cumplir mi sueño, el camino más corto era estudiar Derecho en la vecina universidad de Alcalá de Henares, como paso previo para preparar unas divertidas oposiciones a la judicatura. Apenas un 4 en el examen de Selectividad me aseguraba tener plaza, así que me tomé las semanas previas con bastante relajo y sosiego. Posiblemente, esa tranquilidad me permitió fijarme en el consejo de mayor valor que dieron en las clases de preparación: no es tan importante apabullar con mucho contenido como estructurar bien las ideas que se quieren transmitir. Lástima que esas lecciones de pensamiento crítico, identificación de lo importante, jerarquización de las ideas y seguridad en uno mismo no eran las que prevalecían en nuestros centros de enseñanza, ya que son fundamentales en todos los aspectos de la vida.

El día antes de Selectividad un amigo me pidió ayuda con el examen de matemáticas. Ahí se cumplió el principio de ayúdame y te habré ayudado. Aunque suene paradójico, enseñar es muchas veces la mejor manera de aprender. Después de cuatro horas explicando estadística, me quedaron mucho más claros los conceptos y obtuve una gran nota. Fue el primer paso para tener una calificación mucho mejor de la que yo esperaba. Orgulloso de las notas de su hijo, mi padre me animó a tomar una decisión que volvió a cambiar mi vida. Me habló de una universidad que habían abierto pocos años antes en Getafe y que permitía estudiar no solo Derecho sino también Administración de Empresas. La Carlos III fue la primera universidad pública en ofertarlo. La nota de corte era mucho más exigente, pero la había superado sin proponérmelo. Mi familia realizó un enorme sacrificio del que siempre estaré agradecido y a mí me tocó salir de la comodidad de casa… lo que se repetiría más adelante.

La gratitud que sentía hacia mi amigo por haberse dejado enseñar matemáticas, se vio truncada en el momento en que acabó saliendo con la chica que me gustaba. Pero, mirando con la perspectiva de la que carecí en su momento, todos salimos ganando: el mamón de mi examigo aprobó Selectividad para estudiar Derecho en Alcalá de Henares, mi examada consiguió un novio con un Fiat Bravo azul (y un jersey amarillo) y yo hice las maletas. Mientras ellos pasaban el rato, fuimos felices los tres.

Después de seis años estudiando en la universidad, estar unos cuantos más preparando oposiciones empezaba a no sonar tan atractivo. Puse a prueba mi vocación una fría mañana de invierno en la que fui a conocer cómo funcionaban los juzgados de lo penal de Plaza de Castilla. Sin embargo, lo único positivo de aquella mañana fue vislumbrar los inicios de una futura sociedad feminista, con tres mujeres con mando en plaza: jueza, secretaria judicial y fiscal. Por desgracia, el resto del escenario no acompañaba: carteles en algún momento lisos y blancos, ahora arrugados y amarillos, anunciaban la sala en la que se celebrarían las vistas; legajos y cajas de papeles acumulaban polvo en los asientos de madera que habían perdido su pretérito barniz brillante; los pisos sucios, las paredes desconchadas…

Si el continente no era muy atractivo, el contenido no mejoró cuando empezaron los juicios. Fueron desfilando uno tras otro un exhibicionista que enseñaba su micropene a niñas pequeñas al salir de clase; dos miembros de una comunidad de vecinos que habían dirimido sus diferencias y uno acabó con un navajazo en un costado y el otro sin visión de un ojo; dos carteristas que habían sido encontrados robando en el Metro; tres camellos que menudeaban en Plaza de Castilla para que la entrada y salida no les llevase tanto tiempo… Desolado contemplé cómo mis admiradas feministas confesaban estar hasta los huevos (una expresión un tanto contradictoria con su naturaleza) de tanta miseria en los recesos entre juicio y juicio.

La decisión estaba casi tomada y se tornó en definitiva con la pesadilla que me asaltó ante la frustración por lo vivido aquel día. Soñé con que un gilipollas de Sálvame que acusaba a otro (también gilipollas y también de Sálvame) de haberle infringido un Código Rosa. De este modo, en el calor de otra fría noche de invierno negué por segunda vez a mis padres: Iba a buscar trabajo al terminar la carrera y no a opositar. La lección aprendida de aquella experiencia fue que, cuando vi la siguiente obra maestra de Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca), ya estaba curado de espanto y no caí en la tentación de la política. Entonces decidí buscar trabajo, aunque un amigo mío trató de disuadirme en el último momento, con un argumento al estilo de Lady Macbeth: Para que te vaya bien en el sector privado hay que ser un poco hijo de puta… y tú eres demasiado buena persona. Creo que eso también lo enseñan en el cine.

Para muchos de mi promoción, el acceso al sector privado pasaba por alguna de las grandes empresas auditoras y consultoras. Te ofrecían una remuneración más que aceptable, te proporcionaban una gran formación… a cambio de unas cuantas horas extras de trabajo. Bastantes cerraron su futuro en abril del último año, para empezar a trabajar en septiembre. Me volví a tomar con calma ese paso hacia mi previsible dulce condena y disfruté de un verano muy enriquecedor en África. A mediados de octubre, empecé con el proceso de selección en una de estas firmas. En Navidad, mi futuro ya estaba encaminado. Había superado todas las pruebas y entrevistas a las que me había enfrentado hasta que, días antes de incorporarme, estalló el caso Enron y mi claro futuro se tornó en incógnita. Todos los procesos de selección en la empresa que realizó sus auditorías fueron cancelados.

Dos días después del jarro de agua fría, sonó el teléfono de casa (cuando era incluso más joven no llamaban al móvil para las ofertas de empleo). Era un 28 de diciembre y me ofrecían realizar una entrevista de trabajo para el departamento de administración de Europa Press. ¿Estarías interesado en realizar una entrevista de trabajo con nosotros? Me preguntó mi interlocutor. Claro que sí, contesté. Después de ir ganando confianza, me hicieron la pregunta más surrealista que nunca he tenido en una entrevista de trabajo. Por cierto, ¿no te han dicho que te pareces a Bin Laden? Tres meses y medio antes había sido el 11-S y el Sr. Osama estaba de moda, pero mi parecido (como ya lo he mencionado antes), podría ser todo caso con Tom Cruise. Así que caí en cuenta que era 28 de diciembre y mi única preocupación era saber quién me había querido gastar la broma y, obviamente, no fui a la entrevista. Sin embargo, el 2 de enero volvió a sonar el teléfono. ¿Por qué no viniste a la entrevista y no me avisaste? Me volvió a preguntar el mismo interlocutor. Porque si me dices que me parezco a Bin Laden un 28 de diciembre es complicado que piense que es una propuesta seria, repliqué. Pero ¿estás interesado en la entrevista?

Y así es como inicié mi primera experiencia laboral. Fueron apenas seis meses, en los que me lo pasé en grande, no aprendí mucho, pero conocí a gente formidable que me introdujo el gusanillo de la escritura. No era el lugar en el que quería desarrollar mi carrera profesional, y después de otros procesos de selección, gracias al consejo de un buen amigo, me examiné de las pruebas del ICEX y me dieron Bogotá como destino. En aquella época, mi tía campeona cayó enferma e iba a recoger a mi madre en el hospital al salir de trabajar para regresar juntos a casa. No pude apenas preparar la prueba… Si lo hubiese hecho, igual con mejor nota mi destino hubiese sido Asia… o habría suspendido… o, ¿quién sabe?, igual mi destino hubiese sido también Colombia.

Mi primer contacto con Colombia no fue el mejor. El día que me comunicaron el destino fue la toma de posesión de Álvaro Uribe. Los terroristas de las FARC atentaron contra el presidente recién posesionado lanzando granadas que que acabaron con la vida de unos inocentes mendigos en la cercana calle de El Cartucho. La reacción fue escuchar a grandes expertos en política internacional de bar explicando lo peligroso que era Bogotá y la locura que supondría pasar un año completo allí. Como ya expliqué en otra ocasión, tuve la suerte de conocer a colombianos que me explicaron que el peligro era que me quisiese quedar, así como al entonces director de noticias de Europa Press, quien había regresado enamorado por el encanto de Colombia después de un viaje de dos semanas. Su rotunda respuesta fue tajante. “Colombia es un gran país. Ni te lo pienses”.

