2% y exagerando

Creo que no fui el único que entró en depresión al leer las noticias de orgías y escándalos sexuales cometidos en el seno de Oxfam. Era imposible aceptar que esas terribles iniquidades habían sucedido en una institución icónica en la lucha contra la injusticia. Tras incrementar mi estupor en días posteriores con otras informaciones de abusos en Médicos sin Fronteras, la decisión a tomar era obvia: no volver a establecer jamás ningún contacto con las ONGs. Y, efectivamente, no lo fui. Más de mil bajas en una semana únicamente en España.

Por pura coincidencia, esa misma noche vi la película de Spotlight, donde se narran abusos sexuales a niños y encubrimiento por parte de sacerdotes en Boston. Mi padecimiento se incrementó, ya que la esperanza que también tenía en la religión se desvaneció. El siguiente paso fue renunciar a mis creencias, ya que no podía participar de ningún modo en una institución que se veía envuelta en casos tan deplorables. ¿Cómo había podido permitir Dios que se produjesen todos esos abusos en su nombre?

Decidí entonces encauzar mi inquietud social por medio de la política. Sin embargo, abandoné el intento casi antes de empezar, ya que en España el PP tenía a Bárcenas, Lezo y compañía; el PSOE desde Filesa hasta los EREs; los partidos nacionalistas estaban descartados por principios (por lo que me evitaba a Pujol, Palau y demás expolios) y la nueva política me ofrecía a Ramón Espinar, Monedero o las primeras dudas sobre la financiación de Ciudadanos. Visto el panorama, renuncié a buscar información acerca del Partido Animalista con la seguridad de que, antes o después, aparecería algún integrante en una corrida de toros o en plena mariscada. Mientras tanto, en el Perú, el horizonte no era mucho más alentador después de las últimas declaraciones de Barata.

Mi siguiente paso fue volcar todos mis esfuerzos en el trabajo, pero las noticias que aparecían en prensa de corrupción en grandes empresas me volvieron a hundir en la miseria. Posteriormente pensé en buscar cobijo en una PyME, pero mi experiencia en un breve trabajo veraniego de juventud en una pequeña compañía de extintores me recordó que no suelen ser precisamente las empresas de ese tamaño las que más se preocupan por la Responsabilidad Social Corporativa, Códigos Éticos, o Políticas Anticorrupción. Como las referencias a la función pública tampoco suelen ser muy positivas y la expectativa de convertirme en emprendedor me conducía a formar parte de ese decadente entramado empresarial, tomé una decisión radical.

Y fui completamente ilusionado a casa para compartirlo con mi esposa: “He decidido abandonar mis valores, mi fe y mi trabajo” y le expliqué con detalle mis argumentos. Según se lo comentaba, noté en su cara que no estaba tan emocionada como yo y tras recordarme mis obligaciones familiares, sin mucho cariño me comentó: “Eres un gilipollas. Vete de casa hasta que recuperes la cordura”. Totalmente indignado, llamé a mi querida mamá (castellana de pura cepa) para comentarle lo sucedido, pero tampoco encontré mucha empatía: “Eres un gilipollas. Y a mi casa no vuelves”. Busqué por último la comprensión de mis amigos, aunque su reacción la vi venir de lejos: “Definitivamente, eres un gilipollas”.

Mi ofuscación no tenía límites. Hice uso de mi buena memoria y, cual Cid en la Jura de Santa Gadea, decidí ser yo implacable y asumir y ampliar mi destierro. Con la toga recién estrenada, juzgué que todas las personas a mi alrededor tenían motivos para ser rechazadas, recordando traumas infantiles sufridos, desplantes, agravios o comportamientos incívicos de todos y cada uno de ellos (desde aquél que miccionó en la vía pública hasta otros que no pagaron IVA, pasando por toda clase de comportamientos más o menos egoístas). Si los más cercanos eran así, ¿cómo no sería el resto? Entonces lo comprendí. Todos eran a la vez cómplices y culpables de vivir en una sociedad corrupta y sin futuro. En realidad, no me estaban atacando: estaban protegiendo su mediocre vida. Pero yo pude ver la luz y dicté sentencia. Me encontré con fuerza para romper todo contacto con la sociedad y vivir solo en el mundo: sin familia, sin amigos, sin vecinos y sin nada que me recordase todas las miserias de las que acababa de adquirir plena conciencia.

Ante el aburrimiento de no poder escribir, al no encontrar a nadie digno de leer mis líneas, opté por dedicar tiempo a una de mis pasiones: el cine. Pero como ya no podía ver las obras de Woody Allen, las producidas por Harvey Weinstein o aquellas en las que participaba Kevin Speacy, decidí cambiar de idea. Además, las películas de vidas de santos me aburren de manera soberana y ya había decidido apostatar. Ante la pereza que me suponía seguir investigando a músicos, escritores, arquitectos o escultores opté por hacerme ermitaño y dedicar el resto de mi vida a la meditación.

