Perdón

Cualquier momento es bueno para pedir perdón. Su efecto catártico tiene efectos beneficiosos, incluso para la salud (algo muy necesitado en los tiempos que corren). Son muchas las personas con las que yo tendría que disculparme, empezando por la niña a la que le tiré un balonazo cuando apenas contaba 10 años. Sé que ella tampoco se ha olvidado, a pesar de mi profundo arrepentimiento. Es lo que tiene crecer en una pequeña ciudad (infierno grande). Así podría continuar con mis padres, hermanos, amigos, enemigos… Aunque no formo parte del 2% peor de la población, mis actos reprobables son muchos más de los que hubiese deseado cometer. Al menos esto no me sucede en casa, donde siempre tengo la razón… bueno, en realidad, casi siempre.

Sin embargo, la reciente experiencia de Plácido Domingo ha hecho que me replantee solicitar públicamente perdón, aunque ser un prestigioso autor para minorías selectas hace que la repercusión de mi solicitud sea sensiblemente inferior a la del aclamado tenor. Eso sí, no podemos quitar ni un ápice de importancia a los presuntos hechos reprobables que ha reconocido Domingo. Parece haber hecho honor al clásico refrán español: Donde tengas la olla no metas la… gallina. Y mucho menos si eres el chef más reputado (no sé si es el adjetivo más preciso para emplear en esta ocasión).

El acoso en el trabajo es una de las cosas más detestables que existen. Es el lugar en el que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo y donde ponemos nuestra seguridad, nuestros anhelos de desarrollo y el bienestar de nuestra familia. Imagino que cuando alguien alcanza los niveles de fama de Plácido puede llegar a sentirse el más gracioso, guapo y poderoso. Esto te puede hacer sentir que casi siempre tienes la razón. Como yo en casa… bueno, en realidad, solo a veces.

La reacción de Plácido Domingo ha consistido en disculparse por todo el daño que ha causado, poniéndose a disposición de las personas ofendidas para reparar el daño causado. Pero parece que cometió un enorme error en el mundo que vivimos. Tanto como para que se hayan cancelado las actuaciones que tenía programadas en Madrid. Posteriormente matizó su disculpa, indicando que “Nunca me he comportado agresivamente con nadie y jamás he hecho nada para obstruir o perjudicar la carrera de nadie», pero reconociendo su culpa por haber hecho sentir mal a mujeres y concienciando a toda la sociedad de que comportamientos como el suyo no pueden repetirse jamás (lo que le honra). Lo que él pudo considerar galante, otros lo pudieron ver como baboso y otras (probablemente con razón) como acoso.

En realidad, Domingo podría haber negado todas las demandas, alegando que son acusaciones de hechos sucedidos hace 30 años y de los que es imposible obtener pruebas. También podría haber manifestado que las acusaciones provenían de oscuros intereses de la Iglesia de la Cienciología, como han publicado medios de comunicación que han salido en su defensa. Pero lo más probable es que esa estrategia también hubiese sido en vano. 

Cuando todos creíamos que Frank Underwood era el mejor intérprete de Kevin Speacy, nos encontramos con que las acusaciones criminales que le realizaron fueron desestimadas por los fiscales. Woody Allen también resultó absuelto de todas las acusaciones realizadas por Mia Farrow, pero su versión de la historia no podrá salir a la luz en Estados Unidos por el veto realizado por la editorial que tenía los derechos sobre sus memorias debido a la presión de Ronan Farrow. O Roman Polanski, que ha quedado condenado por vida por unos hechos totalmente reprobables ocurridos hace más de 40 años. Por un lado, nos oponemos a la cadena perpetua, pero por otro hay personas que no tendrán la absolución de la sociedad mientras vivan.

La conclusión es que sabemos que Plácido Domingo ha sido acusado de conductas impropias (pero no sabemos de cuales) y que él se ha declarado culpable (no sabemos si de todo o de parte de lo que no sabemos que le acusan). Pero, como en el mundo actual nos sentimos con autoridad moral para juzgar a los demás, parece que en el imaginario colectivo el tenor se encuentra ubicado tan solo un par de escalones por encima de Harvey Weinstein, quien sí ha sido condenado a 30 años de cárcel por sus acciones criminales (para gran disgusto de grandes artistas que agradecieron en público el desinteresado apoyo que ofreció a sus carreras artísticas). El problema es que juzgamos desde nuestros prejuicios, no desde la búsqueda de la verdad y el equilibrio entre el daño causado la víctima y la presunción de inocencia del acusado.

Es lo mismo que sucede en esta sociedad actual, donde hay que gritar muy alto para tener la razón. Una sociedad excluyente por mitades donde quien no coincide con las ideas que transmite la otra mitad se convierte directamente en un fascista o un machista, lo cual es muy útil para cubrir las vergüenzas propias de ser un principiante a la hora de redactar leyes que no vienen a responder las necesidades de fondo que tenemos todas las mujeres y todos los hombres que luchamos por una sociedad más inclusiva.

