El ascensor

La Navidad es un momento de misterio que nos permite reflexionar acerca de tres conceptos que configuran el hecho religioso: Dios, Religión e Iglesia. La relación entre los tres conceptos han de trabajar como un ascensor (y descensor) que sube y baja: vivir lo cercano desde la trascendencia y concretar lo trascendente, de modo que se integren los tres planos en uno solo. El ascensor nos demuestra que cuánto más se humaniza Dios, más aceptación tiene y cuando las personas quieren gestionar a Dios, más rechazo se produce.

El primer concepto, Dios, no es conflictivo para la gente. Casi todas las personas a lo largo de nuestra vida nos hemos planteado nuestra relación con el concepto Dios, encontrando diferentes respuestas. Con independencia de considerar que Dios no existe (ateísmo) o que no es posible afirmar ni desmentir su existencia (agnosticismo), la mera existencia del concepto abstracto Dios no genera conflicto, ya que no genera obligaciones ni compromisos.

La idea de Dios da respuesta a la necesidad de transcendencia del ser humano, más allá de nuestra existencia. Es un concepto ilimitado que siempre va a ser imposible describir por una persona, por su propia naturaleza limitada. Por eso, aunque hablemos del mismo Dios, el concepto que podemos tener cada uno es ser diferente y dependerá de la cosmovisión (visión del mundo) que tengamos. Se puede ver a Dios como orden, justicia, poder, ley, creador universal, naturaleza, karma, amor…

Existe una gran ventaja para la humanidad en el concepto de Dios, que simplemente por ello hace que merezca la pena creer en él. La trascendencia del ser humano iguala a todas las personas con independencia de su cultura, raza, género, posición económica o social, nacionalidad e incluso religión: La existencia de un Dios nos hace a todos iguales ante algo que nos trasciende. Todos tenemos el mismo valor. Nuestros minutos, horas, días o años son igual de válidos.

La evolución de una creencia abstracta a una concreta se materializa en un segundo concepto: la religión. La religión se ha consolidado y se ha desarrollado en el momento en el que se ha pasado de poner en el centro mitos a poner a las personas. Ése ha sido el mayor regalo del judaísmo al mundo, ya que supuso el paso de diferentes deidades a un Dios que sitúa en el centro de todo al ser humano. Eso se ve desde el Génesis donde, después de toda la creación, se indica que “el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios”. Ninguna otra creación de Dios tiene esa consideración. Por tanto, la manera de ver a Dios es a través de las personas.

La religión implica la vivencia de Dios en un contexto histórico y por personas concretas. Se pasa de conceptos abstractos a vivencias determinadas, donde la experiencia de pueblo o comunidad es el vehículo para la conformación de esa fe. El judaísmo supo descubrir a Dios en su conciencia de pueblo. Un Dios que les guió dentro la situación de explotación por los egipcios, les ayudó a buscar su Tierra Prometida, les acompañó en los momentos de liberación (Éxodo) y estuvo con ellos en los momentos de dificultad en el desierto. Durante toda esa historia se ve un Dios que pone en primer lugar a las personas, el respeto y la liberación, frente a las antiguas adoraciones a ídolos (becerro de oro).

El judaísmo se va consolidando por medio de la tradición (traditio = entregar). Un pueblo que es capaz de identificar a su Dios, a ver sus características, a identificarlo, a confiar en él. De este modo, se ha ido transmitiendo una fe por generaciones, hasta llegar al momento actual. Gracias a ello, las personas no necesitan empezar de cero en la búsqueda de Dios, sino que cuentan con el regalo de sus generaciones precedentes al compartir el camino ya recorrido por ellos. El cristianismo también se basa en una experiencia de fe de una persona, Jesús de Nazaret, en un momento histórico concreto y determinado. Supone la encarnación de un Dios. Es decir, la fabricación del ascensor que une los tres conceptos desde Dios hasta los hombres a través de una religión, relacionados a través de una historia de amor y salvación.

En ese sentido, tiene el gran valor de seguir colocando en primer lugar a las personas (“todo lo que hagáis a cualquiera de mis pequeños, me lo estáis haciendo a mí”) y le da trascendencia social, respetando la libertad individual. De ahí surgen dos fenómenos intrínsecos a la religión: compadecerse y conmoverse. Padecer-con y moverse-con el próximo (prójimo) en padecer y moverse con Dios. Porque se da un paso adicional: las prostitutas, los miserables, a los oprimidos… (los Bienaventurados) se colocan en primer lugar. No porque esa condición sea buena, sino por el proceso que viven las personas para salir de la injusticia, de la opresión, de la persecución.

La religión, en su aparición, no está basada en un número alto de normas o reglas. Las tablas de la ley de Moisés son 10 mandamientos sencillos y Jesús indicó que se basan en dos normas “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al próximo como a ti mismo”. Por eso surge el tercer paso: Iglesia o Comunidad. La experiencia de religión es colectiva. El hombre es un ser social (zoon politikon para Aristóteles) y, por tanto, su manera de encontrar a Dios ha de ser por medio de otras personas. Si no se produjese el tercer paso, la religión quedaría en un hecho más que surgió en la historia para inspirar el primer concepto individual de Dios del que hablamos.