Asumí estoicamente el hambre que me tocaría pasar, ya que no soy precisamente manitas. Pero ya no podía formar parte de este mundo injusto. Pronto asumí que no tenía las habilidades de Tom Hanks en Náufrago y lamenté haber dejado el cine antes de volver a ver MacGyver. Sin embargo, lo más desagradable surgió al iniciar la meditación. La memoria en este caso se mostró implacable en contra mía. Aunque la viga en mi ojo siempre fue mucho más ligera que la paja en el ajeno, me resultó muy desagradable comprobar cómo utilizar conmigo los mismos parámetros que había empleado para juzgar al mundo me llevaban de manera inexorable al borde de un acantilado. Los recuerdos de las veces que he sido mal padre, marido, hijo, hermano, amigo, compañero o ciudadano acudían a borbotones. Y una cantidad no despreciable de veces los juzgué bastante peores que los que yo había sufrido. Y vino a mi memoria las sabias palabras de mi abuela: “Cuando señalas con un dedo, otros tres se dirigen a ti”.

El intenso hambre que sentí a las dos horas de ser asceta, juntado con el baño de humildad que me proporcionó el autoexamen, provocó que mis pensamientos redescubriesen que las sonrisas de mi familia eran buen motivo para volver a casa, que todos los regalos recibidos por mis padres y mis hermanos podrían ser más importantes que los traumas infantiles que me pudieran haber ocasionado (sobre todo teniendo en cuenta los que haya podido infligir a mi hermana pequeña), que los buenos y malos momentos compartidos en compañía de amigos generan lazos imborrables, y que con mis conciudadanos hemos construido una sociedad cada vez más próspera y desarrollada.

Y así, dirigí mi mirada al mundo con ojos renovados y no me pareció tan malo lo que vi. Conseguí apreciar cuántas cosas buenas tenemos alrededor y el inmenso valor de aquellos que me han acompañado y soportado en esta vida. Volví a recordar la ingente labor de aquellos amigos que dan y dieron hasta su último aliento en el mundo de las ONGD. Volví a creer en Dios a través del ejemplo de la dedicación de tantas personas, desde el colegio de mi infancia hasta los lugares más recónditos de África o Asia. Hasta vi que el PP es un partido necesario con un millón de personas que defienden una manera de ver la vida totalmente respetable, que aportan cosas positivas para la  sociedad y dedican su vida al bienestar de los demás (igual que muchas personas de PSOE, Ciudadanos o Podemos). Y pensé en los compañeros de trabajo que se han desarrollado en grandes empresas, directivos que no paran de viajar para hacer crecer sus empresas y así permitir el desarrollo de sus colaboradores, PyMes que se abren camino en entornos cada vez más cambiantes o emprendedores incansables.

En mi éxtasis, llegué incluso a pensar que Trump realmente podría llegar a ser un sabio estadista que había sido erróneamente juzgado con los mismos ojos exigentes que yo empleaba en mi depresión y que se merecía una septuagésimo novena oportunidad. Y decidí que mi película de cabecera debía ser To er mundo e güeno de Manuel Summers. Así, por tanto, después de pedir perdón en silencio a todos aquellos que había ofendido, decidí realizarlo en persona. Presenté a mis amigos mi nueva visión del mundo, aunque la respuesta mayoritaria que recibí fue terriblemente desconcertante: “Sigues siendo un gilipollas, el mundo está lleno de hijos de puta”. Percibí un claro deje machista en ese comentario, pero siguen siendo mis amigos, aunque tengan un evidente potencial de mejora en el uso de ciertas expresiones.

Me aterraba volver a deslizarme a un abismo ya superado, por lo que no tuve otra opción que decantarme por la ecuanimidad. Es cierto que existe mucha miseria y mucho miserable en este mundo, pero todos juntos no creo que lleguen a 150 millones. Por eso, llegué a la conclusión de que lo más fácil en esta vida es quedarme con la queja improductiva basada en el 2% de joputos que salen en los titulares de prensa para tener la excusa de no comprometerme con nada. Después estamos más de un 90% de gilipollas e último incluso existe una minoría de gente normal como vosotros.

Y, gracias al equilibrio alcanzado, pude volver a casa, mi madre reconoció a su hijo, no perdí el trabajo y volví a disfrutar con mayor intensidad del formidable valor de la amistad y la sociedad mejorable que hemos construido.

10 comentarios en “2% y exagerando

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