De nada, Perú

Hay un cuento de Anthony de Mello en el que un discípulo comparte airado su disgusto con el Maestro. Después de realizar múltiples favores a un amigo, se encontró no solo con la falta de reconocimiento por su parte, sino también con un cierto desprecio. ¡Ni siquiera le daba las gracias! El Maestro, en cambio, no le dio la razón. Más bien al contrario, lo regañó. No tenía motivos para quejarse. Era él quien tenía que estar agradecido con su amigo porque le había permitido desarrollar buenas acciones y así ser mejor persona. Me acuerdo de este texto en un momento de cambio. Tras cinco años y medio viviendo en Lima, México nos espera.

Muchas veces he sido yo quien me he quejado de la desgracia que supone el inmenso potencial desaprovechado que existe en el Perú. Un país con enormes recursos y con gente joven dispuesta a transformar la sociedad, que ve lastrado su inmenso potencial de crecimiento por la parálisis por análisis en la Administración. La frustración que genera la informalidad como mal endémico o las injusticias que he visto sufrir a personas cercanas. Aun así, haciendo balance aparecen muchas cosas positivas a recordar de esta aventura:

  • Los lazos que creas con tu familia más cercana se fortalezcan, con una lucha a 4 brazos partidos. Estar lejos de tu zona de confort te hace valorar lo que tienes. Y cuando tienes hijos pequeños, mucho más. Perú es el país en el que mis hijos han crecido, donde han contado con el impagable esfuerzo de maestros y educadores que los han llenado de valores y conocimiento. Han descubierto el valor de la amistad, del deporte, han aprendido a leer, a jugar, a conocer la música… rodeados de gente que les han transmitido mucho amor y confianza en su paso de bebés a niños.
  • La familia que dejas en España es insustituible. Es uno de los aspectos más duros de estar a 9.000 kilómetros de distancia. Renunciar a las comidas juntos los domingos, a las celebraciones de cumpleaños, a estar acompañado de los que te conocen desde que naciste en los momentos complicados, a echar una mano en los malos momentos o a ver crecer a tus sobrinos mientras juegan con sus primos es la factura a pagar por estar lejos de casa. Menos mal que nos hemos encontrado en nuestro camino con amigos que se han convertido en una nueva familia. Muchos de ellos quedarán para toda la vida. A algunos que se fueron, les seguimos echando de menos, como echamos de menos a nuestros amigos de España y Colombia. Y, a los que vamos a dejar ahora, nos harán mucha falta en la nueva aventura que vamos a comenzar.
  • Por mucho que cambiamos de residencia a un país hispanohablante, eso no te evita tener que aprender un nuevo idioma. Las chelas con patas después la pichanga, solo se entienden si has vivido por estos lares. Y no…, no es lo que estáis pensando. Ahora nos tocará entrar en la nueva onda, empezando por el órale o el híjole… Será una tarea ardua en la que espero que aprendamos pronto qué son los escamoles, el pozole, los totopos o el huarache… para no equivocarnos con la comida o no abrasarnos con el picante.
  • El motivo de instalarnos en Perú fue una interesante oferta laboral. Un reto apasionante que se presentaba y que, afortunadamente, hemos logrado superar las expectativas. En Perú me he encontrado con grandes profesionales, con un gran compromiso, largas horas de trabajo en equipo. Hombres y mujeres, jóvenes y experimentados, que nos han permitido ser un socio fiable para nuestros clientes y desarrollar (y seguir desarrollando) con ellos un intenso trabajo conjunto en beneficio mutuo (fin del espacio patrocinado).
  • Los kilos de más que me llevo al dejar atrás una ciudad que cuenta con 3 de los 20 mejores restaurantes del mundo, así como un universo de restaurantes en los que es imposible encontrarse con un pescado que no esté fresco. Una cocina criolla exquisita y unas fusiones de estilos que colocan su gastronomía en la vanguardia mundial.
  • Vivir en una país con un inmenso potencial ecológico, cultural y turístico. La riqueza de la sierra andina, la exuberancia de la selva amazónica y las olas interminables de la costa peruana, su riqueza artística, monumentos coloniales, el legado de las culturas prehispánicas o el privilegio de contar con un premio Nobel de literatura (que se disfruta mucho más leerlo pudiendo pasear por sus páginas), hacen del Perú un país privilegiado.
  • Las calles de Lima, que ofrecen un escenario sin igual para ejercitar los reflejos. Quien es capaz de conducir en Lima está preparado para hacerlo en cualquier parte del mundo, dentro de un universo de combis, taxis y psicópatas varios junto con alguno que otro civilizado. El único inconveniente es que la agudeza auditiva se ve mermada por el sonido incesante de los cláxones.
  • El intercambio deportivo vivido en estos años, donde por un lado hemos compartido la alegría de ver como el mejor equipo del mundo añadía 4 orejonas a su colección, mientras por otro hemos vivido la emoción de la reciente final de la Copa América disputada por la blanquirroja, aderezadas con dos semifinales y el ansiado retorno del Perú a un Mundial, al que no llegaba desde España 82, cerrando el círculo entre mi primer campeonato vivido con uso de razón y el último (con la razón ya un poco mermada por exceso de uso)
  • La propuesta de modificar el himno peruano, en aras de un nuevo voto solemne integrador de lo positivo de la herencia española en el Perú en unión con toda la riqueza prehispánica, va cobrando cada vez más adeptos gracias a las amigables charlas compartidas en amenos momentos de distensión. Un importante bagaje esta andanza por la antigua América española en un momento en el que nos toca realizar el camino inverso al realizado por Pizarro, en nuestro particular imperio contraataca, saliendo del Inca para aterrizar en el Azteca.

La verdad es que sí tendría motivos para dar las gracias. Si tuviese que elegir un lugar y momento ideal para hacerlo sería viendo el atardecer desde lo alto del Malecón, mientras se recogen los parapentes en la ladera del acantilado limeño. Sería un día de verano, rodeado de familia y amigos, donde la tristeza del final del día se ve compensada por el espectáculo de ver al agonizante sol rojizo zambullirse en el océano Pacífico con la promesa de un nuevo amanecer en poco menos de 12 horas.

Pero no. No lo voy a hacer. No voy a dar las gracias. Prefiero ser el amigo ingrato y decir de nada. De nada a mi familia por su apoyo. De nada a mis amigos por haber creado lazos inquebrantables. De nada a todos los que hemos trabajado arduamente. De nada a todos vosotros con quienes hemos compartido tantos buenos y malos momentos, tantos esfuerzos, tantas risas y algún lamento… tanta vida.

De nada, Perú. Ha sido un placer compartir este tiempo CONTIGO. ¡Hasta pronto!

8 comentarios en “De nada, Perú

  1. Jorge Pinzón

    Saludos Don Juan, qué inspiración!
    Pero qué bien descrita la experiencia de vivir aquí lejos de la casa materna.
    A lo colombiano: que les vaya bien y avisen cuando lleguen que llegaron bien.

    Abrazo grande!

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