Y así fue. Pasé un año maravilloso… pero el siguiente tenía que regresar a España. De todos modos, como conocí al amor de mi vida en aquellas tierras, bien es cierto que nunca me fui del todo. El ICEX te garantizaba un segundo año en una empresa, por lo que empecé con entrevistas hasta llegar a una empresa de ingeniería. Nosotros estábamos buscando a un ingeniero, pero, como no quedan disponibles, me parece que podrías ser una buena opción. No es que fuese la manera más excitante de ofrecer un puesto de trabajo, pero la oportunidad me pareció muy interesante. Era un proceso para internacionalizar la empresa, basados en fondos multilaterales que tenían un fuerte impacto en países en vías de desarrollo a través de infraestructuras tales como agua potable, saneamiento, energías limpias u ordenación del territorio. Un reto apasionante en un momento en el que sobraba trabajo en España y era complicado convencer a ingenieros de las grandes oportunidades que existían más allá de las comodidades conocidas. Un proceso que muchos empezaron a experimentar cuando llegaron las incomodidades, hasta entonces desconocidas, a causa de la crisis de 2008.

A la semana de incorporarme empecé a viajar. Descubrí que en el trabajo es más sencillo identificar que en la vida existen hijos de puta, como el calzonazos de Lord Macbeth, en una proporción superior al 2% de media que uno se encuentra de media en la sociedad. El exceso de roce por todas las horas que uno pasa en la oficina en ocasiones deshace el cariño. Pero no fue menos cierto que encontré en la competencia personas formidables que me ayudaron y enseñaron durante mis primeros años de trabajo, con quienes compartimos ilusiones, intereses comunes, una gran amistad y el anhelo de que algún año nos toque la lotería. Remedando la frase de Rockefeller con relación a Henry Flager, socio en los inicios de Standard Oil, aprendí que la amistad basada en el respecto y la admiración profesional es más sólida que tener que respetar a un profesional por el mero hecho de ser tu amigo.

Siete años estuve allí. Otro periodo muy interesante en el que descubrí que no siempre es importante el conocimiento que tú tienes, sino saber maximizar el conocimiento de otros y sacar el máximo provecho de capacidades diferentes a las tuyas (lo que no deja de ser otro tipo de conocimiento). La humildad de ser un extraño en un mundo especializado te ayuda a buscar lo importante e intentar ofrecer una visión diferente. Cuando Uber entró en el sector del transporte, sin saber nada de mecánica, vi que no era tan descabellado. De propina, incluso ahora hay quienes me llaman ingeniero de vez en cuando, lo que supone un punto de reconciliación con los primeros deseos de mi padre… pero ahorrándome el estudio de complejas ecuaciones diferenciales de quinto grado.

Adquirida la comodidad de estar estabilizado en la empresa, sentí inquieto que mi desarrollo se había estancado y decidí explorar nuevas oportunidades. Tras un proceso de cambio en el que todo fue perfecto, permanecí algo más de dos años en una nueva empresa, lo que me permitió conocer Perú y también a muy buena gente. Sin embargo, los planes solo le salen siempre bien a Hannibal Smith. El resto a veces no acertamos. No acabé muy contento con aquella experiencia (e imagino que ellos conmigo tampoco).

Perú fue mi siguiente destino. Se presentó una oportunidad muy interesante que suponía asumir un nivel de responsabilidad mucho mayor, en una gran empresa y en un puesto al que difícilmente podría haber aspirado de quedarme en España. Se me abría un incierto reto para la que sentía que me había preparado durante bastantes años y en la que pensaba que podría ofrecer un mejor futuro a mi familia. Pero siempre hay un precio que tienes que pagar. En el frío de una cálida noche de invierno, imitando a Pedro, negué por tercera vez la voluntad de mis padres. Fue la más dolorosa para mí y para ellos. Les dejaba sin disfrutar de sus nietos, que se iban a vivir a nueve mil kilómetros de distancia.

Sin embargo, todo estuvo cerca de derrumbarse. Después de más de diez años viajando en avión, mi primer vuelo a Lima fue la única vez que se me ha olvidado el pasaporte en casa. Por fortuna, el taxista de confianza que siempre me llevaba al aeropuerto (cosas que suceden con los que vivíamos en provincias) me salvó la papeleta y pudimos facturar y entrar en el avión en tan solo 45 minutos. Para completar la jugada, en el momento que me agaché para agarrar el equipaje, mi lindo trasero (más menguado que en la actualidad) ejerció demasiada presión sobre la costura del pantalón recién comprado. Por fortuna, los calzoncillos también eran nuevos.

Ese viaje lo hacía con mi jefe, por lo que su cara de poema al verme coser el pantalón en el avión era de que casi mejor aquí lo dejábamos, que un gusto en haberte conocido… Por fortuna, la Providencia me volvió a echar una mano, ya que el olvido del pasaporte en el hotel le correspondió a él en el viaje de regreso. Además, tampoco aspiraba a tanta coincidencia y me ahorré el dantesco espectáculo de contemplar su ropa interior. Después de la paupérrima primera imagen que había ofrecido, las cosas tan solo podían ir a mejor. Y así fue. Después de seis años formidables, de crecimiento personal y familiar, de mucho esfuerzo y de aprender a adaptarme a un país que me regaló grandes lecciones de vida, me pude despedir diciendo De nada, Perú mientras preparaba la maleta para descubrir otro apasionante país: México.

En México, después de superar la venganza de Moctezuma, nos encontramos con un país infinito, con maravillas en cada esquina y en cada pueblo mágico, amigos entrañables, un inicio laboral prometedor… Después de todas las aventuras vividas, me merecía por fin un cambio apacible. Y así fue. Apacible durante seis meses… hasta que estalló el coronavirus y nos quedamos encerrados una buena temporada, con tanto por conocer. Y sigo con mil cosas por descubrir, pero lo tendré que hacer de visita. Una etapa termina y otra inicia. Parece que AMLO (que necesita más mañaneros y menos mañaneras) no va a echar de menos a un español que se va, pero algo se muere en el alma cuando los amigos se quedan y te han dejado una huella que no se puede borrar. Nosotros tenemos la tranquilidad de que México siempre va a estar aquí, y así sabremos dónde volver.

Por eso, ahora que me tocaba iniciar un nuevo cambio para comprobar de nuevo si el riesgo de Colombia es que te quieras quedar, estaba preocupado. No había tirado un café ardiendo a mi jefe ni expelido una sonora ventosidad en su presencia… Todo se encaminaba a un temible cambio pacífico. Por eso, cuando casi me quedo cojo jugando al fútbol y después tuve que cancelar un vuelo por contagiarme de COVID pude respirar tranquilo. O me atropella un camión esta semana o por fin puedo estar tranquilo. Todo va a salir bien.

Va a ser cierto aquello de que Dios escribe recto con renglones torcidos.

P.D.: Para los amantes de lo preciso, comentar que los hechos referidos al programa Sálvame no guardan la debida coherencia en la línea del tiempo, ya que su primera emisión fue el 27 de abril de 2009. Se puede interpretar que en mis sueños ya era un visionario o que ya casi nadie se acuerda de Tómbola, que era el programa de chismes por excelencia en aquella época.

P.D.2: También estoy convencido de que Tom Cruise no pasó por el quirófano para dejar de parecerse a mí.

Fotografía

Años 50 en un pueblo de Palencia, mediados de los 80 en Guadalajara, Ciudad de México en la actualidad. Tres fotografías. Tres primeras comuniones. Tres generaciones. Una vida.