Por el otro extremo, tampoco estaría mal que pidieran perdón aquellos que tratan como feminazis comunistas a todos aquellos que reclaman que todavía existe un importante camino por recorrer hasta terminar con la brecha de género y alcanzar la plena igualdad y seguridad de la mujer en nuestra sociedad. Un gran ejemplo nos han dado las mujeres del PP alabando las bondades de sus adversarias políticas. Una visión empática a imitar por los que solo a veces tenemos razón en nuestras discusiones domésticas… bueno, en realidad, casi nunca.

Quizá el primer paso puede suponer la aceptación de que las personas somos tremendamente complejas. Que hay personas que cometen actos reprobables, pero que cuentan con otras cualidades altamente positivas y valiosas para la sociedad, de las que no podemos prescindir. ¿Podemos reconocer que el Rey emérito ha sido fundamental para la democracia y las libertades en España a pesar del Corinnavirus? Yo creo que sí. También sería positivo que modulemos las penas dictadas en las sentencias de los autoproclamados jueces, ya que no es lo mismo meter a una persona en la cárcel, que echarle de casa o hacerle dormir en el sofá, condena habitual para los que casi nunca tenemos razón en las discusiones en casa… bueno, en realidad, nunca.

Por eso, cariño, perdona que no te pida perdón (y menos en público), ya que todo lo que diga puede acabar siendo usado en mi contra.

The Sound of Silence

Cuando se termina el verano, se publica el ranking de las canciones más importantes que nos han acompañado durante estos tres meses. Así, cuando uno se hace mayor y vuelve a escuchar los grandes éxitos de aquel verano, recuerda ese tiempo caluroso y lleno de sensaciones para esbozar una sonrisa nostálgica… o un triste lamento. En este verano de 2019, el hit más importante no ha sido precisamente un nuevo lanzamiento de reguetón, sino una clásica canción de Luz Casal: No me importa nada.

Tú juegas a quererme,
yo juego a que te creas que te quiero,
conozco la jugada
sé manejarme en las distancias cortas
Y no me importa nada, NADA…

Cuando el joven enamorado recuerde este verano, no podrá tener el anhelado recuerdo de la persona amada que le acompaña sonriente con sus manos entrelazadas con las suyas mientras dan un paseo entre miradas cómplices por el malecón, sino que llorará en silencio por aquel romance que vio tan cercano, pero que terminó rompiendo su alma hasta escribir sobre un vidrio mojado por sus lágrimas el nombre de aquel frustrado amor de verano. Y mientras pone tiritas en su corazón partío, el Spotify del ser amado que rechazó al aspirante a coalicionarse sonará a todo volumen con otro clásico de Radio Futura (para que no se diga que no tienen gustos musicales parecidos):

Y si te vuelvo a ver pintar
un corazón de tiza en la pared
te voy a dar una paliza por haber
escrito mi nombre dentro

Con el retorno a la cotidianidad, el amante dolido intentará restañar sus heridas. Ante la ausencia de terrazas y los primeros fríos del otoño, tendrá que refugiarse en las discotecas al ser de la vieja escuela. No tiene Tinder. Ahí quedará deslumbrado con una bella dama. En su proceso de acercamiento, preguntará a qué se dedica, cuántos años tiene o intentará una ocurrencia para arrancarle una sonrisa pero, como en el chiste, será su mejor amiga la que vaya respondiendo de forma cortante por ella. Frustrado por su silencio, le preguntará directamente ¿pero tú no puedes hablar? A lo que ella responderá ¿Pá qué, pá cagal-la?

En realidad, ese joven no es más que una metáfora de la nueva campaña electoral que está comenzando (si es que la anterior se terminó en algún momento), donde quien tiene más opciones de no perder la ya menguada confianza de la población es el candidato que menos hable. Ya está asumido que la clase que nos representa cada vez es menos capaz y cuando hablan, sube el pan. Por eso, no hay como recordar a Neruda y su Poema XV: Me encanta cuando callas porque estás como ausente…”. ¡Qué mejor forma para enamorarnos que con su silencio!

En el país que se quiso dividir en dos mitades y en el que ahora se quiere instalar el relato de ocupar el centro va a consistir en ganar el relato de las culpas como opción para ganar la confianza. La mitad derecha está callada, esperando la evolución de acontecimientos, mientras que la mitad izquierda está convencida de que esa mitad de malos y perversos ya está desactivada y correrán a vender su película.

