Fotografía

Años 50 en un pueblo de Palencia, mediados de los 80 en Guadalajara, Ciudad de México en la actualidad. Tres fotografías. Tres primeras comuniones. Tres generaciones. Una vida.

En Estalaya, un pequeño pueblo del norte de Palencia, había niños a finales de los años 50 del siglo pasado. Lo que no había era trajes pomposos con los que vestirse para la primera comunión ni cámaras fotográficas con las que inmortalizar el momento. Este pequeño inconveniente no fue obstáculo para que mis abuelos obtuviesen su recuerdo para la posteridad. El ingenio de un modesto fotógrafo les solucionó la papeleta. Fue un audaz precursor de los arreglos en Photoshop que tanto agradecieron posteriormente personajes de la farándula como el conde Lecquio. Su modelo de negocio consistía en tomar una foto tamaño carnet de la cara del niño en cuestión y con un traje estándar de pequeñas princesas o modestos marineros preparaba un retrato. Así logró hacer su agosto, cuatro años después de la primera comunión de mi madre, con varios guajes de la comarca.

Las fotografías fake de la primera comunión de mi madre y mi tío presiden desde hace 60 años la habitación que compartían de pequeños. Ahora existe la posibilidad de escanearlas y realizar copias que eviten que unas inoportunas goteras destruyan los cuadros que tanto tiempo han perdurado, pero durante muchos años ese riesgo existió. Las fotografías transcendían el significado de una mera imagen para mis abuelos, ya que llenaron el vacío de una habitación que, como la de tantos otros vecinos, quedó prematuramente vacía ante el éxodo de los jóvenes hacia internados (si lograban beca), seminarios o casas de familiares en la capital. Una dura realidad, pero menos cruenta que la de aquellas mujeres que abandonaron su pueblo para servir en las casas de la capital o de los hombres que derramaron su sudor en las fábricas de Barcelona, Bilbao o Madrid.

El éxodo que vació una España nunca muy llena, proporcionó una puerta de esperanza a las siguientes generaciones de aquellos pueblos. Un primer paso para el desarrollo de sus hijos o para emprendimientos propios. No siempre fueron bien recibidos en sus lugares de destino. A algunos los llamaron charnegos, a otros maketos y a muchos paletos… pero no cejaron nunca de luchar por un Spanish dream del que también se benefició su tierra de acogida. Consiguieron labrar un futuro más próspero lejos de una tierra generosa, que siempre proporcionó sustento, pero que se cobraba el alto precio de acabar con la tez ajada, las manos encallecidas y la dentadura mellada antes de cumplir los 40.

Perder aquella foto habría sido causa de un profundo lamento. Cuando tenemos poco, lo disfrutamos mucho. Cuando gozamos de la abundancia, las pérdidas nos parecen nimias. Aquellos tiempos de escasez determinaron los artículos. Los pequeños jugaban con LA pelota o LA muñeca, se tenía LA ropa de trabajo o EL vestido de domingo y daba igual que no te gustase lo que se servía en EL plato, porque no se podía elegir LA comida. Por eso, una foto trucada se convertía en LA foto.

Un momento de tu vida era especial si tenías una foto de recuerdo… y no eran tantos. Con el transcurso de los años, las fotografías recorrieron el camino inverso. Al ser tan pocos los recuerdos inmortalizados por esa generación, su contemplación siempre ha provocado alguna lágrima de nostalgia. Una visita por las habitaciones del museo etnográfico de Cervera de Pisuerga te deparará momentos emocionantes mientras escuchas cómo los vecinos comentan las fotografías de Piedad Isla, una mujer intrépida que supo conservar el legado de la vida de los pueblos de la montaña palentina a través de su mirada única.

Mediada la década de los 80, mi hermano y yo tomamos el relevo de celebrar nuestra primera comunión en Guadalajara. El acontecimiento se inmortalizó con el debido reportaje fotográfico que capturaba nuestro paso de la niñez a la juventud. Una cámara fotográfica fue el anhelado regalo que recibimos todos los homenajeados en el lugar donde se celebró el banquete posterior a la ceremonia religiosa. Era de marca Werlisa, un modelo tan solo ligeramente superior a las cámaras desechables. Pero fue especial. ¡Era nuestra primera cámara! Y entramos en la segunda era: la de los carretes Kodak, Agfa o Fuji y su proceso de revelado. Tener la opción de sacar 12, 24 o 36 fotos por carrete era un avance muy superior al de la generación precedente, pero también teníamos que lidiar con la escasez.