En Estalaya, un pequeño pueblo del norte de Palencia, había niños a finales de los años 50 del siglo pasado. Lo que no había era trajes pomposos con los que vestirse para la primera comunión ni cámaras fotográficas con las que inmortalizar el momento. Este pequeño inconveniente no fue obstáculo para que mis abuelos obtuviesen su recuerdo para la posteridad. El ingenio de un modesto fotógrafo les solucionó la papeleta. Fue un audaz precursor de los arreglos en Photoshop que tanto agradecieron posteriormente personajes de la farándula como el conde Lecquio. Su modelo de negocio consistía en tomar una foto tamaño carnet de la cara del niño en cuestión y con un traje estándar de pequeñas princesas o modestos marineros preparaba un retrato. Así logró hacer su agosto, cuatro años después de la primera comunión de mi madre, con varios guajes de la comarca.

Las fotografías fake de la primera comunión de mi madre y mi tío presiden desde hace 60 años la habitación que compartían de pequeños. Ahora existe la posibilidad de escanearlas y realizar copias que eviten que unas inoportunas goteras destruyan los cuadros que tanto tiempo han perdurado, pero durante muchos años ese riesgo existió. Las fotografías transcendían el significado de una mera imagen para mis abuelos, ya que llenaron el vacío de una habitación que, como la de tantos otros vecinos, quedó prematuramente vacía ante el éxodo de los jóvenes hacia internados (si lograban beca), seminarios o casas de familiares en la capital. Una dura realidad, pero menos cruenta que la de aquellas mujeres que abandonaron su pueblo para servir en las casas de la capital o de los hombres que derramaron su sudor en las fábricas de Barcelona, Bilbao o Madrid.

El éxodo que vació una España nunca muy llena, proporcionó una puerta de esperanza a las siguientes generaciones de aquellos pueblos. Un primer paso para el desarrollo de sus hijos o para emprendimientos propios. No siempre fueron bien recibidos en sus lugares de destino. A algunos los llamaron charnegos, a otros maketos y a muchos paletos… pero no cejaron nunca de luchar por un Spanish dream del que también se benefició su tierra de acogida. Consiguieron labrar un futuro más próspero lejos de una tierra generosa, que siempre proporcionó sustento, pero que se cobraba el alto precio de acabar con la tez ajada, las manos encallecidas y la dentadura mellada antes de cumplir los 40.

Perder aquella foto habría sido causa de un profundo lamento. Cuando tenemos poco, lo disfrutamos mucho. Cuando gozamos de la abundancia, las pérdidas nos parecen nimias. Aquellos tiempos de escasez determinaron los artículos. Los pequeños jugaban con LA pelota o LA muñeca, se tenía LA ropa de trabajo o EL vestido de domingo y daba igual que no te gustase lo que se servía en EL plato, porque no se podía elegir LA comida. Por eso, una foto trucada se convertía en LA foto.

Un momento de tu vida era especial si tenías una foto de recuerdo… y no eran tantos. Con el transcurso de los años, las fotografías recorrieron el camino inverso. Al ser tan pocos los recuerdos inmortalizados por esa generación, su contemplación siempre ha provocado alguna lágrima de nostalgia. Una visita por las habitaciones del museo etnográfico de Cervera de Pisuerga te deparará momentos emocionantes mientras escuchas cómo los vecinos comentan las fotografías de Piedad Isla, una mujer intrépida que supo conservar el legado de la vida de los pueblos de la montaña palentina a través de su mirada única.

Mediada la década de los 80, mi hermano y yo tomamos el relevo de celebrar nuestra primera comunión en Guadalajara. El acontecimiento se inmortalizó con el debido reportaje fotográfico que capturaba nuestro paso de la niñez a la juventud. Una cámara fotográfica fue el anhelado regalo que recibimos todos los homenajeados en el lugar donde se celebró el banquete posterior a la ceremonia religiosa. Era de marca Werlisa, un modelo tan solo ligeramente superior a las cámaras desechables. Pero fue especial. ¡Era nuestra primera cámara! Y entramos en la segunda era: la de los carretes Kodak, Agfa o Fuji y su proceso de revelado. Tener la opción de sacar 12, 24 o 36 fotos por carrete era un avance muy superior al de la generación precedente, pero también teníamos que lidiar con la escasez.

Las primeras fotografías de un carrete se velaban. Tenías que decidir si apretabas tres veces el disparador o si te arriesgabas con dos para tener una foto adicional, que posiblemente quedaría inservible. Cada vez que pulsabas el disparador tenía asociado dos costes: el coste del revelado y el coste de oportunidad de un número limitado de recuerdos a ser capturados. El arte consistía en el equilibrio entre reprimir nuestros instintos de fotografiar cuanto elemento nos causara curiosidad y ser pacientes para tener disparos disponibles cuando llegase ese momento singular digno de ser inmortalizado. También se presentaba la duda de si sacar dos o tres fotos para asegurar aquel momento que queríamos inmortalizar o si, por el contrario, nos fiábamos de nuestra capacidad y así podíamos capturar más recuerdos. El riesgo consistía en dejar de tomar fotos espectaculares pensando en otros más imponentes que nunca llegaban a pasar delante de tu cámara. Todo un dilema.

El inicio con la fotografía analógica me ayudó a lidiar con la incertidumbre. Quedaba la incógnita de saber si la imagen estaba bien encuadrada, tenía suficiente luz o estaba movida… Mucho más con las primeras cámaras compactas, menos avanzadas que las cámaras réflex que utilizaban nuestros mayores. El último ritual era el momento de rebobinar el carrete y guardarlo antes de llevarlo a la tienda. Mejor realizarlo en un cuarto oscuro, no fuese a ser que cualquier tragedia diese al traste con nuestras ilusiones.

Después del revelado, venía la ceremonia de colocar las fotos en los álbumes. Era el momento de lamentarse por las que tenías que desechar por la falta de pericia propia y sentirte orgulloso por aquellas que te hacían sentir digno de ganar el Pulitzer. Curiosamente, los mejores álbumes eran los que regalaban en las tiendas. Los más elegantes que se vendían para bodas y bautizos, contaban con un adhesivo que era muy complicado de pegar sin que se generasen las malditas burbujas y al cabo de un par de años las hojas estaban despegadas. Una vez las fotos estaban presentables, nos juntábamos con los amigos o familiares para recordar aquellas vacaciones, compartir las fotos de los primeros viajes con nuestros compañeros de expedición o dar envidia a quienes se quedaron en tierra. Y teníamos bien guardados los negativos, por si alguien requería de una copia o de una ampliación.

Campamentos de verano, viajes fin de curso, mi 18 cumpleaños en Birmingham junto a mi madrina, el campo de trabajo de Mfangano… Muchos álbumes de aquellas imágenes de juventud permanecen todavía en casa de mis padres. La mayoría han acumulado polvo durante años, aunque la labor de digitalización realizada por mi padre me ha permitido recuperar algunas fotos que habían caído en el olvido. Al contemplar esas fotos, no puedo evitar emocionarme (por no llorar) cuando me veo ante el espejo de hace varias décadas, con más inocencia, menos kilos y mucho más pelo. Eso sí, por mucho que revise fotografías, ninguna podrá ser tan especial como aquélla de la primera comunión de mi madre. Esa foto no se podía sustituir; entre las mías puedo elegir.

La primera comunión de mis hijos se ha visto aplazada en Ciudad de México por culpa del coronavirus. Un acontecimiento muy importante para nosotros como familia, pero que ha visto disminuir su relevancia social en los últimos años. Cuando las condiciones sanitarias lo permitan, tendremos la duda de qué regalar a una nueva generación que ha disfrutado de mucha más abundancia que su padre en la infancia e infinitamente más que unos abuelos que mirarán con orgullo cómo sus nietos ya han crecido hasta convertirse en unos jovenzuelos. Su mayor ilusión sería el teléfono inteligente que todavía no van a recibir, ya que las cámaras fotográficas han quedado relegadas para minorías más especializadas. Las fotos que tomen mis hijos se unirán al extenso catálogo con el que ya cuentan: su nacimiento, su primer diente, su primera papilla, sus primeros pasos sin ayuda de mamá y papá, su primera pedaleada en bici… Todo tipo de circunstancias han quedado inmortalizadas, menos el primer meconio y las noches sin dormir. En eso coinciden las fotografías de todas las generaciones que, como los Monty Python, siempre miran al Bright side of life.