Como era de esperar, lo que está saliendo es una película marxista. Después de pelearse por dos (o tres) huevos duros en Una noche en la Ópera, ahora quieren quemar Más Madera en su batalla fratricida de Una noche en el Oeste, sin darse cuenta de que los quemados somos los electores. Y los protagonistas de esta película son Harpo Errejón (que todavía no se arranca a hablar), Chico Iglesias (el enfadado que se queda sin plano) y un injerto entre Zeppo (el hermano guapo e insustancial) y Groucho Sánchez (si no te gustan mis principios, tengo otros).

La esperanza que tienen para el estreno de su largometraje es que Vox caiga por su propio peso con un asunto tan urgente e importante en nuestras vidas como es la exhumación de Franco y volver a atizar el miedo a la extrema derecha. Mientras tanto, tendremos la sentencia del golpe de estado en Cataluña, el Brexit y una ralentización económica que ya es una realidad. Y nuestros representantes sin trabajar

Diremos entonces hola a la oscuridad (mi vieja amiga) mientras sintonizamos a Simon & Garfunkel y recordaremos a esas personas que oyen sin escuchar o las que hablan sin decir nada. El sonido de silencio.

Campeones en la nieve

Ante el temporal de nieve que se vive en el norte de España mi amigo Juan Carlos escribió que la nieve es preciosa cuando vas a visitarla, pero cuando es ella la que viene a ti, se puede convertir en una pesadilla. Y es que las personas del norte de Burgos o de la Montaña Palentina saben cómo eran esos inviernos en los que podías estar semanas aislado, sin acceso a más alimentos que los que tuvieses almacenados y en los que un niño pequeño estaba condenado a morir por un mal catarro o una pulmonía en casas sin más calefacción central que el brasero del comedor.

El gran mérito de Javier Fesser en su película Campeones ha sido mostrar un precioso paisaje nevado, donde mucha gente no veía más que una pavorosa ventisca que provoca pesadillas. El humor es capaz de hacer más por la integración que cientos de discursos solemnes y sesudos análisis. La Gala de los Goya terminó de mostrar el trayecto de verse atrapado en la ventisca a contemplar el paisaje nevado al contrastar la frase de Marín en la película “A mí no me gustaría tener un hijo como yo. Yo querría tener un niño sano, no soy tonto. Pero sí me gustaría tener un padre como tú” con la de Jesús Vidal: “A mí sí me gustaría tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros”.

La frase de Marín es la primera reacción ante la ventisca. El rechazo ante lo que nadie quiere vivir. Una carga demasiado pesada. Por eso, el presidente de la asociación Down España comentó en una entrevista que prácticamente la totalidad de las mujeres que son conscientes de que su hijo tiene altas probabilidades de tener Síndrome de Down decide abortar. Hay alguno que incluso ha llegado rechazarlo al nacer, como el niño de vientre de alquiler en Tailandia que fue descartado por sus progenitores, aunque no su mellizo carente de trisomía 21. Era mercancía defectuosa. La consecuencia es que la tasa de nacimientos actual de niños con SD en España es de menos de un 30% de la que había en 1980 y en países considerados modélicos como Islandia o Dinamarca la reducción es incluso más acentuada.

Evidentemente, esto no tiene nada que ver con una renuncia al avance de la investigación para lograr la curación y tratamiento de enfermedades raras. No perder la esperanza de encontrar la cura del síndrome Tay Sach o de tantas otras enfermedades incurables que causan tanto sufrimiento. De hecho, el avance de la medicina ha logrado que la esperanza de vida de las personas con síndrome de Down haya aumentado de 25 a 60 años en las tres últimas décadas.

Asumir la paternidad de un hijo con discapacidad intelectual supone gran cantidad de sacrificios, que van desde las expectativas que uno se genera con los hijos, pasando por fisioterapeutas, psicólogos, logopedas, dentistas, oculistas, médicos, quirófanos… hasta dejar de disfrutar tiempo libre con tu pareja, viajes, ocio, retos profesionales, etc. Por eso, para poder disfrutar del paisaje, muchos padres y familiares de personas con discapacidad física o intelectual tienen que coronar su Everest particular.

Las palabras de Jesús Vidal, por otro lado, permiten disfrutar todo el esfuerzo que hay detrás del paisaje nevado. Muestran que se puede encontrar belleza y satisfacciones escalando una montaña cuando te estabas preparando para unas vacaciones en la playa. Encontrar la felicidad en el cambio de expectativas. De desear que tu hijo sea el más listo de la clase a que simplemente sea feliz. De esperar al nuevo Messi o Ronaldo, a disfrutar de las primeras patadas a un balón en el parque más cercano. De soñar con un profesional de éxito, a sentirte orgulloso de que tu esfuerzo se vea recompensado por haber criado una persona autónoma. Y empiezas a saborear cada paso, como cuando Jan se lanzó a caminar. A disfrutar cada cumpleaños viendo la sonrisa de Javisteps al soplar las velas. O cada reunión familiar con mi tía Sonsoles, que cada día está más guapa.