Por tanto, para dar pervivencia a esa experiencia, el siguiente paso consiste en institucionalizar la idea de Dios vivida en una religión. Por eso, en el judaísmo, tras el Éxodo están las los libros de Levítico, Números o Deuteronomio, en los que se fijan una serie de normas, ritos o criterios para poder mantener la identidad de la Comunidad en el tiempo (Torah). Surge la necesidad de institucionalizar una fe colectiva, de manera que se generen canales concretos que permitan la continuidad de dicha religión y no volver a caer en mitos. Y permite compartir con sus semejantes en Sinagogas. Lo mismo sucede en el caso del cristianismo. Con la consolidación de las primeras comunidades, se empiezan a generar los primeros concilios y una serie de normas por las que todas las personas pueden tener una información más clara acerca de en qué consiste la fe, para evitar la vuelta a la creencia en mitos. Aquí surge la Iglesia.

El problema nace en el momento en el que el ascensor se rompe, se queda en el primer piso y las normas empiezan a querer describir a Dios en todas sus características y decir a Dios cómo tiene que ser, anulando a las personas. Confundir los medios con los fines. A dar más valor a los incumplimientos de las normas (pecados) que a la alegría de vivir una fe, a la realización de la persona. Eso responde a la necesidad que tenemos las personas de seguridad. Vivir la transcendencia y dejarte en manos de Dios, no. Es estar abierto al riesgo, a no entender lo que está sucediendo, a aceptar que las cosas no siempre tienen que ser como uno desea… Cumplir unas normas o unos ritos generan seguridad pero, como todo en la vida, lo realmente importante no es el “qué” sino el “por qué”. Ya se dijo que “cuando el sabio señala a la luna, el necio mira al dedo”.

Otro de los problemas que ha existido es el establecimiento de normas por manipuladores que se aprovechan de lo poderoso que puede ser dominar a personas por la vía de sus creencias o querer establecer un tipo de fe que les convenga. Se olvida que uno de los principios de la religión es la libertad. Una religión impuesta no es una religión. A lo largo de la historia se ha visto en múltiples ocasiones, en épocas en las que la convivencia con la muerte era más cotidiana, que controlar la fe de las personas permitía manipularlas y era un elemento fuerte de conservación del poder. En la actualidad, también existen fenómenos más extremos en sectas o fundamentalistas, pero también existe el riesgo (o el hecho) de la aparición de grupos que manipulen a las personas para hacerlas a imagen y semejanza de lo que ellos consideran el bien. Ese tipo de personas no se dan cuenta que buscan personas que les agrade a ellos (a su cosmovisión) y no personas que agraden a Dios.

Ése es, por tanto, uno de los mayores riesgos que existen. La tentación de saberse bueno por creer en un Dios, pertenecer a una iglesia, cumplir con unos preceptos y emocionarse ante determinadas situaciones. Formar parte de la Iglesia no implica que no puedas ser en realidad un ser despreciable, como la historia nos ha demostrado y nos sigue demostrando. Ése es un fenómeno que sucede no solo en la religión, sino también en muchos grupos de personas que, por su ideología, adscripción política o pertenecer a un determinado ámbito, se consideran buenas. Pero, si no realizas el ejercicio de abstracción hacia los motivos que realmente motivan tu actuar, de nada sirve pertenecer a una Iglesia, sindicato, ONG o partido político. Sin embargo, esas manipulaciones no hacen malas a las iglesias, sindicatos, partidos políticos u ONGs. Hacen malas a las personas que manipulan. La mayor parte de las barbaridades en la historia se han producido bajo el paraguas de grandes ideales… y se siguen produciendo

Si nos fijamos bien, esa evolución de creencias abstractas a la institucionalización sucede en muchos otros aspectos de la vida. Es lo mismo que sucede con una relación de pareja, en la que se evoluciona del amor platónico, a una relación concreta con una persona, llegando a la madurez de la misma, en la que se establecen reglas de compromiso entre los dos. Estas reglas, más allá de papeles legales, implica aspectos muy cotidianos, tales como hacer la cena, la compra, cuidar de los hijos, etc. Se pueden cumplir todas esas normas pero, si uno no emociona con la persona que tiene enfrente, va a dejar de vivir la relación de pareja y quedará olvidado el amor que impulsó todo. Otro ascensor varado en el primer piso.

Como comentaba al principio, la relación con la transcendencia (ya sea Dios u otro concepto) es algo a lo que casi todos nos hemos asomado en un momento de nuestra vida. No existe un único camino y todos son válidos, siempre que el camino para realizar ese encuentro sea a través de la dignidad de las personas, con sus fallos y defectos, sus limitaciones… e incluso sus virtudes. Es ese encuentro libre el que da sentido a todo y da acceso a la relación con todo lo que rodea a la persona (naturaleza, universo…).

“And remember, the truth that once was spoken, to love another person is to see the face of God” Les Misérables

Los Miserables. Escena final subtitulada

En memoria de Miguel Ardanaz

6 comentarios en “El ascensor

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