Mis hijos ya no entenderían la ceremonia de reunirnos en casas o bares para ver los álbumes. Ahora mismo se comparten de manera instantánea gracias a la facilidad que supone enviarlas por WhatsApp o publicarlas en Instagram o Facebook. La añoranza de las fotos olvidadas en los cajones de casa de tus padres, es ahora activada por las redes sociales, que regularmente te avisan de los recuerdos publicados. Incluso los teléfonos inteligentes te crean un emocionante video (música incluida) de tus últimas vacaciones. Con la ingente cantidad de fotos de que van a disponer mis hijos, su mayor reto consistirá en identificar cuáles son las realmente importantes para ellos, dentro del almacenamiento ilimitado que te ofrece Google Fotos o iCloud. Habrá incluso fotos destinadas a ser desechadas, para lo que se han creado herramientas como Snapchat, cuya virtud consiste en la imposibilidad de almacenar las fotos. La mejor forma para no llegar a la fama por el mismo camino que Olvido Hormigos. Discernir los momentos más especiales de su vida y que éstos no dependan de la cantidad de likes que obtengan en redes sociales sino de la intensidad de lo vivido, será la prueba que mis hijos tengan que superar.

Ésta ha sido nuestra evolución. El paso de la escasez a la abundancia en menos de 7 décadas. Superar guerras, destrucción y hambre para llegar a una era digital que nos ha abierto una serie de oportunidades globales nunca imaginadas por nuestros abuelos en sus pueblos aislados. Una época de crecimiento de la que se ha visto beneficiada, en mayor medida, la población más humilde. En Europa se ha universalizado el agua potable y el saneamiento, la educación, la sanidad, las carreteras de acceso a los pueblos de nuestros abuelos, la televisión de plasma, el gas natural para calentar las casas, la comunicación a través de internet, teléfonos inteligentes… Nuestro éxito no ha sido consecuencia de que los ricos lo sean menos; sino de incrementar el bienestar creando oportunidades de crecimiento. Sin embargo, en muchas ocasiones estamos tan ocupados protestando de lo que está mal, que no somos capaces de enorgullecernos de estos ingentes éxitos logrados como sociedad.

El reto en la abundancia consiste en encontrar y apreciar aquellas experiencias especiales que hace unas décadas era tan sencillo identificar. La abundancia nos puede cegar. Disfrutar lo que realmente tiene valor entre todas las incontables opciones que están a nuestro alcance, será una señal de madurez. De este modo, el amor de adolescente envidia los 100 orgasmos diarios del león o la media hora que dura el del cerdo, mientras que la madurez enseña que el dulce regusto de una buena copa de vino, disfrutada un sábado por la noche, tiene que durar al menos una semana.

Abundancia frente a valor. Son las dos caras de la misma moneda. Dar valor a las cosas que disfrutamos y apreciar lo enormemente afortunados que somos. No estar en continua insatisfacción por no poder presumir de lo que a otros les generan más followers. Éste es el gran reto de una sociedad temerosa ante los momentos de escasez que pueden llegar tras la pandemia. Como decía Arjona, tendremos que luchar por darle más vida a los años, a las cosas que tenemos, a los momentos que vivimos… Lucharemos por un futuro sostenible, en el que las cotas de progreso que hemos heredado de nuestros abuelos y padres sean solo un primer paso para lo que leguemos a nuestros hijos y nietos.

Con abundancia o escasez, el único recurso limitado que tenemos es el tiempo. Cada momento es irrepetible y, con fotografía o sin ella, es lo único que nos llevaremos en el ascensor.

Paradójicamente

Es una paradoja que la manera de estar más unidos sea separarnos, pero también lo es la gran cantidad de personas que trabajan unidos para que podamos estar separados. En estos días son muchos los reconocimientos a todas las personas que están a nuestra disposición para ayudarnos. No solo personal sanitario (en primera fila de la batalla), sino también trabajadores de supermercados, logística, servicios de telecomunicaciones, empresas eléctricas, de gas, locutores de radio…

También es paradójico solicitar a las personas sin techo que se queden en casa o el día a día de los 4 millones de personas mayores que viven solas en España, anhelantes de una compañía tan prohibida como necesaria. Ese reto de una sociedad que mientras lucha por el último rollo de papel higiénico va a aplaudir a los médicos, u organizará mecanismos de solidaridad con los vecinos. Un sociedad profundamente democrática que acude a la limitación de derechos humanos y la concentración del poder para su propia supervivencia. Una sociedad que reclama más tiempo para uno mismo y que no sabe que hacer con él cuando finalmente lo tiene. Una sociedad que critica un sistema educativo que ahora añora.

La rápida evolución de la enfermedad también anuncia a muchas personas un cambio de paradigmas en la sociedad resultante de esta crisis, con la verdad absoluta de un regreso del poder de lo público y del localismo. Sin embargo, tenemos la paradoja de que va a ser la globalización y el desarrollo tecnológico lo que nos proporcione la salida a esta crisis. Parecemos no recordar que, siglos atrás, la viruela, la peste negra o la bubónica o la mal llamada gripe española llegaron a los rincones más recónditos, pese a ser sociedades que contaban con unos mecanismos de comunicación mucho más precarios que los que tenemos en la actualidad. Tardaban más en llegar, pero lo hacían para quedarse décadas. Sin embargo, ahora tenemos información en tiempo real del número de infectados, las medidas económicas propuestas por cada país o las líneas de estudio de los científicos en la búsqueda de vacunas y retrovirales, que seguramente tendremos antes de que finalice el año.

También puede parecer una paradoja que pueda ser beneficioso que en una situación tan crítica un partido populista forme parte del gobierno. Pese a lo que nos pueda pesar, estos son momentos de unirnos y respaldar al gobierno que está en el poder, sea de la ideología que sea. Tampoco pensemos que va a tener un margen de maniobra mucho más amplio que el de sus vecinos alemanes o franceses. Por lo menos, contar con los populistas en el poder te elimina el riesgo de que tomen las calles y trabajen por desestabilizar al gobierno. Lo ideal sería un acuerdo transversal (derecha e izquierda) para que las duras medidas que se tomen (y se tomarán) cuenten con un amplio respaldo de la sociedad … pero creo que eso está en contra de los signos de los tiempos actuales. Las luchas de méritos y culpabilidad serán nuestro entretenimiento para el próximo trimestre.

Mientras se instala en la sociedad la idea de que el sector público está sosteniendo a la población, paradójicamente nos encontramos con que está siendo también la colaboración de lo privado lo que está ayudando a combatir la crisis: hospitales privados al servicio del sistema público, hoteles que se convierten en hospitales, empresas energéticas o de telecomunicaciones, autónomos transportistas, agricultores, empresas de comunicación, cadenas privadas de supermercados que garantizan el suministro de víveres, productores de papel higiénico… O el caso de empresas de comida rápida (como Telepizza o Rodilla), que han facilitado la alimentación de los niños más necesitados de Madrid su estructura logística. Cuando es preciso, todos somos capaces de unirnos para lo más importante. A fin de cuentas, el gasto público lo acabarán pagando los impuestos de los privados.

También nos han estado comentando que la pandemia del coronavirus es una situación cambiante, lo que invitaría a pensar que la solución pasa por ir improvisando día a día de acuerdo a las circunstancias que se vayan produciendo. Paradójicamente, la salida a la crisis no va a venir de la improvisación, sino de una mirada a largo plazo donde se puedan prever los peores escenarios y las respuestas que se puedan ir articulando de manera progresiva. Porque, ¿cuánto tiempo puede durar la economía parada? ¿o un autónomo sin ingresos? ¿o un niño sin salir de casa? ¿o un estado sin ingresos? ¿o un español sin crear un meme?