Y ahí es donde uno encuentra más emocionante el agradecimiento de Jesús a su madre. “Mami, gracias por darme la vida, gracias por dármelo todo. Porque hiciste nacer en mí el amor hacia las artes y porque me enseñaste a ver la vida con los ojos de la inteligencia del corazón”. Y a don José Vidal Conde, su padre: “Gracias por haber vivido, gracias por luchar tanto por mí, porque eres la persona con más ternura del planeta, sin pretenderlo y porque con solo una sonrisa cambiabas y cambias mi mundo”. Porque en su afirmación de que le gustaría tener un hijo como él, está el convencimiento de que fue él quien también creó unos padres como los suyos. Un ayúdame y te habré ayudado que cobra todo el sentido en un mundo en el que enfrentar conjuntamente los retos termina haciendo más fuerte a los que trabajan en equipo.

En países como España tenemos la inmensa suerte de contar con una amplia red de apoyo a personas con discapacidad, como la ONCE o Down España. Tenemos que sentirnos todos orgullosos de esa labor de cohesión que proporcionan desde voluntarios hasta asociaciones que luchan para que nadie se tenga que bajar de un autobús en marcha. Todavía faltan recursos, porque cuesta mucho dinero. Pero es un modelo a seguir para otros países en vías de desarrollo, donde la gran mayoría de los discapacitados intelectuales están condenados a la miseria y el abandono.

Ninguno de nosotros está a salvo de una discapacidad: un ictus, un derrame cerebral o un accidente de tráfico puede cambiar radicalmente nuestra vida y la de las personas que nos rodean. Si alguna vez me llegare a suceder a mí, os doy las gracias desde ya por seguir tratándome como a una persona normal. Al igual que Maysoon Zayid, seguiré teniendo 99 problemas y mi discapacidad será solo uno de ellos.

En los pueblos de Castilla, la comida no se podía tirar. Quiero imaginar que allí se inventaron las cocretas de cocido. Solo los verdaderos artistas son capaces de convertir en un manjar un plato realizado con aquello en lo que otros solo ven sobras y convertirlo en una receta popular que a todo el mundo le gusta. Imagino que en una familia de nueve hermanos tampoco sobraba mucho. ¡Gracias Javier Fesser!

Institucionalizado

Brooks was here. El viejo bibliotecario de la prisión de Shawshank lo escribió con su navaja en la viga maestra en la que se suicidó ahorcado. Tras 80 años de vida y más de 50 entre rejas no tuvo fuerzas para iniciar un nueva vida en libertad, rodeado de vehículos que no existían en su juventud. Estaba institucionalizado. Ellis Boyd Redding (Red) escribió So was I antes de violar la libertad condicional y escapar en bus tras 40 años entre rejas. Andy Dufresne le mostró el camino hacia una nueva Institución: Zihuatanejo. El mensaje de Cadena Perpetua tiene plena vigencia, 24 años después de su estreno.

Hoy día, institucionalización hace referencia a la gestión de los cambios tan radicales que vive la sociedad, en los tiempos de la vertiginosa transformación digital y tecnológica de nuestros días. No obstante, a pesar de ser un aspecto muy importante, no es el único. Diariamente nos encontramos ante muchos otros roles que ya están institucionalizados: el amigo gracioso que hace siempre chistes (aunque estés en un velatorio), el bonachón que siempre va a estar a nuestra disposición cuando lo necesitemos (o cuando no lo necesitemos), el deportista que siempre habla del ritmo por kilómetro en cada uno de los 57 maratones que ha corrido, el familiar coñazo al que hay que aguantar todos sus caprichos y groserías porque el mundo le hizo así o al que le avisas de que has quedado una hora antes y aun así llega media hora tarde. Posiblemente la institucionalización se deriva del deseo de encontrar nuestro Lugar en el Mundo. Una búsqueda cada vez más cambiante e incierta, que nos permite clasificar a las personas entre las que se quieren institucionalizar, las que están institucionalizadas, y las que quieren acabar con las instituciones.

Pedro Sánchez sería el ejemplo más evidente de las personas que se quieren institucionalizar. Mientras Brooks estuvo 50 años tras las rejas, Sánchez necesita repetir 50 veces al día durante 50 días seguidos que él es el Presidente para que la gente se convenza de que tal condición es cierta. Igual de ese modo hasta consigue convencerse de que Sánchez y el Presidente son la misma persona, a pesar de las declaraciones de la vicepresidenta y de Carmen Calvo. De momento únicamente ha logrado institucionalizar la rectificación y el cambio de criterio como forma de vida. Comprendo que cuando uno se acostumbra al uso del Falcon y el helicóptero, debe de ser duro asumir el riesgo de tener que volver a coger el AVE para ir a Valladolid, por lo que mucha prisa por convocar elecciones no parece tener. No obstante, a su favor cuenta con que la oposición también parece encantada de institucionalizarse.