Las primeras fotografías de un carrete se velaban. Tenías que decidir si apretabas tres veces el disparador o si te arriesgabas con dos para tener una foto adicional, que posiblemente quedaría inservible. Cada vez que pulsabas el disparador tenía asociado dos costes: el coste del revelado y el coste de oportunidad de un número limitado de recuerdos a ser capturados. El arte consistía en el equilibrio entre reprimir nuestros instintos de fotografiar cuanto elemento nos causara curiosidad y ser pacientes para tener disparos disponibles cuando llegase ese momento singular digno de ser inmortalizado. También se presentaba la duda de si sacar dos o tres fotos para asegurar aquel momento que queríamos inmortalizar o si, por el contrario, nos fiábamos de nuestra capacidad y así podíamos capturar más recuerdos. El riesgo consistía en dejar de tomar fotos espectaculares pensando en otros más imponentes que nunca llegaban a pasar delante de tu cámara. Todo un dilema.

El inicio con la fotografía analógica me ayudó a lidiar con la incertidumbre. Quedaba la incógnita de saber si la imagen estaba bien encuadrada, tenía suficiente luz o estaba movida… Mucho más con las primeras cámaras compactas, menos avanzadas que las cámaras réflex que utilizaban nuestros mayores. El último ritual era el momento de rebobinar el carrete y guardarlo antes de llevarlo a la tienda. Mejor realizarlo en un cuarto oscuro, no fuese a ser que cualquier tragedia diese al traste con nuestras ilusiones.

Después del revelado, venía la ceremonia de colocar las fotos en los álbumes. Era el momento de lamentarse por las que tenías que desechar por la falta de pericia propia y sentirte orgulloso por aquellas que te hacían sentir digno de ganar el Pulitzer. Curiosamente, los mejores álbumes eran los que regalaban en las tiendas. Los más elegantes que se vendían para bodas y bautizos, contaban con un adhesivo que era muy complicado de pegar sin que se generasen las malditas burbujas y al cabo de un par de años las hojas estaban despegadas. Una vez las fotos estaban presentables, nos juntábamos con los amigos o familiares para recordar aquellas vacaciones, compartir las fotos de los primeros viajes con nuestros compañeros de expedición o dar envidia a quienes se quedaron en tierra. Y teníamos bien guardados los negativos, por si alguien requería de una copia o de una ampliación.

Campamentos de verano, viajes fin de curso, mi 18 cumpleaños en Birmingham junto a mi madrina, el campo de trabajo de Mfangano… Muchos álbumes de aquellas imágenes de juventud permanecen todavía en casa de mis padres. La mayoría han acumulado polvo durante años, aunque la labor de digitalización realizada por mi padre me ha permitido recuperar algunas fotos que habían caído en el olvido. Al contemplar esas fotos, no puedo evitar emocionarme (por no llorar) cuando me veo ante el espejo de hace varias décadas, con más inocencia, menos kilos y mucho más pelo. Eso sí, por mucho que revise fotografías, ninguna podrá ser tan especial como aquélla de la primera comunión de mi madre. Esa foto no se podía sustituir; entre las mías puedo elegir.

La primera comunión de mis hijos se ha visto aplazada en Ciudad de México por culpa del coronavirus. Un acontecimiento muy importante para nosotros como familia, pero que ha visto disminuir su relevancia social en los últimos años. Cuando las condiciones sanitarias lo permitan, tendremos la duda de qué regalar a una nueva generación que ha disfrutado de mucha más abundancia que su padre en la infancia e infinitamente más que unos abuelos que mirarán con orgullo cómo sus nietos ya han crecido hasta convertirse en unos jovenzuelos. Su mayor ilusión sería el teléfono inteligente que todavía no van a recibir, ya que las cámaras fotográficas han quedado relegadas para minorías más especializadas. Las fotos que tomen mis hijos se unirán al extenso catálogo con el que ya cuentan: su nacimiento, su primer diente, su primera papilla, sus primeros pasos sin ayuda de mamá y papá, su primera pedaleada en bici… Todo tipo de circunstancias han quedado inmortalizadas, menos el primer meconio y las noches sin dormir. En eso coinciden las fotografías de todas las generaciones que, como los Monty Python, siempre miran al Bright side of life.