Son muchos los retos de los que todavía no se han hablado, pero que vamos a tener que afrontar. Nos hemos centrado en la salud física en los hospitales, pero no hemos hablado de la salud mental de millones de personas encerradas en sus casas. O los más de dos millones de parados adicionales que se van a generar en los próximos dos meses. O los trabajadores autónomos que no van a recibir ingresos. O cómo relanzar una sociedad con un estado que no va a tener apenas ingresos en un trimestre. O cómo gestionar un estado que este año va a tener un déficit de cerca de un 15% con una deuda pública que ya está casi al 100% del PIB.

Es posible que acabemos teniendo el primer experimento de renta básica universal para muchas personas que no pueden asumir un mes sin recibir un salario, lo que paradójicamente puede terminar con el BCE imprimiendo moneda a lo loco, a instancia de Alemania, para paliar las consecuencias de la crisis, con su consiguiente inflación y devaluación de moneda. También nos podremos encontrar con que los que ven la crisis como una oportunidad para experimentar los aspectos positivos del decrecimiento, se den cuenta de que éste lo único que nos trae es inseguridad y miseria, aunque sí que nos vaya a ayudar a mejorar el medioambiente (lamentablemente no es una medida sostenible).

Finalmente, ésta va a ser la primera pandemia en una sociedad que no mirará mayoritariamente a Dios como solución a sus problemas. Todos estaremos de acuerdo en la suspensión de las procesiones de Semana Santa y nos pondremos en manos de la ciencia para que acuda en nuestra salvación. Pero, paradójicamente, más de una plegaria de descreídos se elevarán al cielo pidiendo que se termine este encierro cuanto antes… sobre todo ante la enésima pataleta del niño encarcelado. ¿Qué es la vida sin esperanza?

Porque, paradójicamente, nunca sabes lo que tienes… hasta que lo pierdes.

Matrimonios y divorcios

Tradicionalmente se ha considerado que la derecha es liberal en lo económico e intervencionista en lo moral y la izquierda liberal en lo moral e intervencionista en lo económico. Dos grandes partidos a izquierda y derecha han protagonizado la democracia española desde la Transición. Sin embargo, su duopolio se ha visto dinamitado con la aparición de nuevas opciones para sus clientes (nosotros, los ciudadanos), ya acostumbrados a una atención cada vez más personalizada. Por tanto, los partidos vienen a dar respuesta a nuevos segmentos de población que no quieren asumir resignados contradicciones con sus modos de pensar.

La división ha afectado de manera más importante al centro y la derecha, que se ha visto dividido en tres grupos donde antes solo existía uno, frente a los dos en la izquierda que ya existían. Se ha afirmado que la aparición de nuevos partidos en la derecha han venido derivados de la corrupción que ha protagonizado el PP. Yo creo, sin embargo, que existen muchos más aspectos a tener en cuenta. Para empezar, la corrupción ha afectado a todos los sectores de la sociedad. No solo a la política y no solo a un partido. El cambio, en realidad, es inevitable y viene derivado de la aparición de una nueva sociedad líquida, en contraste con el mundo sólido de apenas hace un par de décadas. Una nueva sociedad en la que todo está en duda y todo es objeto de crítica. De hecho, este fenómeno de nuevos partidos no es exclusivo de España, sino generalizado, como lo vemos en la Francia de Macron.

Un ejemplo del cambio en la sociedad lo podemos ver en el concepto de matrimonio. Nadie en el PP quiere recordar ahora mismo su posición contraria al matrimonio homosexual hace 14 años y el recurso ante el TC para declarar la inconstitucionalidad de la norma aprobada por Zapatero. Si yo defiendo ahora mismo que el PP hizo bien a la hora de recurrir esa norma, se me tacharía de homófobo. Pero lo voy a intentar explicar y veremos cómo ésta es una de las causas que ha provocado que el centro y la derecha se hayan escindido en tres grupos.

Considero que es bueno, sano y razonable que en los cambios que se producen en las sociedades haya contrapesos, ya que provoca debate. Hace que todas las partes expresen sus argumentos (con manifestaciones si lo desean) y de ese diálogo se llega a una aceptación o rechazo por la mayoría de la sociedad. El recurso contra el matrimonio de personas del mismo sexo estaba basado en la consideración tradicional del concepto matrimonio a lo largo de la historia, que estaba basado en cuatro principios:

  • Unión de dos personas
  • Unión de personas de diferente sexo
  • Vocación de permanencia indefinida
  • Institución base para el desarrollo de una familia (hijos).

Por tanto, según una visión tradicional, una cuestión era que se igualasen los derechos entre las parejas de hecho (institución que ya ha caído en el olvido) y el matrimonio. Como habían realizado previamente figuras relevantes del PP, como Gallardón. Otra cuestión era que la institución que regulase la unión de parejas del mismo sexo tuviese el mismo nombre que el matrimonio tradicional. El colectivo LGTBI lo consideraba un importante paso para su reconocimiento y dignidad, por lo que era relevante que su unión se legislase del mismo modo que para los heterosexuales. La historia ha dado la razón en España al colectivo LGTBI.

El TC sentenció que era un derecho constitucional, con lo que quedó avalado el matrimonio homosexual. Con esto se cerró el debate en España. Pero la decisión de recurrir por parte del PP también tuvo consecuencias para ellos. Muchas personas que son liberales en lo económico también lo son en lo moral y se sintieron incómodos con esa posición. Primera escisión entre los votantes del PP. Aparece un nuevo espacio. Lo ocupa Ciudadanos.

Ahora mismo, nadie en el PP se plantearía realizar un recurso como el que realizó hace más de una década. De hecho, importantes dirigentes gays de su partido se han casado, siendo testigo en primera fila la dirección en pleno. Tras 15 años, el PP se ha sumado a la nueva definición de matrimonio que es aceptada por la mayoría de la sociedad. Unión de convivencia de dos personas. Una definición que apenas tiene la oposición del 7% de los españoles entre 18 y 35 años. La postura del PP pasa a ser de respeto ante lo que está legislado. Solución tecnocrática.

De los cuatro elementos que definían el matrimonio tradicional solo sobrevive uno (por ahora) en la sociedad española actual. La vocación de permanencia indefinida contrasta con que el 60% de los matrimonios termina en divorcio. Tener descendencia no se considera un elemento esencial para las parejas y se ha incrementado el número de DINKIs (Double Income No Kids), donde tener tiempo y recursos para la realización personal es su filosofía de vida en pareja. De la diferencia de sexo en la pareja ya hemos hablado. Únicamente queda la consideración de la unión de dos personas (hasta que el poliamor acabe con ella). En ese momento surge otra grieta en la derecha. Los que siguen defendiendo el matrimonio tradicional frente a la “derechita cobarde” y la “izquierda radical”. Segunda escisión de los votantes del PP. Aparece un nuevo espacio. Lo ocupa Vox.

Se trata de un ejemplo de transformación de un grupo social en tres distintos (liberales, tecnócratas y tradicionalistas). Considerarlo el único elemento sería absurdo y reduccionista. Frente a estas diferencias, existen otros dos elementos de unidad fundamental entre los tres partidos del centro y la derecha (aunque con matices): la unidad de España frente a nacionalismos y, la más importante, la economía. Los tres partidos defienden un estado que no sea intervencionista, favorecer la iniciativa privada, reducción de impuestos… Esto provoca que, mientras se pelean por lo moral, hayan sido capaces de acordar la constitución de gobiernos. Con las cosas de comer no se juega.

Mientras tanto, en la izquierda el camino es el inverso. Los dos grandes partidos están en principio de acuerdo en lo moral. Su posición es a priori liberal en muchos aspectos (a pesar de relación histórica de los regímenes comunistas con los homosexuales), aunque sea intervencionista en otros, como prostitución o gestación subrogada, en la que están de acuerdo con las posiciones de Vox y la mayoría del PP.

Pero la diferencia se presenta en la economía. Mientras parecía que Podemos le podía comer la merienda a los socialistas en la oposición (aprovechando los efectos de la crisis), el mensaje que daba el PS era de ser igual de intervencionistas o más que ellos. Una vez que Podemos se ha hecho el harakiri (casoplón incluido), ya no interesa ocupar esa posición de izquierda radical, sobre todo cuando estás en el gobierno. Ahora lucha por ocupar el espacio de un partido socialdemócrata moderado, liberal en lo económico, pero con matices. Matices que, por cierto, también tienen el PP y Cs.

