Humildad, sencillez y modestia

No penséis que el espectacular y abrumador éxito que está teniendo Zihuatanejo se me va a subir a la cabeza. Humildad, sencillez y modestia son los tres pilares de la educación que me inculcaron los Hermanos Maristas en mi niñez. Las tres violetas maristas son valores muy necesarios en una sociedad como la actual, donde la histérica carrera meritocrática hacia el éxito nos hace olvidar lo efímera que puede ser la gloria en un mundo tan cambiante como el actual, en el que un día puedes estar surfeando orgulloso en la cresta de la ola y el siguiente engullido por el implacable océano.

Vivimos en una sociedad en la que, por un lado, se exalta el éxito y, por el otro, se pretende transmitir una imagen de falsa modestia. Las redes sociales (menos Twitter, que es un lugar de enfado permanente) son una exaltación de la buena vida, donde no compartimos nuestros momentos de miedo, tristeza o frustración, sino que hacemos como aquella famosa modelo a la que aparentemente no le hace falta ná, pero que mientras está en Hawái de vacaciones (mis felicitaciones) le queda muy lindo en Instagram lo que postea pa’ que su ex lo vea… y así darle celos. También es posible que Maluma sea un poco creído y las publicaciones no estén dirigidas a él, pero lo cierto es que las espectaculares fotos de Hawái y la imagen de éxito ahí quedan.

La modestia auténtica es una rara cualidad en nuestra vida. Muchas personas aparentan un comportamiento humilde, pero se descubre pronto que no es sino una falsa pose. Lo más censurable es cuando alguien utiliza la expresión “modestia aparte”, que es la manifestación más auténtica de la voluntad de enterrar cualquier atisbo de humildad para dar rienda suelta a una prepotencia sin límites. Es solo comparable a cuando un periodista dice en una tertulia de máxima audiencia “en mi modesta opinión” lo que supone el más claro ejemplo de lo que es un oxímoron.

De este modo, se ha institucionalizado el uso de supuestos defectos para sacar ventaja. Como el caso del joven que empieza a vivir con su pareja y confiesa sus limitaciones: «Cariño, como no sé planchar muy bien, y tú lo haces mucho mejor que yo, había pensado en dejarte tan importante tarea para que me vea bien guapo en el trabajo con mis camisas». Como el amor todo lo puede, la enamorada mujer responde con una tierna sonrisa: «Pues aprendes, mi vida. Ya verás cómo, después de un mes seguido planchando, eres capaz de hacerlo mucho mejor que yo… y te verás incluso más guapo».

En el mundo laboral sucede lo mismo. Está la clásica pregunta de las primeras entrevistas de trabajo, cuando los responsables de talento humano preguntan a los jóvenes aspirantes: “¿cuál es tu principal defecto?”, para lo que tienen preparada una respuesta de manual: “Es que soy muy perfeccionista”. Y ante el afilado colmillo de una repregunta: “Muchas gracias por tu respuesta pero, ¿nos podrías compartir algún otro defecto para conocerte mejor?”, los agobiados candidatos se pueden quedar en fuera de juego y, tras una larga reflexión, contestar: “Pero mucho… mucho”. Los jóvenes aspirantes no conocen todavía que ser muy perfeccionista puede ser en verdad un gran defecto, ya que en muchas ocasiones lo mejor es enemigo de lo bueno. Pero de eso ya hablamos en su día.

La falsa modestia, no obstante, sí que puede y debe ser perdonada a las madres. Es la táctica de psicología inversa que siguen cuando vas un domingo a almorzar a casa de los abuelos (privilegio de los que no están expatriados) y nada más empezar a comer dicen con humildad: “Creo que la sopa ha quedado un poco sosa”, para que surja la respuesta unánime de toda la familia: “¡pero si está deliciosa!”. Si crees que puedes cambiar la dinámica adelantándote con un: “Mamá, qué rico te ha quedado el arroz”, tu esfuerzo será en vano, ya que la respuesta será: “Pues yo creo que le falta un poco de sal”.

Esta reacción materna debe de ser hereditaria, ya que es lo mismo que nos sucedía de pequeños en nuestras visitas a tía Sole en Polentinos. Cuando se celebraba la fiesta de La Virgen de las Nieves, te invitaba a un manjar digno de una boda… “No son más que dos cositas”, decía con modestia. Como no era posible terminar más que una tercera parte, la comida finalizaba con el típico reproche: “Si es que no me coméis ná”. Si querías evitar todo ese dispendio de comida y hacías una visita sin avisar, no creas que salías mejor parado. Las abuelas que vivieron la posguerra están preparadas para sobrevivir a dos apocalipsis zombi consecutivos. En media hora te había preparado una tortilla con las patatas y cebollas del huerto y los huevos de sus gallinas, frito tres morcillas, cuatro chorizos y dos platos de croquetas, partido un cuarto de jamón y medio queso, aliñado una ensalada que rebosaba el plato (para combatir el colesterol) y tenía guardado un delicioso flan de postre o una fuente de arroz con leche por si venía alguna visita. Cuando querías hacer un amago de rendición “Ya no puedo más”, te tenías que enfrentar a cualquiera de estas tres opciones a) “¿es que no te ha gustado?” b) “pero si solo son los entrantes” o c) “no me extraña lo esquelético que estás… si es que no me comes ná”.

Yo no estoy en el supuesto del eximente de la falsa modestia y tengo unos firmes principios que mantener, aunque he de confesar que se vieron en peligro este verano. Estábamos con mis hermanos en una terraza de Madrid mostrándoles el libro de Zihuatanejo recién publicado, cuando se acercó un joven desconocido que estaba en la mesa contigua y me dijo: “Perdona, pero acabo de ver que tú eres quien escribes Zihuatanejo. ¡Y además ahora en libro! Te quería felicitar porque tus artículos son cojonudos” (disculpad la expresión, pero fueron sus palabras literales). “Muchas gracias, pero son solo unas cuantas ocurrencias sin más”, respondí con humildad. “¡Que no, hombre! ¡De verdad! Que los comento con mi novia cada vez que publicas algo”. Insistió. “Me siento muy halagado y me alegro mucho de que te guste lo que escribo, pero tampoco es para tanto”, respondí con sencillez. Su novia se levantó también y se acercó diciendo: “¡No seas modesto!, que lo que escribes es cojonudo” (disculpad de nuevo por la literalidad).

La tentación llamaba a mi puerta. Era mucha la insistencia por su parte como para no caer en las sibilinas garras del elogio. Nadie me lo habría reprochado. Pero fui fuerte. “Sería muy prepotente…”, empecé a decir. “Sería muy prepotente por mi parte…”, no encontraba las palabras precisas. “Sería muy prepotente por mi parte insistir en llevaros la contraria y pensar que mi criterio es siempre el verdadero, por lo que tendré que aceptar que es posible que tengáis razón”, respondí con sincera modestia.

Así que, por favor, no hagáis caso a este humilde escritor y hacedlo más bien a su cada vez mayor número de lectores ya que Zihuatanejo es, modestia aparte, un libro cojonudo.

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