En segundo lugar, tenemos a las personas que ya están institucionalizadas. Con el riesgo que ello conlleva, como sucedió a los venezolanos alienados durante la dictadura de Chaves y Maduro. Un régimen que se consideraba capaz de proporcionar todo el bienestar a sus ciudadanos, ha acabado con todo tejido productivo, ya sea la industria privada o el sector público (arruinando incluso la producción de petróleo y gas). Los chavistas han acabado con todos los ricos, excepto los de la casta en el poder que están comprando pisos de lujo en los barrios más exclusivos de Madrid, Panamá o Miami. El gran riesgo que tiene estar cubierto por una nube de estiércol es que, aunque huela mal, en el fondo se está calentito. Pero las subvenciones terminaron, esquilmaron todo el queso y hasta el estiércol escasea. El populismo gobernante ha arruinado al pueblo venezolano, quienes han tenido que comer incluso su propia basura, hasta hacer tiritar a los más de 2 millones de desinstitucionalizados que se han visto obligados a huir de su propio país.

Después tenemos a los que quieren acabar con todas las instituciones. Son todas las personas tan críticas y tan poco profundas de nuestro mundo contemporáneo, para los que nada funciona y todo tiene que cambiar. El mundo (no solo España) está lleno de populistas y nacionalistas que tienen soluciones tan simples como milagrosas para los problemas actuales. Curiosamente estos supuestos revolucionarios son los más institucionalizados, ya que se basan en antiguas recetas de unas revoluciones románticas del siglo XIX que no han provocado en la historia más que guerras, destrucción y pobreza, y que algunos parecen ansiosos en repetir.

Finalmente, tenemos a las Instituciones. Las de verdad. Saliendo del prejuicio negativo que nos viene a la mente al acordarnos de Brooks, es bueno recordar que en nuestros tiempos existen también muchos aspectos positivos que afortunadamente están institucionalizados. En los tiempos cambiantes de la sociedad líquida, que los derechos del Homo Sapiens sean considerados el centro de las sociedades (aunque lo pueda cuestionar Harari) es un pilar fundamental de las sociedades y uno de los legados más importantes que la evolución nos ha otorgado. Nuestras modernas sociedades democráticas, la integración de estados previamente enfrentados a través de entidades como la Unión Europea, la globalización, el multiculturalismo o la aceptación de la diversidad son instituciones a potenciar.

Por eso, aunque resulte paradójico, la única manera de desinstitucionalizarse es institucionalizándose. Un mundo diferente al actual solo tendrá sentido si lo llevamos en la dirección de unos VALORES que construyan un mundo mejor. Y todo pasa por la educación. Si institucionalizamos el pensamiento crítico, la profundidad en el análisis, la adaptabilidad, la creatividad, la libertad responsable, la sostenibilidad ambiental, el respeto al diferente, el conocimiento científico, la empatía, el dar valor a mis creencias, religión o ideología (y a la de mi próximo), el diálogo; si estamos dispuestos a invertir para que cada vez más personas tengan las herramientas y la tecnología que les permitan ser protagonistas de los cambios, estaremos dando sentido a una sociedad más justa y más humana. Y estaremos preparados para ese futuro que vamos a disfrutar durante más tiempo y que vamos a legar a nuestros hijos y nietos.

Si tenemos claro lo que queremos institucionalizar será mucho más sencillo que los Bots, el Internet de las cosas, el Blockchain, la Inteligencia Artificial o las impresoras 3D tengan una más rápida inserción en la sociedad. Por y para las personas. Por y para su bienestar. Y para que toda la tecnología no acabe con nuestra creatividad, sino que la potencie. Que no pasemos de estar institucionalizados por lo analógico a estar institucionalizados por lo digital, sino que la revolución científica sea un paso más en la evolución humana.

No va a ser un reto menor para nuestros políticos cultivar en este campo. Son los responsables de regular que los desarrollos científicos logren beneficios para la sociedad. Estamos condenados a arar con los bueyes que tenemos disponibles. Aunque no hablen de estas cosas. Esa tarea (por suerte o por desgracia) no puede ser encargada a tractores autónomos. Pero no olvidemos que a los políticos los elegimos entre todos nosotros. Tú y yo.

2% y exagerando

Creo que no fui el único que entró en depresión al leer las noticias de orgías y escándalos sexuales cometidos en el seno de Oxfam. Era imposible aceptar que esas terribles iniquidades habían sucedido en una institución icónica en la lucha contra la injusticia. Tras incrementar mi estupor en días posteriores con otras informaciones de abusos en Médicos sin Fronteras, la decisión a tomar era obvia: no volver a establecer jamás ningún contacto con las ONGs. Y, efectivamente, no lo fui. Más de mil bajas en una semana únicamente en España.