 EconomíaMoral
Podemos25
PSOE47
Ciudadanos79
PP63
Vox92
1.  Intervencionista  
10. Liberal  

Todo este análisis vendría a dar la razón a James Carville (asesor de Bill Clinton en las elecciones americanas de 1992) cuando decía: “es la economía, estúpido”, y que éste sea el motivo del matrimonio de la derecha a la hora de formar gobiernos y el divorcio de la izquierda para el gobierno de la nación. Al menos son muchos los análisis que se pueden leer en este sentido.

Pero quizá esté completamente equivocado y se trate simplemente de excusas de tácticos políticos para ganar más parcela de poder. De hecho, el PS ha llegado a acuerdos con ese partido que considera un peligro para España (incluyendo algunas complicidades con indeseables en lugares como Navarra) en ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas. Quizá ya lo importante no sea cazar ratones, como decía Den Xiaoping. Quizá el nuevo lema de Pedro Sánchez deba ser: Gato blanco o gato negro, lo importante es que yo resista en el poder. Tan solo me queda una esperanza. Que PS salga del armario, deje a Begoña y sea la primera persona en la historia mundial que celebre consigo mismo su automatrimonio.

Mientras tanto, winter is coming.

De nada, Perú

Hay un cuento de Anthony de Mello en el que un discípulo comparte airado su disgusto con el Maestro. Después de realizar múltiples favores a un amigo, se encontró no solo con la falta de reconocimiento por su parte, sino también con un cierto desprecio. ¡Ni siquiera le daba las gracias! El Maestro, en cambio, no le dio la razón. Más bien al contrario, lo regañó. No tenía motivos para quejarse. Era él quien tenía que estar agradecido con su amigo porque le había permitido desarrollar buenas acciones y así ser mejor persona. Me acuerdo de este texto en un momento de cambio. Tras cinco años y medio viviendo en Lima, México nos espera.

Muchas veces he sido yo quien me he quejado de la desgracia que supone el inmenso potencial desaprovechado que existe en el Perú. Un país con enormes recursos y con gente joven dispuesta a transformar la sociedad, que ve lastrado su inmenso potencial de crecimiento por la parálisis por análisis en la Administración. La frustración que genera la informalidad como mal endémico o las injusticias que he visto sufrir a personas cercanas. Aun así, haciendo balance aparecen muchas cosas positivas a recordar de esta aventura:

  • Los lazos que creas con tu familia más cercana se fortalezcan, con una lucha a 4 brazos partidos. Estar lejos de tu zona de confort te hace valorar lo que tienes. Y cuando tienes hijos pequeños, mucho más. Perú es el país en el que mis hijos han crecido, donde han contado con el impagable esfuerzo de maestros y educadores que los han llenado de valores y conocimiento. Han descubierto el valor de la amistad, del deporte, han aprendido a leer, a jugar, a conocer la música… rodeados de gente que les han transmitido mucho amor y confianza en su paso de bebés a niños.
  • La familia que dejas en España es insustituible. Es uno de los aspectos más duros de estar a 9.000 kilómetros de distancia. Renunciar a las comidas juntos los domingos, a las celebraciones de cumpleaños, a estar acompañado de los que te conocen desde que naciste en los momentos complicados, a echar una mano en los malos momentos o a ver crecer a tus sobrinos mientras juegan con sus primos es la factura a pagar por estar lejos de casa. Menos mal que nos hemos encontrado en nuestro camino con amigos que se han convertido en una nueva familia. Muchos de ellos quedarán para toda la vida. A algunos que se fueron, les seguimos echando de menos, como echamos de menos a nuestros amigos de España y Colombia. Y, a los que vamos a dejar ahora, nos harán mucha falta en la nueva aventura que vamos a comenzar.
  • Por mucho que cambiamos de residencia a un país hispanohablante, eso no te evita tener que aprender un nuevo idioma. Las chelas con patas después la pichanga, solo se entienden si has vivido por estos lares. Y no…, no es lo que estáis pensando. Ahora nos tocará entrar en la nueva onda, empezando por el órale o el híjole… Será una tarea ardua en la que espero que aprendamos pronto qué son los escamoles, el pozole, los totopos o el huarache… para no equivocarnos con la comida o no abrasarnos con el picante.
  • El motivo de instalarnos en Perú fue una interesante oferta laboral. Un reto apasionante que se presentaba y que, afortunadamente, hemos logrado superar las expectativas. En Perú me he encontrado con grandes profesionales, con un gran compromiso, largas horas de trabajo en equipo. Hombres y mujeres, jóvenes y experimentados, que nos han permitido ser un socio fiable para nuestros clientes y desarrollar (y seguir desarrollando) con ellos un intenso trabajo conjunto en beneficio mutuo (fin del espacio patrocinado).
  • Los kilos de más que me llevo al dejar atrás una ciudad que cuenta con 3 de los 20 mejores restaurantes del mundo, así como un universo de restaurantes en los que es imposible encontrarse con un pescado que no esté fresco. Una cocina criolla exquisita y unas fusiones de estilos que colocan su gastronomía en la vanguardia mundial.
  • Vivir en una país con un inmenso potencial ecológico, cultural y turístico. La riqueza de la sierra andina, la exuberancia de la selva amazónica y las olas interminables de la costa peruana, su riqueza artística, monumentos coloniales, el legado de las culturas prehispánicas o el privilegio de contar con un premio Nobel de literatura (que se disfruta mucho más leerlo pudiendo pasear por sus páginas), hacen del Perú un país privilegiado.
  • Las calles de Lima, que ofrecen un escenario sin igual para ejercitar los reflejos. Quien es capaz de conducir en Lima está preparado para hacerlo en cualquier parte del mundo, dentro de un universo de combis, taxis y psicópatas varios junto con alguno que otro civilizado. El único inconveniente es que la agudeza auditiva se ve mermada por el sonido incesante de los cláxones.
  • El intercambio deportivo vivido en estos años, donde por un lado hemos compartido la alegría de ver como el mejor equipo del mundo añadía 4 orejonas a su colección, mientras por otro hemos vivido la emoción de la reciente final de la Copa América disputada por la blanquirroja, aderezadas con dos semifinales y el ansiado retorno del Perú a un Mundial, al que no llegaba desde España 82, cerrando el círculo entre mi primer campeonato vivido con uso de razón y el último (con la razón ya un poco mermada por exceso de uso)
  • La propuesta de modificar el himno peruano, en aras de un nuevo voto solemne integrador de lo positivo de la herencia española en el Perú en unión con toda la riqueza prehispánica, va cobrando cada vez más adeptos gracias a las amigables charlas compartidas en amenos momentos de distensión. Un importante bagaje esta andanza por la antigua América española en un momento en el que nos toca realizar el camino inverso al realizado por Pizarro, en nuestro particular imperio contraataca, saliendo del Inca para aterrizar en el Azteca.

La verdad es que sí tendría motivos para dar las gracias. Si tuviese que elegir un lugar y momento ideal para hacerlo sería viendo el atardecer desde lo alto del Malecón, mientras se recogen los parapentes en la ladera del acantilado limeño. Sería un día de verano, rodeado de familia y amigos, donde la tristeza del final del día se ve compensada por el espectáculo de ver al agonizante sol rojizo zambullirse en el océano Pacífico con la promesa de un nuevo amanecer en poco menos de 12 horas.

Pero no. No lo voy a hacer. No voy a dar las gracias. Prefiero ser el amigo ingrato y decir de nada. De nada a mi familia por su apoyo. De nada a mis amigos por haber creado lazos inquebrantables. De nada a todos los que hemos trabajado arduamente. De nada a todos vosotros con quienes hemos compartido tantos buenos y malos momentos, tantos esfuerzos, tantas risas y algún lamento… tanta vida.

De nada, Perú. Ha sido un placer compartir este tiempo CONTIGO. ¡Hasta pronto!

