Bourbon

Mi amigo Manolo podría escribir el guion de un culebrón de verano con su fascinante historia familiar. Manuel Nicolás es su nombre completo, herencia de sus dos abuelos. El abuelo paterno se llamaba Manuel, aunque era conocido por todos como don Manuel. Procedía de una familia acomodada y era propietario de varios negocios prósperos en la ciudad. El abuelo materno se llamaba Nicolás, un buscavidas divertido quien, desde pequeño, fue enemigo íntimo de Manuel.

El punto álgido de su enfrentamiento se produjo cuando la prometida de don Manuel abandonó la comodidad (y el aburrimiento) de su compañía, tras diez años de noviazgo, para disfrutar de la incierta vida que le aguardaba junto a Nicolás. Un poco al estilo de Titanic, pero sin el corazón del océano ni hundimiento de barcos. Tras insultos, peleas y ojos morados (de los que nunca dieron detalles los protagonistas), el círculo se cerró cuando la despechada ex novia de Nicolás contrajo matrimonio con el despechado don Manuel. Y así, aunque resentidos, terminaron felices los cuatro.

Ambas parejas se juraron odio eterno en la esperanza de que nunca más se volviesen a cruzar sus caminos. Sin embargo, la fuerza del destino hizo que sus respectivos hijos, Manuel Romeo y Ana Julieta, se enamorasen. Nuestros particulares Montescos y Capuletos experimentaron un cataclismo en la dulce paz de sus hogares, pero prefirieron aceptar el desconcertante amor de sus vástagos antes que correr el riesgo de un trágico final protagonizado por amargos venenos y afilados puñales.

La justicia poética, que entrelazó a nuestros cuatro protagonistas en el amor compartido por sus hijos, tuvo el alegre fruto de su nieto primogénito. En aquel momento, el precario armisticio alcanzado por los abuelos se vio tambalear a la hora de poner el nombre al bebé. La única manera de garantizar la tradición de cinco generaciones de Manueles en la familia paterna, sin ofender al abuelo materno, fue el peculiar nombre con el que mi amigo fue bautizado.

Lo nunca imaginable se produjo en la primera Nochebuena de Manolito. Ana y Manuel fueron los anfitriones para que los cuatro abuelos celebrasen juntos las primeras Navidades de su único nieto. Eso sí, don Manuel llevó consigo una botella de bourbon como obsequio a la cena. Era Four Roses (no podía ser otro). Lo vistió de brindis por su nieto, pero en realidad fue su particular manera de pasar el acibarado trago que suponía compartir mesa y mantel con sus consuegros.

El nieto creció hasta llegar a la adolescencia. Todos llamábamos Manolo a nuestro amigo (excepto su abuelo materno, que siempre lo llamó Nicolás). Un sábado a la noche, Manolo estableció contacto visual positivo a las 11 en punto con un imponente monumento a la sensualidad que parecía salido de una revista de modas. Y empezó el tonteo con la susodicha. Que si eres muy niño. Que si no lo soy. Que si me enseñas el DNI. Que si te enseño lo que tú quieras. Que si vaya foto más graciosa. Que si anda, te llamas Manuel Nicolás. Que si vaya nombre más raro. Que si cómo te gusta que te llamen. Que si llámame como tú quieras. Que si me gusta mucho como suena Nico…

Al poco tiempo comenzó el saliva va, saliva viene, lo que hizo que nos fuésemos contentos por el triunfo de nuestro Manolito con semejante bellezón. Lo que parecía ser apenas un amor de barra, se fue consolidando en una relación duradera. Y Manolo empezó a ser Nicolás para alguien más que para su abuelo materno. Tan entusiasmado estaba con su amor, que empezó a hacer cosas extrañas: nueva ropa, nuevos gustos musicales, nueva manera de hablar, nuevo depilado de piernas… Es que Jenny me dice que se me ve muy chic. Vosotros también deberíais hacer lo mismo, que estáis hechos un desastre.

Nosotros no terminábamos de entender lo del depilado, ya que en aquel momento la metrosexualidad todavía no estaba de moda… pero era su vida y lo respetábamos. Eso sí, la manera como desdeñaba nuestra simple forma de ser generaba cada vez mayor incomodidad. Empezamos a quedar menos con Manolo, ya que Jenny me dice que sois mala influencia, lo cual era tan solo parcialmente cierto. Comprendimos que lo habíamos perdido para siempre el día que llamó para decirnos que no podía quedar porque iba a un concierto de OBK en el que celebrar su historia de amor.

Después de meses sin coincidir con él, nos lo encontramos en un bar rodeado por la bella Jenny y sus recién estrenados amigos. Fui a saludar. ¡Coño Manolo, cuánto tiempo sin verte! Sus nuevos colegas se rieron con lo de Manolo, por lo que la dueña, airada, espetó: Perdona bonito, pero MI novio se llama Nicolás. Agarró a su mascota del brazo y, tras una mirada despectiva, me dejó con la palabra en la boca.

Podría alegar que llamar Manolo a mi amigo fue simplemente despiste, y que no me acordaba de que ya era Nicolás para todos (excepto para su abuelo paterno), pero lo cierto es que fue mi reacción ante el desprecio que mostraba hacia sus antiguas maneras de vivir. Al día siguiente recibí la última llamada de Manolo: Ayer te pasaste. Ya no quiero volver a verte. Jenny me ha dicho que no das la talla. Otra vez era su decisión y de nuevo había que aceptarla.

Estuvimos un par de años sin coincidir, hasta que una tarde de verano lo encontré al fondo de la barra de uno de los bares de siempre. No me había visto. Tenía de nuevo pelos en las piernas. Estaba solo. No pronuncié su nombre. Simplemente me senté a su lado. Cuando en la gramola empezó a sonar aquella vieja canción, no pudimos más que pedir un par de chupitos de bourbon y brindar al son de ni tú ni yo nos dimos cuenta que tras sus tetas no había corazón… solo ambición.

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De esta historia, unos se quedarán con la altura de miras de nuestros abuelos, quienes dejaron atrás los serios agravios que padecieron en carne propia por contribuir al bienestar de sus nietos. Otros se quedarán con la belleza rubia como metáfora de los populismos y separatismos que obnubilan a incautos, crean agravios artificiales, transforman a las personas, ofrecen soluciones sencillas a problemas complejos y separan a familiares y amigos de toda la vida. Incluso otros se quedarán con el paralelismo de las frívolas relaciones de la adolescencia con los superficiales mensajes políticos de la actualidad. Pero únicamente los más inteligentes se quedarán con la botella de bourbon.

11 comentarios en “Bourbon

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