Por pura coincidencia, esa misma noche vi la película de Spotlight, donde se narran abusos sexuales a niños y encubrimiento por parte de sacerdotes en Boston. Mi padecimiento se incrementó, ya que la esperanza que también tenía en la religión se desvaneció. El siguiente paso fue renunciar a mis creencias, ya que no podía participar de ningún modo en una institución que se veía envuelta en casos tan deplorables. ¿Cómo había podido permitir Dios que se produjesen todos esos abusos en su nombre?

Decidí entonces encauzar mi inquietud social por medio de la política. Sin embargo, abandoné el intento casi antes de empezar, ya que en España el PP tenía a Bárcenas, Lezo y compañía; el PSOE desde Filesa hasta los EREs; los partidos nacionalistas estaban descartados por principios (por lo que me evitaba a Pujol, Palau y demás expolios) y la nueva política me ofrecía a Ramón Espinar, Monedero o las primeras dudas sobre la financiación de Ciudadanos. Visto el panorama, renuncié a buscar información acerca del Partido Animalista con la seguridad de que, antes o después, aparecería algún integrante en una corrida de toros o en plena mariscada. Mientras tanto, en el Perú, el horizonte no era mucho más alentador después de las últimas declaraciones de Barata.

Mi siguiente paso fue volcar todos mis esfuerzos en el trabajo, pero las noticias que aparecían en prensa de corrupción en grandes empresas me volvieron a hundir en la miseria. Posteriormente pensé en buscar cobijo en una PyME, pero mi experiencia en un breve trabajo veraniego de juventud en una pequeña compañía de extintores me recordó que no suelen ser precisamente las empresas de ese tamaño las que más se preocupan por la Responsabilidad Social Corporativa, Códigos Éticos, o Políticas Anticorrupción. Como las referencias a la función pública tampoco suelen ser muy positivas y la expectativa de convertirme en emprendedor me conducía a formar parte de ese decadente entramado empresarial, tomé una decisión radical.

Y fui completamente ilusionado a casa para compartirlo con mi esposa: “He decidido abandonar mis valores, mi fe y mi trabajo” y le expliqué con detalle mis argumentos. Según se lo comentaba, noté en su cara que no estaba tan emocionada como yo y tras recordarme mis obligaciones familiares, sin mucho cariño me comentó: “Eres un gilipollas. Vete de casa hasta que recuperes la cordura”. Totalmente indignado, llamé a mi querida mamá (castellana de pura cepa) para comentarle lo sucedido, pero tampoco encontré mucha empatía: “Eres un gilipollas. Y a mi casa no vuelves”. Busqué por último la comprensión de mis amigos, aunque su reacción la vi venir de lejos: “Definitivamente, eres un gilipollas”.

Mi ofuscación no tenía límites. Hice uso de mi buena memoria y, cual Cid en la Jura de Santa Gadea, decidí ser yo implacable y asumir y ampliar mi destierro. Con la toga recién estrenada, juzgué que todas las personas a mi alrededor tenían motivos para ser rechazadas, recordando traumas infantiles sufridos, desplantes, agravios o comportamientos incívicos de todos y cada uno de ellos (desde aquél que miccionó en la vía pública hasta otros que no pagaron IVA, pasando por toda clase de comportamientos más o menos egoístas). Si los más cercanos eran así, ¿cómo no sería el resto? Entonces lo comprendí. Todos eran a la vez cómplices y culpables de vivir en una sociedad corrupta y sin futuro. En realidad, no me estaban atacando: estaban protegiendo su mediocre vida. Pero yo pude ver la luz y dicté sentencia. Me encontré con fuerza para romper todo contacto con la sociedad y vivir solo en el mundo: sin familia, sin amigos, sin vecinos y sin nada que me recordase todas las miserias de las que acababa de adquirir plena conciencia.

Ante el aburrimiento de no poder escribir, al no encontrar a nadie digno de leer mis líneas, opté por dedicar tiempo a una de mis pasiones: el cine. Pero como ya no podía ver las obras de Woody Allen, las producidas por Harvey Weinstein o aquellas en las que participaba Kevin Speacy, decidí cambiar de idea. Además, las películas de vidas de santos me aburren de manera soberana y ya había decidido apostatar. Ante la pereza que me suponía seguir investigando a músicos, escritores, arquitectos o escultores opté por hacerme ermitaño y dedicar el resto de mi vida a la meditación.