Fichaje

Una regulación estrella que se acaba de aprobar ahora en España está relacionada con los fichajes. Desafortunadamente no va a servir para que el Madrid se ahorre pasta en la contratación de Hazard o Mbappé (a Neymar lo dejamos que siga disfrutando de la Ciudad de la Luz), sino para la entrada y salida de los profesionales en su jornada laboral. Como siempre, medidas que pueden ser razonables en muchos casos, pierden el sentido cuando se generalizan sin tener claro el objetivo perseguido.

Además de elementos de difícil regulación, como teletrabajo, llamadas de teléfono o correos fuera de horario, la medida me ha recordado una experiencia que viví ya hace unos cuantos años en una de las primeras empresas en las que trabajé. Un compañero, que sería plenamente partidario de la nueva regulación que se va a implementar, alegaba que no entendía por qué de dedicaba tantas horas y esfuerzo por la empresa, cuando dicho empeño no se veía reconocido salarialmente.

La respuesta la sigo manteniendo hoy en día. Cuando una persona empieza su carrera profesional tiene dos parámetros a considerar. Por un lado está la remuneración que uno recibe de la empresa en la que trabaja, por la cuál ésta obtiene beneficios. Pero el otro parámetro, para mí el primordial, es el valor (como persona y como profesional) que uno obtiene por el trabajo realizado. Si el valor que uno obtiene como profesional por el trabajo realizado es superior a la remuneración que obtiene, se podrá desarrollar y estar en condiciones de tener una carrera profesional exitosa. Si obtiene el mismo valor que remuneración ingresa, se va a estancar en su posición. Finalmente, si su valor es inferior a la remuneración que percibe, está condenado al fracaso. Ese antiguo compañero no sabía que mi propósito no era pasar de cobrar 1.000 Euros a 1.100 por horas extras a final de ese mes, sino generar valor para cobrar 2.000 en tres años.

Esa primera experiencia profesional tenía el OBJETIVO de incrementar la incipiente internacionalización de una empresa de ingeniería, entrar en nuevos mercados, sectores y clientes. Una labor ardua y complicada, que logramos completar con éxito tras mucho esfuerzo. La empresa se benefició de nuestro sobreesfuerzo, logrando una presencia internacional que permitió sobrellevar la crisis que vivió España a partir de 2007. Yo obtuve conocimiento y encontré personas extraordinarias que me ayudaron a ser mejor profesional y mejor persona. Eso quedó en mi mochila.

La empresa no estaba dispuesta a pagar el precio de las horas extras que le dediqué. No me importó, aunque en ocasiones fuese frustrante. Su ganancia superó la inversión que realizaron, pero el valor que yo también obtuve me permitió promoción dentro de la compañía y posteriormente emprender nuevos retos profesionales en otras compañías donde pude aplicar las lecciones aprendidas. Una apuesta de la que también me he beneficiado y se ha beneficiado mi familia con el paso del tiempo.

No se pueden poner puertas al campo y no se debe ser cortoplacista. Tampoco se pueden cortar las alas a las personas que quieren progresar. En el mundo de la empresa, por suerte o por desgracia, primero hay que demostrar y después se obtienen (o no) las recompensas. Es absurdo insistir en regulaciones de suma cero, cuando en la mayoría de las ocasiones la máxima “ayúdame y te habré ayudado” se termina cumpliendo cuando apuestas por tu futuro, por tu desarrollo y el de tu empresa. Una recompensa que en ocasiones llega dentro de ella y en otras en nuevos retos que la vida te presenta.

Como la vida no siempre es bella (ni justa), las apuestas a veces salen mal y en ocasiones terminas experimentando las hieles del fracaso y la frustración que ello genera (que de eso también he vivido). Por lo menos también llena la mochila para siguiente etapa del camino.

Eso sí, que no me descuenten los minutos que paso en el baño… que cagarte en la empresa, de vez en cuando, también es bueno para la salud.

Bandera feminista

Vivimos en tiempo de conflicto. Un tiempo en el que se apuesta por la división mientras se desprecia la moderación. El objetivo es vencer a la otra mitad con el argumento de que los otros son menos malos que los propios. Y en ese momento se produce la apropiación de banderas. Cada parte quiere lucir un estandarte que los identifique claramente contra los otros. Nadie quiere que haya confusiones en periodo electoral.

La izquierda acusa a la derecha de apropiarse del himno y la bandera nacional. Unos símbolos constitucionales que lograron la adhesión de toda la sociedad hace apenas 40 años, empezando por el Partido Comunista que guardó la bandera tricolor en aras de una unidad nacional que implicaba reconciliación entre todos los españoles. Esa bandera que ahora avergüenza a amplios grupos de la izquierda, mostrando un desdén hacia los emblemas de todos como si en lugar de ser un símbolo plenamente democrático se tratase de la bandera del pollo franquista.

Como contraposición a la absurda situación que se vive con la enseña nacional, se quiere ondear la bandera del feminismo de forma excluyente. Haciendo el camino contrario, la izquierda se apodera de ella como un estandarte de su propiedad. El centro o la derecha no puede ser feminista, del mismo modo que no puede citar a Machado. Adriana Lastra (PSOE) ha afirmado recientemente que han de reventar las calles el 8 de marzo para reventar las urnas el 28 de abril. Con esas afirmaciones lo único que verdaderamente se consigue es reventar un movimiento transversal, donde solo se acepta un tipo de feminismo: el que defiende sus mismas ideas.

La consecuencia es clara. Según una encuesta de El País, el 37% de las mujeres afirman que quieren participar activamente en las movilizaciones de este 8-M, frente a un 61% que afirman que no lo harán. El problema no es tanto el porcentaje (que es muy elevado), sino que las respuestas me parecen cada vez más polarizadas, en contraposición con el impacto global que generaron las manifestaciones del año pasado. Divide y perderás. Mientras tanto, muchos postulados feministas de fondo cuentan con la aprobación de una amplia mayoría de mujeres y hombres de todo signo político: romper el techo de cristal, luchar contra la violencia de género, prevenir y castigar el acoso y las agresiones sexuales a mujeres o la equiparación de las tareas en el hogar.

La sociedad está cambiando. El papel de la mujer es cada vez más protagonista en nuestra sociedad. Muchas barreras que se han derribado y otras no tardarán en caer. El esfuerzo y el tesón de muchas mujeres conocidas (aunque no tanto como deberían) han sido clave para llegar a esta situación. Pero también hay muchas otras mujeres feministas (algunas sin saber que lo eran) que han propiciado que la igualdad de derechos para las mujeres sea posible. Mujeres anónimas que han luchado en silencio desde el interior de sus familias para luchar por la igualdad y los derechos de sus hijas.

Me vienen a la memoria mis dos abuelas. Mi abuela paterna, además de trabajar, luchó para que sus dos hijas tuviesen las mismas oportunidades laborales y la misma formación universitaria que sus dos hijos. Mi abuela materna vivía en la zona rural del norte de Palencia. Se dedicaba modestamente a cultivar la tierra y atender el ganado, en minifundios a los que no había llegado la revolución agraria. De cuatro hijos sobrevivieron dos, un hombre y una mujer. La lucha por el futuro de sus hijos propició que ambos saliesen de su casa con apenas 10 años para formarse en Madrid. La niña no se iba a quedar en casa a cuidar de sus padres. Tenía derecho a luchar por un mejor futuro del que podía tener en su pueblo.

Mis abuelas tienen una historia común con muchas mujeres que renunciaron a disfrutar de sus hijos. Mujeres que salieron de sus pueblos para servir en Madrid, Barcelona o Bilbao. Mujeres que proporcionaron educación universitaria a sus hijas. Mujeres que no cogieron un avión en su vida para hacer turismo. Mujeres que hoy se pueden sentir orgullosas de ver cómo ellas luchan por romper el techo de cristal y tener un papel cada vez más protagonista en sus empresas. Ninguna de ellas fue a talleres para descubrir el mapa de su clítoris. Y a la mayoría les parece absurdo el lenguaje inclusivo. Algunas de ellas fueron a misa diaria hasta su muerte. Otras eran activistas en sindicatos. Unas eran de izquierda, otras eran de derechas y algunas incluso de centro. Pero lucharon por un mejor mundo no solo para ellas, sino sobre todo para las siguientes generaciones, por mucho sacrificio que ello les implicase.