Mis hijos ya no entenderían la ceremonia de reunirnos en casas o bares para ver los álbumes. Ahora mismo se comparten de manera instantánea gracias a la facilidad que supone enviarlas por WhatsApp o publicarlas en Instagram o Facebook. La añoranza de las fotos olvidadas en los cajones de casa de tus padres, es ahora activada por las redes sociales, que regularmente te avisan de los recuerdos publicados. Incluso los teléfonos inteligentes te crean un emocionante video (música incluida) de tus últimas vacaciones. Con la ingente cantidad de fotos de que van a disponer mis hijos, su mayor reto consistirá en identificar cuáles son las realmente importantes para ellos, dentro del almacenamiento ilimitado que te ofrece Google Fotos o iCloud. Habrá incluso fotos destinadas a ser desechadas, para lo que se han creado herramientas como Snapchat, cuya virtud consiste en la imposibilidad de almacenar las fotos. La mejor forma para no llegar a la fama por el mismo camino que Olvido Hormigos. Discernir los momentos más especiales de su vida y que éstos no dependan de la cantidad de likes que obtengan en redes sociales sino de la intensidad de lo vivido, será la prueba que mis hijos tengan que superar.

Ésta ha sido nuestra evolución. El paso de la escasez a la abundancia en menos de 7 décadas. Superar guerras, destrucción y hambre para llegar a una era digital que nos ha abierto una serie de oportunidades globales nunca imaginadas por nuestros abuelos en sus pueblos aislados. Una época de crecimiento de la que se ha visto beneficiada, en mayor medida, la población más humilde. En Europa se ha universalizado el agua potable y el saneamiento, la educación, la sanidad, las carreteras de acceso a los pueblos de nuestros abuelos, la televisión de plasma, el gas natural para calentar las casas, la comunicación a través de internet, teléfonos inteligentes… Nuestro éxito no ha sido consecuencia de que los ricos lo sean menos; sino de incrementar el bienestar creando oportunidades de crecimiento. Sin embargo, en muchas ocasiones estamos tan ocupados protestando de lo que está mal, que no somos capaces de enorgullecernos de estos ingentes éxitos logrados como sociedad.

El reto en la abundancia consiste en encontrar y apreciar aquellas experiencias especiales que hace unas décadas era tan sencillo identificar. La abundancia nos puede cegar. Disfrutar lo que realmente tiene valor entre todas las incontables opciones que están a nuestro alcance, será una señal de madurez. De este modo, el amor de adolescente envidia los 100 orgasmos diarios del león o la media hora que dura el del cerdo, mientras que la madurez enseña que el dulce regusto de una buena copa de vino, disfrutada un sábado por la noche, tiene que durar al menos una semana.

Abundancia frente a valor. Son las dos caras de la misma moneda. Dar valor a las cosas que disfrutamos y apreciar lo enormemente afortunados que somos. No estar en continua insatisfacción por no poder presumir de lo que a otros les generan más followers. Éste es el gran reto de una sociedad temerosa ante los momentos de escasez que pueden llegar tras la pandemia. Como decía Arjona, tendremos que luchar por darle más vida a los años, a las cosas que tenemos, a los momentos que vivimos… Lucharemos por un futuro sostenible, en el que las cotas de progreso que hemos heredado de nuestros abuelos y padres sean solo un primer paso para lo que leguemos a nuestros hijos y nietos.

Con abundancia o escasez, el único recurso limitado que tenemos es el tiempo. Cada momento es irrepetible y, con fotografía o sin ella, es lo único que nos llevaremos en el ascensor.

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