Asumí estoicamente el hambre que me tocaría pasar, ya que no soy precisamente manitas. Pero ya no podía formar parte de este mundo injusto. Pronto asumí que no tenía las habilidades de Tom Hanks en Náufrago y lamenté haber dejado el cine antes de volver a ver MacGyver. Sin embargo, lo más desagradable surgió al iniciar la meditación. La memoria en este caso se mostró implacable en contra mía. Aunque la viga en mi ojo siempre fue mucho más ligera que la paja en el ajeno, me resultó muy desagradable comprobar cómo utilizar conmigo los mismos parámetros que había empleado para juzgar al mundo me llevaban de manera inexorable al borde de un acantilado. Los recuerdos de las veces que he sido mal padre, marido, hijo, hermano, amigo, compañero o ciudadano acudían a borbotones. Y una cantidad no despreciable de veces los juzgué bastante peores que los que yo había sufrido. Y vino a mi memoria las sabias palabras de mi abuela: “Cuando señalas con un dedo, otros tres se dirigen a ti”.

El intenso hambre que sentí a las dos horas de ser asceta, juntado con el baño de humildad que me proporcionó el autoexamen, provocó que mis pensamientos redescubriesen que las sonrisas de mi familia eran buen motivo para volver a casa, que todos los regalos recibidos por mis padres y mis hermanos podrían ser más importantes que los traumas infantiles que me pudieran haber ocasionado (sobre todo teniendo en cuenta los que haya podido infligir a mi hermana pequeña), que los buenos y malos momentos compartidos en compañía de amigos generan lazos imborrables, y que con mis conciudadanos hemos construido una sociedad cada vez más próspera y desarrollada.

Y así, dirigí mi mirada al mundo con ojos renovados y no me pareció tan malo lo que vi. Conseguí apreciar cuántas cosas buenas tenemos alrededor y el inmenso valor de aquellos que me han acompañado y soportado en esta vida. Volví a recordar la ingente labor de aquellos amigos que dan y dieron hasta su último aliento en el mundo de las ONGD. Volví a creer en Dios a través del ejemplo de la dedicación de tantas personas, desde el colegio de mi infancia hasta los lugares más recónditos de África o Asia. Hasta vi que el PP es un partido necesario con un millón de personas que defienden una manera de ver la vida totalmente respetable, que aportan cosas positivas para la  sociedad y dedican su vida al bienestar de los demás (igual que muchas personas de PSOE, Ciudadanos o Podemos). Y pensé en los compañeros de trabajo que se han desarrollado en grandes empresas, directivos que no paran de viajar para hacer crecer sus empresas y así permitir el desarrollo de sus colaboradores, PyMes que se abren camino en entornos cada vez más cambiantes o emprendedores incansables.

En mi éxtasis, llegué incluso a pensar que Trump realmente podría llegar a ser un sabio estadista que había sido erróneamente juzgado con los mismos ojos exigentes que yo empleaba en mi depresión y que se merecía una septuagésimo novena oportunidad. Y decidí que mi película de cabecera debía ser To er mundo e güeno de Manuel Summers. Así, por tanto, después de pedir perdón en silencio a todos aquellos que había ofendido, decidí realizarlo en persona. Presenté a mis amigos mi nueva visión del mundo, aunque la respuesta mayoritaria que recibí fue terriblemente desconcertante: “Sigues siendo un gilipollas, el mundo está lleno de hijos de puta”. Percibí un claro deje machista en ese comentario, pero siguen siendo mis amigos, aunque tengan un evidente potencial de mejora en el uso de ciertas expresiones.

Me aterraba volver a deslizarme a un abismo ya superado, por lo que no tuve otra opción que decantarme por la ecuanimidad. Es cierto que existe mucha miseria y mucho miserable en este mundo, pero todos juntos no creo que lleguen a 150 millones. Por eso, llegué a la conclusión de que lo más fácil en esta vida es quedarme con la queja improductiva basada en el 2% de joputos que salen en los titulares de prensa para tener la excusa de no comprometerme con nada. Después estamos más de un 90% de gilipollas e último incluso existe una minoría de gente normal como vosotros.

Y, gracias al equilibrio alcanzado, pude volver a casa, mi madre reconoció a su hijo, no perdí el trabajo y volví a disfrutar con mayor intensidad del formidable valor de la amistad y la sociedad mejorable que hemos construido.

Querido Woody

Querido Woody,

Te escribo estas líneas para postularme como actor en tus próximos largometrajes. Ahora que tienes una parte de Hollywood en contra, mis opciones se incrementan, aunque temo que este sueño acabará igual que mi deseo de jugar en la selección. Al menos sé que para tus películas no sería un obstáculo mi precaria condición física o mi cada vez más cercana alopecia, como sí sucedería en un casting para Avengers. No lo hago por fama o dinero, cuya búsqueda mediante atajos causó tantos problemas a tus personajes. Tan solo es un ofrecimiento desinteresado, en caso pueda ayudar a prolongar tu legado cinematográfico.