Volviendo a la encuesta, el porcentaje de hombres y de mujeres que se declaran feministas ha aumentado de manera espectacular en los últimos cinco años. Pero llama la atención que las generaciones intermedias sean las que menos feministas se sientan, como punto intermedio entre la generación que realizó el éxodo entre el campo y la ciudad y la nueva generación, con mucho más acceso a información, más crítica y más sensible a las injusticias. Y ni quieren ni pueden esperar. Estamos en el momento en que las mujeres que se han encontrado con las mejores condiciones de igualdad de género de la historia, pero todavía son insuficientes, hasta que se consiga igualdad y libertad plena.

Afortunadamente, los cinco líderes hombres de los principales partidos políticos españoles hacen esta semana sus propuestas feministas antes del 8-M y las elecciones. Han aparecido nuevos conceptos como el feminismo liberal, cuya primera reacción ha sido la oposición del feminismo no liberal. Más división… Curiosamente, los dos principales partidos han estado a punto de ser liderados por dos mujeres, mucho más moderadas y capaces que los que finalmente los dirigen… aunque ni los militantes del PP ni los del PSOE parecen echarlas de menos.

En cualquier caso, el 8-M debe servir de reconocimiento a todas las mujeres. La dignidad y la igualdad de oportunidades no es de derechas ni de izquierdas, sino de sentido común. Luchemos por encontrar acuerdos desde la diversidad sobre lo que es verdaderamente importante y concierne a los derechos de las mujeres. Y ondeemos juntos la bandera feminista como símbolo de un éxito de toda la sociedad y no una victoria de unos sobre otros. Así se verán verán beneficiadas las mujeres… y nos veremos beneficiados los hombres.

Campeones en la nieve

Ante el temporal de nieve que se vive en el norte de España mi amigo Juan Carlos escribió que la nieve es preciosa cuando vas a visitarla, pero cuando es ella la que viene a ti, se puede convertir en una pesadilla. Y es que las personas del norte de Burgos o de la Montaña Palentina saben cómo eran esos inviernos en los que podías estar semanas aislado, sin acceso a más alimentos que los que tuvieses almacenados y en los que un niño pequeño estaba condenado a morir por un mal catarro o una pulmonía en casas sin más calefacción central que el brasero del comedor.

El gran mérito de Javier Fesser en su película Campeones ha sido mostrar un precioso paisaje nevado, donde mucha gente no veía más que una pavorosa ventisca que provoca pesadillas. El humor es capaz de hacer más por la integración que cientos de discursos solemnes y sesudos análisis. La Gala de los Goya terminó de mostrar el trayecto de verse atrapado en la ventisca a contemplar el paisaje nevado al contrastar la frase de Marín en la película “A mí no me gustaría tener un hijo como yo. Yo querría tener un niño sano, no soy tonto. Pero sí me gustaría tener un padre como tú” con la de Jesús Vidal: “A mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros”.

La frase de Marín es la primera reacción ante la ventisca. El rechazo ante lo que nadie quiere vivir. Una carga demasiado pesada. Por eso, el presidente de la asociación Down España comentó en una entrevista que prácticamente la totalidad de las mujeres que son conscientes de que su hijo tiene altas probabilidades de tener Síndrome de Down decide abortar. Hay alguno que incluso ha llegado rechazarlo al nacer, como el niño de vientre de alquiler en Tailandia que fue descartado por sus progenitores, aunque no su mellizo carente de trisomía 21. Era mercancía defectuosa. La consecuencia es que la tasa de nacimientos actual de niños con SD en España es de menos de un 30% de la que había en 1980 y en países considerados modélicos como Islandia o Dinamarca la reducción es incluso más acentuada.

Evidentemente, esto no tiene nada que ver con una renuncia al avance de la investigación para lograr la curación y tratamiento de enfermedades raras. No perder la esperanza de encontrar la cura del síndrome Tay Sach o de tantas otras enfermedades incurables que causan tanto sufrimiento. De hecho, el avance de la medicina ha logrado que la esperanza de vida de las personas con síndrome de Down haya aumentado de 25 a 60 años en las tres últimas décadas.

Asumir la paternidad de un hijo con discapacidad intelectual supone gran cantidad de sacrificios, que van desde las expectativas que uno se genera con los hijos, pasando por fisioterapeutas, psicólogos, logopedas, dentistas, oculistas, médicos, quirófanos… hasta dejar de disfrutar tiempo libre con tu pareja, viajes, ocio, retos profesionales, etc. Por eso, para poder disfrutar del paisaje, muchos padres y familiares de personas con discapacidad física o intelectual tienen que coronar su Everest particular.

Las palabras de Jesús Vidal, por otro lado, permiten disfrutar todo el esfuerzo que hay detrás del paisaje nevado. Muestran que se puede encontrar belleza y satisfacciones escalando una montaña cuando te estabas preparando para unas vacaciones en la playa. Encontrar la felicidad en el cambio de expectativas. De desear que tu hijo sea el más listo de la clase a que simplemente sea feliz. De esperar al nuevo Messi o Ronaldo, a disfrutar de las primeras patadas a un balón en el parque más cercano. De soñar con un profesional de éxito, a sentirte orgulloso de que tu esfuerzo se vea recompensado por haber criado una persona autónoma. Y empiezas a saborear cada paso, como cuando Jan se lanzó a caminar. A disfrutar cada cumpleaños viendo la sonrisa de Javisteps al soplar las velas. O cada reunión familiar con mi tía Sonsoles, que cada día está más guapa.

Y ahí es donde uno encuentra más emocionante el agradecimiento de Jesús a su madre. “Mami, gracias por darme la vida, gracias por dármelo todo. Porque hiciste nacer en mí el amor hacia las artes y porque me enseñaste a ver la vida con los ojos de la inteligencia del corazón”. Y a don José Vidal Conde, su padre: “Gracias por haber vivido, gracias por luchar tanto por mí, porque eres la persona con más ternura del planeta, sin pretenderlo y porque con solo una sonrisa cambiabas y cambias mi mundo”. Porque en su afirmación de que le gustaría tener un hijo como él, está el convencimiento de que fue él quien también creó unos padres como los suyos. Un ayúdame y te habré ayudado que cobra todo el sentido en un mundo en el que enfrentar conjuntamente los retos termina haciendo más fuerte a los que trabajan en equipo.

En países como España tenemos la inmensa suerte de contar con una amplia red de apoyo a personas con discapacidad, como la ONCE o Down España. Tenemos que sentirnos todos orgullosos de esa labor de cohesión que proporcionan desde voluntarios hasta asociaciones que luchan para que nadie se tenga que bajar de un autobús en marcha. Todavía faltan recursos, porque cuesta mucho dinero. Pero es un modelo a seguir para otros países en vías de desarrollo, donde la gran mayoría de los discapacitados intelectuales están condenados a la miseria y el abandono.

Ninguno de nosotros está a salvo de una discapacidad: un ictus, un derrame cerebral o un accidente de tráfico puede cambiar radicalmente nuestra vida y la de las personas que nos rodean. Si alguna vez me llegare a suceder a mí, os doy las gracias desde ya por seguir tratándome como a una persona normal. Al igual que Maysoon Zayid, seguiré teniendo 99 problemas y mi discapacidad será solo uno de ellos.

En los pueblos de Castilla, la comida no se podía tirar. Quiero imaginar que allí se inventaron las cocretas de cocido. Solo los verdaderos artistas son capaces de convertir en un manjar un plato realizado con aquello en lo que otros solo ven sobras y convertirlo en una receta popular que a todo el mundo le gusta. Imagino que en una familia de nueve hermanos tampoco sobraba mucho. ¡Gracias Javier Fesser!