Investidura o «embestidura», ésa es la cuestión

Cual Hamlet ante el espejo, el independentismo catalán tiene que decidir su ser o no ser. Se lo ha ganado con el respaldo del 47% que obtuvieron sus tres formaciones el 21-D, aunque en las elecciones autonómicas un partido constitucionalista fuese el más votado. Por tanto, la iniciativa y el primer movimiento para solucionar el conflicto lo tienen que dar ellos. Y hay dos alternativas: salir del agujero o seguir cavando.

La primera opción es optar por una investidura. Para la RAE, investir es “conferir dignidad o cargo importante”. Pero, como todo en esta vida, la verdadera dignidad no la otorga QUÉ te invisten, sino PARA QUÉ. El cargo de President es inherente a la finalidad o uso que del mismo se realice: mejorar las condiciones de bienestar de sus conciudadanos (salud, educación, cultura, infraestructuras, trabajo…) a través de las múltiples atribuciones que la Ley confiere.

La otra elección es la “embestidura”. Según la RAE, embestir significa “ir con ímpetu sobre alguien o sobre algo”. Es decir, seguir cavando en un enfrentamiento que divide por la mitad a la sociedad catalana, genera conflictos con el resto de España, no tiene ningún respaldo en Europa y supone el empobrecimiento de sus vecinos. Una dura embestida que provocaría nuevamente la reacción del Estado y prolongar la aplicación del artículo 155.

Ante esta encrucijada, yo apuesto por una solución inspirada en un cortometraje de Disney, recientemente actualizado, cuyo protagonista es un tierno torito pacifista, amante de las flores y el campo. Un lindo ser alejado de su supuesta naturaleza violenta y que termina disfrutando de un apacible retiro en verdes praderas apartadas del árido secarral del albero. Espero que Ferdinando Puigdemont (o los partidos que le apoyan) acabe asumiendo que la “embestidura” no beneficiaría a nadie más que a él mismo. Existen muchas personas necesitadas de paz, tranquilidad y soluciones a sus problemas cotidianos, que pueda ofrecer una nueva persona que se invista con la dignidad que el Molt Honorable cargo merece.

Mientras tanto, Bélgica ofrece precipitaciones suficientes como para seguir disfrutando de frondosos campos, de blancos tulipanes holandeses en señal de perdón y de visitas esporádicas a la Sirenita en Copenhague, donde Manneken Puchi pueda gozar de un plácido retiro en el que reflexionar acerca de las escamas abandonadas por Ariel a cambio de unas piernas dolientes que le condujeron a su trágica desesperación por un amor imposible.

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