Querido Woody

Querido Woody,

Te escribo estas líneas para postularme como actor en tus próximos largometrajes. Ahora que tienes una parte de Hollywood en contra, mis opciones se incrementan, aunque temo que este sueño acabará igual que mi deseo de jugar en la selección. Al menos sé que para tus películas no sería un obstáculo mi precaria condición física o mi cada vez más cercana alopecia, como sí sucedería en un casting para Avengers. No lo hago por fama o dinero, cuya búsqueda mediante atajos causó tantos problemas a tus personajes. Tan solo es un ofrecimiento desinteresado, en caso pueda ayudar a prolongar tu legado cinematográfico.

Woody, no te conozco. Únicamente estoy familiarizado con tu obra, y no con toda ella. El año que nací te dieron el Óscar a mejor película por Annie Hall aunque se te olvidó (otra vez) asistir a la ceremonia por preparar tu tradicional concierto de clarinete. Si hay gente que cree en la influencia de las constelaciones en su vida, por qué no podría creer yo que llegar al mundo el año del estreno de Star Wars, Encuentros en la Tercera Fase y Annie Hall ha de marcar a toda una generación.

Quedé fascinado en 1994 cuando vi en el cine Balas sobre Broadway y salté de alegría cuando años más tarde la conseguí para mi colección de películas en una tienda de segunda mano del barrio de Chamberí. Ahí comencé un camino de descubrimiento de artistas mediocres que se benefician del talento anónimo de otros o personajes atormentados por la culpa, como Raskolnikov en Crimen y Castigo, actualizado en un profesor de tenis que se salva de ir a prisión por el asesinato de su alter ego femenino gracias a un caprichoso anillo que cae en el lado adecuado (o no) de la barandilla en Match Point.

Sé que tu hija Dylan te acusa por un único pero gravísimo hecho (abuso sexual) ocurrido en 1992, cuando ella tenía 7 años. También sé que nadie te considera un depravado reincidente como Harvey Weinstein, cuyo comportamiento condenaste. Pero no soy quién para juzgar tu relación con Soon-Yi, tu pareja desde hace más de 25 años. No soy quién para juzgarte por vuestra diferencia de edad o por ser hija adoptiva de Mia Farrow. Y no soy quién para juzgarte por una única acusación de la que fuiste absuelto por la investigación policial y judicial. Personas tan cercanas a ti, como Diane Keaton, tendrán más argumentos para hacerlo que yo.

Castigarte sería castigarme. Y sería emprender un implacable camino de auditoría con final incierto. No conozco la historia oculta de muchos de mis actores o directores favoritos. No sé si Humphrey Bogart fue un ser despreciable o admirable, pero no dejaré de volver a ver la Casablanca que inspiró tu Cafe Society ni abjuraré de los sentimientos que causaron todas las obras de arte que me conmovieron por culpa de la vida privada de sus autores. Sí, ni siquiera de las risas viendo Días de Fútbol por Willy Toledo o de la emoción de ver Braveheart por Mel Gibson.

Según esos mismos parámetros, no podría disfrutar la obra de Caravaggio o debería estar prohibida la visita a un Coliseo que acabó en ruinas en el siglo V porque era un centro de tortura a personas inocentes en el Imperio Romano. También deberíamos censurar preventivamente El Lazarillo de Tormes hasta que se esclarezca el misterio de su autoría, ya que el anonimato no es excusa absolutoria ante el riesgo de que nuestros hijos puedan leer la obra de un eventual depravado. Llegados a este punto, el arte se ve nuevamente derrotado por la ciencia ya que, por muy miserable que fuese Newton al marginar a Hooke, ningún físico se puede permitir el lujo de prescindir de su Ley de Gravitación Universal por motivos éticos o morales.

Hay ocasiones en los que el castigo es inevitable. Aunque House of Cards entraba ya en fase decadente, asumiré la penalidad de no disfrutar la caída de Frank Underwood. Kevin Speacy se había convertido en una parodia de su personaje y su presencia ponía en peligro la integridad de sus compañeros de rodaje. No obstante, siempre quedará en mi retina cómo Keyser Söze se burlaba de la policía delante de sus propias narices y volveré a engullir palomitas para revivir esa prodigiosa escena final de Sospechosos habituales sin sentir culpa por ello.

No quiero renunciar a nuevas aventuras tuyas, Woody, que nos hagan desenmascarar asesinos depresivos que se creen intelectuales, recrearme en el sentimiento de culpa de tus antihéroes, acompañar la decadencia de tus personajes antaño exitosos, ver escritores mediocres que se apoderan del talento de otros, disfrutar de óperas y paisajes, investigar misteriosos asesinatos en Manhattan o reír con tus paranoias sobre el sexo mientras nos paseas por Nueva York, Londres, Roma, Barcelona o París a medianoche.

En tiempos de tan poca creatividad, una visión tan diferente y original del mundo como la tuya no puede acabar en la marginación. No nos podemos permitir el lujo de prescindir de tu inmenso talento. Mientras llega a cartelera A Rainy Day in New York, disfrutaré viendo más películas tuyas para amenizar la espera.

Buenas noches y buena suerte.

 

Aunque sea obvio, quiero añadir que estoy a favor del movimiento #MeToo y #TimesUp. Los machos alfa que abusaron de su posición dominante para denigrar mujeres tienen que desaparecer YA de nuestro panorama. Son situaciones que estamos obligados a denunciar.

 

7 comentarios en “Querido Woody

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