Controversia de Afganistán

Entre 1550 y 1551 se llevó a cabo en el colegio San Gregorio la Controversia de Valladolid. Ante las denuncias recibidas por los abusos que supuestamente realizaban los primeros españoles en el Nuevo Mundo, el Rey Carlos I de España decidió suspender nuevas encomiendas hasta que se realizase una investigación a fondo de lo que estaba sucediendo y se decretasen medidas para evitar la arbitrariedad de los encomenderos, asegurando el cumplimiento de las Leyes de Burgos (una regulación muy avanzada en el reconocimiento de derechos humanos para su época) en todos los lugares del Nuevo Mundo.

Este parón fue una interesante novedad que no se había producido con anterioridad en los imperios dominantes a lo largo de la historia. Los egipcios, griegos, romanos, hunos, mongoles o aztecas habían mirado tan solo por su bienestar y la cantidad de territorios que podían gestionar de manera segura. El debate que se instauró fue muy interesante y con dos posiciones bien definidas. Por un lado, Bartolomé de las Casas no solo denunciaba abusos sino que también creía en la libertad absoluta de los habitantes de aquellas tierras por lo que los españoles no deberían intervenir, aunque fuesen rechazados y observasen injusticias… que, aunque os resulte increíble, también las había.

En el otro lado estaba Juan Ginés de Sepúlveda. Su posición era la contraria. Si una civilización más desarrollada puede ayudar a evitar abusos que se están produciendo en esas sociedades, como es el caso de los sacrificios humanos, no solo está facultado sino que más bien está obligado a intervenir para proporcionar a esas personas unas condiciones de vida de acuerdo a su dignidad. Es un argumento que han empleado posteriormente muchos procesos coloniales. Y si, de paso, consigues un poco de oro o mano de obra barata para trabajar será una justa recompensa para tan duro esfuerzo… que los imperios nunca han trabajado gratis.

Cuatrocientos ochenta años más tarde, vemos en Afganistán cómo esta polémica sigue estando vigente. Yo confieso mi ignorancia del país, más allá de lo visto en Homeland, leído en Cometas en el cielo o las crónicas de David Gistau y escuchado en las noticias en estos últimos años, meses y días… pero me parece muy interesante el paralelismo con los debates de hace cinco siglos. Los primeros españoles en el Nuevo Mundo (igual de antiguo que el Antiguo Mundo para sus habitantes originales) querían ofrecer el cristianismo y las Leyes de Indias a las personas con las que se encontraban, imponiendo un estado de vida más avanzado al que se encontraron. Ahora cambiemos cristianismo por democracia y libertad y retomemos el debate, porque tenemos un carajal montado lleno de contradicciones. 

¿Cuál ha de ser el papel de las democracias occidentales ante Afganistán? En un primer momento surgieron declaraciones contra Estados Unidos y sus aliados por ser imperialistas invasores en un territorio extranjero, aunque fuese una cuna de terroristas, después de los atentados contra las Torres Gemelas de hace 20 años. Pero llega el momento en el que las potencias extranjeras abandonan el país, después de cientos de miles de millones de dólares tirados a la basura y la sangre de miles de sus nacionales derramada en las escarpadas montañas afganas (entre ellos, 102 españoles), repitiendo la historia del imperio británico o de la URSS.

El resultado de la intervención extranjera fue lograr, según estadísticas del Banco Mundial, que se multiplicase por 5 el PIB en 20 años (aunque estancado en el último lustro, cuando Obama anunció la salida de las tropas americanas), casi duplicado la población de 21 millones a 39, pasado de una escolarización del 20% a casi universal (incluyendo a las mujeres), o subir la esperanza de vida de 56 a 65 años. Con su salida, los talibanes regresan al poder, se impone una cruel dictadura, las mujeres son condenadas a no salir de sus casas sin sus maridos, a no estudiar y a cambiar los avances de que habían disfrutado en independencia y libertad por una cruel opresión. En este caso, ¿qué hacemos? ¿añoramos a los invasores extranjeros o asumimos que un país corrupto que ha dilapidado todo el apoyo recibido se merece el padecimiento que ahora le toca sufrir? ¿o echamos mejor la culpa a las potencias extranjeras por haber gestionado mal estos 20 años, a pesar de los buenos indicadores?

Se estima que con un número reducido de tropas extranjeras (el año pasado quedaban 10.000 soldados americanos y de la OTAN) liderando los más de 300.000 nacionales se podría haber mantenido Kabul, Kandahar y las principales ciudades afganas indemnes de los talibanes… En ese caso, ¿quién tendría que haber pagado la factura? ¿Estados Unidos? ¿Europa? ¿España? ¿Naciones Unidas? ¿Cuánto estarías dispuesto a poner tú de tu bolsillo? Porque China o Rusia no parecen estar por la labor… Y en el resto de países que están sufriendo horribles tiranías como Siria, Venezuela, Cuba o 44 dictaduras en África… ¿tenemos derecho a imponer nuestro modo de vida democrático y beneficiar así a sus habitantes? ¿o hemos de vivir impasibles ante las crueldades e injusticias que padecen millones de compañeros de planeta? ¿quién paga el coste? ¿quién es el líder? ¿en qué casos es aceptable y en cuáles no? ¿derechos humanos universales o autonomía de los territorios? ¿o mejor nos olvidamos de todas estas cuestiones? A fin de cuentas, ¿quién se acuerda hoy de las niñas secuestradas por Boko Haram?

En Valladolid no hubo un dictamen definitivo a la controversia, pero se retomaron las encomiendas a la vez que se reformaron las leyes para hacerlas más garantistas de los derechos de los indígenas. Tras librarse los tlaxcaltecas, totonacas y resto de tribus del yugo mexica, se integraron los indígenas con los españoles en el Virreino de Nueva España, germen del actual México, cuyo origen con la caída de Tenochtitlan celebramos el quinto centenario el pasado 13 de agosto. Se lograron grandes avances en sanidad, educación y derechos humanos (de los que no se hablan) a la vez que se cometieron sangrantes abusos (de los que sí se hablan). Se creó una nueva sociedad mestiza (que abarca un 90% de la población mexicana), cuya mezcolanza de sangres bombea por el corazón de la que fue América Española. Los poderosos hijos de la aristocracia prehispánica ocuparon lugares de privilegio en esa nueva sociedad. Los no poderosos siguieron padeciendo, como siempre, aunque un poco menos. Ya no les abrían el pecho con afiladas piedras de obsidiana para arrancarles vivos el corazón como ofrenda a Tláloc en el Altar Mayor.

Hoy día, tampoco tenemos un dictamen definitivo sobre Afganistán. Lo único que sabemos es que a su población le espera una larga travesía por el desierto. Muchos morirán de hambre, sed o asaltados en su intento de huir de la tiranía y sus mujeres llorarán por su sometimiento ante el régimen machista talibán. Mientras no vuelvan a ser centro logístico de terroristas, vivirán tranquilos. Si vuelven a las andadas, les caerán algunas bombas de vez en cuando. Pero los afganos tendrán que levantarse con sus propios medios contra los 75.000 soldados talibanes, ahora armados con material americano. Espero que el legado que Occidente ha dejado en los últimos años sirva a los afganos de estímulo para levantarse contra la tiranía. Los extranjeros me temo que nos hemos ido para no volver.

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