El Príncipe Azul

Os pido a las niñas que queríais ser princesas que no os lamentáis más de los cuentos de hadas y del trauma que os supuso que os enseñasen a vivir soñando con la llegada de un príncipe azul. Porque para trauma, el mío: Yo tenía que ser ese príncipe azul. Pero los príncipes son guapos, seguros, tienen pasta, nunca se asustan y consiguen que la princesa se enamore a primera vista de él al salvarla. Y también la segunda y la tercera…

Y así, se supone que yo debía ser alto, fuerte, valeroso y un poco simple para escalar a una torre inaccesible y besar en los labios a una mujer muerta. Que hace falta ser necrófilo… Otra opción era convertirme en un superhéroe, pero mi alergia a los disfraces y a marcar paquete vestido de negro como un vampiro, hacía escasas mis opciones de conquistar a Kim Basinger. Además, se supone que el premio era encontrar una chica a la que que no conocía de nada (bastante guapa, eso sí), delicada y totalmente dependiente de mí y a quien tendría que solucionar la vida… Viéndolo con perspectiva, tampoco era un planazo.

No obstante, a la hora de buscar a la chica de mis sueños, tengo que reconocer que me gustaban las protagonistas de las películas de Disney. La primera en la que me fijé fue Ariel, una Sirenita inquieta y valiente, que emigra hacia un mundo nuevo… en busca de un guaperas. Con Bella, una chica soñadora y amante de la lectura, tuve un halo de esperanza al ver cómo se fijaba en una Bestia más fea que Picio (aunque bastante cachas y con un castillo)…  pero al final se transforma en un guaperas. Y ya lo terminó de rematar Esmeralda (una encantadora gitana, valiente e idealista) que demostró lo cruel que es para los feos que la protagonista del cuento te quiera como amigo (¡toda mi solidaridad con Cuasimodo!)… porque se ha fijado en un guaperas.

El que parecía inteligente, en realidad era malvado. Los simpáticos, ya sean el cangrejo Sebastián, el criado Lumière o las Gárgolas, quedaban para vestir santos o, como mucho, firmes aspirantes a Pagafantas. Total, que me veía fuera de sitio en el mundo de los cuentos y la genética tampoco me acompañaba. Pero no me dejé vencer ni por la adversidad ni por la resignación. Esa experiencia vital me hizo crecer como persona y declararme contracultural. Mi descendencia estaba en juego.

Decidí entonces poner en valor mis otras virtudes (simpático, agradable, interesante, buena gente… entre otras muchas que no es plan mencionar ahora que estoy fuera del mercado), alejadas de los parámetros de aquello a lo que se supone debía ambicionar. Pero, que conste, no guardo rencor a las aspirantes a princesitas por no haberse unido a la contracultura y haberme convertido en su oscuro objeto de deseo. Más bien, lamento las penalidades que debieron pasar al ser descubiertas por sus crueles madres viendo Pippi Långstrump o Shrek a escondidas, mientras empezaban su duro proceso de liberación.

Soy feliz con la vida que he vivido. He tenido la suerte de compartir tiempo con mujeres que tenían sitio para botas, libros, cuchillos, vasos (…); y tiempo para bailar, correr, descansar y tirarse en la hierba a ver pasar el cielo (…); soñar, fracasar y empezar de nuevo. Y por haber terminado junto a una cariñosa Reina con falda y pantalones, donde su ternura se ve acompañada por sueños, autonomía, valor, coraje y una inmensa paciencia para aguantarme. Bueno…, para ser honestos, en realidad a veces, que la vida tampoco es un cuento de hadas 😝

8 comentarios en “El Príncipe Azul

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