Ojos cegatos

En el mundo de la publicidad, dos son las vías por las que el consumidor es usualmente abordado: eros y tanatos. El eros nos transporta a lo que genera placer, satisfacción y gozo; mientras el tanatos nos relaciona con la muerte, a través de la búsqueda del riesgo, los límites y la aventura. Como contrapeso a la apelación a nuestro subconsciente, existen asociaciones que intentan advertir de los efectos perjudiciales para nuestra salud de ciertos productos mostrando argumentos racionales y científicos.

Cuando vamos a una fiesta tenemos que elegir entre el demonio que nos susurra al oído para beber la “chispa de la vida” (aderezada con un poquito de ron) o el ángel que nos alerta de cómo el páncreas y el hígado van a tener que trabajar a toda máquina para procesar el azúcar y el alcohol que vamos a ingerir. Debo admitir que, en muchas ocasiones, prefiero escuchar al demonio (rauxa) que al ángel (seny), aunque posteriormente tenga que afrontar las consecuencias de mis actos. Y como no me considero una rara excepción, temo que pueda suceder lo mismo en las elecciones catalanas del 21-D.

Los separatistas han creado un relato muy potente en los últimos años en Cataluña, con eros y tanatos a raudales, que ha generado una gran excitación entre los bebedores del procés y ha atraído a muchas personas deslumbradas por su brillante presentación. El eros de ser diferente (que en realidad es el eros de ser mejor) coloca al independentista en una situación de orgullo. Ha podido vivir unas manifestaciones espectaculares, llenas de ingenio, alegría, talento, creatividad y fiesta. Han construido una historia épica cuya veracidad no importa, ya que te sitúa como miembro de un pueblo elegido e injustamente maltratado del que es apasionante formar parte, mientras pintaban el futuro de una Arcadia feliz con intensos colores dignos de los cuadros del mejor Miró.

El tanatos no es menos emocionante. Consiste en rebelarte contra lo establecido, jugarte la integridad física, la cárcel, el patrimonio… por un bien superior. Es pasar a la historia viviendo el riesgo y transcendiendo tu realidad individual. El tanatos está muy presente en el Shambhala de Port Aventura, donde disfrutas de las descargas de adrenalina que te proporciona la montaña rusa más alta de Europa. Pero las atracciones dejan de ser divertidas cuando descarrilan, como el momento en que puedes entrar en prisión (Forcadell), tu patrimonio está en riesgo (Mas) o sientes que el proceso se te ha ido de las manos (Rovira). Saltar de un avión es una experiencia tremendamente excitante, pero si en lugar de abrirse un paracaídas se activa el 155, ya no es tan apasionante y se vuelve a la triste (o no tanto) cotidianeidad.

El choque de realidad, tras la exaltación del eros de los últimos tiempos, me conduce a la canción “Ojos de gata” de Los Secretos. Siempre nos quedará en la memoria el verde de la luz de sus ojos de gata y estaremos dispuestos a escuchar al piano del amanecer todo su repertorio. Pero el repertorio separatista que nos han vendido ha resultado lleno de tales falsedades que la realidad apenas ha empezado a mostrar sus dramáticas consecuencias. Hemos visto cómo Puigdemont se ha vuelto todavía más vulgar al bajarse del escenario del procés y ha utilizado a miles de personas como almohadas mientras se acunaba entre las mantas etílicas de un aire de superioridad del que todavía no ha despertado. No sé lo que de él esperaban, pero su particular alcohol le transportó hasta Marsella para fugarse en un avión. Antes o después despertará y su resaca no la voy a envidiar.

Sé que es un absoluto sacrilegio comparar el inmenso talento de Enrique Urquijo con un personaje tan nimio como Puigdemont. Porque existe una diferencia abismal: Enrique se hizo gigante desde su humildad, su frustración, sus defectos y su sencillez. Era un genio que desnudaba su alma ante todos nosotros. No existía ni siquiera la necesidad de explicar todas las miserias que él quiso confesarnos ya que, en la pequeñez que nos compartió, descubrimos su grandeza. Por contra, haciendo el camino inverso, la pequeñez de Puigdemont procede de sus fútiles delirios de grandeza. De él sí que no hay más que miserias inconfesadas de un chaval ordinario, tanto en cada escenario como al bajarse en Bruselas.

No hay luz, ni es verde, ni sus ojos son de gata. Las “agencias de consumidores” nos lo han repetido ya mil veces. Han vendido un producto defectuoso mediante publicidad engañosa. Al despertar de la borrachera de la DUI con la resaca del 155, allí ya no estaba el paraíso prometido. Es normal que haya tanto mosqueado con ese patético alcohólico de la vulgaridad. Ojalá pronto vaguen su sombra y la de Junqueras por la calle del olvido… porque ya han bebido hasta perder el control.

7 comentarios en “Ojos cegatos

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