Perdón

Cualquier momento es bueno para pedir perdón. Su efecto catártico tiene efectos beneficiosos, incluso para la salud (algo muy necesitado en los tiempos que corren). Son muchas las personas con las que yo tendría que disculparme, empezando por la niña a la que le tiré un balonazo cuando apenas contaba 10 años. Sé que ella tampoco se ha olvidado, a pesar de mi profundo arrepentimiento. Es lo que tiene crecer en una pequeña ciudad (infierno grande). Así podría continuar con mis padres, hermanos, amigos, enemigos… Aunque no formo parte del 2% peor de la población, mis actos reprobables son muchos más de los que hubiese deseado cometer. Al menos esto no me sucede en casa, donde siempre tengo la razón… bueno, en realidad, casi siempre.

Sin embargo, la reciente experiencia de Plácido Domingo ha hecho que me replantee solicitar públicamente perdón, aunque ser un prestigioso autor para minorías selectas hace que la repercusión de mi solicitud sea sensiblemente inferior a la del aclamado tenor. Eso sí, no podemos quitar ni un ápice de importancia a los presuntos hechos reprobables que ha reconocido Domingo. Parece haber hecho honor al clásico refrán español: Donde tengas la olla no metas la… gallina. Y mucho menos si eres el chef más reputado (no sé si es el adjetivo más preciso para emplear en esta ocasión).

El acoso en el trabajo es una de las cosas más detestables que existen. Es el lugar en el que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo y donde ponemos nuestra seguridad, nuestros anhelos de desarrollo y el bienestar de nuestra familia. Imagino que cuando alguien alcanza los niveles de fama de Plácido puede llegar a sentirse el más gracioso, guapo y poderoso. Esto te puede hacer sentir que casi siempre tienes la razón. Como yo en casa… bueno, en realidad, solo a veces.

La reacción de Plácido Domingo ha consistido en disculparse por todo el daño que ha causado, poniéndose a disposición de las personas ofendidas para reparar el daño causado. Pero parece que cometió un enorme error en el mundo que vivimos. Tanto como para que se hayan cancelado las actuaciones que tenía programadas en Madrid. Posteriormente matizó su disculpa, indicando que “Nunca me he comportado agresivamente con nadie y jamás he hecho nada para obstruir o perjudicar la carrera de nadie», pero reconociendo su culpa por haber hecho sentir mal a mujeres y concienciando a toda la sociedad de que comportamientos como el suyo no pueden repetirse jamás (lo que le honra). Lo que él pudo considerar galante, otros lo pudieron ver como baboso y otras (probablemente con razón) como acoso.

En realidad, Domingo podría haber negado todas las demandas, alegando que son acusaciones de hechos sucedidos hace 30 años y de los que es imposible obtener pruebas. También podría haber manifestado que las acusaciones provenían de oscuros intereses de la Iglesia de la Cienciología, como han publicado medios de comunicación que han salido en su defensa. Pero lo más probable es que esa estrategia también hubiese sido en vano. 

Cuando todos creíamos que Frank Underwood era el mejor intérprete de Kevin Speacy, nos encontramos con que las acusaciones criminales que le realizaron fueron desestimadas por los fiscales. Woody Allen también resultó absuelto de todas las acusaciones realizadas por Mia Farrow, pero su versión de la historia no podrá salir a la luz en Estados Unidos por el veto realizado por la editorial que tenía los derechos sobre sus memorias debido a la presión de Ronan Farrow. O Roman Polanski, que ha quedado condenado por vida por unos hechos totalmente reprobables ocurridos hace más de 40 años. Por un lado, nos oponemos a la cadena perpetua, pero por otro hay personas que no tendrán la absolución de la sociedad mientras vivan.

La conclusión es que sabemos que Plácido Domingo ha sido acusado de conductas impropias (pero no sabemos de cuales) y que él se ha declarado culpable (no sabemos si de todo o de parte de lo que no sabemos que le acusan). Pero, como en el mundo actual nos sentimos con autoridad moral para juzgar a los demás, parece que en el imaginario colectivo el tenor se encuentra ubicado tan solo un par de escalones por encima de Harvey Weinstein, quien sí ha sido condenado a 30 años de cárcel por sus acciones criminales (para gran disgusto de grandes artistas que agradecieron en público el desinteresado apoyo que ofreció a sus carreras artísticas). El problema es que juzgamos desde nuestros prejuicios, no desde la búsqueda de la verdad y el equilibrio entre el daño causado la víctima y la presunción de inocencia del acusado.

Es lo mismo que sucede en esta sociedad actual, donde hay que gritar muy alto para tener la razón. Una sociedad excluyente por mitades donde quien no coincide con las ideas que transmite la otra mitad se convierte directamente en un fascista o un machista, lo cual es muy útil para cubrir las vergüenzas propias de ser un principiante a la hora de redactar leyes que no vienen a responder las necesidades de fondo que tenemos todas las mujeres y todos los hombres que luchamos por una sociedad más inclusiva.

Por el otro extremo, tampoco estaría mal que pidieran perdón aquellos que tratan como feminazis comunistas a todos aquellos que reclaman que todavía existe un importante camino por recorrer hasta terminar con la brecha de género y alcanzar la plena igualdad y seguridad de la mujer en nuestra sociedad. Un gran ejemplo nos han dado las mujeres del PP alabando las bondades de sus adversarias políticas. Una visión empática a imitar por los que solo a veces tenemos razón en nuestras discusiones domésticas… bueno, en realidad, casi nunca.

Quizá el primer paso puede suponer la aceptación de que las personas somos tremendamente complejas. Que hay personas que cometen actos reprobables, pero que cuentan con otras cualidades altamente positivas y valiosas para la sociedad, de las que no podemos prescindir. ¿Podemos reconocer que el Rey emérito ha sido fundamental para la democracia y las libertades en España a pesar del Corinnavirus? Yo creo que sí. También sería positivo que modulemos las penas dictadas en las sentencias de los autoproclamados jueces, ya que no es lo mismo meter a una persona en la cárcel, que echarle de casa o hacerle dormir en el sofá, condena habitual para los que casi nunca tenemos razón en las discusiones en casa… bueno, en realidad, nunca.

Por eso, cariño, perdona que no te pida perdón (y menos en público), ya que todo lo que diga puede acabar siendo usado en mi contra.

3 comentarios en “Perdón

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