Woody, no te conozco. Únicamente estoy familiarizado con tu obra, y no con toda ella. El año que nací te dieron el Óscar a mejor película por Annie Hall aunque se te olvidó (otra vez) asistir a la ceremonia por preparar tu tradicional concierto de clarinete. Si hay gente que cree en la influencia de las constelaciones en su vida, por qué no podría creer yo que llegar al mundo el año del estreno de Star Wars, Encuentros en la Tercera Fase y Annie Hall ha de marcar a toda una generación.

Quedé fascinado en 1994 cuando vi en el cine Balas sobre Broadway y salté de alegría cuando años más tarde la conseguí para mi colección de películas en una tienda de segunda mano del barrio de Chamberí. Ahí comencé un camino de descubrimiento de artistas mediocres que se benefician del talento anónimo de otros o personajes atormentados por la culpa, como Raskolnikov en Crimen y Castigo, actualizado en un profesor de tenis que se salva de ir a prisión por el asesinato de su alter ego femenino gracias a un caprichoso anillo que cae en el lado adecuado (o no) de la barandilla en Match Point.

Sé que tu hija Dylan te acusa por un único pero gravísimo hecho (abuso sexual) ocurrido en 1992, cuando ella tenía 7 años. También sé que nadie te considera un depravado reincidente como Harvey Weinstein, cuyo comportamiento condenaste. Pero no soy quién para juzgar tu relación con Soon-Yi, tu pareja desde hace más de 25 años. No soy quién para juzgarte por vuestra diferencia de edad o por ser hija adoptiva de Mia Farrow. Y no soy quién para juzgarte por una única acusación de la que fuiste absuelto por la investigación policial y judicial. Personas tan cercanas a ti, como Diane Keaton, tendrán más argumentos para hacerlo que yo.

Castigarte sería castigarme. Y sería emprender un implacable camino de auditoría con final incierto. No conozco la historia oculta de muchos de mis actores o directores favoritos. No sé si Humphrey Bogart fue un ser despreciable o admirable, pero no dejaré de volver a ver la Casablanca que inspiró tu Cafe Society ni abjuraré de los sentimientos que causaron todas las obras de arte que me conmovieron por culpa de la vida privada de sus autores. Sí, ni siquiera de las risas viendo Días de Fútbol por Willy Toledo o de la emoción de ver Braveheart por Mel Gibson.

Según esos mismos parámetros, no podría disfrutar la obra de Caravaggio o debería estar prohibida la visita a un Coliseo que acabó en ruinas en el siglo V porque era un centro de tortura a personas inocentes en el Imperio Romano. También deberíamos censurar preventivamente El Lazarillo de Tormes hasta que se esclarezca el misterio de su autoría, ya que el anonimato no es excusa absolutoria ante el riesgo de que nuestros hijos puedan leer la obra de un eventual depravado. Llegados a este punto, el arte se ve nuevamente derrotado por la ciencia ya que, por muy miserable que fuese Newton al marginar a Hooke, ningún físico se puede permitir el lujo de prescindir de su Ley de Gravitación Universal por motivos éticos o morales.

Hay ocasiones en los que el castigo es inevitable. Aunque House of Cards entraba ya en fase decadente, asumiré la penalidad de no disfrutar la caída de Frank Underwood. Kevin Speacy se había convertido en una parodia de su personaje y su presencia ponía en peligro la integridad de sus compañeros de rodaje. No obstante, siempre quedará en mi retina cómo Keyser Söze se burlaba de la policía delante de sus propias narices y volveré a engullir palomitas para revivir esa prodigiosa escena final de Sospechosos habituales sin sentir culpa por ello.

No quiero renunciar a nuevas aventuras tuyas, Woody, que nos hagan desenmascarar asesinos depresivos que se creen intelectuales, recrearme en el sentimiento de culpa de tus antihéroes, acompañar la decadencia de tus personajes antaño exitosos, ver escritores mediocres que se apoderan del talento de otros, disfrutar de óperas y paisajes, investigar misteriosos asesinatos en Manhattan o reír con tus paranoias sobre el sexo mientras nos paseas por Nueva York, Londres, Roma, Barcelona o París a medianoche.

En tiempos de tan poca creatividad, una visión tan diferente y original del mundo como la tuya no puede acabar en la marginación. No nos podemos permitir el lujo de prescindir de tu inmenso talento. Mientras llega a cartelera A Rainy Day in New York, disfrutaré viendo más películas tuyas para amenizar la espera.

Buenas noches y buena suerte.

 

Aunque sea obvio, quiero añadir que estoy a favor del movimiento #MeToo y #TimesUp. Los machos alfa que abusaron de su posición dominante para denigrar mujeres tienen que desaparecer YA de nuestro panorama. Son situaciones que estamos obligados a denunciar.