Camión

Los jóvenes, para ser felices, ya no quieren un camión. Lo siento, Loquillo, pero tu mundo ha colapsado. Llevar el pecho tatuado se ha convertido en algo fashion en torsos previamente depilados; en un mundo vegano, donde se devora cualquier tipo de plantas, las nuevas generaciones no saben que el tabaco se puede mascar en camiseta; escupir a los urbanos es cosa de Pablo Hassel o de niñatos rebeldes; y andar presumiendo de meter mano a tu chica es lo que ha quedado más desfasado. Desde que los hombres sensibles (o blandengues que diría El Fary) hemos triunfado, los machos alfa empotradores no han quedado más que para los sueños húmedos de una exigua minoría de mujeres, todavía oprimidas, que no han logrado superar el yugo heteropatriarcal.

En los veranos en los que Ana Iris Simón iba de Feria en Feria con sus abuelos por toda España, yo ocupaba mi tiempo en trabajos eventuales que me proporcionaban el dinero suficiente para subsistir en el frío invierno. La mujer de la limpieza en una tienda de extintores en la que trabajé estaba casada con un conductor de camiones. Su mayor orgullo era su hijo universitario, el primero de la familia, salvo cuando la ociosidad estival le llevaba a abusar de bebidas espirituosas en su intento de sobrellevar el tedio de su bien merecido descanso veraniego. El arduo esfuerzo de ambos progenitores les permitió afrontar el elevado coste de una universidad privada para su retoño. Estas instituciones no son rentables solo con las matrículas que pagan los ricachones y también han permitido a muchas familias trabajadoras ver a sus hijos obtener una licenciatura… aunque estén demonizadas por una parte de la sociedad.

Pasado el tiempo, el hijo licenciado del camionero y la mujer de la limpieza no quiere seguir con ninguna de las dos tradiciones familiares. La alta inversión realizada en una carrera universitaria, que te permite obtener precarios trabajos de oficina (o ni siquiera eso), hace que no sea atractivo recorrer miles de kilómetros al año o vivir tres semanas al mes fuera de casa, en el caso de hacer rutas internacionales. El sueldo que cobra un conductor (al alza en estos momentos de crisis) no luce atractivo para una juventud que no quiere perder los mejores años de su vida al volante. La media de edad de los camioneros en España es de 50 años. Su escasez saltó a las portadas de los noticieros por la ausencia de conductores en Inglaterra a causa del Brexit, pero se trata de un fenómeno que afecta también a Estados Unidos y al resto de Europa (donde existe un déficit de 400.000 conductores).

La vida de un camionero o transportista no es sencilla. Muchos días fuera de casa, riesgo de robos de la carga o de sus pertenencias personales, multas por exceso de velocidad o por no cumplir con los descansos establecidos, riesgo de pérdida de la licencia de conducir, dolores de espalda, presión por cumplir con los tiempos de entrega, disputas por quién es el responsable de descargar el género, accidentes de tránsito, riesgo de transportar mercancías peligrosas… Son muchos los inconvenientes que se presentan en un mundo que te ofrece otras alternativas para disfrutar de una existencia más apacible. Camioneros, curas, sindicalistas, trabajadores del campo… experimentan la misma realidad. Hay mejores alternativas en este nuevo mundo.

Para paliar el déficit de conductores hay quienes ponen sus esperanzas en el fin del heteropatriarcado, de modo que se incremente el exiguo 4% de conductoras que existen en la actualidad y así se cubra el vacío dejado por los perezosos varones. Sería una gran noticia ya que las mujeres han demostrado ser más precavidas al volante, del mismo modo que su primacía en la universidad ya es un hecho. Esto igual provocaría que los hombres que no quieren trabajar en el camión encuentren gustosos una nueva vocación siendo kellys en hoteles, de modo que la paridad real haga de este mundo un lugar más habitable.

De paso, podríamos comprobar si es cierto el oscuro mito de los lugares de esparcimiento nocturno que existen en los bordes de las carreteras y si las mujeres al volante logran erradicar las luces de neón de las áreas de servicio. Los oscuros antros regentados por mafias explotadoras de mujeres podrían ser reemplazadas por nuevos locales con gigantescos ositos de peluche en la puerta, administrados por hombres sensibles que den masajes en los pies a las agotadas camioneras antes de irse a dormir. Si a alguna le sabe a poco, siempre estaría la opción de colocar un satisfyer en la mesilla, taciturno de usar por turnos. Eso sí, estará correctamente esterilizado para evitar los nuevos virus contagiosos, sobre todo en la variante ómicron, una vez que los virus que navegan en el amor parecen haber caído en el olvido.

Sin embargo, me temo que la solución a la crisis del transporte no va a venir por la paridad entre hombres y mujeres. El público sigue reclamando ávido sus mercancías antes de las 10 de la mañana o que los supermercados estén abastecidos para llevar el alimento a casa. A falta de camioneros, la solución vendrá por la tecnología. De la misma manera que el coche autónomo acabará con nuestros taxistas, camiones como el Volvo Vera  o el Tesla SEMI (que además son eléctricos) transformarán la logística, de forma que acabaremos agradeciendo a los obsoletos camioneros sus servicios prestados, al igual que hicimos en su día con los conductores de diligencias o los ascensoristas. A fin de cuentas, los camiones autónomos son más seguros, no se les paga salarios, no duermen, no protestan, no se enferman, consumen menos combustible, no necesitan tacógrafos que midan su velocidad ni los tiempos de descanso cada dos horas, no pelean con su mujer ni tienen trastornos del sueño… y además no hacen huelgas.

Si a la tecnología ya existente de vehículos autónomos, le sumamos la inteligencia artificial y la consolidación del 5G, la universalización del vehículo de transporte autónomo será una realidad, como ya sucede en las minas desde hace años gracias a empresas como Komatsu o Caterpilar. En el transporte masivo de mercancías por carretera, tenemos el ejemplo de la empresa china TU Simple o de la americana Uber. Uber, en alianza con la empresa de conducción autónoma OTTO, realizó su primer transporte por carreteras públicas hace 5 años con un cargamento de 50.000 latas de Budweiser, para lo que cubrió una distancia de 193 kilómetros sin incidentes. Quedará para la historia que su primer viaje fue por una buena causa.

Muchos no lamentarán la pérdida de ese tipo de trabajo que ya no se desea, pero medio millón de camioneros dejarán sus oficios en España para ser aspirantes a youtubers, a recibir la renta básica universal o a portar chalecos amarillos… mientras apedrean los ministerios en sus particulares lunes al sol. Mientras tanto, si nuestro dios Elon Musk suma al camión SEMI un éxito adicional con su nueva batería 4680, verá incrementar su cuenta bancaria hasta el punto de poder sufragarse un viaje turístico a Marte. A cambio, el resto de los mortales nos beneficiaremos de los ahorros que nos proporcionará en nuestro transporte cotidiano y del mundo menos contaminado y más resiliente frente al calentamiento global que nos dejará. Esperemos que nuestros políticos se acerquen a Tesla y resto de empresas que desarrollan vehículos autónomos y eléctricos para que se realice el ensamblaje en España. Nuestra principal industria, la automotriz, también está en peligro.

Ya no queda espacio para los feos, fuertes y formales ni para cadillacs contaminantes. Se nos abre un mundo mucho más bonito, sin curas, ni putas, ni sindicalistas, ni agricultores, ni coches contaminantes… ni camioneros.

Pero no hablemos de futuro.
Es una ilusión
Cuando el reguetón conquistó tu corazón.